miércoles, 28 de diciembre de 2011

SOBRE EL PENSAMIENTO LATINOAMERICANO


DIALOGO CON ANDRES KOZEL, DIRECTOR DE LA MAESTRIA DE ESTUDIOS LATINOAMERICANOS DE LA UNSAM
La historia del pensamiento latinoamericano tiene, como toda historia de las ideas, sus bemoles y tensiones fuertemente relacionados con los intelectuales, sus vidas, sus posturas políticas y cambios teóricos.
Por Leonardo Moledo
–¿Quiere presentarse?–Soy sociólogo por la Universidad de Buenos Aires, doctorado en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, luego hice un posdoctorado en el Colegio de México de dos años en el área de Historia de las Ideas, regresé a la Argentina hace un año con el Programa Raíces, del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Recientemente ingresé al Conicet y dirijo la Maestría de Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín.–Bueno... y cuénteme sobre su programa de investigación.–Mis intereses básicos son tres. En primer lugar, el tema del ethos latinoamericano, todo el debate generado alrededor de esa cuestión; en segundo lugar, y vinculado a lo anterior, la problemática del desarrollo; tercero, el antiimperialismo latinoamericano, sus distintas formulaciones. Se trata de temas muy ligados entre sí; de hecho, los tres remiten a la relación entre América latina y la experiencia de la modernidad, una relación que ha sido y es muy complicada. En particular, trabajo estas cuestiones desde una perspectiva que intenta combinar la sociología de los intelectuales; la historia intelectual y también la historia del pensamiento latinoamericano, entendido como tradición ideológico-cultural genuina.–¿Y qué resulta de ese enfoque?–Varias cosas. Por ejemplo, llamar la atención sobre figuras poco conocidas que son interesantes porque en general han vivido exiliados, han construido redes intelectuales a partir de sus exilios, y pueden volverse centrales por razones no convencionales, heterodoxas, y por eso no han sido necesariamente recuperados en los cánones habituales. Por ejemplo, un intelectual con el que trabajé mucho, Carlos Pereyra, fue un mexicano educado en el porfiriato, muy cercano a don Justo Sierra, luego estuvo en contra de la Revolución Mexicana y se exilió en España y allí elaboró una obra de signo antiimperialista muy rara. En un momento fue filomarxista y terminó su vida apoyando al franquismo. Pero siempre siendo muy antinorteamericano y muy crítico de la política exterior estadounidense. Es una figura rara que no ha sido recuperado en México por estar en contra de la Revolución Mexicana, no ha sido recuperado tampoco en España, y sin embargo fue un autor muy relevante y muy recuperado en contextos inesperados.–¿En la Argentina lo recuperó alguien?–Sí. Es una pregunta interesante, y muy pertinente en relación con lo que venimos conversando. Julio Irazusta leyó con enorme entusiasmo a Pereyra. Es algo previsible tratándose de un nacionalista de derecha, pero a Pereyra también lo leyó mucho la izquierda nacional. Una editorial donde publicaba Jorge Abelardo Ramos también publicaba a Pereyra. Ramos lo citaba mucho porque Pereyra fue muy crítico, un crítico muy informado, y finísimo, de la política exterior estadounidense del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Pereyra es uno de los autores fundamentales para estudiar la política estadounidense hacia América latina como también el modo, uno de los modos, por el cual la cultura intelectual latinoamericana fue procesando esa situación. Gregorio Selser también acudió a Pereyra en distintos momentos.–Ahora bien, ciertamente el pensamiento latinoamericano tiene sus autores canónicos, Rodó, José Vasconcelos, Mariátegui, que son autores importantes que figuran en cualquier curso sobre pensamiento latinoamericano; un caso como Pereyra es atípico, es una novedad.–Otro caso atípico es el de Vicente Sáenz, un costarricense que vivió mucho tiempo en México, que también escribió mucho contra la política exterior norteamericana. También es interesante revistar figuras canónicas para iluminar nuevos aspectos: Rodó, Darío, el mismísimo Martí.–¿Cuáles son las nuevas preguntas? ¿Y cuál es el nuevo lugar desde donde se hacen las preguntas?–En los últimos lustros hubo un centramiento muy fuerte en relación con la problemática de las redes intelectuales, los exilios, y también desde el punto de vista de la historia intelectual con el problema de los lenguajes que se hablan en determinados contextos. Esas son las novedades fuertes. También es importante destacar que disponemos de abordajes más complejos, que procuran mostrar que la obra de un determinado autor no es una repetición constante de lo mismo, sino que es algo atravesado por tensiones, a veces desgarradoras, algo proteico, que se va moviendo a lo largo de la vida del autor. Esto tiene que ver también con las dimensiones intertextual y contextual. La vida productiva de un intelectual dura 20, 30, 40, a veces 50 años, nunca un autor dice siempre lo mismo, nunca es leído siempre del mismo modo.–Bueno, muchas veces se tiende a asociar a un autor con una determinada posición...–Se etiqueta a los autores, los autores se convierten en una etiqueta. Los nuevos enfoques van mostrando que ciertos autores canónicos y no canónicos son más complejos que las etiquetas, y que la consideración adecuada de los cambios en el tiempo, de las discusiones, de las dimensiones intertextual y contextual, merecen trabajos más pacientes. Ningún autor, esto es casi una regla, dijo siempre lo mismo, ningún autor está exento de haber sido atravesado por tensiones y desgarramientos en relación con sus propias ideas; ningún autor fue leído –usado– siempre de la misma manera.–Hay casos notables. Los virajes de Lugones, por ejemplo...–Sin dudas, pero también hay casos donde los virajes son más imperceptibles. Y ahí está el trabajo fino del que hace historia de las ideas, mostrar que hay deslizamientos, polémicas, sensibilizar sobre el hecho de que los autores, de alguna manera, van tomando decisiones a través de procesos complicados, a veces dolorosos. Con respecto a la recepción, hasta se podría decir que un autor que dice lo mismo en un contexto determinado y también lo dice en otro, en realidad, no está diciendo exactamente lo mismo, en la medida en que difícilmente eso “mismo” sea recibido de la misma manera a lo largo del tiempo.–Déme un ejemplo...–Un ejemplo clásico de recreación puede ser lo que sucedió con La tempestad, de Shakespeare, en la cultura latinoamericana. La obra de Shakespeare fue evocada y recreada en contextos muy distintos, por distintos intelectuales, para decir cosas distintas, primero por Rubén Darío, por Groussac, por Rodó y luego por distintos autores, hasta llegar al planteamiento de Retamar que, apropiándose a su vez de otras lecturas, invierte completamente el mensaje de Rodó en relación con la interpretación de la obra de Shakespeare. Esto permite estudiar en perspectiva ya no sólo los cambios del propio autor –por ejemplo, Darío o Rodó–, sino visualizar que a lo largo del tiempo se fue configurando una especie de saga de Shakespeare en América latina, de una enorme riqueza simbólica. La recepción de una obra importante presenta casi invariablemente aspectos sinuosos, difíciles de encasillar en una fórmula simple. En eso consiste nuestro trabajo. Otro ejemplo es el de Rubén Darío. Al respecto hay una polémica abierta sobre si fue o no fue antinorteamericano y antiimperialista. De hecho, tiene poemas en los que revela una disposición y otros donde habla admirativamente sobre Teodoro Roosevelt. En resumen, a veces las trayectorias son más sinuosas que lo que permiten ver las etiquetas; de manera que debemos revisar y en ocasiones desechar esas etiquetas; a veces tenemos que revisar los propios conceptos con los que buscamos apresar las realidades de nuestra historia política.–...–También mostrar que los intelectuales a veces resultan devorados por las tensiones que los desgarran. Para algunos, el caso de Lugones es paradigmático en este sentido: hay quienes dicen que se suicidó por su amor imposible, pero hay también quienes dicen que se suicidó por la imposibilidad de darle consistencia a la nueva versión de la historia argentina que su postrer viraje ideológico requería: en aquel momento deja inacabada su biografía de Roca, deja una carta que dice “no puedo más”. Roca era un referente para él en su juventud, en su etapa liberal, pero después del viraje ya nada encaja...–¿Cuál es el objetivo tanto de la Maestría como del Centro de Estudios Latinoamericanos?–Constituirnos como un foro capaz de condensar, producir y promover saberes sobre América latina, desde la perspectiva de las ciencias sociales y de las humanidades, colocando un énfasis en el estudio y el cultivo de la tradición cultural latinoamericana. La tradición cultural latinoamericana es un legado denso, complejo, por momentos problemático, que debemos estudiar y conocer del modo más comprensivo y riguroso posible. Buscamos alentar el estudio sistemático de temas latinoamericanos en el medio académico, contribuir de alguna manera a los procesos de integración continental; de hecho un cuarto de nuestros alumnos es de origen extranjero.

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