domingo, 12 de julio de 2009

UN DIAGNÓSTICO VALIENTE Y CERTERO


El arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Bergoglio, brindó días atrás un severo y elocuente diagnóstico de la realidad social argentina. Lo hizo durante la sesión de clausura de la XI Jornada Arquidiocesana de Pastoral Social, efectuada en el colegio San Cayetano, en el barrio de Liniers.


Recordó el cardenal en esa oportunidad que hasta hace algún tiempo solíamos hablar de los "opresores" y los "oprimidos" al examinar la estructura de la sociedad argentina, pero eso -dijo- "ya no nos basta". Expresó también que más recientemente nos acostumbramos a hablar de los "incluidos" y los "excluidos", pero eso, hoy, "tampoco nos basta".


A su juicio, en nuestros días es imprescindible usar un lenguaje más gráfico y más duro si realmente se aspira a reflejar el cuadro social en toda su gravedad y complejidad. Hoy debemos hablar -afirmó- de dos sectores claramente diferenciados: "los que caben" y "los que sobran" en el sistema social. Y aseguró que en el país existe en este tiempo una verdadera "industria del descarte", de la que son víctimas todas aquellas personas que no tienen auténtica cabida en la sociedad.


Aseguró monseñor Bergoglio que hoy, en nuestro suelo, existen esclavos. Y mencionó, en ese sentido, la explotación de la que son objeto algunas personas -especialmente niños e inmigrantes- en el marco de las actividades que despliega la mafia de las drogas o como consecuencia del funcionamiento de las inocultables cadenas de prostitución que existen en la ciudad, a las cuales "nadie se atreve a enfrentar, a pesar de las muchas denuncias que periódicamente se interponen contra ellas".


También se refirió a las bandas mafiosas de arrebatadores y a los múltiples talleres clandestinos de diferente tipo que proliferan en nuestra ciudad y que también han dado lugar a diversas formas de esclavitud. Aludió, asimismo, al régimen de trabajo inhumano al que están expuestos, en algunos casos, los cartoneros. E hizo referencia, como en otras oportunidades, a la eutanasia encubierta a la que están sometidos muchos ancianos.
Dijo el cardenal, en suma, que la esclavitud, en la realidad de los hechos, aún no ha sido abolida en nuestro país porque subsiste en las degradantes condiciones a las que están sujetos, en muchos casos, los sectores más débiles y más desprotegidos de la sociedad.


"No miremos la realidad con un intelecto frío o con una visión puramente eticista", dijo Bergoglio. Y agregó: "Estamos cansados de intelectuales sin talento y de eticistas sin bondad. Miremos la realidad con corazón de hermanos que saben llorar".


Las denuncias del arzobispo de Buenos Aires no deben ser desoídas. Como sociedad debemos hacernos cargo de su preocupante afirmación acerca de que subsisten en el país relaciones de subordinación social o económica que constituyen virtuales formas de esclavitud.


En momentos en que nos aproximamos a la celebración del bicentenario de la Revolución de Mayo, los argentinos debemos sentirnos obligados con nosotros mismos a erradicar para siempre de nuestro suelo todas aquellas formas de relación o de explotación denigratorias, incompatibles con los ideales y principios que presidieron, históricamente, el nacimiento de nuestro pueblo a la vida independiente.


Las palabras del cardenal Bergoglio merecen ser interpretadas como un recordatorio de ese compromiso histórico que el país debe asumir sin demora, en defensa de la calidad de vida de sus hijos y de la tradición de libertad que la Constitución Nacional consagró hace bastante más de un siglo como programa de vida y como expresión del deseo irrestricto de que la Argentina sea una auténtica república de seres libres e iguales ante la ley.


Como lo ha señalado el cardenal, es necesario que las palabras no sean simples formulismos intelectuales, desconectados de la vida social. Es fundamental que se incorporen a la realidad como vivencias cotidianas, como datos constitutivos del nivel de dignidad humana que el país está en condiciones de garantizar a sus habitantes, en plena coherencia con el régimen de derechos y garantías consagrados en la Constitución.

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