martes, 28 de julio de 2009

A ESTA HORA EXACTAMENTE, HAY UN PARTO EN LA CALLE...


La familia vivía en Florencio Varela. Hace un par de años se les prendió fuego la casilla que habitaban y se vinieron hacia aquí. "Habíamos perdido todo. Hasta la ropa de los chicos", recuerda la señora. Por más que su historia es trágica por los cuatro costados, cuando habla no se lamenta. Tampoco busca generar compasión.


Sandra Guaianone, una chaqueña pecosa y de pelo castaño tirando a pelirrojo, reside en Puerto Madero, el barrio más caro de Buenos Aires, a metros nomás de departamentos que valen hasta 6.000 dólares el metro cuadrado. Pero su hogar no despierta envidia sino pena: vive en una trapera -imposible denominarla de otra manera- que armó con bolsas plásticas y cartón debajo de un pino en la calle. Allí, ayer temprano, parió a su quinto hijo, una beba deliciosa y de 3,400 kilos a la que llamó Brisa Nicole.


“¿Qué espero para Brisa? Ya nació sanita, así que no espero nada más", contesta Sandra. Sólo dice, y a insistencia de Clarín, que le harían falta pañales, leche y ropa para la beba. Y con dignidad insiste en que nada más necesita, aunque es obvio que miente.
(Diario Clarín 20/02/09)



.- Cuánto tiempo pasó desde que nos indignamos al escuchar cantar a Víctor Heredia “a esta hora exactamente, hay un niño en la calle”? Posteriormente, fue “de la calle”, más tarde “en situación de calle” o algún otro eufemismo. Pero el significante duro “calle” se mantuvo. La calle era el espacio de lo público, por donde todos pasaban, pero nadie se quedaba. Era la franja del nomadismo ciudadano. Cruzarla, caminarla, esquivarla, mirarla desde su prima hermana la vereda. Pero nunca quedarse. Porque estar de patitas en la calle era, y lo sigue siendo, la marca del desamparo. Al descubierto, sin abrigo, sin consuelo. Linyera, croto, el loco del barrio, el borracho perdido que siempre alguien encontraba, los viejos sin pasado, los náufragos de la tierra. La calle podía ser el peor de los cementerios, el más execrable de los hospitales, pero nunca podía pensarse en que fuera una maternidad. Que un niño llegara a este mundo y que este mundo le ofreciera el siniestro lobby de la calle. Porque tampoco es la condición transitoria de la calle. Un parto en tránsito, del departamento en Palermo chico a la clínica 5 estrellas del convenio de la multi con la prepaga. No se adelantó y lo agarró callejeando. No es el parto callejero por derecho propio, como cantaría el gran Alberto Cortez, modificando apenas la canción tributo a ese perro que nunca tuvo dueño. Es un parto en la calle, porque la madre, el padre, toda esa familia está en la calle. Hace dos años. Y seguramente más. La nota con esa mezcla de hipocresía y cinismo dice que residen en puerto madero. Hubiera faltado decir en el primer mundo. Y agrega, para los que estamos poco advertidos, que el metro cuadrado vale 6.000 dólares. Si lo único cuadrado fueran los metros, otro gallo cantaría. Para la subjetividad consumista al cuadrado confunde, y no ingenuamente, un asentamiento individual-familiar, con una residencia. No residen en puerto madero, naturalmente. Es una familia pequeña, pequeña, en estado de indefensión absoluta, quizá ni siquiera sean monotributistas, que armó un solitario campamento de refugiados, sin estar avalados ni siquiera por una ong y con certeza ni siquiera se hayan enterado que buenos aires hace. Puerto Madero es el monumento a Roca que el menemismo construyó. Lejos los anhelos de transformar el sheraton hotel en un hospital de niños, queda en esa ciudad dentro de la ciudad, la cicatriz del vaciamiento económico, político y cultural de un pueblo. El cronista avanza más diciendo que nadie envidia la caverna de plástico en la que viven. Ni envidia, pero tampoco pena... La pena de muerte en estos tiempos donde no hay cólera, excepto por cuestiones de caja, es la indiferencia global. Por eso apenas son noticia por ese aullido de la vida, ese nacimiento en un cementerio de esperanzas, en esa calle ofendida como san francisco en el vaticano, y que encima tiene la audacia de nacer sanita. Enferma terminal es la sociedad que la recibió, o, para hablar con la propiedad que el capitalismo serio nos exige, que la asienta. Quizá por un tiempo despierte la misma ternura que un koala salvado del incendio. Cuando ya todos hablemos de otra cosa, la beba deliciosa, apenas será una brisa. Ojalá que una luz cegadora transformara esa brisa en un viento huracanado. Un tsunami libertario donde puerto madero pase a formar parte de las realizaciones del socialismo del siglo XXI. El cronista señala: la madre no pide nada más. ¿Cómo pedir algo cuando se necesita todo? La madre hizo y lo hizo más que bien, su función de partera de otra historia. La cuidó en su vientre, la parió sana y salva, y recién en el hospital el cordón que marca el lazo biológico y amoroso fue cortado.


Los 3 kilos y monedas casi son una afrenta a las clases medias. Después dicen que hay hambre en la argentina... El cronista señala: la madre no pide nada más, aunque es obvio que miente. La madre no miente: no tiene que pedir por sus derechos. Quizá no pueda luchar para defenderlos, porque el tiempo de criar 5 hijos en un asentamiento precario no aumenta necesariamente el horizonte de lo posible. Pero mentir no miente. O acaso la marcha de los Chicos del Pueblo fue para pedir al sistema predador algunas libras de carne que escapen a la cuota Milton? Sólo saben los que luchan, y una forma de luchar es también apropiarse de lo que nos ha sido robado. O acaso alguien cree que se pagan 6000 dólares el metro cuadrado con dinero ganado con el sudor de la propia frente? Con los aires acondicionados a full, no hay sudor, y mucho menos en la frente. Hay una gran mentira, que de tan gran mentira es una colosal estafa. La padecemos todos los días y todas las noches. Algunos llaman a esa estafa... ”burbujas”. En este año, estarán en primer plano las electorales, y esa delirante burbuja de la web que se denomina “mapa de la inseguridad” con la imagen de un sonriente pensador que mucho tiene que ver con la inseguridad diaria y nocturna de Brisa y su familia.


Que no sea una brisa. El evangelio dice que los que siembran la discordia en casa del hermano, heredarán el viento. Y hay demasiada discordia sembrada, con el glifosato del brutal saqueo al pueblo. Los vientos de las historias emancipadoras tomarán cada vez más fuerza. No habrá que pedir nada, pero habrá que exigir todo. Para que más temprano que tarde podamos decir que a esta hora exactamente, no hay más partos en la calle.

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