viernes, 1 de noviembre de 2013

"LE VENDO EL ALMA A SATANÁS POR INDEPENDIENTE"

Eduardo Sacheri , escritor fanático de fútbol  Acaba de publicar un libro de columnas periodísticas. La vida y la cancha, y el suceso de sus novelas en el cine.

Por Bruno Lazzaro.




A Eduardo Sacheri le gustaba ponerse los guantes y salir a atajar. Disfrutaba eso de pararse frente al delantero en una definición por penales o de la simple posibilidad de cortar un centro lateral con los dos brazos en alto y la rodilla en punta. Pero lo que más anhelaba era descolgar alguna pelota del ángulo, de ser posible, con la mano cambiada. Ese era su máximo placer. Y así lo recuerda en “La mejor de mi vida”, un cuento que integra Aviones en el cielo, el libro que recoge las mejores columnas que hizo entre 2011 y 2012 como colaborador de El Gráfico. Allí, el escritor narra en detalle cómo logró desviar, en épocas de secundario, un impresionante zurdazo del por entonces delantero Rodrigo Manigot –cantante de Ella Es Tan Cargosa–. Pero ese relato no es uno más. Es una de las pruebas más consistentes que tiene Sacheri –fanático de Independiente– para corroborar que alguna vez portó la casaca número uno. “Al arco lo abandoné a la misma edad que decidí ser padre y me puse a escribir. Es un buen ejemplo de los vínculos entre el fútbol y la vida. Si iba a modificar tanto mi vida, no podía seguir atajando. Fue un cambio muy profundo”, analiza el autor de la novela La pregunta de sus ojos –llevada al cine por Juan José Campanella como El secreto de sus ojos– en un bar de San Telmo.

–¿El fútbol fue el camino hacia la escritura?

–La escritura no me acompañó siempre. La lectura, sí. Creo que el gran mundo que me motiva es lo que tengo alrededor. Me gusta la literatura de lo próximo. Observar las vidas comunes y corrientes. Lo anónimo. Y el fútbol aparece con frecuencia porque está en lo cotidiano de mucha gente. Si voy a contar la vida de un bancario cuarentón, divorciado y falto de horizontes, criado en la periferia de Buenos Aires, es muy probable que le guste el fútbol. Me da la impresión de que el fútbol es una puerta de entrada a cosas más profundas que el propio fútbol.

–¿Cómo lo explica?

–El fútbol está anclado en lo más básico de nuestra identidad. Jugamos, miramos y discutimos sobre fútbol desde que somos muy chicos. Aplicamos formas de categorizar desde el fútbol. Nuestro lenguaje está plagado de metáforas futboleras. 

–¿Se vive como se juega?

–Me parece que en el fútbol nos permitimos una espontaneidad y una honestidad para bien y para mal que en otras áreas de la vida no hacemos. No defiendo el mundo del futbol diciendo que es mejor, digo que es más auténtico. En lo estupendo y en lo horroroso. Creo que en la cancha se es más libre. Un tipo que, con tal de ganar un partido, finge que lo golpean, es alguien en el que no voy a confiar afuera de la cancha. Y uno que pone, marca y busca a un compañero, seguro le presto plata. Ojo, capaz me equivoco.

–¿Cree que con los hinchas sucede lo mismo?

–Un tipo que al lado mío entona cantitos racistas, no me cae bien. Y no me importa que sea de Independiente. No estoy haciendo un tratado de ética, pero son indicios útiles para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero (risas).

–En sus cuentos suele hablar de los simpatizantes y todos se pueden sentir representados más allá de la diferencia de cuadros. ¿Todos los hinchas son iguales?

–Creo que el hincha es parecido. Lo que cambia es el momento que le toca vivir. Paradójicamente, el hincha de Boca de hoy se parece al hincha de River de los ’90 o al de Independiente de los ’70. Cuando estás pipón pedís otra cosa. El hincha joven de Boca no vivió aquello del: “¡Huevo, huevo, huevo, Giunta, Giunta, Giunta!”.

–¿Qué tan necesario es el sufrimiento para el hincha?

–El Barcelona y el Real Madrid son ejemplos de que hay un punto en el que ganar siempre empieza a ser aburrido. La mejor mina del mundo te aburre. Ganar siempre es no ganar nunca. Y lo digo desde el fondo del mar. Hoy le vendo el alma a Satanás con tal de que Independiente gane todos los partidos hasta el final del Clausura. Pero un fútbol tan desparejo como el español hace que un hincha del Valencia esté completamente desolado porque sólo juega para salir tercero. Es una cagada ese fútbol. El precio que paga el fútbol español por tener esa maravilla es una polarización descomunal. Nosotros tenemos un fútbol horrendo, pero más parejo.

–¿Cómo se define como jugador?

–Soy un cinco combativo y solidario. Jodido hasta la exasperación en la exigencia para conmigo y los demás.

–¿Y cuánto de eso se aplica a la vida?

–Todo. Los puestos en la cancha tienen su propia psicología. El número nueve que no transpira y reclama la pelota con gritos airados, no me cae bien afuera.

–¿Qué disfruta más en relación al fútbol: escribir, mirar o jugar?

–Cambiaría leer por escribir porque es lo que más me gusta. En segundo lugar, jugar. Y en tercero, ver. Escribir es como un modo de jugar. Si tengo que renunciar a una de las dos, no sé cuál elegiría. Es mucho más lindo estar que ver cómo otros están. Es incomparable. Mi literatura futbolera tiene que ver con los que están adentro.

–En uno de sus cuentos dice “Ese amor gratuito. Esa esperanza desbocada”. ¿Cómo explica la pasión?

–Me cuesta aceptarme tan ingenuo. Me considero un tipo racional y crítico. Ubicado. Todo eso, menos con Independiente. Si lo analizase con un mínimo de raciocinio te diría: esto es un negocio, un espectáculo. Es inaudito que me lo tome en serio y sin embargo lo hago.

–Aunque la corrupción y la desconfianza rodeen al fútbol a diario.

–Pero uno siempre se lo olvida. Cuando sos chico y te cuentan un cuento, rápidamente sabés que lo de la Cenicienta es verso. Sin embargo, querés que te lo cuenten. El fútbol es igual. Sabemos de árbitros comprados, de dirigentes imposibles, de barras hijos de putas, de jugadores que van para atrás. Y vos querés que tu equipo gane igual. El futbol es el regodeo de la ingenuidad absoluta.

–¿Le encontró explicación a lo sucedido con El secreto de sus ojos?

–Nunca imaginé que un libro mío podía terminar en algo así. Fue complicado adaptarme, tolerar la frustración de que te cambien cosas porque uno piensa que es la mejor combinación de elementos. Fue mucho laburo aguantar el vendaval de los premios, las notas, un nivel de exposición al que los escritores felizmente no estamos acostumbrados.

–Papeles en el viento, su última novela, ya tiene director. ¿Por qué cree que sus libros llegan al cine?

–Estamos trabajando con Juan Taratuto para llevarla al cine. Aparentemente mis libros tienen cierta cuestión cinematográfica. Y me encanta porque no soy de esos escritores que se regodean en eso de que sólo los entienden cien personas. Me encanta que me lea un montón de gente.

–¿Cuántos goles hace en los sueños?

–Cientos. Cuando me quiero dormir y no lo logro, no cuento ovejitas, pateo tiros libres. No necesito barreras, ni arquero. Sólo un arco y pensar dónde la quiero poner.

–¿Y entra siempre?

–Sí, aunque la mayoría de los sueños los tengo despierto.

Fuente: Revista Veintitres

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