sábado, 2 de enero de 2010

"ATACARON COMO SI FUERA UNA GUERRA"


Los indígenas tienen miedo de hablar, pero cuando lo hacen cuentan que cuando el ejército atacó ellos estaban desarmando el piquete y que después de la matanza, un helicóptero hizo varios viajes para recoger los cadáveres.


Por Carlos Noriega

Para llegar a la comunidad aguaruna de Yamayaca, un poblado de 300 personas, hay que viajar tres horas en camioneta por una pista de tierra mal afirmada que parte de la ciudad de Bagua y se interna en la selva y luego cruzar el río Marañón, afluente del Amazonas, en una canoa o en un pequeño bote de madera, llamado “peque peque” por el ruido que hace su lento motor.


Los aguarunas pertenecen a la familia étnica de los jíbaros. Su territorio tiene 22,700 kilómetros cuadrados y 60 mil pobladores. Las comunidades más alejadas están a cinco días de viaje desde Bagua, ciudad de 75 mil habitantes que está a mil kilómetros al noroeste de Lima.


En la calle de tierra que cruza Yamayaca, donde dos niños juegan al fútbol pateando una lata, encontramos a Bacilio Dekentai. Nos dice que tiene 40 años y cuatro hijos y que vive de su chacra. Como en todas las comunidades aguarunas, lo que se siembra ahí es plátano y yuca, los dos alimentos básicos de la dieta de los nativos, y un poco de cacao y café. La lluvia ha convertido la calle en un lodazal. Los niños que jugaban han desaparecido.


Después de muchas dudas, Bacilio accede a contarnos lo que vio durante el cruento operativo policial para desalojar a los indígenas que bloqueaban una carretera en las afueras de Bagua, en la zona llamada la Curva del Diablo, exigiendo se derogue una serie de leyes que facilitan el ingreso de las transnacionales a su territorio. “Nos atacaron como si estuviéramos en la guerra. El ataque comenzó antes de las seis de la mañana. Los primeros disparos vinieron de un cerro. Como mil subimos al cerro pidiendo que no disparen, pero no nos hicieron caso.


Estábamos desarmados porque nuestro paro era pacífico. Disparaban a matar. Había muchos muertos. Yo vi cuando mataron a dos heridos que estaban en el suelo.” En medio de la balacera, Bacilio se escondió en la parte alta del cerro. Asegura que desde ahí vio a un helicóptero recogiendo cadáveres. “Vi dos viajes del helicóptero. En cada viaje recogió como treinta muertos. Nadie sabe dónde los han llevado. Con mis propios ojos lo he visto.” Las cifras oficiales registran diez civiles y veinticuatro policías muertos.


A una hora de Yamayaca está la comunidad de Wawas. Mientras camina entre las pequeñas casas de caña, madera y techo de hojas de palmera en las que viven los 600 pobladores de Wawas, el apu (jefe) de la comunidad, Heriberto Tiwijan, nos relata su historia sobre lo ocurrido en la Curva del Diablo. “Yo estaba dirigiendo un grupo de 50 pobladores de mi comunidad. En total, éramos como tres mil. Nos atacaron por tierra y aire. Desde un helicóptero disparaban bombas lacrimógenas y balas. En la pista la policía avanzaba hacia nosotros disparando al cuerpo. También nos atacaban desde un cerro. Yo vi tres cuerpos quemados. Esos no están entre los diez cadáveres que hemos recuperado.”


Tiwijan nos lleva hasta la casa de uno de los heridos. Grimaniel César, que tiene 26 años y un hijo, está echado sobre el piso de tierra de su casa. Recibió un balazo en la pierna y no se puede parar. Apenas puede hablar por el dolor. “La bala me cayó en la parte de arriba de la pierna. Me entró por delante y salió por atrás. El dolor es muy fuerte. Siento que me quema por dentro. No tengo ninguna medicina para tomar.” Grimaniel respira profundo, hace un esfuerzo para aguantar el dolor, que se refleja con intensidad en su rostro, y continúa: “Subí al cerro cuando nos comenzaron a disparar desde ahí para pedir que no disparen. Los policías disparaban al cuerpo, a matar. Nunca pensamos que eso podía pasar. Las balas volaban por todos lados. Vi a diez hermanos caer muertos ahí en el cerro (el gobierno asegura que en el cerro murieron tres nativos). Los heridos en el cerro eran tantos que no se podían contar.


Todos corrían para salvar su vida. Me impactó una bala en la pierna y caí al suelo. Un amigo tuvo valor y me cargó hasta la pista, donde había una ambulancia. Si la policía me encontraba herido seguro me mataba”.


Sekut Díaz, una mujer aguaruna de 36 años, también estuvo en la Curva del Diablo. Con el dolor marcado en el rostro y sacándose el temor de encima –“Tenemos mucho miedo de hablar y decir la verdad de lo que pasó porque después vienen las represalias, pero alguien debe hablar porque si nadie hace oír su voz nunca se sabrá la verdad”– denuncia que ella vio a la policía rematar a los heridos que habían quedado atrás porque nadie pudo ayudarlos a escapar. “Nos atacaron sin compasión, como si fuéramos el peor enemigo. Yo me escondí cerca de la pista y desde ahí he visto cómo la policía mataba a unos hermanos que estaban heridos; les dispararon cuando estaban en el piso. También vi cómo quemaron a otro hermano. Vi cómo ardía su cuerpo; movía los brazos y sus piernas.”


Huyendo de la Curva del Diablo los nativos llegaron hasta Bagua. Ahí la población mestiza de la ciudad se había levantado al escuchar de la represión contra los indígenas y la policía los estaba reprimiendo. “En Bagua vi a una mujer y a una niña heridas de bala, no sé qué pasó después con ellas, y también vi dos muertos: un mestizo gordo que tenía un balazo en el pecho y un hermano awajún (aguaruna), Felipe Sabio, al que la policía le disparó desde un techo. El hermano cayó por un balazo en la pierna y cuando estaba en el suelo los francotiradores lo remataron”, revela Salomón Awananch, apu de la comunidad de Nazareth.


En su casa de un ambiente en Wawas, la joven viuda de Felipe Sabio llora la muerte de su esposo con su pequeño hijo de pocos días de nacido en brazos. Es el cuarto de sus hijos y nació el 11 de junio, seis días después de que mataron a su padre. “Mis hijos se han quedado sin padre, sin nadie que vea por ellos. Dicen que las esposas y los hijos de los policías muertos están sufriendo y por eso el gobierno les va a dar una indemnización, pero a nosotros no nos reconocen nada. También exigimos una indemnización... ¿o acaso nosotros no estamos sufriendo, acaso mi esposo es un perro que ha muerto, acaso nosotros no somos también seres humanos?”, reclama, con la voz entrecortada y lágrimas de dolor, pero también de indignación y rabia por la manera como mataron a su esposo, y por la forma como el gobierno le hace sentir el olvido y marginación en que viven los pueblos indígenas.

DÉCADA DE ORO


El 2009 se acaba de llevar los diez años más importantes en la historia del club. Nunca nadie ganó tanto. "Hubo mucho de casualidad, si le hubiera dicho que sí a la Selección, no habría dirigido a Boca", repasa Bianchi a pedido de Olé.


Por Ramiro Scandolo


La década es un período de diez años referido a las decenas de un siglo. El nuevo período comenzó el primer día del 2010. El último del 2009, entonces, se terminó una década y con eso, se cerró un capítulo en la historia del fútbol. Como los 80 y 90 tuvieron sus colores, a pesar del 2009 malo, el primer decenio del siglo XXI fue puramente azul y oro. Con 16 títulos entre locales e internacionales, apenas cuatro menos de los que ganaron los otros clubes argentinos juntos.El éxito de Boca comenzó a tomar forma a mediados de la década anterior, con la asunción de Macri y luego, tras ciclos fallidos de Bilardo y Veira, con la llegada de Bianchi. "Conozco mucho el mundo Boca y vi pasar varios presidentes desde que llegué en 1973 y estoy convencido de que la era de Mauricio fue la mejor", explica el Chino Benítez, gloria como jugador y campeón como DT. Y agrega el Virrey, sobre lo que logró al frente del equipo: "Hay un poco de casualidad en todo, la vida está hecha de casualidades... Si le hubiera dicho que sí a la Selección no habría dirigido a Boca".El bicampeonato local Apertura 98-Clausura 99, que no cuentan en esta historia, fue el despegue y ya con el cambio de década y milenio, se dio el salto internacional, con una cosecha de 11 copas que hoy es única y supera ampliamente a las cinco de los demás clubes argentinos. "Me da un inmenso placer que la década de Boca haya sido tan buena. Yo tuve la suerte de tener planteles llenos de excelentes jugadores, no sólo por sus condiciones futbolísticas sino por su inteligencia. A un técnico se le simplifica todo cuando los jugadores comprenden lo que se les pide", dice Bianchi sobre sus equipos. Y enseguida completa: "Boca ganó presencia mundial a partir del 2000, cuando le ganó al Real. Logró reconocimiento y, con continuidad en torneos internacionales y finales, consolidó su presencia entre los mejores del mundo. Pero la mística no la crea un técnico solo, sino esos grandes planteles". Y la mística creada por los planteles y la mano del Virrey, justamente, se mantuvo con los años.Después de las tres Libertadores y las dos Intercontinentales con Bianchi, Boca tuvo en el 2004 dos tropiezos que se parecieron al fin de un ciclo dorado, con la derrota en la final de la Copa ante el Once Caldas y la caída en la Recopa frente al Cienciano. Pero no fue así. La Sudamericana a fines de ese 04 que venía mal fue el repunte y el primer logro post-Bianchi. "La continuidad de los jugadores es un poco el secreto del éxito en continuado", dice el Chino Benítez. Y con Basile, a mediados del 2005, se relanzó definitivamente el período de gloria, los cinco títulos en el 2005 y 2006 ubicaron al Coco entre los técnicos más grandes de la historia del club.Lo sorprendente de esta década xeneize es que varias veces pareció apagarse el brillo, pero siempre resurgió apoyado en las mismas figuras. Porque se fue Basile, sufrió un golpe duro con La Volpe y luego con Miguel Russo volvió a lo más alto de América, en la Libertadores 07. Y al otro año, ya con Ischia, sumó otros dos títulos... "Hay jugadores que ganaron todo en Boca y son muy importantes para marcar el camino y que no se corten los éxitos. Puede pasar que después de una campaña mala se los apunte como responsables, pero la experiencia es fundamental y necesaria en todo plantel", analiza el Melli Guillermo, con 16 títulos en el club.Boca, de ahora en más, puede ganar o perder, pero ya nadie le quita haber tenido su década. La década de oro (y azul).

viernes, 1 de enero de 2010

TIERRA Y HUMANIDAD: UNA COMUNIDAD DE DESTINO


Por Leonardo Boff


Tenemos que empezar el año con esperanza, pues urge hacer frente al clima de conmoción y de frustración que significó la COP 15 de Copenhague. Ciertamente, el calentamiento global comporta graves consecuencias. Sin embargo, desde una perspectiva más filosofante, no estaría destinado a destruir el proyecto planetario humano, sino que lo obligaría a elevarse a un estadio más alto para que sea realmente planetario. Urge pasar de lo local a lo global y de lo nacional a lo planetario.Si miramos hacia atrás en el proceso de la antropogénesis, podemos afirmar: la crisis actual, como las anteriores, no nos llevará a la muerte sino a una integración necesaria de la Tierra con la Humanidad. Será la geosociedad. En ese caso, estaríamos entonces ante un sol naciente y no ante un sol poniente.Tal hecho objetivo conlleva un dato subjetivo: la irrupción de la conciencia planetaria con la percepción de que formamos una única especie, ocupando una casa común, con la cual formamos una comunidad de destino.


Esto nunca había ocurrido antes, es lo nuevo de la actual fase histórica.Es innegable que hay un proceso en curso que ya tiene miles de millones de años: la ascensión rumbo a la conciencia. A partir de la geosfera (Tierra) surgió la hidrosfera (agua), enseguida la litosfera (continentes), posteriormente la biosfera (vida), la antroposfera (ser humano) y para los cristianos la cristosfera (Cristo). Ahora estaríamos ante la inminencia de otro salto en la evolución: la irrupción de la noosfera que supone el encuentro de todos los pueblos en un único lugar, el planeta Tierra, y con una conciencia planetaria común. Noosfera, como la palabra sugiere (nous en griego significa mente e inteligencia), expresa la convergencia de mentes y de corazones dando origen a una unidad más alta y compleja.Lo que nos falta, por el momento, es una Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad que coordine las conciencias y haga converger las diferentes políticas. Hasta ahora nos limitábamos a pensar en el bien común de cada país. Ampliamos el horizonte al proponer una Carta de los Derechos Humanos. Esta fue la gran lucha cultural del siglo XX. Pero ahora surge la preocupación por la Humanidad como un todo y por la Tierra entendida no como algo inerte, sino como un superorganismo vivo del cual nosotros los humanos somos su expresión consciente. ¿Cómo garantizar los derechos de la Tierra junto con los derechos de la Humanidad? La Carta de la Tierra surgida en los inicios del siglo XXI intenta responder a esta demanda.La crisis global nos está exigiendo un gobierno global que coordine soluciones globales para problemas globales. Ojala no surjan centros totalitarios de mando sino una red de centros multidimensionales de observación, de análisis, de pensamiento y de dirección que tengan como objetivo el bien vivir general.Se trata sólo del comienzo de una nueva etapa de la historia, la etapa de la Tierra unida con la Humanidad (que es la expresión consciente de la Tierra). O la etapa de la Humanidad (parte de la Tierra) unida a la propia Tierra, formando juntas una única entidad, una y diversa, llamada Gaia o Gran Madre.Ahora estamos viviendo la edad de hierro de la noosfera, llena de contradicciones, pero aun así, creemos que todas las fuerzas del universo conspiran para que se afirme. Hacia ella está marchando nuestro sistema solar, quién sabe si toda la galaxia, y hasta incluso este tipo de universo, pues según la teoría de las cuerdas puede haber otros, paralelos. Es frágil y vulnerable, pero viene cargada de nuevas energías, capaces de moldear un nuevo futuro. Tal vez en este momento la noosfera sea solamente una llama trémula, pero representa lo que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza. Tiende a realizarse.

HORACIO QUIROGA; HIJO Y PADRE DE LA SELVA


Por Juan Carlos Onetti


La única vez que ví a Quiroga in corpore fue en una esquina de Buenos Aires. Lo había leído tanto, sabía tanto de él, que me resultó imposible no reconocerlo con su barba, su expresión adusta, casi belicosa. Su pedido silencioso de que lo dejaran en paz ya que el destino no lo había hecho. Era inevitable ver, mientras él esperaba el paso de un taxi sin pasajero, que su cara había estado retrocediendo dentro del marco de la barba. Continuaban quedando la nariz insolente y la mirada clara e impasible que imponía distancias.Y cuando apareció el coche y Quiroga revolcó su abrigo oscuro para subirse recordé un verso de Borges, de aquellos de los tiempos de la revista Martín Fierro, cuando Borges padecía felizmente fervor de Buenos Aires, y que dice, en mi recuerdo, "el general Quiroga va en coche al muere".


Conversación del enfermo


Estoy seguro de que en aquel viaje -al hospital, según supe- él ya sospechaba lo que yo sabía. Un común amigo, Julio Payró, muy querido por mí, se carteaba con Quiroga y éste lo visitó brevemente, a su estilo, cuando bajó de la selva para consultar médicos en Buenos Aires.Hay quien afirma, audazmente, que a veces, en una por millón, el paciente tiene un promedio intelectual superior al del médico. Éste fue el caso de Quiroga. El director del hospital, que ya había afilado el bisturí, estuvo conversando con el enfermo en el jardín del hospital. Quiroga mostró la malsana curiosidad de enterarse de la gravedad de su dolencia. Y obtuvo sonrisas, optimismo, circunloquios, engaños mal disfrazados. Quiroga supo que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.


Prefirió una agonía más breve y abandonó por la noche el hospital para comprar los bastantes gramos de cianuro para eludir para siempre la insistencia de una vida compleja y admirable, ahora ya inútil.Poco después de que las cenizas de Quiroga viajaran hasta su ciudad natal, Salto, Uruguay, dos amigos suyos desde la mocedad, Delgado y Brignone, publicaron una biografía del escritor. Me detengo aquí para comprobar y decir que esta biografía impresionante por su fidelidad, por el hecho de que sus autores por medio de una permanente amistad que se mantenía por cauce postal hasta la muerte del biografiado, mantiene hoy su carácter de única. La tuve, la perdí en vaya a saber cuál de mis traslados. Ahí, en ella, está todo Quiroga desde los insinceros, decadentes Arrecifes de coral y el derrotado viaje a París hasta su muerte en el refugio de un hospital.Luego, pasado el tiempo de silencio e ignorancia que es costumbre otorgar e imponer a los difuntos que importaron, se sucedieron muchos libros sobre Quiroga y varios críticos e intelectuales de diversa especie viajaron a la selva misionera con el absurdo propósito de ver allí algo que se le hubiera escapado al maestro.Mucho antes, un gran escritor se instaló durante meses en una casa próxima a la que habitaba el cuentista genial. Proximidad que fue aceptada con la condición de que las visitas se realizaran solamente cuando Quiroga estuviera con un humor propicio. Para anunciar estos no frecuentes estados de ánimo, el uruguayo izaba una bandera.Pero ni los pre-muerte ni los post agregaron nada de importancia a la biografía de Brignone y Delgado, nunca reeditada -que yo sepa- e imposible de encontrar ni en librerías de viejo ni en bibliotecas de amigos.Cuando su obra ya era definitiva, hecha con cuentos tremendos escritos sin tremendismo, con cuentos para niños inteligentes que delatan una escondida y rebelde ternura, con un par de mediocres novelas que confirman su insincero aserto de que una novela es sólo un cuento alargado, aceptó la tentación de bajar a Buenos Aires. Dejaba detrás las alegres fatigas del machete y la congoja de una muerte trágica que tal vez, sin quererlo, él mismo había estado conjurando al exigir a otros el coraje incansable en la lucha con el destino, coraje que él mantuvo hasta el fin.Este viaje a la capital tuvo forzosamente la calidad de una visita más o menos larga. Quiroga era ya padre e hijo de la selva y no resistió mucho su llamado.Aquel viaje visita tuvo tres consecuencias que, sin duda, afectaron al escritor con intensidad diversa.La más importante y nada literaria fue provocada por la imprudencia de su hija Eglé -maravillosa persona- al presentarle a una compañera de colegio, muchacha de gran belleza. Poco tiempo después, Quiroga se casó con ella y la llevó, como cazador y presa, a su casa en la selva norteña.La segunda consistió en una larga temporada de fiestas y reuniones en las que admiradores, y aspirantes a buenos discípulos rodearon al maestro tanto en su residencia de las afueras, en la localidad de Vicente López, como en hogares y restaurantes porteños. Aquí el hombre huraño, tan parco en tolerar visitas y habituado a cerrar las puertas de la casa recia y humilde que había construido con sus manos, bajó la guardia, supo ser amable, cordial y receptivo. Confirmaba que su tarea de escritor no había sido vana y tenía a su lado la hermosura demasiado blanca, demasiado rubia, de su nueva esposa.Tantos meses de merecida dicha tenían que provocar la tercera consecuencia.Ahora, una aparente digresión: otro suicida famoso, Hemingway, obtuvo, más o menos un año después de volarse la cabeza, un curioso reconocimiento a su obra y a su vida. Cáfilas de criticones, de fracasados, de adictos incurables a la envidia se abalanzaron con furia a la conquista de espacio en diarios y revistas para atacar al muerto.


Hienas comecadáveres


Recuerdo que la ola de baba verdosa llegó a tal altura que la revista Life cedió una doble página a Malcolm Cowley para que intentara un dique contra las hienas comecadáveres.


Este artículo fue reforzado con un dibujo que representaba a Hemingway desnudo y muerto, tenazmente visitado por cucarachas, moscas, toda la sabandija pensable.


Tal vez hubiera alguna rata en el festín.


Algo muy parecido ocurrió con Quiroga vivo.


Paridos a consecuencia de un cruce misteriosamente fértil entre dos viejas prostitutas llamadas envidia y ambición, decenas de enanitos declararon perimido el arte de Quiroga. Era necesario que los cuentos del maestro se hicieran a un lado en la historia literaria para dar paso a los que ellos, los nuevos y novísimos, pergeñaban para deleite propio y de la pretendida elite en que flotaban. Es decir, que los relatos quiroguianos, de ciudad o selva, que son para mí grabados en metal, exentos de adornos, se olvidaran para aplaudir acuarelas pintadas en el país de algún abanico.El maestro cometió el error de darse por enterado y publicó una respuesta que era desafío y afirmación. Sucedió lo inevitable. Ya ni Funes el memorioso recuerda los nombres ni los engendros de los aspirantes a iconoclastas.Todos los cuentos de Quiroga, cualquiera fuera su tema, están construidos de manera impecable. Pero debo señalar que aquellos que se sitúan en Misiones están impregnados del misterio, la pobreza, la amenaza latente de la selva. Allí es imposible descubrir arte por el arte, regodeos puramente literarios.Porque la selva amparaba el horror del que supo el escritor y que venció la ferocidad de su individualismo. Supo de la miserable sobrevida -o persistencia del no morir- de los mensú, de sus sufrimientos callados porque conocían la esterilidad de expresarlas con la dulzura exótica de su idioma guaraní. Tal vez, raras veces, se les escapara un "añamembu" dirigido al patrón invisible y de crueldad cotidiana e interminable. O al capataz de revólver y látigo; o al destino tan sabio en torturar y en suprimir explicaciones.Para el mensú, mantenido siempre al borde de la agonía, el patrón nunca visto tenía forma de hombre, pero era una empresa lejana e inubicable, una oficina con aire acondicionado, una compañía que seguiría floreciente mientras la selva conservara árboles para hachar y hombres para ir desangrando.El aire acondicionado es brujería impensable para esclavos famélicos cuya soñada fuga estaba vedada por policía mercenaria, asesina y privada, por perros expertos en alcanzar gargantas de fugitivos. El aire acondicionado es indispensable en las lejanas oficinas de los gringos porque en Misiones la temperatura diurna es de 45 centígrados a la sombra para declinar, cuando desfallece el sol, a cinco grados bajo cero.Pero la explotación de hombres tiene una muy rigurosa cobertura legal. Cada mensú tiene que firmar un papel, la contrata, por el que se compromete a trabajar en los obrajes durante un tiempo determinado y en las condiciones que disponga el patrón oculto.


Excusa del analfabeto


Allí no se acepta la excusa de analfabetismo: hay que firmar con una cruz, un garabato o con la huella del pulgar. Y luego reventar de cansancio o paludismo o por gracia de Dios, que todo lo ve. Terminada la contrata, los supervivientes, llenos de sana alegría y libres como pájaros, se embarcan hasta Posadas, capital de Misiones, para festejar. Los acompaña, cariñoso, un subcapataz. Allí pasan algunos días y, sobre todo, noches. La caña corre, las mujeres abundan y todas casualmente se llaman Venérea. El sub simula acompañarlos en la gran orgía y aguarda con paciencia de buitre. No muchas horas después todos los mensú están borrachos y endeudados hasta el cuello.Porque también en Posadas la empresa es generosa y fía, como les fiaba en el clásico y canallesco almacén del obraje. El buitre está atento y sabe actuar. Las deudas de la fiesta quedan saldadas si la víctima firma otra contrata. Días después, los mensú remontan el río, amontonados como animales, y vuelven, por otros dos o tres años, al martirio del infierno breve.Termino con una confesión. En uno de sus cuentos, llamado La bofetada, Quiroga escribe que un mensú, amenazado por el revólver de un capataz rubio, le hace saltar mano y arma con un voleo certero del machete. Luego le obliga a caminar, chorreando sangre, hasta que el gringo cae exánime. Entonces el mensú se dirige en busca de la frontera de Brasil.La violencia me repugnó siempre. Pero mientras leía el cuento mis simpatías acompañaban al mensú durante su viaje al destierro.


Quiroga básico


Nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878. En 1901 publica su primer libro, Los arrecifes de Coral. Dos años más tarde, conoce Misiones, cuando acompaña a Leopoldo Lugones en una expedición. Se instala en esa provincia, en 1906, con Ana María Cirés, su primera esposa. Ejerce como juez de paz y ensaya distintas plantaciones. Tras enviudar, regresa a Buenos Aires en 1916. Publica Cuentos de amor, de locura y de muerte, Cuentos de la selva, y Anaconda. Vuelve a Misiones en 1932, con su segunda mujer y tres hijos. Enfermo de cáncer, su familia disgregada, se suicida en un hospital de Buenos Aires, ingiriendo cianuro, el 19 de febrero de 1937

JI JI JI EL MEJOR TEMA DEL ROCK NACIONAL


EL MÍTICO TEMA REDONDO FUE ELEGIDO DE ENTRE 250 CANCIONES VOTADAS POR OYENTES DE CUÁL ES?



"El Rock de tu vida" se llamó la gran la encuesta realizada en Cuál es?, el programa que conducen Mario Pergolini, Eduardo de la Puente y Marcelo Gantman en Rock & Pop; una iniciativa que invitaba a los oyentes a elegir los temas más representativos del rock nacional, los temas con los que el público rockero se siente más identificado. Así, quedaron seleccionadas 250 canciones con "Ji ji ji", el mítico tema de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, a la cabeza, como el tema que mejor logra transmitir la esencia del rock argento.


En el segundo puesto, se ubicó "Hablando de la libertad" de La Renga. Y otros dos temas de la banda comandada por el Indio Solari formaron parte del top ten: "Juguetes perdidos" y "Todo un palo". En cuanto a los solistas, Andrés Calamaro dominó la encuesta con "Paloma" en el puesto 17 pero Charly fue el más votado, con 8 canciones.


La lista de los diez mejores:


1) "Ji ji ji", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

2) "Hablando de la libertad", La Renga

3) "La leyenda del hada y el mago", Rata Blanca

4) "Juguetes perdidos", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

5) "Ala delta", Divididos

6) "El 38", Divididos

7) "Todo un palo", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

8) "Destrucción", V8

9) "De música ligera", Soda Stereo

10) "Persiana americana", Soda Stereo

EL PAPA PIDIÓ ALIVIAR LA SITUACIÓN DE LOS MÁS POBRES


Joseph Ratzinger, pontífice de la iglesia católica, brindó un mensaje para el 2010 desde la basílica de San Pedro y afirmó que la "crisis económica" aún no ha finalizado.


Solicitó acciones y solidaridad "para aliviar las dificultades de los más desfavorecidos".
Está previsto que el primer día del año Ratzinger celebre una ceremonia religiosa conocida como "misa" por el Día Mundial de la Paz.


"Aún hoy muchas familias sufren la crisis económica y el desempleo", afirmó el jerarca católico, y pidió para 2010 acciones y solidaridad "para aliviar sus dificultades", sin especificar cuáles deberían ser, desde su criterio, concretamente esas acciones.


Algunos expertos en pensamiento papal se apuraron a considerar que Ratzinger podría haberse referido subrepticiamente a una distribución más equitativa de la riqueza y que los más beneficiados por el sistema capitalista entreguen generosa y solidariamente un pequeño porcentaje de sus enormes recursos económicos para paliar las necesidades de los más desfavorecidos e indigentes.


"Después de todo es lo que dice el Evangelio" (libro sagrado de los católicos), opinaron entusiasmados los expertos.
"Pero claro, son meras suposiciones, jamás sabremos lo que quiso decir Su Eminencia", redondearon un poco decepcionados.


El jerarca católico de origen alemán, cuya humildad, sobriedad y sencillez en el vestir, lejos de cualquier extravagante ostentación es reconocida por todo el mundo, prefirió no aclarar dudas ni realizar ninguna precisión al respecto.

IGUALES ANTE LA LEY Y LA SOCIEDAD


Por Washington Uranga


La condena al arzobispo Edgardo Storni representa, desde el punto de vista institucional, un paso muy importante para la Justicia y la vida de la sociedad argentina. Ya lo fue, en alguna medida y a pesar de que no se encuentra todavía firme, el fallo que condenó al sacerdote Julio César Grassi. Pero este de la jueza María Amalia Mascheroni adquiere una dimensión mayor por tratarse de un obispo, es decir, de una autoridad jerárquica de una Iglesia Católica que también ha utilizado el poder en la Argentina para lavar sus culpas y diluir sus responsabilidades. Para ello contó, durante mucho tiempo, con la complicidad del poder político y de las instituciones del Estado. La sentencia contra Storni es un paso más para dejar en claro que esta etapa está quedando en el pasado, aunque falten todavía muchas muestras más de autonomía. No se trata, ni más ni menos, que de la aplicación de un principio elemental del derecho: todos somos iguales ante la ley. También los curas y los obispos. No siempre fue así. Tal igualdad, que es sana para las instituciones y para toda la sociedad, lo es, sin duda y en primer lugar, para la misma institución católica.Desde otro punto de vista queda claro que Storni no es sino un emergente de un problema que atraviesa a la Iglesia Católica de todo el mundo, de Norte a Sur y de Este a Oeste. Las denuncias sobre delitos por abusos sexuales cometidos por los ministros se multiplican en todos los lugares. En algunos casos la Iglesia ha decidido afrontar las demandas entregando cuantiosas indemnizaciones a las víctimas. En otros todavía funcionan los mecanismos de ocultamiento y de negación. El propio Benedicto XVI asumió las culpas de varios ministros acusados de delitos sexuales y pidió perdón por ello. Tales pedidos de perdón tienen que ser aceptados, en términos individuales, por las víctimas. Y en términos político-culturales por el conjunto de los interlocutores de la sociedad. No es el caso de Storni, que, a pesar de las evidencias y de la misma manera que lo sigue haciendo Julio César Grassi, niega las acusaciones. Pero más allá de todo ello en la Iglesia Católica no existe una verdadera revisión que lleve a preguntarse en términos de su propia organización y de su cultura institucional por qué sus ministros recaen en este tipo de delitos vinculados con los abusos sexuales.Está claro que quienes así se comportan son los menos, son una minoría. Pero la reiteración y el aumento del número conocido de tales hechos hacen pensar que existen en el propio funcionamiento institucional, en los procesos de formación, en los modos de vida de los sacerdotes, condiciones que al menos favorecen la comisión de estos delitos. La Iglesia jerárquica, sin embargo, se niega a considerar esta realidad de manera seria y profunda, a revisar la cultura y las modalidades institucionales. Y el mecanismo al que más se recurre es el de admitir “el pecado” de los “hijos de la Iglesia”, sin reconocer responsabilidades institucionales. Es la misma lógica con la que se actuó cuando fue ineludible asumir la complicidad de parte de la jerarquía en las violaciones a los derechos humanos.A lo anterior se agrega la protección institucional, directa o encubierta. Storni fue obligado a renunciar, pero si recibió alguna sanción ésta no se conoció públicamente. Lo mismo sucede con Grassi. E idéntica actitud asumió la jerarquía eclesiástica con el cura Christian von Wernich, sentenciado por delitos de lesa humanidad. Los obispos suelen quejarse cuando aparecen críticas en este sentido y en muchos casos leen cualquier observación o comentario como parte de campañas orquestadas contra la Iglesia o ataques contra la jerarquía. Esto aun cuando tales críticas provengan de hombres o mujeres de las propias filas eclesiales. Se les hace difícil entender que, tal como ellos mismos lo reclaman, son parte visible de la sociedad y actores importantes de la misma. Y eso, porque estamos en democracia, los iguala en todos los sentidos. También cuando tienen que hacerse responsables institucionalmente de la conducta de sus miembros más destacados.