martes, 18 de diciembre de 2012

SEÑOR TANGO

Astor Piazzolla provocó debates que llegaron a los puños por su forma de transgredir el género. Hoy, su música es un símbolo de la Argentina en el mundo. Familiares, amigos y músicos de distintas generaciones explican el valor de su obra.
 
Por Bruno Lazzaro
 
Que sí, que no. A veinte años de la muerte de Ástor Piazzolla, todavía son muchas las voces que se entrecruzan para opinar sobre el tenor de su obra. El terremoto generado a partir de su aparición sigue provocando réplicas dentro y fuera del tango. Amado y odiado, la figura de Piazzolla trascendió fronteras y hoy es un punto de referencia inevitable tanto en la Argentina como en el mundo. ¿Pero cuál fue el verdadero valor su obra?
“Piazzolla eran tres en uno. Primero era un tipo normal. Menudo, que le gustaba cocinar y que era capaz de ponerte un petardo debajo de la silla. El segundo era el contestatario de los tangueros recalcitrantes. Y el tercer Piazzolla era el que subía al escenario y, de golpe, medía tres metros de altura. Escuchar a Piazzolla era como sentarse a esperar que venga el tren y te lleve puesto”, dice Alberto Gerding, amigo personal del músico y conductor de Astormanía –los viernes a las 23 por La 2x4–.

Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 y murió un 4 de julio de 1992, a los 71 años. En su extenso recorrido musical realizó más de mil composiciones originales y participó de 46 discos de estudio. Entre 1925 y 1936 vivió, junto a su familia, en Nueva York, donde aprendió a tocar el bandoneón. Allí también, durante la filmación de la película El día que me quieras, conoció a Carlos Gardel. En el film, el músico, que interpretó a un canillita, se ligó unas palabras del Zorzal Criollo cuando este lo escuchó ejecutar su instrumento: “Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego”. Parece que los ídolos también se equivocan.

“Piazzolla es uno de los tres músicos más importantes del siglo XX. Es el que nos distingue en el mundo. Es increíble que todavía haya imbéciles que dicen que de tango no tenía nada. Él representó una música con raíz de Buenos Aires. Si no fuera por él, no habría pasado nada más con el tango. Le enojaba mucho no ser entendido, pero la pelea lo acicateaba porque le llenaba el espíritu de camorra. Al final, les pasó el trapo a todos”, asegura la cantante Amelita Baltar, quien fue pareja del músico entre 1968 y 1974. Baltar se presenta el sábado 7 de julio en Notorius, en el marco de la semana homenaje a Piazzolla.

En 1955, Piazzolla regresó de París y formó el Octeto Buenos Aires –dos bandoneones, dos violines, contrabajo, piano, cello y guitarra eléctrica–, la alineación con la que originó la ruptura final con lo más tradicional del tango. Gerding recuerda: “Era el rey del autobombo, le gustaba el quilombo que se armaba. Con la barra de amigos nos trompeamos más de una vez en defensa de su música. Si hasta le decían ‘rengo de mierda’. No le perdonaban ser un genio creador. Pero él le puso los pantalones largos al tango. Les sacó cuarenta años de ventaja a todos. El Gordo (Aníbal) Troilo lo amaba y lo admiraba, pero decía que lo que hacía Ástor no era tango. Una vez le pidió que le compusiera algo. Cuando Troilo recibió las partituras lo llamó para que fuera a la casa. Llegó Piazzolla y se encontró con que Troilo había desparramado el repertorio por toda la cocina. Y le dijo: ‘¿Me podés decir cómo carajo se toca esto?’. Era un genio irrepetible”.

En 1959, tras la muerte de su padre Vicente, escribió “Adiós, nonino”. Dos años después formó su primer Quinteto y en 1965 se editó el disco El tango, que simbolizó la unión del músico con el escritor Jorge Luis Borges. “Piazzolla supo rescatar la esencia de la transgresión y la provocación que tiene el tango en su origen –comenta Rowina, cantante de Mistango7, un poderoso e inusual cuarteto de tango femenino que acaba de editar su primer trabajo, Piazzolla–. Lo enriqueció con distintos estilos, como la música clásica y el jazz, y en la manera de acentuarlo. Es uno de los músicos argentinos más excéntricos. Cuando empecé a sentir la necesidad de cantar en castellano, descubrí que me gustaba Piazzolla y profundicé su obra. Lo primero que canté fue ‘Balada para mi muerte’, que tiene belleza, dramatismo y refinamiento. O sea, teatro puro. Llegué a él buscando complejidad e intensidad y las encontré”.

A mediados de los ’70 conoció a su última mujer, Laura Escalada, e inició su etapa más jazzera para volver definitivamente a sus inicios musicales. Daniel “Pipi” Piazzolla afirma que su abuelo “creó una música sofisticada, popular, de alto vuelo. Sin perder las raíces de su país natal. Además, modernizó el tango, lo actualizó, creó el tango que se tiene que escuchar hoy. Si hoy existe el tango electrónico, y nadie se queja, es por él. Su legado es una música que involucró varios estilos: el clásico, el popular, el jazz y el funk de los setenta. Música para cualquiera. Una música unificadora”.

Con motivo del vigésimo aniversario de la muerte, varios sellos pondrán en movimiento la obra de Piazzolla. Warner reedita dos discos finales: The Tokyo Concert –con su quinteto, de 1982– y L’Ultime Concert –registrado en vivo el 3 de julio de 1990, dos años antes de su fallecimiento–. Universal editará el material completo que el músico grabó para Polydor y Philips. Y el sello independiente Lantower pondrá en la calle tres volúmenes dobles dedicados a las grabaciones solistas, con la Orquesta del ’46, los registros de París y Nueva York.

“Piazzolla –dice el cantante Alfredo Piro– indudablemente es la referencia de la transgresión y la vanguardia dentro del tango. El momento en el que se termina de cagar sobre si lo suyo es tango o no, es necesario. Como sesgo principal, mi generación tuvo que ahondar en una era pre Piazzolla porque él rompió todos los esquemas. Por donde pasó, no volvió a crecer más el pasto. Creo que todos los que continuaron replicando lo que hizo Piazzolla hicieron algo estéril. Porque lo de él fue único”.

A dos décadas de su muerte, su música voló hasta lugares impensados. En la tierra, todavía siguen discutiendo. Que sí, que no. Hace rato que el bandoneonísta debe estar sonriendo.
 
Fuente: Miradas al Sur.

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