sábado, 1 de septiembre de 2012

DONDE TODO EL AÑO ES CARNAVAL

Por Eduardo Parise

”La Casa de la murga” fue refugio y luego local comercial. Atesora la memoria del género.
 
Empezó siendo el “refugio” de “Los herederos de Palermo”, el lugar en donde se guardaban los estandartes, los trajes, los bombos. También oficiaba de zona de reunión con los amigos, sin fines de lucro pero con fines de locro. Hasta que un día llegó gente de otros barrios para reparar un bombo o pedir prestados unos platillos y aquello, que desde 1989 era el lugar que sólo buscaba ser un “refugio”, tomó un cariz comercial, aunque sin olvidarse del disfrute.
Y así empezó a ser proveeduría, taller y hasta mojón de referencia para resguardar la memoria de la murga, esas agrupaciones que suelen ser una muestra de la identidad de los barrios de la Ciudad.
Se llama “La Casa de las Murgas” y está en Juan Ramírez de Velasco 530, a metros de Scalabrini Ortiz, en el barrio de Villa Crespo. Funciona allí desde 1993 y tiene como “alma pater” a Oscar “El Turco” Schumacher, un chico grande que suele definirse como “un talibán de la murga tradicional”. Dice que por las mañanas trabaja en otra cosa y todas las tardes se establece en ese lugar, destinado a resguardar la memoria de estas agrupaciones, “por pura diversión”.
Por supuesto que el sitio no tiene el orden de un prolijo museo. Y allí está la gracia del local: grandes bombos (armados o en proceso de fabricación) se mezclan con los sombreros de copa, las cajas de coloridas lentejuelas y algunos estandartes y levitas que reflejan el sol que se cuela por la fileteada vidriera, frontera entre la calle, el smog y los ruidos y ese mundo donde las fantasías cumplen rol principal.
Algunos historiadores sostienen que el origen de la murga como género que une canto, teatro y música viene con herencia española. Y que aquí sumó aportes de los esclavos negros. Incluso dicen que los ritmos tradicionales de las murgas porteñas simbolizan cuestiones de la dura vida de aquella gente sometida: esclavitud (se refleja en el bailar casi agazapado), liberación (el salto con las patadas al aire) y libertad total (mucho movimiento de piernas y brazos). Pero, según “El Turco” Schumacher, la esencia de la murga como la conocimos de chicos y como la vemos ahora que hubo un rescate de esa tradición, sobre todo en carnaval, pasa por otra cuestión. “No hay murga sin amigos”. Y suele graficar la diferencia entre una murga profesional (como algunas de origen uruguayo) y la murga de nuestros barrios.
“Es como jugar al fútbol o jugar a la pelota. En el primer caso sólo participan los que tienen la suficiente habilidad y destreza física, que se mueven en un campo con dimensiones establecidas y reglamentos determinados y juegan once contra once, mientras los demás miran desde una tribuna. En cambio, cuando se juega a la pelota los arcos pueden ser cuatro pulóveres amontonados, no hay reloj que marque el tiempo de juego, de cabeza vale doble, de palomita vale triple y entre los treinta que corren detrás de una pelota participa hasta el renguito del barrio”.
Se sabe que Murga es un apellido vasco originario de la localidad española del mismo nombre, en el valle de Ayala. Pero en la “Casa de las Murgas” (su teléfono es 4854-7405 y el mail lacasadelasmurgas@argentina.com) la palabra cobra otro significado que tiene mucha relación con la gente y el barrio, en este caso Villa Crespo.
Y que todavía se refleja también en lugares cercanos como el Club Social y Deportivo Villa Malcolm, ya del lado de Palermo. Fundado el 6 de octubre de 1928, ese club cargado de pasado y presente tanguero y lleno de los ecos de muchos carnavales, sigue firme en la avenida Córdoba 5064. Pero esa es otra historia.
 
Fuente: Clarin

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