domingo, 2 de septiembre de 2012

"SOY LA ALESSANDRA RAMPOLLA DE LA TANATOLOGIA"

Ricardo Peculo, uno de los mas celebres especialistas en temas mortuorios, estuvo a sus anchas en la Funexpo, una muestra sobre servicios fúnebres. Aquí se explaya: dice que sobre la muerte es necesario hablar y planificar. Con naturalidad, como se habla ahora sobre sexo. El cuenta que ya tiene su cajón diseñado.
 

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Por Soledad Vallejos
 
“Mirá, mirá, ¡son todos cajones!”, dice una señora tironeando de la manga a otra, y lo hace con tanto entusiasmo que dos segundos después preguntan “¿podemos pasar?” y se pierden, con entusiasmo de niñas, entre los stands de Funexpo, la Convención Internacional de Servicios Exequiales que esta semana fue por su tercera edición. Cuando escucha la anécdota, sucedida sólo unos minutos antes, mientras él se dejaba retratar entre tapas de ataúdes, blondas y luces sobrias, a Ricardo Péculo se le antoja de lo más natural.
–¡Claro! La muerte vende.
–¿Desde cuándo?
–Desde siempre. El ser humano es morboso. Pensá: vas por la ruta un atardecer. De un lado está el mar; del otro, un accidente. ¿Para dónde mirás, para dónde mira la gente?
Alto, delgado, de traje, con un cinturón de hebilla criollísima (es miembro de la agrupación tradicionalista El Lazo), Péculo quizá sea el tanatólogo más célebre del país. Durante años, gestionó Cochería Paraná junto con su hermano, Alfredo, el fundador de la empresa que llevó adelante hasta su muerte, hace cuatro años. Organizó las exequias de Frondizi, de Carlos Menem Jr; el traslado a San Vicente de los restos de Juan Domingo Perón. También los funerales de su hermano, aunque, dice ahora, en esas circunstancias él ya no era Péculo el experto, sino alguien más, alguien que perdía a un ser querido y estaba algo desorientado. “Pero claro, te das cuenta después.”
Desde hace un tiempo lo suyo es, más bien, la divulgación y la enseñanza. Por eso, este hombre con la voz de Narciso Ibáñez Menta y el humor de un stand up comedian no sólo tuvo un programa de televisión (De aquí a la eternidad, unos tres años atrás en Utilísima Satelital) y dicta seminarios de la novísima Tecnicatura para la Gestión de Empresas Fúnebres (en la Universidad Nacional de Avellaneda) y del Instituto Argentino de Tanatología Exequial, que él mismo fundó. Como la pedagogía bien entendida empieza por cultivar profanos, no ve la hora de que termine el montaje de Lo peor de los muertos es su impuntualidad, la película a mitad de camino entre el documental y la realidad guionada que espera ver estrenada el año próximo. Lo suyo es la formación de personas detallistas y pacientes, capaces de adecentar cuerpos, pero también, dice desde hace años, ser “el Alessandra Rampolla de la tanatología”.
–¿En qué sentido?
–Antes era más difícil hablar de sexo en los medios. Llegó ella con los juguetitos, empezó a hablar y ya está. Bueno, con la muerte tiene que ser igual. El problema es que no hablamos de la muerte, nos crían mal desde chicos. ¿Cuando sos chico y se muere tu mascota qué te dicen? Que se escapó. Nunca que se murió. Y entonces, ¿cuando muere el abuelo qué pasa? ¿Te dicen que se escapó? En algún sentido, acá existe el tabú porque es como si hablar de la muerte pudiera acelerarla. Y nada que ver.
Calla un instante, levanta el Smartphone a la altura de los ojos y exhibe la evidencia de que a él no le molesta para nada reconocer que un día llegará el fin: “¿Ves? Yo ya tengo mi ataúd”. Es celeste, en la tapa tiene un cielo, y en el extremo superior, a la altura de la cabeza, una imagen de él en ropas de gaucho. “Porque soy tradicionalista, es mi pasión.” Otra foto: las manijas con forma de herradura. La blonda, ese detalle de lujo con el que se tapiza el interior, también está elegida.
–¿Hace cuánto lo tiene?
–Hará un año. Me pareció bien tenerlo. Estas son cosas que hay que pensar con tiempo. Ahora hay ataúdes personalizados, velatorios temáticos.
–¿Temáticos?
–Claro: con las cosas que le gustaban a esa persona que falleció. La idea es que el velatorio sea un homenaje a quien fue, no horas de velarlo tristemente. Entonces, la sala se puede ambientar con las cosas que le gustaban a esa persona, con sus hobbies: si jugaba al golf, puede haber verde y palos de golf; si le gustaba jugar al sapo, un sapo, y así. Hace poco, para un músico folklorista ofrecimos hacer un velatorio con zamba y la familia aceptó. Para una periodista, ¿qué podríamos hacer? ¿Algo con lapiceras y cuadernos, y que la gente anote como anotás ahora vos?
–¿Desde cuándo se entiende el velatorio como homenaje?
–Desde siempre, pero también hay modas, como con la ropa. Por ejemplo, en los últimos años se puso de moda la cremación. En las grandes ciudades, claro, porque en el interior es diferente. En el interior, la gente sigue siendo de ir al cementerio. En las ciudades, la mentalidad de los jóvenes va cambiando según el ritmo de vida más alocado. Los velatorios express, por ejemplo, que son brevísimos y hacen mal.
–¿Por qué?
–Es contraproducente psicológicamente. El velatorio no es un acto social, es el encuentro con la realidad, es lo que te permite empezar el duelo. La gente que no hace eso después tiene problemas. Hay gente que dice “a mí cuando me muera que no me velen, no me lloren, no hace falta”. ¡Mentira! ¿Quién quiere que no lo lloren? Lo dicen para hacerse los superados. Lo mismo que la cremación. Como la palabra del muerto es sagrada, los que quedan van y lo creman porque el muerto lo pidió, pero ellos no quieren, no están convencidos, y cuando se arrepienten ya es tarde. ¿Cómo deshacés una cremación? ¡Imposible! Por eso siempre aconsejo: hay que dejarse guiar por expertos, hay que hablar de estos temas antes. ¿Qué pasaría si organizara mi casamiento el mismo día que me caso?
—...
–Entonces, ¿por qué organizar el funeral el día que muere la persona? Está llorando todo el mundo, nadie sabe qué hacer, no quieren tomar decisiones. Yo siempre digo que cuando el ser humano acepta la muerte, vive más. En los velorios está lleno de gente diciendo “ay, no hicimos tal cosa, no hicimos tal otra”. Hay tipos que viven juntando plata, pensando que no se van a morir. Y si hay algo seguro, es la muerte. La idea es que la gente lo acepte y empiece a organizar sus funerales antes. En lo posible, que participe en el diseño de su propio funeral. Por ahí, antes de morirse una persona estuvo internada un mes y medio, y ni se habló de esto. Es tiempo perdido. Se va a morir igual. Por ahí sale de la internación y es años después, pero se va a morir.
–¿Y qué se hace?
–Yo aconsejo tener un tanatólogo de cabecera. Se tiene médico de cabecera, ¿por qué no tanatólogo? En el momento es difícil. Mirá: con la profesión que tengo encima, cuando murió mi padre ni me acordé de que él era donante de órganos. Me quedé con culpa por eso.
–Aquí mismo, en la exposición, contaron que las cremaciones ahora rondan el 40 por ciento de los servicios.
–Sí, es así. Pero también eso hay que organizarlo. Los crematorios están llenos de cenizas que nadie retira, eh. Ponele: somos hermanos, muere papi, lo cremamos, y te digo “andá a buscarlo”, y vos me decís “¿y adónde lo llevo?, ¿qué hacemos?”. “No sé” Y el viejo sigue ahí. Pasa. Dispersar las cenizas es un tema, no siempre se sabe dónde ponerlas. Pero lejos de lo que se cree, dispersarlas en lugares públicos no es ilegal. Y ahora hay urnas muy lindas. Hay una, por ejemplo, de sal y arena, para los que quieren hacerlo en el mar. Es lindísima: tiene como marcas de piecitos caminando por la playa.
 
Fuente: Pagina/12

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