sábado, 1 de septiembre de 2012

FUERZAS ARMADAS; COMO SE FORMAN LOS NUEVOS MILITARES

Por Marcelo Larraquy

Con los cambios en los programas de estudio se incorporaron textos de ex montoneros. Las mujeres ahora pueden acceder a puestos de combate. La resistencia de los liceístas y la “generación perdida” de oficiales.
 
“¿De dónde provenía la pretensión de los torturadores de ser dioses? Sin duda de esta convicción de ser amos de la vida y la muerte; de hecho tenían la capacidad de decidir la muerte de muchísimas personas, casi de cualquiera en el marco de una sociedad en que todos los derechos habían sido suprimidos”.
Este texto, extraído de “Poder y desaparición” , de Pilar Calveiro, doctora en Ciencias Políticas, es parte de la bibliografía del nuevo programa de estudios para la formación profesional de oficiales de las Fuerzas Armadas. Por primera vez, en este ciclo lectivo 2012, se incorporan textos sobre los años setenta en la escuela de cadetes del Ejército, Naval y de la Aviación.
Calveiro fue militante montonera.
Permaneció secuestrada un año y medio en los centros clandestinos Mansión Seré y la ESMA. Su libro se suma a otros de Martín Gras (detenido ilegal de la ESMA) y Alejandro Isla (a disposición del PEN durante el gobierno militar).
Es singular que textos de ex militantes montoneros, que padecieron en sus cuerpos el rigor represivo de la dictadura, y luego estudiaron el proceso militar desde una perspectiva académica, sean parte de la bibliografía de las escuelas donde, en el pasado, se formaron sus victimarios.
El detalle es apenas la punta del iceberg de un proceso de cambio en la educación militar que también incluye la incorporación de autores marxistas o estructuralistas, lecturas habituales en carreras universitarias, pero que, tras casi treinta años de democracia, marcan un cambio de época en las escuelas que forman oficiales.
Las reformas pedagógicas también abrieron la posibilidad de que las mujeres ingresen a las armas de Infantería y Caballería, que les permitirá, una vez graduadas, acceder a puestos de jerarquía en misiones de paz o puestos de combate en un conflicto bélico.
En estos años, se observó un fuerte crecimiento en el ingreso de mujeres en las Fuerzas Armadas (en 2010, de los 1726 cadetes en los tres institutos el 13% era personal femenino). También hubo un cambio sociocultural entre los cadetes . Los ingresantes provienen de una clase media empobrecida que, además de su vocación, les interesa tener la posibilidad de un ascenso social.
En cambio, las familias de estirpe militar ya no alientan a sus hijos a convertirse en oficiales. Esta es otra de las novedades.
“Las generaciones que entraron a las Fuerzas Armadas apenas antes del ‘83, o después, los oficiales que hoy tienen entre 45 y 55 años, la pasaron mal debido a los embates que sufrió la institución por razones lógicas y conocidas.
Hay menos hijos de oficiales que hace 30 años.
Pero los que ingresan lo hacen sin el imaginario de ser la reserva moral de la Patria, sino para ser buenos militares”, indica a Clarín Sabina Frederic , doctora en Antropología Social.
Frederic condujo la reforma curricular y de régimen de estudio desde la Subsecretaría de Formación Profesional del Ministerio de Defensa durante la administración de Nilda Garré.
Algunas de las nuevas materias -Etica Profesional, Historia Argentina (1810-1990), Teoría del Estado y las Organizaciones ó Derechos Humanos- fueron agregadas a la educación básica militar para alcanzar una formación más analítica. “También eliminamos el “armado de apuntes” que preparaba el docente, que tenían que ver más con la educación secundaria. Y fue muy importante reducir la “lógica sacrificial” de los militares.
Había valores morales que sólo se adquirían por la mayor resistencia al sufrimiento físico y mental”, explica Frederic.
La reforma incluyó un cambio en la sociabilidad: ahora los cadetes pueden salir de sus escuelas y cursar materias en las universidades del Estado.
Sobre esta progresiva transferencia al mundo civil, Frederic prefiere poner un freno: “La reforma no se hizo para desmilitarizar sino para que los cadetes se formaran también con un conocimiento disponible fuera de sus escuelas y desarrollaran, antes que un pensamiento binario, un pensamiento que les permitiese razonar sobre realidades complejas con saberes alternativos”.
Entre los núcleos de la reforma, Frederic menciona la eliminación de contenidos favorables al terrorismo de Estado y cierta bibliografía neoliberal: “No la descartamos por ideología sino porque tenían un pensamiento empobrecido . Quisimos introducir algo de la lógica universitaria con la modificación de los regímenes de estudio y la bibliografía, pero no fue una reforma que le hayamos tirado a nadie por la cabeza: la discutimos y consensuamos desde 2006 con los militares de los institutos educativos y recién se implementa integralmente este año”.
Para la revisión histórica de los años ‘70 también incluyeron textos clásicos de la vida universitaria (Guillermo O’Donnell, Juan Carlos Torre, Luis Alberto Romero o Beatriz Sarlo) que, paradójicamente, despertaron el recelo interno en la actual gestión del Ministerio de Defensa. Por ese motivo, demoraron la aprobación de las resoluciones de Garré que promovían los nuevos programas. Según un asesor de esa cartera, la nueva bibliografía fue calificada como “gorila” y se intentó introducir a autores del revisionismo historiográfico, emparentados con el peronismo, que fueron descartados por considerárselos “poco sólidos”.
Otra polémica, a volumen más alto, fueron las modificaciones en los programas de los liceos militares, la educación secundaria dependiente de las Fuerzas Armadas.
La eliminación de la materia Religión, la prohibición del uso de armas de guerra en alumnos de 1° y 4° año (sólo permitido en el último trimestre de 5° año) y la posibilidad de renunciar a la condición de “reservista” una vez egresado, entre otros cambios, fueron resistidos por padres, ex liceístas, legisladores de la Comisión de Defensa parlamentaria y otros grupos del “mundo civil” tradicionalmente vinculados con los militares, entre ellos el ex vicepresidente Julio Cobos, quienes objetaron la “presión laica” sobre la impronta castrense en los liceos.
Sobre todo la reducción del uso de armas fue considerada un déficit en la instrucción de los futuros oficiales de reserva, que pueden ser movilizados en hipótesis de conflicto, como sucedió con el conflicto con Chile en 1978, o en catástrofes naturales. “Esta es la gran asignatura pendiente del actual sistema militar. Podría agregarse un servicio part-time para organizar las reservas. Pero debe ser insertado con urgencia tanto en la educación como en la instrucción militar”, dice a Clarín el analista Rosendo Fraga .
De todos modos, los nuevos programas de estudio no logran resolver problemáticas internas más profundas. En las Fuerzas Armadas quedaron heridas no saldadas, en especial entre oficiales de 30 y 40 años , quienes durante su formación militar no debatieron el papel del terrorismo de Estado en los años setenta y estudiaron con los programas con los que se formaron Videla, Harguindeguy o Galtieri.
Algunos de estos oficiales jóvenes tienen a sus padres dados de baja, procesados o en prisión. En ellos, la cuestión ideológica se mezcla con la emocional. Es la franja más afectada de las Fuerzas Armadas en el período democrático. Porque si bien no tuvieron responsabilidades penales por el terrorismo de Estado y tampoco rechazaron la continuidad de los juicios a ex represores, se sintieron maltratados u hostigados. Algunos prefieren no usar el uniforme militar en la calle por la desconfianza que puedan generar en la sociedad.
La reforma no alcanzó a los programas de estudio de las Escuelas Superiores de Guerra que forman oficiales del Estado Mayor. Sólo desafectaron a docentes involucrados en procesos penales. Sin embargo, Defensa creó la Escuela de Guerra Conjunta, de posgrado, para que los oficiales mejor calificados de las tres fuerzas pudieran interactuar entre sí.
Por otra parte, el gesto de bajar el cuadro de Videla de la galería de directores del Colegio Militar, de fuerte peso simbólico, tampoco ayudó a la cohesión de esta generación “perdida” de oficiales con la nueva pedagógica militar.
Sobre este punto, un oficial superior del Ejército, entrevistado por Clarín en off the record, declaró: “No hay entre los militares en actividad nadie que reivindique a Videla. Por eso internamente ese acto fue visto como una sobreactuación , una manera de transferir la culpa, algo innecesario”. El militar cree que había soluciones alternativas: “Se le podía haber colocado una leyenda bajo el cuadro de Videla que dijera “condenado por delitos de lesa humanidad”.
El mayor control civil sobre los militares, a casi 30 años de democracia, modificó también las líneas políticas internas . Según la visión del militar, de posición destacada en la cadena de mando, “las Fuerzas Armadas ya no tienen al nacionalismo católico como orientador, pero tampoco hay un sector hegemónico.
Es como la clase media, un día apoya a Alfonsín, otro día golpea cacerolas o apoya a Kirchner. Varía según los tiempos. Pero es un Ejército con una marcada línea profesional” .

Fuente: Clarin.

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