domingo, 2 de septiembre de 2012

CORDOBA COMO UNA METAFORA

Entrevista al historiador Cesar Tcach. Para el autor de De la Revolución Libertadora al Cordobazo, “en el imaginario popular y también en ciertos registros académicos, Córdoba se anticipó al país en momentos claves como la Reforma Universitaria, el golpe a Perón y el Cordobazo”.
 

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Por Cristian Vitale
 
César Tcach es historiador y docente. Se formó entre Madrid y Córdoba y concibe su obra total (una decena de libros a la fecha) como una historia de puertas abiertas a la sociología y la teoría política. Se reconoce influido por Pierre Vilar (historiador e hispanista francés), Manuel Tuñón de Lara (lo mismo, pero español) y Juan Carlos Portantiero (sociólogo argentino). Enmarca su línea historiográfica en el cruce entre el marxismo no dogmático y la nueva historia de los anales, y detecta en La crisis del movimiento comunista, de Fernando Claudín, a su libro cabecera. “A pesar de no ser un académico, Claudín me ayudó mucho a pensar el análisis político en la historia contemporánea”, introduce ante Página/12, y arroja luz sobre el marco analítico en el cual transcurre su flamante libro De la Revolución Libertadora al Cordobazo (Siglo Veintiuno Editores). Reflejado en el cuadro marxista madrileño, entonces, el historiador cordobés reubica geografías en un detallado análisis de los vaivenes políticos ocurridos en su provincia durante el período en cuestión (1955-1969). “Posiblemente no haya otra provincia cuya vida política haya generado tantas metáforas como Córdoba”, sostiene el también investigador del Conicet. “En el imaginario popular y también en ciertos registros académicos, Córdoba se anticipó al país en momentos claves como la Reforma Universitaria, el derrocamiento de Perón y el Cordobazo”, puntualiza.
–De ahí que identifique a la provincia como “rostro anticipado del país...”
–Este mito de Córdoba como rostro anticipado del país tuvo como complemento otro: el de Córdoba como isla –es decir su capacidad para ir a contraviento de lo que ocurre en el plano nacional– y que tuvo también sus momentos estelares. En el libro, menciono dos: la década del ’30, cuando a despecho del fraude electoral y la represión política, los gobiernos sabattinistas hicieron de la provincia una suerte de oasis democrático, y la época del frondicismo, en la que el gobierno de Arturo Zanichelli rechazó el giro a la derecha del presidente Frondizi y fue víctima de la intervención federal en 1960. El hilo conductor que une ambos mitos remite a una cultura política fuerte, celosa de su autonomía y con proyección nacional.
Tcach se fue del país en agosto de 1976. Vivió en granjas colectivas de Israel y mediando 1977 emigró a España para forjarse historiador con la “secreta ilusión” de contar lo que había ocurrido en Argentina. Y allí llegó, ya graduado, a través de libros como Sabattinismo y peronismo (1991), Amadeo Sabattini, entre la Nación y la isla (1999) y Arturo Illia, un sueño breve (2006), todos relacionados con figuras políticas de su pago. “Siempre me sedujeron la intensidad y el impacto nacional que tuvo la política cordobesa.”
–¿La considera una provincia “excepcional” en la historia política argentina, entonces?
–No hablo de excepcionalidades. El libro es más bien una lectura de la política nacional desde Córdoba. Su carácter como ciudad de frontera en lo cultural entre lo tradicional y lo moderno, entre lo laico y lo clerical, entre lo más conservador y lo revolucionario. Fíjese que, por ejemplo, en la provincia se daban cita un laicismo muy fuerte, heredero de la tradición anticlerical de la Reforma Universitaria de 1918, y una Iglesia de matriz integrista, resuelta a imponer un proyecto hegemónico en consonancia con sus valores. Hay tres momentos en que ello se ve con claridad: el período de Lonardi, durante la presidencia de Guido y bajo la égida del general Onganía.
–Aspecto que conecta con la frase de Lanusse que habla de Córdoba como una provincia “enferma de orden”.
–Tal vez, porque Onganía eligió a Córdoba como tubo de ensayo de un proyecto corporativista. A efectos de reemplazar para siempre la democracia parlamentaria, crearon consejos económico-sociales con supuestos representantes de las “fuerzas vivas”. Ese orden corporativista chocaba con una veta liberal democrática aún muy viva en su cultura política y con una incipiente radicalización política en el movimiento obrero y estudiantil.
–No tenía el dato que marca usted sobre un peronismo originario cordobés “poblado” de apellidos patricios. Aquí, en Buenos Aires, parece ser al revés, al menos en buena parte de los primeros dirigentes.
–Desde 1991, cuando se publicó Sabattinismo y peronismo, se potenciaron las investigaciones sobre los orígenes del peronismo en las provincias, fuera de las áreas centrales (Buenos Aires y Rosario) marcadas por la huella de la gran industrialización. En muchas de ellas, el papel dirigente inicial fue desempeñado por sectores de las oligarquías provinciales. Baste recordar que el primer gobernador peronista de Salta fue Lucio Cornejo, dueño del ingenio azucarero San Isidro. En rigor, como usted advierte en la pregunta, en la única provincia donde el Partido Laborista pudo imponer su candidato a gobernador para las elecciones de 1946 fue Buenos Aires. En el resto del país, la máxima candidatura, en el orden provincial, provino de sectores radicales, conservadores o católicos.

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