lunes, 11 de noviembre de 2013

LOS OSADOS DEL RAP

La muerte de Adam Yauch regresó a los Beastie Boys al frente de la escena mundial. Una noticia desgraciada que permitió que su gran música sonara nuevamente en las radios y en algunos canales de televisión.
Por Jorge Belaunzarán 



Se piensa la más de las veces que más importante que las respuestas son las preguntas. Las menos se piensa que es la pregunta indicada lo más relevante: es la única que puede ofrecer un indicio sobre el camino a seguir. 

En la transición 70-80s, la protesta punk ya era parte de un pasado fulgurante y, en términos prácticos, poco efectivo: las cosas seguían iguales o peores que antes. El New Wave que ya ocupaba la escena, aparecía tan cool (aunque el término aún no estuviera en boga) como clasista: música de calidad para panzas llenas; excepto The Clash, que coqueteaba con la New Wave al igual que con otros géneros menos selectos como el reggae. 

Aquellos años de transición eran también tiempos dispares y de nuevas oportunidades: el inicio de una larga era neoliberal inaugurada por Margaret Thatcher en Inglaterra, seguida por su mejor alumno, Ronald Reagan, en Estados Unidos. El mundo anglosajón, y con ellos poco a poco el resto del planeta, serían tapados por la ola. 

De inmediato hubo nuevas preguntas. Además de qué es esto, cómo se come. Y sobre todo, cómo se digiere. La música, arte popular por excelencia, lanzada a un raid de estrellato final con la aparición del flamante walkman a fines de los 70, fue la primera en recibir las exigencias de respuesta: seguía llegando más que nada por la radio, el aparato súper popular que se comercializaba mundialmente como radio-grabador, lo que permitía la incipiente piratería que décadas después ganaría al mundo: esperar que el tipo que en la radio no dejaba de hablar se callara para largar la pausa y grabar uno de los temas favoritos, que junto a otros formaría parte del propio compilado. Ávidos de novedades, los pibes querían más. 

Y llegaron ellos desde Nueva York, a esa altura y más que nunca, la definitiva capital de la Tierra. De qué otro lugar podría salir la música que la pregunta indicada pedía. 

Esa música fue el rap, y su mejor derivado, el hip hop. Que como lo habían sido el jazz y el rock, las dos grandes revoluciones musicales del siglo XX, era negro. La sencillez básica que unas décadas atrás había inaugurado el rock, llevada al extremo. Incluso se podía hacer a capela. No hacían falta ni instrumentos. Sólo saber llevar el ritmo, ingenio para combinar letras en su métrica, y mucha, muchísima actitud: el mundo se había vuelto decididamente cruel. Violentamente cruel. 

Ellos habían iniciado su historia en 1979, pero recién grabaron en 1982. Más que dificultades del negocio o exquisitez propia, lo que había era una falta de rumbo. Chicos blancos de la clase media judía neoyorquina: no es fácil encontrar la ubicación. El hardcore punk, como se dijo con los años, les salía bien, pero no les sentaba bien, y más: no los destacaba. 

Polly Wog Stew (1982) y Cooky Puss (1983) agotaron su etapa hard. Entre otras y fundamentales cosas, porque en 1984 conocieron a Rick Rubin, un genio de la producción musical que también estaba en sus inicios, abriéndose paso a talento puro. 

En 1985 ganan fama acompañando el Virgin Tour de Madonna. Y con Licensed to Ill (1986) revolucionan la escena. Se ganan enemigos a izquierda y derecha. Los primeros los acusan de plagio y de robar la música negra, los segundos de soeces y maleducados instigadores de la violencia. Para aparecer tres años después revolucionando la escena. La escena de estudios, porque en esos años, y de gira, fueron aprendiendo las claves de su éxito. No Sleep Til Brooklyn es un gran ejemplo. Demuestra que entienden prácticamente como nadie que el uso de la ironía es fundamental para triunfar en los nuevos tiempos. Y se meten con los grandes de la liga, el rock de los ochenta que se llena de mega bandas armadas a partir la industria del entretenimiento: el glamour impostado, el arte de plástico, las baladas pegadizas para captar multitudes ansiosas de divertirse llevados al punto gracioso de su ordinariez causan asombro y fascinación. El rap ya era atrevido. Ellos lo hacen osado. 

Y el escándalo los empieza a acompañar. El álbum los lleva de gira, y las giras, a una estrepitosa fama. En cada ciudad que visitan se levantan voces de espanto ante los shows que incluyen strippers enjauladas, con MCA (el miembro fundador fallecido, Adam Yauch) tirando chorros de cerveza al público, y Mike-D blandiendo el logo de Volkswagen (la empresa lo acusó de fomentar el vandalismo contra autos de su marca en Inglaterra). Y todo eso, varias veces, con DJs, una novedad más que importante. 

Con la explosión de popularidad llegan los problemas de dinero, egos, algunas mujeres y algunas drogas. Nada del otro mundo. Por otra parte ya cambiado lo suficiente como para que antes de sorprenderse, aplaudiera cualquiera de esas nuevas malsanas costumbres. Su música siguió, impertérrita, dando calidad y señalando un camino. Las bandas negras volverían a tomar el dominio del rap y el hip hop sin olvidar que sólo en su osadía serían premiadas.*

Fuente: Revista Asterisco.

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