miércoles, 28 de diciembre de 2011

"LAS FABRICAS DE POBRES SIGUEN ABIERTAS EN TODO EL MUNDO"


Entrevista a Victor Russo, fundador de la Fundación El pobre de Asís.
Por Daniel Dos Santos.
Como tantas otras promesas incumplidas, el mundo postmoderno, el de tecnología apabullante, el de la globalización del éxito, no ha conseguido terminar con la pobreza. Ni siquiera empezar a terminar. ¿No habrá llegado entonces el momento de preguntarse si, más allá de la declamación, le interesa hacerlo? No hace mucho unos avisos en el New York Times sintetizaban con una foto y una pequeña frase el informe de situación. En una página aparecía la típica postal de un barrio acomodado de Estados Unidos, de casas blancas y verde césped, bajo la cual se estampó Our land (Nuestro lugar). En la de enfrente otra postal de un barrio carenciado en una ciudad opulenta y el Your land (El lugar de ellos). Hasta ahí llegamos. El destino, claro, no hace a una persona pobre. Ni siquiera una voz superior hace a una persona pobre, salvo tal vez que uno se hubiera llamado San Francisco de Asís, aquel que escuchó “no lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias...”. Víctor Russo creó la Fundación El pobre de Asís (www.elpobredeasis.org) hace 13 años y reconoce que germinó en él una semilla desde su primera incursión en ayudar a los otros como voluntario en el Hospital Borda, cuando apenas tenía 17 años. De la, déjenme decirlo así, locura más extrema a la pobreza más extrema, porque ahora -a los 53 y con varios hogares de día, casas de ayuda y comedores bajo su dirección- da su apoyo para que las personas que viven en situación de calle, pobres entre los pobres, puedan reconstruir su proyecto de vida, el que alguna vez debieron tener y uno, distraído, tiende a negar.¿Por qué la caridad no tiene buena prensa?La caridad no vende porque no es espectacular. Cuando está ubicada en el lugar que le corresponde, tiende a pasar desapercibida. Y así debe ser. Al contrario, cuando llama la atención termina siendo un juego de poder insalubre entre benefactor y beneficiado.¿Y el sistema cómo la ve?Justamente con ese sentido vertical. Creo que la solidaridad es superadora respecto a la caridad en sentido laico y la justicia es superadora respecto a la solidaridad: termina por completo de horizontalizar esa relación entre el que da y el que recibe. Porque en verdad no tiene que ver con que yo quiera y pueda hacer algo por otro, sino que es un derecho del otro y una obligación mía. Allí sí se acabaría el conflicto de poder. Teresa de Calcuta decía: “Hay que dar hasta que duela”. ¿Hasta dónde hay que dar?Lo expresaba desde el lugar del dador permanente, del que no espera nada o, mejor, del que todo lo espera de Dios. Si lo contextualizamos en nuestra vida, se vuelve difícil de cumplimentar porque el que da también precisa recibir. Hay que dar hasta que se pueda. Con frecuencia se escucha una frase irónica, pero cierta: “Siempre hubo pobres”. Pero la cuestión debería ser: ¿Siempre habrá pobres?Uno quiere pensar que no, pero no me ilusiono demasiado. Hay más pobres que en otras épocas. Einstein decía: “Si uno hace siempre lo mismo, obtiene siempre el mismo resultado”. Y no se ve algo diferente. Para mí, siguen abiertas las fábricas de pobreza, en algunos lugares del mundo más que en otros, pero siguen abiertas. ¿Cree que la pobreza es funcional al sistema mundial?En alguna medida sí, pero no creo que el sistema necesite ‘per se’ que exista la pobreza. El primer objetivo del decálogo del milenio de Naciones Unidas es erradicar la pobreza y el hambre, pero el orden establecido se acomodó de alguna manera a esta pobreza, y cuando las cosas se acomodan tienden a persistir.Un filósofo, Zygmunt Bauman, estima que la riqueza y el capital aumentan ahora sin necesidad de los pobres y que como “el pobre ya no le resulta útil para nada, el rico da por terminada su responsabilidad”. ¿Qué le parece?Demasiado determinante. No sé si todo está tan meticulosamente pensado, como un mecanismo diabólico que hace girar el mundo.¿La caridad sirve para salvar el alma de los que están desprotegidos o para salvar la propia?La capacidad de ayudar al otro nos redime desde nuestro lugar en la sociedad. Y al creyente, lo redime metafísicamente hablando. El primer beneficiado es el que genera el bien porque es un boomerang que vuelve, enriquece, modifica la mirada. El que da tiene su premio en la satisfacción que experimenta cuando el otro es mejorado en su situación. No digo que alguien lo haga por eso, pero me parece un truco de la naturaleza o de Dios, que tanto el amor como el odio tengan su premio y su castigo en sí mismos. Y sin duda, aquél que es beneficiado obtiene un lugar mejor.¿Resulta fácil caerse del sistema en la Argentina?Sí. El sistema parece una calesita que gira rápido y no permite que uno vuelva a subirse con la velocidad con la que se bajó. ¿Hay casos paradigmáticos que expliquen cómo llegó la gente a la calle?Hay tantas causas como personas, pero existen comunes denominadores, como la ruptura de los lazos afectivos y la pérdida del empleo, con las consecuencias de deterioro del núcleo familiar. Generalmente el hombre se va a una pensión, no puede sostenerla y queda en la calle. ¿La situación de calle golpea tanto al hombre como a la mujer?Al hombre se le vuelve crónica y difícil de revertir. Cae en las adicciones, pierde lucidez. Le sobreviene una profunda depresión que se manifiesta en el abandono. La mujer pelea con uñas y dientes y, si no hay una patología de base, sale de esa situación.¿A qué se debe esta diferencia?La mujer tiene más fortaleza frente a esta situación límite. También es cierto que no carga con el mandato social del hombre, obligado a ser provedor y autosuficiente y a sobrellevar precisamente esos mandatos no cumplidos.Si los los sistemas, antiguos y actuales, no hallan respuesta, si los gobiernos miran para otro lado, ¿no será entonces tiempo de probar con el corazón? Al menos.

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