miércoles, 7 de noviembre de 2012

JUSTICIA PARA DOMON Y DUQUET

Hubo cinco detenidos en la causa, acusados de pilotear el viaje en el que mataron a las monjas.
 
Por Laureano Barrera y Raúl Arcomano       
      
Las Madres recuerdan que Gustavo Niño llevaba siempre el mismo saco azul. “Siempre parecía aterrorizado y nosotras cuidábamos de él. Rápidamente se convirtió en el favorito de Azucena Villaflor. La gente nueva que se unía al grupo pensaba que era su hijo”, recordó María del Rosario Caballero en el libro La estirpe de Caín, de Tina Rosenberg. Caballero recordaba así en el libro de la periodista estadounidense las primeras impresiones sobre la llegada de Alfredo Astiz al grupo que se reunía en la parroquia Santa Cruz. Para darle credibilidad a su infiltración, Astiz participaba de las rondas de las Madres. En una de ellas hasta llegó a trompearse con un policía. Y proponía más reuniones y promovía eslóganes más fuertes. El 8 de diciembre de 1977, el grupo de la iglesia se reunió para juntar los últimos pesos para publicar una solicitada a página entera en el diario La Nación con el título “Sólo pedimos la verdad” y que denunciaba las desapariciones. Astiz llegó con una chica rubia a la que presentó como su hermana.
–¿Gustavito, qué estás haciendo acá? –le preguntó Caballero.
–¿Cómo me voy a perder un día tan importante –contestó.
Cuando pasaron la bolsa de la colecta, Astiz se levantó y dijo que salía a tomar un poco de aire fresco. Mientras se iba, sacó unos billetes del bolsillo y los agitó. Los tipos que esperaban afuera entraron con las armas en la mano.
–¡Arresto por drogas! –gritaron. La patota metió a doce miembros del grupo en cinco autos. Entre los secuestrados estaba la monja francesa Alice Domon, de 43 años. Los móviles se fueron arando por la calle Urquiza. Caballero gritaba.
–¡Callate, vieja loca! ¿O querés venir con nosotros? –la amenazaron.
“No pude ver si se llevaron a Gustavo”, contó Caballero. Dos días después también desaparecieron Azucena Villaflor y otra monja francesa, Léonie Duquet, de 62 años. El jueves siguiente, las madres vieron a Astiz en Plaza de Mayo. Estaba parado contra una pared.
–Tengo que hablar con ustedes.
–¿Estás loco? Andate de acá, corré, andá, es demasiado peligroso –le advirtieron.
Nunca más lo vieron. Al menos hasta que su foto empezó a circular por los organismos de derechos humanos.
En 1998, Astiz no aceptó que se lo trate de traidor. “Yo no las traicioné, porque no era uno de ellas y me di vuelta. Yo lo que hice fue infiltrarme, y eso es lo que no me perdonan. Cuando me acusan de otras cosas me enojo, pero de eso me río”, le dijo a la periodista Gabriela Cerruti. En el revelador libro El vuelo, de Horacio Verbitsky, Adolfo Scilingo, el marino que confesó públicamente la metodología de los vuelos, coincidió con Astiz. Le dijo a Verbitsky:
–¿Usted sabe por qué no lo perdonan a Astiz? Porque se infiltró entre las Madres de Plaza de Mayo. Pero para hacer eso hay que tener pelotas.
–Para entregar a una docena de viejas y dos monjas no hace falta ningún coraje, es una cobardía.
–¿Pero usted sabe lo que le hubieran hecho si lo descubrían?
–Lo hubieran alejado. ¿Qué coraje hace falta para entregar a diez viejas y dos monjas?
Scilingo contestó nimiedades.
 
Dos luchadoras. Domon había venido a la Argentina en 1966, unos meses después del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía. Con Duquet pertenecían a la Hermandad de las Misiones Extranjeras de Nôtre Dame de la Motte, una congregación religiosa que había instalado una sede en Córdoba y que más tarde se amplió a Hurlingham y Morón. Sus dos primeros años en Argentina fueron dedicados a apoyar el trabajo de catequesis de personas con necesidades especiales que llevaba adelante el cura Ismael Calcagno, primo hermano de la mujer de Jorge Rafael Videla. Además de ser sus secretarias, tenían una casa de caridad en la que a diario atendían a chicos desamparados. Entre ellos estaban los cuatro hijos de Julia, la prima pobre del dictador, y Alejandro, el hijo con retraso mental y prácticamente oculto de Videla.
En 1969, Domon se instaló en una precaria casa en Villa Lugano. Se unía así a la lucha del sacerdote Héctor Botán, uno de los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Después del golpe del ’76, la religiosa decidió participar activamente en organizaciones de derechos humanos. Junto a Duquet, se acercó al Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos para asistir espiritualmente a las familias que reclamaban por sus familiares desaparecidos.
Una vez secuestradas, fueron vistas en la Esma. El testimonio que las sobrevivientes Sara Solarz de Osatinsky, Ana María Martí y María Alicia Milia de Pirles brindaron en Francia en 1979 señala que las monjas fueron salvajemente torturadas. “La conducta de ambas fue admirable. Hasta en los peores momentos de dolor, la hermana Alice, que estaba en Capucha, preguntaba por la suerte de sus compañeros”, dijeron.
Ya en 1978, la Comisión Argentina por los Derechos Humanos había difundido el testimonio de Horacio Domingo Maggio. Se había fugado de la Esma y había logrado contar lo que vio allí. Sobre las monjas relató: “Estaban con ropa de civil y muy golpeadas y débiles, ya que para llevar al baño a sor Alice tenían que sostenerla dos guardias, pues no se podía tener en pie”.
Ante la presión internacional por su paradero, fueron obligadas a escribir una carta a su superiora en la congregación donde aseguraban haber sido secuestradas por Montoneros. Y les sacaron una foto sentadas delante de una bandera de aquella organización exhibiendo un ejemplar de La Nación. Durante los días que permanecieron detenidas, Videla supo del secuestro. No hizo nada. Hoy se sabe que las monjas y las madres murieron en un vuelo de la muerte. En uno que partió a las 21.30 horas del miércoles 14 de diciembre de 1977. El cuerpo de Duquet fue identificado en 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Domon sigue desaparecida.
 
Pilotos del infierno. Enrique De Saint George, Mario Arru y Alejandro D’Agostino eran parte de la tripulación del vuelo del 14 de diciembre. Ese vuelo fue individualizado –luego de un minucioso análisis– por la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las Causas por violaciones a los Derechos Humanos. Para ello se investigaron 2758 planillas de vuelo de los aviones Shorts CS-7 Skyvan durante los años 1976, 1977, y 1978. Las había gestionado el fiscal que investiga el Plan Cóndor, Miguel Osorio, ante Prefectura. La Armada escamoteó las de los Electra, el avión de su flota también denunciado. Las planillas contenían información abundante: fecha del vuelo, hora y lugar de despegue y aterrizaje, nombre del piloto, los copilotos y los auxiliares a bordo, duración y cantidad de aterrizajes, motivo del vuelo, y muchas veces, hasta el nombre de los pasajeros.
Para allanar la búsqueda, los investigadores posaron la lupa sobre las singularidades en cuatro ítem. La duración del viaje debía ser superior a las dos horas y media de vuelo, el tiempo necesario para decolar en Aeroparque, alejarse 300 kilómetros a la velocidad crucero de los Skyvan (311 km/h) mar adentro –a baja altura para evitar el radar de Mar del Plata– y regresar al punto de partida. Los destinos considerados fueron los que tenían despegue y aterrizaje en Aeroparque. O, según el plan de vuelo denunciado por Adolfo Scilingo, una escala en Punta Indio. También fueron criterios de filtro la nocturnidad y el objetivo del vuelo.
Después de la discriminación, quedaron once vuelos anómalos en los tres años, cuya tripulación sigue investigando el juzgado. “Uno de esos coincide con el día en que las monjas francesas y alguna de las fundadoras de Madres fueron trasladadas de la Esma”, declaró a Miradas al Sur Pablo Parent (ver entrevista aparte). Es el vuelo PA-51, que decoló de Aeroparque a las 21.30 sin pasajeros, y volvió a las 0.40, luego de tres horas y veinte minutos de vuelo. Su finalidad decía algo que no se repite en ningún otro: navegación nocturna. El abogado Martín Rico, de la Secretaría de Derechos Humanos, aportó: “Se trataría de un entrenamiento atípico. No sólo por tratarse de pilotos con experiencia (Saint George tenía 30 años, Arru 29 y D’Agostino 28), sino también por las palabras elegidas para registrarlo”. “En las planillas entregadas por Prefectura a la Justicia los vuelos de entrenamiento se registran como de ‘instrucción’ y se especifica ‘nocturna’ cuando corresponde. Pero de los 2758 vuelos analizados sólo éste tuvo por finalidad la ‘navegación nocturna’”, aclaró el letrado a Miradas al Sur.
A partir de este informe y de las pruebas del juicio que se sigue por los crímenes de la Esma, el juez federal Sergio Torres detuvo a tres pilotos de Prefectura, un suboficial de la Armada y un abogado. Los tres están relacionados con vuelos de la muerte. D’Agostino, Saint Georges y Arru fueron apresados porque habrían piloteado el “vuelo anómalo” del 14 de diciembre de 1977. Y se detuvo al ex suboficial de la Marina Ricardo Rubén Ormello y al abogado Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa por su vinculación “al accionar del grupo de tareas que operaba en el centro clandestino de detención”.
Eduardo Wado de Pedro, director de Aerolíneas Argentinas, dijo a Miradas al Sur: “Cuando tuvimos la confirmación de la Justicia actuamos en consecuencia. Las personas fueron suspendidas transitoriamente sin trabajo y sin sueldo, hasta que la Justicia determine su responsabilidad en el hecho. Teníamos informaciones cruzadas de trabajadores sobre algunos pilotos que habían participado, y el tiempo que se tardó fue éste, no nos podíamos dejar llevar por rumores y teníamos que esperar que la Justicia interviniera”.
–¿Puede haber más pilotos involucrados?
–Sí, se está investigando.
 
Civil en los vuelos. El caso de Torres de Tolosa es llamativo: es el único civil acusado de participar de los vuelos de la muerte. Se lo conocía como “el teniente Vaca” (la Armada era afecta al apodo de animales) e integraba el sector Automotores de la Esma. Torres de Tolosa fue denunciado en España por Scilingo como “el único civil que participaba de los vuelos de la muerte. Por ese motivo estuvo un día detenido, en 1998. Tolosa es abogado y llegó a ser funcionario judicial durante la dictadura.
Miradas al Sur llamó a la casa de Torres de Tolosa. Atendió su mujer.
–Mi marido no va a decir nada hasta no ver qué resuelve el juzgado con su situación. Ya lo ha dicho todos estos años cómo fue, se puede buscar sus dichos en Internet. ¿De qué diario es?
–De Miradas al Sur. Hay denuncias de que su marido participó. Queríamos escuchar su descargo después de la detención.
–Scilingo abre un ventilador de cualquier cosa y esto es lo que tenemos. Mi marido hace mil años está diciendo lo mismo. Como está mal de salud, su descargo de ayer no fue tan prolijo como los anteriores, porque no está en condiciones de poder hablar bien.
–Pero él pasó por la Esma durante la dictadura.
–Él no ‘pasó’. Él es amigo del capitán Acosta desde hace muchos años. Él era secretario de Instrucción e iba a ver cómo andaban las cosas y a charlar con sus amigos. Esto que Scilingo le hizo es un agujero. Hay cinco, seis, diez personas como mucho que son las que hacen las imputaciones en todas las causas en todos los lugares. Es tremendo ver cómo cambian la realidad para poder tenerla de otra manera y ajustarla a sus dichos –dijo la mujer. Y cortó.
El tema de los vuelos de la muerte es materia de alegato en el juicio oral y público que lleva adelante el Tribunal Oral Federal 5 por los crímenes de la Esma. Por eso hoy la Justicia está cerca de determinar qué pasó el día del secuestro, cuál fue el destino de las monjas francesas y cuál es la responsabilidad de Astiz y sus colegas de arma. Se juzgan el secuestro y desaparición del periodista Rodolfo Walsh, de Domon y Duquet y de otras 86 víctimas que estuvieron secuestradas en ese centro clandestino.
En el juicio hay 19 acusados que, como Astiz, pertenecieron al grupo de tareas 3.3.2 que estaba a cargo de los secuestros. Acosta, en tanto, era el jefe de inteligencia de la Esma. En este tramo del juicio se debaten 12 de los 86 casos. Tanto el Estado como las querellas ya pidieron penas de reclusión perpetua para doce de los 19 represores. El reclamo de la pena más severa que prevé el Código Penal fue formulado por Luis Zamora y Horacio Méndez Carrera, abogados de los familiares de las monjas francesas y de las Madres. En poco tiempo se conocerá la sentencia.
“Vale la pena dar la vida si es necesario”, escribió a sus padres Domon en una carta. Vaya si la dieron.
 
Informe: Gisela Carpineta
 
Fuente: Miradas al Sur

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