martes, 4 de septiembre de 2012

UN APLAUSO PARA HACER MEMORIA

Por Eduardo Parise
 
La obra se titula “El aplauso” y para verla hay que levantar la mirada. Está a cinco metros de altura, en la cornisa de una vieja casona en French 3614, a metros del cruce con Aráoz. Es verdad, no tiene los años ni la ubicación de otros monumentos que se lucen en Buenos Aires. Pero, en su pasado de apenas una década, está resumida una historia que se quisiera olvidar pero que es conveniente recordar.
 
Fue hecha en 2002 con cemento colocado directamente sobre hierro y terminada con pintura de poliuretano. El trabajo lo realizó Mariana Gabor, una artista que estudió cerámica escultórica con Vilma Villaverde y pintura en el taller del talentoso maestro Carlos Gorriarena. También, además de otros estudios y de sus exposiciones y trabajos en el país, sus muestras de pintura pasaron, entre otras tierras, por Japón, Francia y Alemania.
Pero en este espacio lo primordial no es la artista sino la obra. “El aplauso” está dedicada a recordar y homenajear a los actores desaparecidos y asesinados durante la última dictadura. Y se pensó que la mejor manera de hacerlo era con una materialización física. La secuencia abarca desde la reverencia total hasta la elevación absoluta de los protagonistas. En las imágenes no hay ninguna cara que identifique a nadie; simplemente está la actitud de esas vidas, distintas y tal vez con pensamientos encontrados, pero unidas por un mismo destino: el trabajo colectivo.
Por supuesto que la ubicación de la obra no es una casualidad sino una causalidad. Esa vieja casona de French y Aráoz es la sede del Departamento de Artes Dramáticas del Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA). Y en el frente de los escalones que llevan hacia la entrada del edificio están grabados 25 nombres de actores desaparecidos.
Al final, sobre el rellano y en una gran placa, quedó el pensamiento de Eduardo “Tato” Pavlovsky, dramaturgo y médico orientado al psicodrama, en relación con el tema: “Los actores no desaparecen porque en el máximo de su rostridad se vuelven de improviso máquina anónima en la lucha por la libertad y la resistencia. Desaparecerá uno, pero florecerán veinte soldados en su lugar; así es la lucha del teatro y así será siempre. Hay algo de inmortalidad en el oficio del actor, tal vez la inmortalidad del teatro”.
En la realización, además de la escultora, trabajaron el profesor Ricardo Longhini, el arquitecto Hugo Muzzopappa (como asesor técnico), Julián Limeres (promotor del concurso previo para realizar la obra) y también Sergio, Ariel M., Pato, Federico, Vanesa, Marina, Sandro, Lore F. Angel, Cordobesa y Silvina, entonces alumnos de Escultura de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”. Y el día de la inauguración cuentan que no hubo llanto sino un espectáculo de murga y teatro callejero.
La escultura es un símbolo y, según Gabor, “estos actores salen a decir. Elevados, avanzan. Esperan miradas, respuestas, movimiento; esperan vida”. La que también espera su puesta en valor es la vieja casona, un trabajo que ya está previsto para los próximos meses. Es que el edificio también tiene lo suyo. Al parecer perteneció a una familia patricia y dicen que fue donado para que allí estuviera la sede de Artes Dramáticas. Para mensurar su valor arquitectónico alcanza con este dato: cuentan que la sala del teatrito era la vieja leñera de la residencia. Pero esa es otra historia.
 
Fuente: Clarin.

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