domingo, 5 de julio de 2009

CUANDO LA IGLESIA ES DE TODOS


Los integrantes de la cooperativa La Alameda le pidieron la misa. Y el cardenal Jorge Bergoglio la aprovechó para insistir en su costado que más explota públicamente: el de la denuncia por la situación social. El motivo era celebrar un nuevo aniversario de la Convención Internacional de los Derechos de los Trabajadores Migrantes. El mensaje del arzobispo de Buenos Aires estuvo dirigido a un público inusual: cartoneros, mujeres en estado de prostitución, víctimas del trabajo esclavo. Los organizadores eligieron una iglesia comandada por curas villeros, el santuario de Nuestra Señora Madre de los Inmigrantes, en La Boca.

Antes de comenzar, Bergoglio hizo una reunión aparte con cartoneros y trabajadores textiles para interiorizarse del tema. Les pidió que no dejen de denunciar y que “tiren para adelante”. Entre el público estaba la defensora del pueblo, Alicia Pierini, y varios integrantes de las congregaciones religiosas que trabajan con los sectores más vulnerables. Para amenizar la espera, una mujer hacía versiones chamameceras de canciones de iglesia con su guitarra. Todos cantaban.

“Tu presencia entre nosotros se hace fiesta popular”, cantaban en la parroquia. Sentado a un costado, con la mirada clavada en el piso, el cardenal esperó a que terminara la música y lectura de los salmos para pararse. Cuando tomó el micrófono, hizo un paralelismo entre el trato que los egipcios les daban a los israelitas y las formas modernas de esclavitud. “Moisés trabajaba cuidando ovejas y tenía un gran sentido de la Justicia, vio cómo un egipcio maltrataba a un israelita y lo mató”, ejemplificó.

Bergoglio recordó que el pueblo judío era migrante, que en Egipto los hacían trabajar el doble, no les daban de comer y les mataban a sus hijos varones. “Parece que esto no sucede más y nos olvidamos que en Buenos Aires también hay hermanos nuestros, migrantes, que tienen que trabajar 20 horas por día, les pagan una miseria y un sánguche de mortadela”, aseguró. Luego recordó que en la asamblea de 1813 se abolió la esclavitud pero ahora, afirmó, “hay más esclavos que antes”. “Dales la fuerza de tu liberación, Señor, perdona nuestros pecados y de quienes explotan”, rogó el cardenal.

Ya sobre el final de su homilía, Bergoglio contó una anécdota reciente. Dijo ver un carro cargado de cartones e intuyó la presencia de un caballo, sabiendo que en la Ciudad está prohibida la tracción a sangre. “Pero no, los que tiraban del carro eran dos niños que no tenían más de doce años. ¿Eso no es tracción a sangre?”, se preguntó y arengó: “Levantemos techos, abramos puertas, gritemos esta libertad, lloremos, a nuestro pueblo le hace falta llorar”.

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