lunes, 4 de marzo de 2013

CUANDO LOS LIBROS SE DISPONEN A CONTAR LAS HISTORIAS DEL ROCK

Una tendencia editorial. Este 2012 que acaba de pasar será recordado por ser un año en el que las librerías se colmaron de obras que intentaron analizar e interpretar diversos aspectos que rodean a ese fenómeno relativamente nuevo conocido como rock and roll. 
 
Por Walter Lezcano.
 
La liturgia rockera no sólo vive de festivales sponsoreados por referentes del capitalismo salvaje, discos y merchandising. También se alimenta de literatura. De libros que fogonean y avivan la mística y desarrollo de un género musical (en algún momento lejano de la historia, por increíble que parezca, fue tomado como una cosmovisión peligrosa para el establishment y los estatutos burgueses) que siempre parece estar en vías de extinción.

Este 2012 que acaba de pasar puede ser recordado, entre otras cosas, por ser un año en el que las librerías se colmaron de grandes obras que intentaron retratar, analizar e interpretar diversos aspectos que rodean al fenómeno, relativamente nuevo, conocido como rock and roll.
EL YANQUI (PRIMERA PARTE). El primero de los Highlights fue la reedición de un libro perdido en el tiempo, y esencial para comprender el nacimiento del punk rock: Rastros de Carmín (Anagrama). Conocida como la antropología de un grito demencial de Johnny Rotten: ¡Soy un anticristo! en "Anarchy in the U.K", este bodoque de 527 páginas (pasa por la historia, la filosofía, el cine, la poesía y, por supuesto, el análisis musical) fue escrito por el gran Greil Marcus (San Francisco, 1945). Uno de los primeros cerebros (estuvo en la redacción de la naciente Rolling Stone) que elevó la simple review de un evento o disco a la categoría de crítica profunda y reveladora. De este mismo autor, también apareció El basurero de la historia (Paidos): una recopilación de artículos desperdigados en los medios para los que trabajó: Los Angeles Times, Rolling Stone o Artforum . Muestrario de los diversos intereses de Marcus (el libro cuenta con un prólogo del siempre interesante Pablo Schanton), que lo sitúan en un lugar de privilegio dentro de la crítica internacional y nos demuestra que un crítico de música no deja de ser, al fin y al cabo, un gran lector.
EL INGLÉS. El nombre de Simon Rey-nolds (Londres, 1963) comenzó a circular con fuerza luego de la edición en 2011 de Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas (Caja negra). Una serie de textos que mostraban a un crítico elevado que utilizaba métodos deconstructivistas (Derrida, Deleuze, entre otros) para decodificar y “para focalizarse en la materialidad sonora y considerar las políticas del sonido implicadas en las distintas estrategias compositivas del pop", como reza la contratapa. En su primer libro en castellano, el autor analizaba cuestiones tan disímiles como el Postpunk, Rock psicodélico, Postrock, Madonna, el Hip Hop, etcétera.
En 2012, apareció su segundo libro en castellano: Retromanía (Caja Negra). En este texto, Reynolds pone en jaque a la contemporaneidad y la necesidad obsesiva de mirar el pasado. Con un lenguaje contemplativo, casi de registro (incluye entrevistas y anécdotas personales con su hijo, que son la mejores partes), algo más accesible que su obra anterior, indaga todas las formas del negocio de la nostalgia y la utilización de la tecnología para la eterna conmemoración. La pregunta que intenta responder es sobre el futuro que le espera al mundo pop frente a esta situación. Es cuestión de esperar.
EL ARGENTINO. La figura de Ricky Espinosa (cantante de la banda punk Flema, quien se suicidó el 30 de mayo de 2002 arrojándose de un quinto piso) pareciera ser una estampilla mas del universo fatal del rock argentino. Otro santo más. Sin embargo, Diego Vecino (Buenos Aires, 1984), periodista y sociólogo, ve en ese cantante y esa banda la puerta de entrada perfecta a una exploración lúcida y despiadada, con sentencias provocadoras, de la década del noventa. Flema es una mierda (Mancha de Aceite) es una mezcla natural de biografía, estudio sociológico, crítica musical y argumentación sin red. Su lectura cuestiona los saberes anquilosados sobre esa década y no cae en ninguno de sus lugares comunes.
EL FRANCÉS. Claude Chastagner intentó en De la cultura rock ( Paidos) una obra de divulgación, dando cuenta de los diversos aspectos de un mundo en apariencia desconocido. El índice nos da una muestra cabal de esto: Museos, Eslóganes, El dinero, El artista y el vendedor, Guitarras, Pop, entre otros temas sugestivos. Los aspectos de una cultura entran en su estudio, ya sea desde la filiación o el cuestionamiento, con citas académica y una profusa información de temas y bandas clásicas, el texto se detiene en todos los aspectos que conforman el territorio rockero.
EL YANQUI (SEGUNDA PARTE). La historia secreta del disco. Sexualidad e integración racial en la pista de baile (Caja Negra) de Peter Shapiro (EE UU 1969), se mete a fondo, como su título lo indica, con un género específico. Haciendo gala de una prosa encantadora y mostrando una erudición envidiable (el autor es especialista en música negra) este texto no sólo nos muestra el nacimiento y evolución de la música disco, sino también nos aporta una mirada iconoclasta y, algo muy importante, divertida sobre la injerencia social que tuvo para varias generaciones. El derecho a la fiesta, a divertirse, a la libertad de poder expresar el ser en toda su plenitud en marcos de complejidad histórica y revueltas civiles es una conquista valiosa y, aparte, una gran historia. Sobre esto trata el libro de Shapiro. Y todo esto es posible de disfrutar gracias al trabajo de traducción cuidado (en este caso realizado por Agustina Marchi) que viene realizando la editorial. «
 
Fuente: Tiempo Argentino.

"ELCIRCULO TODAVIA NO SE CERRO"

Los padres de María Soledad Morales creen que hubo más culpables que no recibieron castigo.
 
Después de dos décadas de llorar, luchar y buscar, persiste en Ada Rizzardo de Morales y en su familia la sensación de que el círculo no se cerró. De las 32 personas que iban a ser investigadas por falso testimonio ninguna llegó a juicio. Los sospechosos de coautoría y encubrimiento del crimen no recibieron castigo alguno y fueron sobreseídos por la Justicia.
La semana pasada, en una charla que tuvo con Alberto Lebbos –un tucumano padre de una joven torturada y asesinada hace siete años, cuyo autor jamás se conoció–, declaró que “hay que decir basta ya, basta de tanta impunidad, que no haya más injusticia”.
No hay persona que llegue a la casa de los Morales y no se lleve, si es época, una bolsa de naranjas de los árboles que cuida la madre de María Soledad. La familia vive de los pocos pesos de la jubilación de Elías, y poco más, como la ayuda de alguno de sus otros hijos.
“¿Y la plata del juicio?”, le preguntó una periodista local en una entrevista publicada en El Ancasti Digital. “Jamás recibimos un peso –contestó Ada–. Los condenados se declararon insolventes. Nosotros habíamos renunciado desde un primer momento a la plata, que se iba a donar al Hospital de Niños, en agradecimiento a la sociedad”. Pero ningún resarcimiento económico les llegó nunca, ni a ellos ni al hospital.
La muerte de María Soledad derrocó a la que era llamada “la dinastía” Saadi y encumbró a la coalición del Frente Cívico y Social en el poder desde 1991 hasta 2011. “Yo sólo soy una madre que pidió y sigue pidiendo justicia”, agrega Ada. Le ofrecieron un cargo durante el gobierno de Néstor Kirchner, pero lo rechazó. Después de ganar las elecciones provinciales en 2011, la actual gobernadora Lucía Corpacci –pariente de los Saadi–, dijo estar “orgullosa de ser Saadi”.
 
Fuente: Clarin.

EL LADO B DE LAS PIZZERIAS PORTEÑAS: LAS CADENAS POPULARES Y BARATAS

Por Nahuel Gallotta

Ugi’s, Zapi y Fábrica de Pizzas suman unos 50 locales. La de muzzarella, de $ 13 a $ 24.
 
Hace pocos meses el Banco Ciudad preguntó en una publicidad cuáles eran las mejores pizzerías de Buenos Aires. Los vecinos daban nombres de locales tradicionales y muy conocidos, respuestas previsibles que podrían haber salido también de la boca de turistas.
Pero hay pizzerías populares y mucho más baratas, que tienen tantos o más clientes básicamente por el precio.
“El que no comió en Ugi’s es porque nunca fue pobre ”, dice un fanático en la red social de una de las pizzerías porteñas más económicas, cuyo eslogan es “No a la droga, sí a la pizza”.
Entre las cadenas Zapi, Fábrica de Pizzas y Ugi’s, actualmente superarían los 50 locales. No las nombran en la publicidad, pero están y son opción para muchos porteños.
La de muzzarella cuesta allí entre $13 y $24, cuando en un local de barrio no baja de $37.
Pietro Sorba nació en Italia. Es periodista, crítico gastronómico y autor del libro “Pizzerías de Buenos Aires”. Su trabajo lo llevó a recorrer 90 pizzerías, para elegir a las mejores 35. “Estas pizzerías –por las más económicas– ofrecen productos coherentes con el precio y con el tipo de local en el que se venden. Es una propuesta franca y honesta. Venden algo claro: estructura reducida, la menor cantidad de personal y todo el producto se hace desde una central. La gente los elige por lo económico y el acostumbramiento al sabor”, opina.
Son las 11 de la mañana de un martes. En Ugi’s de Lima y Avenida de Mayo hay un pizzero pendiente del horno, una cajera, un empleado de limpieza que levanta la basura del salón y varios carteles que “piden” $24 por una de muzza. El orégano y la sal están en botellas de medio litro de gaseosa, con un agujero en la tapita. Si se pide gaseosa, nada de vaso: te dan un sorbete. Y aquellos que se quieren llevar la pizza, pagan un peso adicional por la caja.
Allí suele estar todos los días Hugo Solís, uno de sus dueños. Pero hoy no y por teléfono le pide a una empleada que diga que no le interesa hablar de su cadena de locales. Se sabe que Ugi’s es una empresa familiar, que lleva aproximadamente 30 años y que la idea nació en Estados Unidos. Trabajando allí se les ocurrió ofrecer en Argentina un solo producto, que salga siempre igual y al menor costo posible (producen su propia muzzarella). Muy americano.
Y con la meta de ganar en la cantidad.
Pizza Zapi tiene una promoción retirando en el mostrador: $21,90 la grande de muzzarella. A diferencia de Ugi’s y Fábrica, cuenta con página de Internet: por esa vía se puede comprar en cantidad.
Hoy están ofreciendo sus productos a bares y caterings.
Y pasaron de franquicias a franquiciados.
Franco Ferrari, gerente de la empresa, cuenta que comenzó en 1993, luego de cansarse de vender ropa. El primer local lo abrieron en Bolívar y Chile. “El cliente de Zapi no es el más rata. Se trata de una persona que busca gastar poco, pero quiere una pizza buena”, sostiene. Ahí está la diferencia para él. Que si un varón sale con una mujer medio “rollinga” o muy de barrio, puede llevarla a comer a Zapi. A Ugi’s, si hay amor, también. Pero a Fábrica de Pizzas es más complicado. Es como otro target.
Pero para Ferrari, las pizzerías tradicionales y más famosas, esas que nombran en la publicidad, les están ganando la batalla gastronómica.
“Hace años que vienen imponiendo promociones chicas, al paso, y la gente busca zafar. Por ejemplo, hay lugares donde te ofrecen dos porciones de muzza y un chop de cerveza o gaseosa por $23”, explica. Y termina de redondear el concepto: “En una de esas pizzerías podés comerte dos porciones, una fainá y una gaseosa, y te llenaste por menos de 30 mangos. En cambio, sentarte en un restaurante no baja de los 50. Las pizzerías tradicionales siempre terminan siendo la mejor opción”.
 
Fuente: Clarin.

NOVELA DE TERROR

La historia de Papel Prensa llega a la literatura. En la premiada Una misma noche, Leopoldo Brizuela utiliza el secuestro de los Graiver para desentrañar los prejuicios y miedos de la sociedad ante un hecho complejo. El día que los militares irrumpieron en su casa y la dificultad de tolerar relatos grises. Las menciones a Veintitrés.
 
Por Lucas Cremades.
 
Este rostro ahora iluminado por el sol no es igual al de aquel niño que durante una sombría noche de 1976 se sentó a tocar el piano de su casa platense con un milico armado a su lado, mientras el resto requisaba la vivienda donde Leopoldo Brizuela vivía junto a sus padres. Su memoria acerca de ese episodio ha ido variando. Parecido a lo que les ocurre a sus parientes más cercanos y a cualquiera de los mortales. En Una misma noche, el escritor nacido en 1963 despliega con suspenso una historia que interpela a la memoria, rearmando con fragmentos ajenos los viajes por las noches de la dictadura. “Es la época que me tocó vivir”, aclara Brizuela, mientras observa con cierto deleite desde un piso 14 un atardecer en el Bajo porteño.
En la madrugada del 2010, el escritor platense Leonardo Bazán –alter ego de Brizuela– es testigo de un robo cometido en una casa vecina por una banda de agentes de la Policía Bonaerense. Enseguida, comienza a escribir frenéticamente. El hecho lo retrotrae treinta años atrás, cuando un grupo de tareas ingresó a su casa buscando información sobre los vecinos de la cuadra, vinculados a David Graiver y la empresa Papel Prensa. Los militares perseguían a Diana Kuperman, la protagonista del libro, una secretaria de Graiver que es secuestrada y torturada y en la actualidad de la novela participa como testigo en los Juicios por la Verdad. Por sus páginas desfilan Massera, Camps, el dinero de los Montoneros, el día que Kirchner bajó el cuadro de Videla y otros hechos de actualidad. Por su significado simbólico, la trama de Papel Prensa –una operación cívico militar para apropiarse de un insumo clave y dárselo a un pool de medios aliados– es una historia cuyos capítulos se siguen escribiendo día a día (ver recuadro “El juicio penal”).

–¿Por qué eligió incluir a los Graiver y la venta de Papel Prensa en la novela?

–Los Graiver eran de La Plata y eran muy famosos cuando saltó el escándalo de la familia en 1977, y yo conocía a alguien que trabajaba en las empresas. Además, no eran pobres y no eran de izquierda –que yo sepa–. Me interesaba alguien que realmente existe y que se comió no sé cuántos años de cárcel enchufada, simplemente porque supusieran que sabía un número de cuenta bancaria. El modo de imaginar la novela no es inventar completamente todo sino concentrar en esa cuadra a todos juntos para una especie de compilado de actitudes durante la dictadura. Pero me pasó que la memoria siempre rescata cosas que no son arquetípicas. Eso me gusta. Siempre se piensa en el desaparecido o en el preso, pero hay gente que estuvo un día secuestrada y sin embargo los marcó para toda la vida. Esas situaciones, que no son arquetípicas, no habían sido contadas y naturalmente me salió así.

Una misma noche ganó el Premio Alfaguara de Novela, dotado con 175 mil dólares. El jurado presidido por Rosa Montero la eligió entre 785 manuscritos y proclamó: “Tomando como punto de partida la historia reciente argentina, esta novela indaga sobre la esencia del mal y nuestra corresponsabilidad en la violencia y la injusticia”.

Brizuela recuerda aquella escena del niño, el piano y el milico, central en la narración.
“Es cierto aquel pasaje. Tenía doce años y mientras revisaban la casa, yo me senté al piano y me puse a tocar. Al lado se me puso uno que tenía una Itaka, pero yo seguí tocando. Esa escena no me la acordaba, pero lo pude hacer en el 2009 a partir de la lectura de una novela. Fue el miedo de comprobar que la casa de tu infancia ya no es un refugio, que tu padres pueden convertirse en cualquier cosa y que no te reconocés a vos mismo”.

–Su novela discute con la memoria en relación a los recuerdos y con el horror.

–Era fuerte el miedo. Y tanto el personaje como yo tuvimos esa reacción animal de ponerte a escribir, como si la escritura te salvara de la Bonaerense. Pero al otro día de aquel robo que presencié en 2010 voy al supermercado y la vecina me dice al oído que estaba al tanto de lo que había ocurrido durante la madrugada. De modo que también sabían lo que pasaba en 1977. ¿Por qué murmuraba si nadie nos estaba escuchando? Había que explorar eso. Todos nosotros teníamos una historia al respecto.

–En cada casa de esa cuadra de La Plata hay una historia y un miedo diferente ante la posibilidad de que los militares golpeen las puertas.

–Si bien utilizo personajes que traigo de otro lado y uno trabaja con relatos anteriores, me interesaba la idea de una novela en que la dictadura no pareciera como una imposición del mal, sino que además trabajara con gente que tenía su pasado y en el que cada uno reaccionaba de acuerdo a su formación. Podía suceder que entraran a una casa donde había un tipo que había hecho el servicio militar. Sin ir más lejos, al padre de Mafalda, que no era ningún reaccionario, le gustaba la colimba.

–También están los silencios y las omisiones del horror.

–A medida que escribía, iba haciendo entrevistas disimuladas con los vecinos. Les hablaba de los Graiver y alguno me decía: “Ah, sí, los judíos”. Como si encarnaran también el prototipo del judío malo. Eso te termina escalofriando y te preguntás qué vino primero, si el huevo o la gallina. Los estaban condenando a que les pasara eso. Quería tomar gente que no fuera simpática mas allá de que fueran judíos o no. Aunque es mucha la gente a la que no le caen simpáticos los judíos. Lo que me atrajo de los Graiver es que les resultaran muy incómodos a todo el mundo y que encima la pasaron horrible. Y así como alguien te decía los judíos, que algo habían hecho, un amigo del PTS me comentó: “¿Viste lo que dijo Isidoro Graiver? Y bueno, qué querés, con tanta guita…”. Me parece que sólo se pueden tolerar los relatos heroicos, que las víctimas tienen que ser heroicas porque, si no, no te bancás su relato. El crimen de lesa humanidad es un crimen se aplique con quien se aplique. Por eso evité los relatos heroicos de esa época. ¿Viste que todo el mundo hoy dice que salvó gente? Probablemente sea cierto, pero son las únicas cosas que escuchás todavía. No digo que sea mentira ni lo condeno, pero la literatura está para trabajar en los lugares que aún no han sido nombrados.

–¿Por ejemplo?

–La madre del protagonista hace lo que hizo mi mamá, que se fue hasta la casa del que todo el mundo decía que era un torturador, a la vuelta, y le preguntó por el hijo de una amiga al que habían chupado. Y el milico le dijo: “Sí, señora, va a volver, pero cuanto menos pregunte, mucho mejor”. No me parece tan horrendo, era parte de la realidad cotidiana y del nivel de locura que se vivía. Una misma persona puede ser dos en dos situaciones diferentes.

–¿La novela toma partido?

–Es ambigua. A partir de la idea de que no se puede recordar solo, lo que hice sin proponérmelo es bajar del pedestal a la memoria como entidad sagrada que todo el mundo sabe de qué habla. El tipo siente que su memoria es una herramienta que tiene y cree que lo va a ayudar a salvarse de alguna manera. Pero también se da cuenta de que es una herramienta muy precaria que sólo te puede ayudar si la contraponés con la de los otros. Y si la de los otros te ayuda, también está la afectividad; porque es muy jodido acordarte de ciertas cosas. Sólo si te contiene una sociedad podés recordar. También creo que baja del pedestal porque el personaje no cree que es un exorcismo y que va a poder olvidar, sino que a lo sumo va a poder convivir con ese recuerdo.

“Soy un chupamedias”, dice entre risas Brizuela cuando recuerda las varias menciones a Veintitrés que hay en la novela. “Cuando salió la lista del Batallón 601 en la revista, un amigo mío comprobó que aparecía su tío. Fue dramático. La vinculación con el mal es algo muy traumático de asumir y la novela se pelea con eso. La idea de una novela es poder asomarse al lado oscuro de uno mismo y tratar de pensar que eso también es humano. Estaba muy obsesionado con eso en una edad en la que dejás de creer que el mundo es el malo y vos el bueno. Por eso el epígrafe de Fernando Pessoa, que es irónico, que dice “sólo yo fui vil… literalmente vil”, esto de que yo sólo me mandé una cagada y los demás fueron demasiado buenos. Trabajar con el propio lado oscuro de uno me interesaba mucho. Eso de echarle el lado oscuro al otro es muy peligroso.

En un momento, Leonardo, el narrador del libro, pregunta: “¿Era igualmente culpable, y merecía igual castigo, el que mató y torturó que el que simplemente no se atrevió a enfrentar el horror?”. “Esto es situarse en el lugar del bien”, retoma el escritor platense. “Sobre todo por discusiones ad hominem, porque si el otro está hablando de cualquier cosa y vos le tirás ‘pero si en el año 1976 dejaste entrar a los milicos’`... Debo decir que el kirchnerismo ha instalado mucho este tema y 678 lo hace todo el tiempo. Sirve para ponerte vos en un lugar de santificación con el que la novela se pelea mucho. Cuando yo cuento estas cosas como que mi vieja fue a ver a un torturador eran cosas que tal vez no contabas por pudor. Porque si estabas al lado de alguien que le habían desaparecido a los hijos, le habían robado a los nietos, le habían vaciado la casa, no te daba ni ganas de contarlo. Pero también en eso descubrí que uno no contaba esas cosas para que no dijeran que les quería usurpar el lugar a las víctimas. Como si ser víctima fuera un privilegio. Eso me parece horrible y me lo saqué”.

La novela reflexiona también sobre el efecto de los juicios de la verdad. “Los españoles y los chilenos no lo hicieron”, destaca Brizuela. “Un juicio importa no sólo porque castigue a un victimario y resarza a una víctima sino porque una sentencia es una manera de decir indudablemente algo. Y durante mucho tiempo menospreciamos eso. Pero una sentencia que diga ‘sí, hubo desaparecidos’ tiene una fuerza simbólica impresionante. De la misma manera que es impresionante el cambio que hubo a partir de la sanción de la ley de matrimonio igualitario. La ley te protege y cambia la simbología de la gente”

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1976-2010

Los alumnos se fueron, y yo me fui a acostar, pero en mí seguía aquella danza de horror, como un presagio de literatura.
Y Ferni, el hijo menor de Cavazzoni, preguntándome en 1976 por qué venían tantos muchachos jóvenes a mi casa; y sus nietas, intrigadas en 2010 por el patrullero de la Policía Científica... Un vecino extraño, hijo de un croata nazi, me había dicho poco tiempo atrás que Cavazzoni, en la Escuela Naval enseñaba “Inteligencia”. ¿Y no sería esa habilidad lo que Ferni y las gordas ejercían como un divertimento, un juego que quizá el propio viejo les había enseñado en las sobremesas: vigilar a los vecinos, “leer” en sus costumbres, denunciarlos? ¿Y qué diferencia había entre un órgano de Inteligencia y la Policía Científica?

La viuda de Graiver diciendo “Me insistían en que vendiera con dos condiciones: no a extranjeros, no a la colectividad judía”. ¿Y habría sido Camps antisemita? ¿Y Cavazzoni? ¿Y si el odio que mi padre sentía por los judíos se lo hubieran inculcado en la ESMA? ¿Si se lo hubieran concedido como el mayor premio a cambio de su sumisión de por vida: el placer insospechado de saber que hay un estrato aún más bajo en la escala, de poder despreciarlo, de hermanarse en el odio con quienes siempre lo habían despreciado a él? Hacia 1937 o 1938, mi padre había conocido al capitán Hans Langsdorff, del acorazado Graff Spee, bombardeado por la flota británica frente a las costas de Montevideo. Eso contaba siempre. ¿Y dónde había podido conocerlo sino en la ESMA? Una vez, cuando yo todavía cursaba Letras, un profesor especialista en Macedonio Fernández me había dicho que el escritor se había contado entre los admiradores de Langsdorff –y creo que junto con Xul Solar había asistido al entierro del capitán nazi custodiado por “aprendices” de la Escuela de Mecánica de la Armada Argentina.

“No, no estaba en una cárcel”, había dicho Lidia Papaleo. “Pero al menos desde la muerte de mi marido, yo no era libre. No iba adonde elegía ir, sino adonde me empujaban.” Y agregó: “Durante treinta años he vivido así, en el miedo; o peor, en el miedo al miedo”.
(Fragmento de la novela)

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El juicio penal
“Éramos muy atractivos para la dictadura”

A principios de junio, ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, Isidoro Graiver, uno de los ex propietarios de Papel Prensa, expuso más de una hora y media acerca de su paso por el centro clandestino de detención Puesto Vasco, en donde fue torturado. En el marco del juicio conocido como Circuito Camps, sostuvo que con su familia eran “muy atractivos como víctimas para la dictadura” por el patrimonio que poseía el grupo, entre ellos Papel Prensa y “porque económicamente, más allá de los problemas financieros, éramos un grupo fuerte”. En esa audiencia, Graiver ratificó que su cuñada, Lidia Papaleo –quien días antes había ratificado la entrega de la empresa bajo amenazas durante la dictadura cívico militar (foto)– era quien había quedado a cargo de la conducción del grupo tras la muerte de su marido, David Graiver. Además, Isidoro se refirió a que estando en cautiverio, ambos fueron interrogados por el jefe de la Policía Bonaerense, Ramón Camps. En la misma audiencia declararon los hermanos Carlos y Alejandro Iaccarino, quienes junto a su hermano Rodolfo, ya fallecido, fueron secuestrados y desapoderados de sus empresas.
Graiver se pronunció acerca de la asfixia financiera a la que fueron sometidos con la intervención de sus bancos y a los enfrentamientos que su hermano había mantenido con grupos cercanos al entonces ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz. “Si a esto le agregan que teníamos Papel Prensa dentro de nuestro patrimonio, creo que queda muy claro que había suficientes motivaciones”, resumió.
 
Fuente: Revista Veintitres.

"LAS SOCIEDADES SALEN DE SUS BACHES DESDE LA COOPERACION"

Por Luis Sartori

Fabian Ferraro.Referente. Se crió en una villa, vendió en el tren, fue padre joven. Un viaje a Europa le voló la cabeza. Al volver fundó un club que le cambió la vida a un barrio. Es consultor internacional.
 
Esta historia comienza en un potrero. Una cancha pegada a un basural, un páramo de barro fácil entre el contaminado río Reconquista y la avenida Gaona vieja. En el barrio Chaco Chico, Paso del Rey, conurbano profundo y carenciado. Es la del rastro que fue dejando Fabián Ferraro, que nació en el hospital de Merlo, el quinto de seis hermanos, se crió en una villa ahí cerca y de pibe vendía en el tren Sarmiento. Que vivió jugando a la pelota y a los 17 llegó a primera, en Argentino de Merlo. Que fundó un club y creó el “Fútbol Callejero”, donde juegan chicos y chicas en el mismo equipo (200.000 jugadores en América latina), y sin árbitro . Que en 2011 salió segundo como candidato a intendente de Moreno. Y que hoy, a los 41 años, trabaja de consultor internacional. Él –de Boca y peronista– se define “líder social y político de extracto barrial”, se deleita con Gilberto Gil y Charly García, se reconoce lector voraz (de joven leyó a Galeano, Benedetti, Marx, Jauretche, Perón...). A los 21, padre del primero de sus cuatro hijos, su audacia lo llevó dos años “de buscavidas”a Andorra. Allá pivoteó entre el Deportivo Andorra y las tiendas de las pistas de esquí. Esa experiencia europea (visitó Francia, Portugal, Inglaterra) le reveló otra vida. Y, sobre todo, le descorrió el manejo de un club comunitario.
“Después de muchos años, ahora entiendo que lo que buscaba era trascender las fronteras de mi barrio. Uno de los grandes problemas que tienen los pibes de nuestros barrios es que nacen, se desarrollan y mueren en el mismo lugar. Nunca pueden conocer otras culturas. Y yo quería conocer”.
¿Tu viejo de qué trabajaba?

De cartonero, ciruja.
La plata no alcanzaba.

No, iba a comedores. Los niños comen en otros lugares cuando en su casa no hay. Nadie quiere comer en comunidad con un montón de pibes que te tiran el plato, que comés comida que a veces te gusta y a veces no te gusta, y la tenés que comer siempre.
¿Qué marca te dejó eso?

No puedo oler la polenta ni ningún derivado. Creo que la polenta yo la comí toda hasta los 9 años.
¿Pudiste estudiar?

Terminé 7º grado y ahí dejé, para seguir trabajando en la calle. Y entre los 19 y los 21 estudié un bachillerato acelerado de adultos.
¿La pasaste mejor en Andorra que acá con tus amigos?

No. Eso nunca. Por eso vivo acá. Este es mi lugar en el mundo.
¿Qué aprendiste en aquel club?

Aprendí cómo administraban, cómo mostraban las cuentas, cómo generaban elecciones y no se perpetuaban.
Y te volviste.

Con la idea de crear una cosa comunitaria. Una idea loca, porque era difícil en ese contexto. Llego en el 94 y me encuentro con una realidad terrible. Mucha desocupación y estos barrios con muchas carencias. Llegaba a las calles de tierra otra vez, a los asentamientos. Es muy impactante ver otra realidad. Cuando vivís en un barrio, te acostumbrás a tu geografía y te parece que es así. Pero cuando estás en otro lugar y volvés, te vuela la cabeza.
La “cosa comunitaria” fue el club.

Creo ser un tipo capaz de inventar herramientas que les sirven a nuestras comunidades. Quizás porque yo necesité todas estas cosas que hoy tiene esta comunidad y no las tuve: mi club en el barrio, un espacio educativo, tipos que me miren y me cuiden, una comunidad que no te discrimine porque vivís en la casilla ¿me entendés?
¿Cuál fue el primer momento que no te sentiste discriminado?

Cuando empecé a trabajar con 12 pibes en la esquina de la cancha. Mirá qué impresionante: me sentía reconocido porque trataba de acompañar un proceso de unos pibes parados en una esquina, que vivían la misma situación que yo había vivido.
(En aquel potrero, él fue el DT de esos 12 adolescentes acechados por la violencia y la droga, que dos años después le ganarían al Deportivo Morón el regional de los Torneos Bonaerenses, y al día siguiente –querían competir en todas las categorías– pusieron en el medio del basural un cartel que decía: “ En breve, Polideportivo del Club Defensores del Chaco” . El dragado del río cercano sirvió para tapar el basural. Y así comenzó todo).
¿Qué cosas les habías inculcado?

Que sean solidarios. Que vivan su vida en comunidad. No podés ser feliz solo, sos feliz cuando ves a los otros mejor. Lo que tratamos de inculcarles a los pibes fue y es que se superen a sí mismos.
¿Qué pasó en el barrio?

¿Sabés cuál fue el cambio grande? Que los padres que decían que estos pibes eran peligrosos, que eran los problemáticos del barrio, les entregaban a sus hijos para que se los eduquen. Chiquitos desde 6 años hasta pibes de 15. Se los dejaban en la cancha y después los venían a buscar. Los empezaron a ver como referentes.
¿Cuándo arranca el Callejero?

Hasta el año 2000 jugamos al fútbol tradicional. Pero había jóvenes que no se integraban: no se aguantaban el árbitro, tampoco la institución porque hay reglas para convivir. Pero eran líderes, conducían a 20, 30 pibes.
¿Qué hicieron ustedes?

Los fuimos a buscar a ellos, directamente. Los convocamos primero.
¿Cómo aparecen las reglas?

Tomé lo que había. Lo que hicimos fue recuperar el potrero, la vieja historia de las dos remeras como postes. El Fútbol Callejero recupera le esencia: primero el jugar, compartir, y el respeto por el otro. Que no podés ganar a cualquier precio. Podés ganar por goles, pero quizás perdés en puntos. Lo que tenemos que recuperar del fútbol es la alegría.
¿Cómo es eso de los puntos?

Hay tres valores, puede haber más: solidaridad, respeto y cooperación. Y ponen las reglas antes de ingresar al campo de juego. Se juntan los dos equipos, todos, los doce jugadores.
¿Por qué solidaridad?

Es algo que nos falta como sociedad, y es fundamental. Veo muchas campañas solidarias. Pero no creo en esa solidaridad, en la limosna, en que te doy lo que me sobra. Sirve la solidaridad en conjunto. Cuando realmente te comprometés con una causa, cuando ves en el otro a un tipo como vos. ¿Por qué respeto?

Respeto es todo. Es una palabra muy actual en la Argentina, justamente porque no lo hay. Tiene que ver con aceptar lo que el otro opina, aunque no coincidas. No podés construir una sociedad distinta si no empezás desde el respeto.
¿Y cooperación?

Es otra de las cosas fundamentales. Ahora me estás haciendo una nota a mí sobre Defensores, y desde 2006 lo gobiernan otros compañeros que tienen 25 años. Y eso pudo suceder porque hubo una comunidad que se apropió y cooperó en la construcción de esto. Las sociedades salen de sus baches desde la cooperación, desde el trabajo en conjunto.
¿Tenés un referente social?

Alberto Morlachetti, el fundador de Pelota de Trapo , de Avellaneda. Yo fundé Defensores del Chaco basado en su idea de la calidad y la belleza.
 
Fuente: Clarin
 

EL GOBIERNO URUGUAYO PIDE QUE SE ELIMINEN LAS FRASES CONTRA LOS NEGROS

Una iniciativa para sacarlas del Diccionario del Español del Uruguay. El Ministerio de Educación y Cultura quiere que se revisen expresiones como “trabajar como negro chico”.

Por  Guillermo Pellegrino

 
En el marco de la campaña “Borremos el racismo del lenguaje”, que impulsa desde el pasado 22 de enero la Casa de la Cultura Afrouruguaya, el viceministro de Educación y Cultura del Uruguay (MEC), Oscar Gómez, envió una carta a la Academia uruguaya de Letras para que analice, junto a la entidad afrouruguaya, algunas palabras que pueden ser consideradas racistas u ofensivas para cierto grupo social y que aparecen en el Diccionario del Español del Uruguay, que la academia publicara a través de Ediciones de la Banda Oriental, en ocasión del bicentenario de los acontecimientos independentistas.
Previo a la solicitud de Gómez, la Casa de la Cultura Uruguaya, había enviado una breve misiva a la Real Academia Española (RAE), a la que le dijo textualmente: “En nuestro lenguaje cotidiano existen expresiones que pueden tener un uso discriminatorio, una de ellas aparece en el diccionario: ‘trabajar como negro’. Esta evoca a un pasado de sometimiento que no debería repetirse para ningún ser humano. Les solicitamos revisar la permanencia de esta expresión en el Diccionario. Nosotros nos comprometemos a borrar toda expresión discriminatoria de nuestras plazas, canchas, escuelas y – sobre todo– de nuestras casas”.
“Cuando la Casa de la Cultura Afrouguaya envió esta carta a la RAE, me pareció adecuado empezar por casa y fue así que, hojeando el diccionario producido por la Academia Nacional de Letras, decidí escribirles”, cuenta a Clarín Gómez. “Es que en el diccionario editado en Uruguay aparece una serie de expresiones de igual tinte o inclusive más duras que la del diccionario de la RAE tales como: ‘caliente como negra en baile’, ‘como quien peina negro’ (con dificultad, por el pelo crespo), ‘costar un negro con pito y todo’, ‘ trabajar como negro chico’”, añadió, a sabiendas inclusive, “que es el habla popular que llega a los diccionarios y no estos los que imponen las palabras o expresiones”.
El funcionario no dejó de manifestar su preocupación porque, según explicó, envió su carta el 23 de enero y 22 días después no había tenido ninguna respuesta.
En tanto, el presidente de la Academia Uruguaya de Letras, Adolfo Elizaincín, dijo a Montevideo Portal que sabía “de la carta enviada a la RAE” pero que no “estaba al tanto” de que hubiese llegado una carta a la institución que él dirige.
Ante la consulta de este diario de si pensaba repetir su pedido, Gómez lo negó enfáticamente y dejó en evidencia algunas cuestiones de la burocracia uruguaya que tan bien pintara en cuentos y poemas Mario Benedetti. “La academia depende del ministerio de Educación y Cultura, por lo que me parece improcedente que un jerarca reitere una nota a un subordinado”, dijo. “La academia queda a 34 metros de mi despacho, y la carta llegó porque la llevó mi secretaria en persona”, concluyó.
 
Fuente: Revista Ñ

"LA DISCUSION DEBE SER DEMOCRATIZAR LA IGLESIA"

Entrevista a Rubén Dri. El sacerdote, teólogo e historiador habla del poder de Roma y traza posibles caminos tras la salida de Benedicto XVI.
 
Por Rodolfo Gonzalez Arsac
 
La última vez que Rubén Dri leyó una novela fue la historia de Inocencio III ("el gran Papa medieval", dice). Y le gustó. Aunque Dri prefiere, por cierto, otros libros: filosóficos, teológicos, marxistas, relacionados con el mundo de la religión, pero sin ficción. Como esos que están acomodados en su living, en la biblioteca principal de su pequeño departamento sobre la Avenida Juan B. Justo. Entre los que aparece, por ejemplo, Contra Ratzinger, un anónimo que Dri asegura tiene buen nivel, o ese que está al lado de un retrato y que Joseph Ratzinger escribió sobre Juan Pablo II, ese que del otro costado se roza con uno que también versa sobre el hombre que acaba de hacer historia. O, al menos, es lo que cree Rubén Dri.

No hay casualidades. Es la razón también por la que lo están volviendo loco. Lo llaman. Le escriben. Le piden que diga, que guíe, que desempañe un poco el mundo vaticano. Y Dri siempre dice que sí. Que cómo no. Que es para eso también que está. Que no por nada está escribiendo sobre eso, estudiando la construcción del poder, la acumulación del poder de Roma, la historia de las falsificaciones de la Iglesia.
Así es que este ex sacerdote, que se ordenó durante el papado de Juan XXIII e integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, este filósofo, escritor, profesor universitario, teólogo, de 83 años enérgicos, este señor que combina en su paredes a Quinquela Martín con un banderín de San Lorenzo y con un retrato del Che, el que hoy viste camisa de las de antes, livianita, y pantalón corto con sandalias, el amable simpatizante del gobierno nacional, el que gusta ser considerado como militante popular, el que trata de aportar desde el cristianismo porque está seguro de que no hay liberación posible sin un aporte de peso del cristianismo, accede previsiblemente a la entrevista y dice: "Estamos frente a un fracaso."
–¿Qué momento cree que se abre en la Iglesia? ¿Se lo puede mirar con optimismo?
–No digo con optimismo. Pero sí hay que estar abiertos. Porque, por un lado, el horizonte eclesiástico desde las cúpulas dominantes en la Iglesia, está cerrado. Todos los electores del próximo Pontífice han sido elegidos por este dúo que conforman Juan Pablo II y Benedicto XVI, con un proyecto que es terminar con la Iglesia del Concilio Vaticano segundo. Reestructurarla hacia una Iglesia pre Vaticano, encerrada en sí misma. Pero hay que ver también que pasa en el cuerpo de la Iglesia. También con algunas jerarquías. Estoy pensando en el cristiano de base, en sectores populares, curas que trabajan con sectores populares, en estos curas que están en contacto hoy con la desocupación en España, en Grecia, en teólogos que ya estaban cuestionando la teología de Benedicto XVI y pedían su renuncia. Creo que se abre un espacio de debate en el cuerpo de la Iglesia.
–¿Más allá de quién sea el sucesor?
–Más allá del sucesor, pero también en el ínterin de la elección. La renuncia sienta algo nuevo, hay un precedente importante: que el Papa no tiene que ser eterno. Según el derecho canónico la renuncia era posible, pero era imposible, porque no se podía pensar, estaba establecido que el Papa duraba hasta la muerte. Y peor con el ejemplo de Juan Pablo II, que hizo toda su agonía frente a toda la humanidad, como un Cristo universal sufriente. Este Papa que no ha sido ningún revolucionario, todo lo contrario, ha hecho algo importante que es renunciar. Es como decir: este proyecto de Iglesia ha fracasado.
–¿Es lo único importante que ha hecho?
–A mi modo de ver, sí. Creo que no le veo nada. Haber renunciado es haber pateado el tablero. Él se siente como fracasado. Y lo que fracasó es este proyecto de Iglesia contra el Concilio Vaticano segundo. Por eso no tiene fuerza. Ningún líder que tiene un proyecto, cuando el proyecto es triunfante, renuncia. Esto va a suscitar discusiones muy grandes y muy profundas. Y lo segundo es que el Papa no es eterno. Porque si el Papa no es eterno, tiene que renunciar, entonces quiere decir que otros tienen que influir, y eso inmediatamente nos lleva a la necesidad de una democratización de la Iglesia. Eso es lo que surge. Y naturalmente que se va a discutir.
–Luego de renunciar, dijo que los actores internos ponían en riesgo la unidad.
–Bueno, creo que ahí está hablando de la interna del Vaticano, que es muy fuerte. Hay una lucha por el cuello. Antes de prender el grabador hablábamos del poder. Yo creo que, como en política, cuando hacemos análisis de política, hablamos del poder; cuando hablamos de la Iglesia, de esta Iglesia institución, si no hablamos del poder, no sabemos de qué estamos hablando. Hay una lucha interna muy fuerte en una institución que es totalmente autocrática, que es monárquica, que plantea que el Papa es infalible y que mantiene todo en secreto. Entonces las luchas por el poder no aparecen afuera y en un momento estallan. Creo que el Papa se ha sentido preso de estas fuerzas que no las ha sabido resolver. Creo que eso es lo que está denunciando en este momento.
–Esas fuerzas internas que pelean por el poder: ¿representan todas lo mismo?
–Sí. Naturalmente que hay grupos de poder, pero ninguno representa un proyecto diferente. No he visto ninguno que representase un proyecto diferente. Puede haber algún tapado, pero nadie que surja como Juan XXIII. Pero como si uno no se mete, no lo puede saber, yo siempre digo que hay que dejar una puerta abierta. Porque, a lo mejor, sale alguien.
–¿Qué impacto puede tener esto en la Iglesia argentina?
–Hay que tener en cuenta que este es un proyecto de Iglesia que se gesta allá por el año '78, cuando muere, por decirlo de alguna manera suave, Juan Pablo I. Y se han ido homogeneizando las cúpulas de todas las Iglesias. Todos los obispos progresistas o renovadores, en la línea del Concilio Vaticano segundo, del tercermundismo, o han cumplido los 75 años y han tenido que salir –y mientras tanto les han ido recortando poder– o han muerto. También han ido suprimiendo los institutos de teología donde había Teología de la Liberación. Desarticularon también las comunidades de base. Entonces, en la Argentina, a los obispos, o los mató la dictadura o murieron y todas las renovaciones son de la derecha. No conozco a ningún obispo que represente a una línea como la que representó Novak, alguien a quien no podemos definir como revolucionario pero que representaba una línea de renovación. No creo que podamos tener esperanzas de grandes cambios.
–Sin embargo, dentro de la Iglesia argentina hay una derecha y otra derecha más rancia.
–Sí, no son lo mismo. De hecho hay una lucha por el poder entre la línea de Héctor Aguer y la de Jorge Bergoglio. Precisamente, la línea de Aguer era la que más consustanciada estaba con Benedicto XVI. Por eso los avances que tuvo Aguer. Eso es cierto. Pero lo que hay que ver es qué va a pasar con los sacerdotes comprometidos con los sectores populares, como los sacerdotes de la opción por los pobres.
–¿Por qué cree que fracasó el proyecto de Juan Pablo II y el de Benedicto XVI?
–Benedicto XVI, en varias conferencias que dio antes de ser Papa, planteaba que frente al islamismo y las religiones orientales, el catolicismo había perdido fuerza. Él decía que el islamismo se había mantenido fuerte porque era intransigente con sus principios. Mientras que el catolicismo con el Concilio Vaticano segundo, según él, había cedido ante propuestas mundanas. Si la Iglesia hace esto, entonces muchos fieles se podrán alejar al principio pero finalmente va a ser atrayente, decía él. Bueno, la primera parte la cumplieron: la gente se fue. La Iglesia quiere presentar un proyecto atrayente y se encontró con la pedofilia, el celibato, el movimiento de género, la nueva familia, una cantidad de problemas a los que no da respuesta. Entonces yo creo que esto es lo que Ratzinger siente: que el proyecto no funcionó. «
La expectativa de un quiebre
–¿Con qué escenario, de todos los posibles, le gustaría encontrarse en los próximos meses?
–Me gustaría encontrar una etapa de mucho debate con respecto al poder de la Iglesia, a la democratización de la Iglesia, y a la responsabilidad del cristiano frente a toda la problemática política, social y económica. Me gustaría que se rompiese esta verticalidad frente a la Iglesia y que la discusión llegue hasta las esferas jerárquicas, y que un poco las quiebre. Y que se pudiese dar una confrontación. Eso sería una ganancia fundamental. Sería un aporte importante para quitarle este respaldo que le suele dar la Iglesia a las corporaciones.
–Y usted cree que es posible.
–Sí, yo creo que es posible. Y hay que impulsarlo.
 
Fuente: Tiempo Argentino.