martes, 31 de mayo de 2011

"LA VERDADERA REVOLUCIÓN ES LA DE LOS PUEBLOS QUE LUCHAN Y SE HACEN LIBRES"



Rodrigo de la Serna se pone en la piel de San Martin para Revolución, el cruce de los Andes.


Por Jimena Arnolfi


En Okupas (Canal 7, 2000, guionado y dirigido por Bruno Stragnaro) fue Ricardo, un chico de clase media que se instalaba en una casa abandonada donde conocía a tres pibes de la calle que le mostraban esa marginalidad de la Buenos Aires del post menemismo. Después llegó Sol Negro (Canal América, 2003, dirigido por Alejandro Maci) y su papel de chico problemático de familia bien que terminaba en un neuropsiquiátrico rodeado de locos: “Dichosos los normales, esos seres extraños”, se leía en la pantalla al comenzar. En cine, su debut internacional llegó con Diarios de Motocicleta (2004, dir. Walter Salles) donde fue Alberto Granados, el amigo del joven Che Guevara, a bordo de La Poderosa en sus viajes por Latinoamérica. En 2006, protagonizó Crónica de una fuga, una película de Adrián Caetano sobre un hecho real: la única fuga registrada de ex detenidos desaparecidos en un centro clandestino de detención durante la última dictadura militar.Este recorrido –para decir que si los papeles de De la Serna hablaran, tendrían mucho para decir de él– no es azaroso. “Me interesan los proyectos en donde hay que poner algo más que profesionalismo, se da una energía diferente cuando se trabaja para contar una historia que de por sí conmueve en lo personal porque es parte de la historia de todos”, explica el actor nacido en 1976.Leandro Ipiña, el director de Revolución, el cruce de los Andes, cuenta que llamó a De la Serna “tímidamente” para proponerle el papel principal de su película: “Él venía con mucha exposición después de la película del Che y cuando le conté dijo algo así como “¡Hacer de San Martín para un actor es uno de los sueños del pibe!”. En la escena en donde se narra el momento previo a la batalla de Chacabuco, cuando San Martín arenga al ejército, Rodrigo de la Serna tomó dimensión de lo que estaba pasando: “Es el clímax de la película, ahí me di cuenta. Yo estaba encarnando a San Martín, con toda la gente del lugar tratándome como si fuera el San Martín de verdad”, se ríe.–Se apela a un reduccionismo cuando se bautiza a San Martín como Padre de la Patria. ¿Padre de cuál patria?–Sí, es un error. San Martín es un padre latinoamericano, fue el que hizo posible la revolución. En la Argentina, la mitad del siglo XIX fue muy distinta a la segunda. La Nación se construyó a partir de la primera constitución. En ese momento no existía eso de europeizar el país y achicarlo. El plan era la integración de la región. Esas fueron las ideas que tenían San Martín y Bolívar. El país se acababa de liberar de un yugo de más de 300 años, de un sistema de castas muy severo. Creo que ésa fue la verdadera revolución también... los pueblos que pudieron luchar y hacerse libres. San Martín va forjando su identidad al mismo tiempo que la forja el continente. La identidad estaba conformándose como todavía hoy estamos conformándola como argentinos.–Rever el concepto de Patria Grande en el contexto actual de integración latinoamericana, ¿resignifica la conformación de la identidad?–Tenemos una identidad muy compleja. San Martín estaría más que contento con todo lo que está pasando en la región. Se parece mucho a lo que él soñó. Hermandad entre los pueblos sudamericanos, la soberanía, la dignidad ante los países que nos creían subalternos. Uno tiene que saber la historia del país. No tiene nada que ver con la historia escrita por Mitre, con el país que imaginó junto a Sarmiento, la guerra de la Triple Alianza, la Conquista del Desierto. Hay cosas que subsanar en la historia que nos legaron, hay que complementarla y hay que ampliarla. Por esta razón, hay que revisionar la historia, para generar nuevos contenidos que lleguen a nuevas generaciones y se planteen estos debates necesarios para construir nuestra identidad. No podemos cercenar parte de nuestra historia. No podemos negar que tenemos ascendencia africana, ascendencia indígena. No podemos negar que acá hubo genocidios tremendos. El primer genocidio, la guerra del Paraguay; hay que revisionar eso también, la Conquista del Desierto. Cambió de signo a partir de Mitre, pero el ejército que inventa San Martín es desde el pueblo para el pueblo. Es una revolución popular.–¿Se recreó algo de esa mística en las filmaciones en la Cordillera?–Todos éramos conscientes de que estábamos creando una película que permitía pensar nuestro pasado. Está bueno cuando el cine es esa especie de circo moderno. Éramos unos transformantes que llegábamos ahí, los técnicos, la gente de vestuario, de arte, los actores, los extras. Se llevaban las mulas para hacer las escenas que salían a las 3 de la mañana. Estuvimos en los lugares pobres donde se decidió la revolución. Es importante que no se olvide el pueblo. Desde un lugar de barro se puede levantar y es el pueblo quien pudo hacer una revolución que encendió la mecha en todo el continente. Eso es maravilloso. Eso es la verdadera revolución, ¿no? La alquimia que se generó en el pueblo de Cuyo. Todo lo que sucedió allí. San Martín le pedía armamentos a Buenos Aires, cuando le contestaban que no había, decidía hacer las fábricas con lo que tenía a mano. Hizo escuelas, levantó el pueblo, embelleció la ciudad, generó conciencia en las personas. Todo el pueblo estaba volcado en esa cruzada. Esa alquimia que se generó me parece que es la verdadera revolución. Un pueblo que fue capaz de hacer cosas maravillosas y grandiosas para mejorar su condición.–¿Cuál fue la escena más difícil de llevar adelante?–La primera fue una escena muy compleja. No hay que perder de vista que la película es un thriller y tiene mucha épica. Se descubría un espía y era un momento de mucha tensión. San Martín decide abrirse de camino y tomar un atajo. Esto es un hecho real. San Martín sale último y llega primero. Había que recorrer todos los lugares, emotivos y de paranoia. Filmar esa primera escena, vestido de San Martín, con toda la gente ahí mirando fue la escena más difícil. Después de ésa, ya estaba sumergidísimo en la película. Todas las escenas presentaban dificultades, por cuestiones de logística y de despliegue; a dos mil metros de altura, el calor, la cantidad de extras, el vestuario.–¿Cómo explica esta tendencia al revisionismo histórico desde los contenidos audiovisuales?–Uno quiere saber de dónde vino. Hay que decir que el de hoy es un marco muy favorable para la reivindicación de la figura de San Martín en tanto héroe latinoamericano, en este caso puntual. Esta película no se hubiera podido hacer sin las libertades que tenemos hoy para trabajar desde el cine. Yo recuerdo que la última experiencia grande fue acaso con el mejor actor del país, que es Alfredo Alcón. Sin embargo, no se tuvo esa experiencia total de libertad. Se la hicieron difícil. Hoy cambió el paradigma.–Se involucra en proyectos en donde se presenta la política. Diarios de motocicleta, Crónica de una fuga, esta película… Ahora viene El Puntero, por Canal 13 ¿Cómo será su personaje?–Es un tipo que está sumido en una marginalidad suprema y trata de salir por donde puede. Está involucrado en la droga y se apoya mucho en el dirigente político que hace (Julio) Chávez. Es un elenco de lujo y a Julio lo admiro muchísimo. En lo que va de filmación, todavía no hay una bajada política partidaria. Y no debería haberla tampoco, la corrupción no tiene que ver con un partido político.
Revolución, el cruce de los Andes (Dir. Leandro Ipiña) es una de las películas más caras y arriesgadas del cine nacional en cuanto a producción: escenas de combate con caballos, espadas, armas, escenas de acción y efectos especiales. Si bien hay referentes antiguos como La Guerra Gaucha (1942, Dir: Lucas Demare) y Pampa Bárbara (1945, Dir: Lucas Demare), no es un género muy explorado en el país. Junto con Rodrigo de la Serna, participan 15 actores más en roles secundarios y alrededor de 1.400 extras que intervienen en distintos momentos a lo largo de las escenas del rodaje. La mayor parte del filme fue rodado en el pueblo de Barreal, ubicado al sudeste de la provincia de San Juan, en el Valle de Calingasta, aunque también se rodaron escenas en la Ciudad de Buenos Aires. Una geografía imponente enclavada entre la Cordillera de los Andes y la pre Cordillera. El filme es una coproducción entre Canal 7, Canal Encuentro y el Incaa, financiada también por la Televisión Española (TVE), el Gobierno de San Juan y la administración de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam). Un logro para el cine nacional: esta semana se estrena en 90 salas comerciales de todo el país.

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