miércoles, 14 de diciembre de 2011

"LA FRONTERA ES LA IGNORANCIA"


El Chango Spasiuk, chamame y algo mas. Con el canal Encuentro recorrió el país. Además, presenta su música en el teatro. De Piazzolla y Yupanqui a Beethoven.
Por Tomás Eliaschev
El acordeonista que le dio dimensión internacional al chamamé y rompió con los límites estereotipados de los estilos musicales vuelve a los escenarios porteños luego de dos años. En los últimos tiempos, Chango Spasiuk recorrió el país para el Canal Encuentro, conectándose con los músicos anónimos que brillan en los patios de sus casas. Mientras toma un café con torta de chocolate en la esquina de un coqueto bar palermitano donde suena música africana, responde a las preguntas de Veintitrés. Es un viernes por la tarde y faltan pocos días para su concierto del sábado 12 de noviembre en el Teatro Ópera. La lluvia que comienza a caer parece alterar aún más la vorágine capitalina de cierre de semana pero el músico misionero –nieto de ucranianos y folclorista sin fronteras– se muestra tranquilo.–¿Cómo fue la experiencia del programa Pequeños Universos en Canal Encuentro?–Viajé mucho por lo que llaman la Argentina profunda o la Argentina secreta. Por más que yo conocía todos esos lugares porque ya antes había viajado tocando, fue un regalo volver y saborear de nuevo todas esas situaciones, conocer a esas personas. No tener que tocar e irme, sino conocer mejor. Yo aparezco lo mínimo necesario. El Canal Encuentro es un regalo, es un espacio sumamente constructivo, único no solamente por los contenidos sino por la calidad. Pequeños Universos es un pequeño aporte en ese contexto. Tenemos la idea de retomar el programa, ir al Uruguay y al Paraguay. Ojalá que lo podamos hacer pronto. Saborear esos “pequeños universos” de ahí, que es aquí, está tan cerquita.–¿Qué son las fronteras para un músico como vos?–La frontera es la ignorancia. El desconocimiento las crea, más allá de lo político, de la organización institucional de los países. Una cosa es llamar frontera a ese límite formal con el que se organizan los pueblos y otra cosa es que la frontera se convierta en un abismo producto de la ignorancia y de creer que lo otro es diferente a mí. Cuando empezás a interesarte y a conocer, entrás a integrar y a legitimar. Te das cuenta de que el otro es casi uno mismo. Como diría Atahualpa Yupanqui: “Es uno mismo en otro cuero”.–Muchos músicos están perdidos en un pueblito y tocan excelentemente, pero no se les da reconocimiento. ¿Sentís que tenés un rol de rescate de esos músicos?–Sí, pero a veces mucha de esa gente me da sana envidia. Porque para muchas de esas personas anónimas, lo que están haciendo tiene un gran significado. Y uno dice “pero esto lo podría conocer el mundo, qué injusto”. Pero para ellos esa acción, casi anónima, es el mundo entero que les alcanza y les sobra como para dar sentido a su existencia. No es poca cosa. A veces algunos estamos haciendo un montón de cosas y no encontramos el sentido. Yupanqui decía: “No entiendo mi caminar por el mundo y mudar paisajes, si no he de hallar la sombra que el corazón ansía”. A lo mejor esas personas han encontrado la sombra que el corazón ansía en esa pequeña acción anónima que creemos que es injusto que nadie conozca. A veces las cosas son muy misteriosas y no tenemos la capacidad de comprender su porqué.–¿Conociste a Yupanqui?–Una sola vez, cuando debuté en Cosquín en el ’89. Dos días antes del concierto que iba a dar con mi grupo fui invitado de Los Chalchaleros. Yo tenía 20 años. En ese camarín estaba Yupanqui. Y lo conocí personalmente. Presté mucha atención. Recuerdo su ironía. En ese momento yo no tenía ni idea de la altura de su obra. Recién ahora me he encontrado con cosas de él que son muy bellas. De vez en cuando vuelvo a sus discos. Me gusta su música y su reflexión. Su manera de pensar o de intentar codificar eso que lo rodea, con un lenguaje criollo. Muy lindo.–¿En el chamamé a quién considerás a la altura de Yupanqui?–Mario del Tránsito “Coco” Marola está a la altura de Yupanqui y de Aníbal Troilo. Muchos argentinos no se dieron cuenta, yo sí. Es un gran compositor de música. Nos hemos criado con diferentes estereotipos para los diferentes lenguajes sonoros. Al chamamé se lo ve como una música de consumo familiar para bailar un poco y no vemos en ella una música de siglos donde se expresa un universo muy, muy complejo. Tal vez uno de los más complejos del país por los componentes históricos, los elementos que hay: guaraníes, barrocos, europeos, africanos. Está presente en Corrientes, Misiones, Formosa, Santa Fe, Chaco, sur de Brasil y Paraguay. Es una música que en su construcción sonora es muy compleja. Y no es tan fácil de tocar, por más que suene simple. Recomiendo ir al Festival de Chamamé, es el mejor de todos.–¿Cómo se construyó el estereotipo?–Como un montón de cosas que se han ido construyendo en este país: desde la ignorancia. Desde el profundo desconocimiento de nosotros mismos y de nuestra propia historia. Este es un momento en donde hay una oportunidad sobre la mesa de nuevo. De a poco nos estamos dando esa oportunidad. Habría que mantenerla y sostenerla en el transcurrir para que empiece a dar sus frutos. Y no ser tan polvorita. Sino sostenerlo. Sostener esa reflexión colectiva de poner las cosas sobre la mesa y repensarnos. –¿No sólo hablamos de música, sino del plano político?–Cuando se habla de música se habla de todo. La música es parte de la vida. Es una expresión sonora de la vida. –Hay una tendencia de los artistas a sentirse por fuera de la sociedad.–Hay música que es obra de arte y hay música que es música, nada más. Son dos cosas muy diferentes. Ludwing Van Beethoven es arte. Eso está por fuera de todo. O contiene absolutamente todo. Componía con el universo en la mano. Hay que tratar de saborear su síntesis, esa construcción estética. No hay que ser músico clásico para recibir la impronta de Beethoven, hace falta un poco de hambre y de necesidad para que su música sea un lugar para sentirse a salvo. –¿A quién más mencionarías entre tus músicos preferidos, además de Yupanquí, Coco Marola y Beethoven?–Piazzolla. Me gusta Ástor. La fuerza de un hombre que casi al final del camino ponía sobre la mesa cuestionar todo de nuevo. Si se podía hacer mejor, lo volvía a intentar. Es muy linda esa necesidad de superación.–¿Y un quinto ídolo?–Es esa gente anónima que creen que tienen que ser conocidos, esos son. Ese anónimo que tiene a todo el mundo en su patio.

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