martes, 4 de septiembre de 2012

"DROGAS Y ALCOHOL OCULTAN EL TEMOR DE LOS JOVENES A NO GOZAR LO SUFICIENTE"

Por Claudio Martyniuk

El consumo de Viagra y las adicciones aumentan entre los jóvenes porque la época les exige vivir la sexualidad al límite y de manera infalible, a juicio de la entrevistada la psicoanalista Silvia Ons.
 
Un imperativo recorre nuestra época: gozar y gozar más. Esa bandera envuelve especialmente a los jóvenes y se expresa en sus prácticas sexuales, cada vez más sostenidas en drogas, alcohol y Viagra. Sin más culpa que por no gozar lo suficiente, esa presunta desinhibición esconde mecanismos de control y domesticación, según explica aquí la psicoanalista argentina Silvia Ons.
Parece comprensible por qué las personas de edad avanzada recurren a estimulantes sexuales. ¿Pero por qué los jóvenes recurren al Viagra?
Notablemente, los sondeos revelan que su uso en las personas mayores ha disminuido, triplicándose en cambio en los de menor edad. El Viagra en los jóvenes es bastante frecuente y despierta sorpresa, ya que no se corresponde con una época de declive sexual. Pero el vigor parece no ser suficiente y se requiere aún más. Tal exigencia muestra uno de los grandes imperativos de esta época: vivir intensamente, gozar al máximo, traspasar los límites corporales. Freud supo ver en este más allá del principio de placer la cara letal de la pulsión de muerte.
¿Acaso los jóvenes teman fallar en sus encuentros sexuales?
La exigencia de ser infalible y, en ocasiones, la necesidad de contrarrestar la disminución de la potencia sexual que produce el consumo de otras drogas son algunas de las razones que motivan a los jóvenes de entre 20 y 30 años a hacer del sildenafil pieza infaltable en los encuentros sexuales. Si su empleo en mayores no resulta tan inquietante es por suplir una falta, mientras que en los jóvenes, es la sexualidad misma y ya no su ocaso, la que se desestima, al pretender reforzarla con la píldora azul. Claro que también algunos jóvenes hacen uso del Viagra en las primeras citas para sentirse seguros y que “eso” no falle, revelando, en ese empleo, la pretensión de mostrarse infalibles que los gobierna. Tal reclamo de performance genera sujetos inhibidos que se retraen ante tamaña exigencia, apelando al fármaco o al tóxico para satisfacerla. El par inhibición-adicción se realimenta de manera repetitiva. Así notamos en la clínica, en una época en apariencia permisiva, que las dificultades de los jóvenes para abordar a una chica son corrientes y que intentan lograr ese propósito usando distintas drogas. De ahí que las adicciones encubran inhibiciones muy profundas.
“La previa” de las salidas nocturnas de viernes y sábados, ¿qué rasgos de la conducta sexual promueve?
Es sabido que hoy en día la “previa” ocupa un lugar cada vez mayor en las salidas de los adolescentes. Ese momento anterior a la fiesta se ha transformado en un requisito sin el cual no hay plan posible, pudiendo incluso sustituirlo. De hecho, allí se registran los mayores índices del consumo de alcohol y, en muchas ocasiones, la previa no antecede a otra cosa, pasando a ser un fin en sí misma. Los ejemplos de los jóvenes que se desvanecen consumiendo ilimitadamente, y que no pasan de la previa, bastan para indicarlo. También -en el extremo- se han conocido casos donde se han dado desenlaces letales y otros que han terminado en violencia. El argumento aducido por los adolescentes es que al boliche hay que ir “entonado” para divertirse más y encarar sin inhibiciones a las chicas. La previa sería entonces una suerte de preparativo para un supuesto encuentro erótico.
¿Diversión e intoxicación quedan entonces asociados?
Un imperativo subyace en este carnaval: hay que divertirse, hay que desinhibirse, hay que intoxicarse para pasarla mejor. Así, el supuesto libertinaje está regido por mandatos que promueven el exceso ligado al abuso en la ingesta. Dicha sujeción a lo que “se debe hacer previamente” pone en cuestión la ilusión de libertad que acompaña la falta de límites. Se podría considerar que el superyó de nuestro siglo está desligado de los ideales de antaño y el deber, entonces, no se liga con la realización de esos ideales. El imperativo se vuelca hacia un presente sin espera: se debe gozar. Un signo de estos tiempos sería el superyó que impone el goce. Encontramos sus mandatos en esas ofertas que nos acechan, proponiéndonos placeres intensos y aún no experimentados.
¿Y ese imperativo no está atravesado por sentimientos de culpa?
El sujeto ya no se siente culpable por el deseo inconsciente que ha debido reprimir, sino por no gozar lo suficiente. La culpa por gozar -pese a la prohibición-, muda su lugar por la culpa por gozar demasiado poco. Se sostiene que la adolescencia actual se caracteriza por la falta de límites y por un descaro que causa estupor en el adulto. Sin embargo, si se requiere mucho tóxico como preámbulo, hay más bien una inhibición en la base. Ir al boliche sin tanta previa implica confrontarse con los recursos reales de los que se dispone para abordar al otro sexo.
Parece una exposición en estado de vulnerabilidad.
Esta confrontación no es sencilla, sobre todo en la adolescencia, ya que la identidad en construcción deja al sujeto mucho más expuesto a la mirada de los otros, a la supuesta evaluación, a la consideración ajena. Tal vez no exista ningún momento en la vida en el que la relación con el otro sexo plantee más problemas que en la adolescencia. El consumo de drogas intentaría sortear tal dificultad, mostrando la falta de otros recursos, falta muy agravada en el mundo actual. El problema es que muchas veces la previa se consume en sí misma, deja de ser “previa” y lejos de dar lugar al advenimiento de algo diferente, se cierra sobre sí. La “fiesta” está allí mismo y allí se extingue agotándose en una ingesta que, en algunas ocasiones, puede ser letal.
¿Cómo evalúa usted el tema de los swingers, que incluso ha entrado en un programa tan popular como “Graduados”? ¿Se lo podría incluir en el marco de una época que exige gozar cada vez más?
El sujeto intenta llenar su vacío con nuevos placeres promovidos por el mercado. Si bien el intercambio de parejas data de largo tiempo, lo que es novedoso en nuestra contemporaneidad es su transformación en un estilo de vida. En la época actual conviven las exigencias de goce con el control extremo y ello se manifiesta muy bien en la moda swinger, ya que en el supuesto libertinaje subyace un intento por controlar la sexualidad del otro y evitar -según las declaraciones de sus ideólogos mismos- la infidelidad. La palabra swinger se deriva del verbo inglés to swing que significa balance, libertad de movimiento, oscilación. Podemos preguntarnos: ¿amplitud o nuevo dispositivo de control? ¿Y cómo se articula esa sexualidad con el amor?
Entre las diversas “ventajas” que esta práctica tiene para sus adeptos se cuenta la de poder vivir una sexualidad separada del amor, y así seguir manteniendo fidelidad con la pareja, sin asumir ningún compromiso afectivo que pusiese en cuestión este vínculo. Se trataría de ejercitar una sexualidad sin consecuencias para refrenar -aunque parezca lo contrario- lo incontrolable del cuerpo del otro. Se busca domesticar el goce, confinarlo al grupo, impedir que pueda surgir su carácter errante, nómade, no encarcelado en ninguna comunidad de goce.
Esa domesticación y control, ¿es semejante a otros del pasado?
Es quizás un poco arriesgado relacionar la práctica swinger con el control medieval que confinaba a las mujeres a los lugares cerrados, el claustro o la casa por temor a que ellas traspasaran sus paredes. Sin embargo, resuena una similitud. Habría que pensar en el par “empuje al goce y control” más allá de los swingers. Por ejemplo, Internet, los celulares y Facebook alientan relaciones fuera de la pareja que prometen nuevos goces pero, al mismo tiempo, fomentan que, por ejemplo, el cónyuge se “meta” para inspeccionar el “secreto” del otro. Hay siempre un ojo que vigila la sexualidad, la fija en una foto, la da a ver, la inspecciona, anulando su carácter privado. Son los nuevos dispositivos de control descriptos, bajo otro ángulo, por Foucault.
Su último libro alude al “comunismo sexual”. ¿Qué es? ¿Una zona impensada de revitalización del marxismo?
“Comunismo sexual” es el nombre con el que los swingers bautizan su práctica, pero más allá de ella, tal consigna está presente en las llamadas comunidades de goce. La transformación de prácticas sexuales en movimientos con consignas, modalidades de formas de vida, páginas en Internet, pretensiones de subcultura etc. no es en realidad algo típico de los swingers. Así, bajo el comunismo sexual subyace el intento por igualar lo inigualable: el proyecto comunista parece haberse desplazado, desde su fracaso a nivel económico, a lo sexual. Y es por ello que se enarbolan sus consignas, inscriptas ahora en el liberalismo, y se levantan sus estandartes en el ámbito de las prácticas sexuales.
¿Qué porvenir tendría esa demanda de igualdad sexual?
La demanda de igualdad económica hoy ha sido desplazada por la de igualdad sexual. El psicoanálisis nos dice que ella es ilusoria y que la igualdad de derechos nunca puede recubrir el campo sexual. El género no se identifica con la sexualidad. Pertenecer a un mismo género no dice nada de la sexualidad, que siempre es singular. En este sentido no hay comunidades de goce: hay diferencias entre los goces y ellos nunca pueden hacer comunidad.
¿Y por qué entonces se busca ese denominador comunitario?
Ese afán de encontrar una identidad, que marque la pertenencia a una clase de los que supuestamente gozan de la misma manera, obedece a la gran incertidumbre que vive el sujeto de nuestros días. La inquietud del hombre moderno surge del hundimiento de la tradición. Ya nada es vinculante, ni siquiera el territorio natal. El sentimiento dominante hoy se compone de incertidumbre, inestabilidad, inseguridad y vulnerabilidad. Hay precariedad asociada a la desaparición de puntos fijos en los que situar la confianza. Cuando se evapora la confianza en uno mismo, en los otros y en la comunidad, los sujetos buscan un reaseguro en las llamadas comunidades de goce.

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