martes, 11 de diciembre de 2012

"ESTAR EN LAS CALLES ES UNA MANERA DE VIVIR"

Tres militantes por distintas causas femeninas toman las riendas en la lucha porque la mujer deje de ser lo negro del mundo.
 
Por Silvina Marino
 
No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen.”. En su “arenga final” incluida en El sexo de las locas el escritor argentino Néstor Perlongher reincidía en convertirse en emisario de las voces minoritarias, apartadas o silenciadas. Hablaba de ser “marica”. Y también de estar en situación de desigualdad (de poder). Y se hermanaba a otros en la misma lucha: las mujeres.
De este texto pasaron casi treinta años. Y, aunque las cosas no cambiaron en esencia, sí se empezaron a mover lentamente. Y todo indica que se seguirán moviendo con intensidad.
Si la antigua militancia feminista congregaba talibanas en estado de crispación, la posta pasó a una nueva generación de chicas de veintipico que, más allá de las discusiones teóricas, tienen un frente de batalla concreto: la calle. El Sí!
reunió a tres representantes de esta lucha, militantes callejeras que, con sus diferencias, confluyen en la idea principal de unir fuerzas para endurecerse, para sancionar leyes o impedir injusticias o lograr justicia. En sus distintas causas: la lucha contra el femicidio, la legalización del aborto, la conciencia de la educación sexista, la finalización de una sociedad patriarcal.
Hace un mes, en un aula de Filosofía y Letras de la UBA, mientras (casualmente) se hablaba de Perlongher irrumpió Manuela Castañeira (27), integrante del grupo de mujeres Las Rojas y militante del Nuevo Mas. Era para anunciar la marcha del 1° de noviembre de Congreso a Plaza de Mayo, por la legalización del Aborto. “Gracias a nuestra acción en la puerta del hospital, en el Ramos Mejía se pudo realizar el aborto a una mujer que había sido víctima de explotación sexual y de violaciones. Esto ya estaba contemplado en la ley, pero lo habían detenido”, se plantó Manuela frente a los estudiantes. Y pidió masividad para el 1-N. El suceso, finalmente, reunió a cerca de 10 mil personas de distintos grupos y de ninguno.
Si ésta fuera una película de Tarantino (o Brian De Palma), la pantalla se dividiría en tres y se vería a Manuela abriendo la puerta del aula en la facultad, se vería a Soledad Correa (24) abriendo la puerta de su casa en La Plata donde cuelga la imagen de su hermana muerta este año después de varios episodios de violencia de género y se vería, por último, a Déborah Balero (22) atravesando el umbral de su trabajo en Colegiales para organizar la segunda edición de la Marcha de las Putas que tuvo lugar, junto a un festival ad hoc, el 3 de noviembre en Plaza de Mayo y convocó a novecientas personas.
Si es cierto que una red invisible une secretamente las causas femeninas, Déborah, Manuela y Soledad dan cuenta de esto. Días después de la marcha del 1-N y de la marcha de las Putas están reunidas y compenetradas en los casos de las otras. Mientras, se arengan para recrear en la foto lo que las une en esta nota (aquí arriba) su actitud y su militancia en-las-calles. “No es un fanatismo: estar en las calles es una manera de vivir, es una elección”, dice Déborah, que se unió a la causa de “Las Putas”, hace un año, cuando se realizó la primera marcha.
 
–¿Cómo definirían su militancia?
Manuela: -Me siento parte de una generación que pelea por los ideales, que encuentra su lugar en la calle. Esta militancia no la inventó el gobierno, tiene que ver con el argentinazo, con una tradición de lucha. No militamos para hacer carrera ni para ser funcionarios. Quiero estar comprometida. Cuando militás por los oprimidos te empapa la vida.
Déborah: -Es el momento de unirnos y hacer algo, de dejar de lado las diferencias. Con lo del Hospital Ramos Mejía saltamos todos a decir basta.
Manuela: -Se mete la iglesia y el gobierno da la espalda. Y la paradoja es que tenemos una presidenta mujer. Nosotras nos plantamos en la puerta del hospital. Nos movilizamos, gritamos.
Soledad: -Este año fui al encuentro de mujeres en Misiones. Llevé la bandera de mi hermana. Desde lo que le pasó, nos concentramos todos los 14 frente a la fiscalía. Pedimos justicia. Cortamos la calle y leemos cómo era Mariana, contamos lo que le pasó. Ahí conocimos a otras chicas.
Manuela: -El Estado y la justicia son patriarcales. Ven a la mujer como un objeto. Por eso pasan cosas como las de Mariana, donde se borran evidencias.
Soledad: -Mariana estaba llena de moretones y con la mandíbula quebrada. Y la mandaron a mediar con el marido. No llegó a hacerlo porque apareció ahorcada. ¿Sabés las palizas que le daba? Cuando lo denunció, le dijo que la iba a matar.
–¿Qué ayuda pueden brindar a los que se acercan a las “putas” o a Las Rojas?
Déborah:
-Nos llegan un montón de casos, como el de una chica anoréxica que era manoseada por su psiquiatra. Yo derivo a la comisaría de la mujer. Por ahora, sólo podemos derivar y acompañar. Mucha gente no tiene idea de qué hacer en situaciones de violencia.
Manuela:
-Nosotros somos una organización de lucha. No hacemos trabajo de contención personal. Sí, podemos derivar. Pero luchamos por mujeres que no conocemos.
–¿Cómo incluyen a los hombres en las movidas?
Déborah: -Participan un montón de hombres. La idea es repensar el género. El varón ya no es el macho y no por eso deja de ser varón.
De hecho, en el Festival y Marcha de las Putas y en la marcha por la legalización del aborto había gran cantidad de hombres. Y de niños. Y de mujeres. Quizás, porque cualquiera que haya pasado por una situación mínimamente cercana a la de las quinientas mil que abortan al año en Argentina (y lo deben hacer clandestinamente y fuera del sistema) entiende la importancia de la educación sexual, la prevención y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Mientras tanto esto no se legisle, el mantra seguirá: “No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen”.
 
Fuente: Suplemento Si!

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