jueves, 19 de noviembre de 2009

A 20 AÑOS DEL ASESINATO DE LOS JESUITAS EN SAN SALVADOR


La madrugada del 16 de noviembre de 1989, un destacamento de soldados salvadoreños del batallón Atlacatl entró en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador con la intención de matar a los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes e Ignacio Martín-Baró.


Las órdenes indicaban que no podían quedar testigos por lo que, además, fueron asesinados tres sacerdotes – Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López – la trabajadora de la Universidad, Julia Elba, y su hija de quince años, Celina Ramos.


El asesinato de Ellacuría y de sus compañeros ya había sido anunciado. Miembros de las Fuerzas Armadas habían calificado la UCA como un “refugio de subversivos” y Ellacuría, empeñado en buscar una solución negociada a la guerra civil, se había convertido en uno de los objetivos más deseados por los militares. Cinco de los jesuitas asesinados eran españoles y, conociendo el riesgo que corrían, habrían podido regresar a su país de origen. Pero no lo hicieron.


De esta manera, los seis jesuitas se convierten en un símbolo del trabajo en las fronteras que caracteriza a los miembros de la Compañía de Jesús.


El lunes 16 de noviembre se cumplió el 20 aniversario de este crimen que conmocionó a la comunidad internacional. Coincidiendo con este aniversario, estos días se celebrarán en toda España diversos actos en los cuales se recordará a los llamados “mártires de la UCA” y, especialmente, su compromiso a favor de los más pobres de Iberoamérica.


¿Quién era Ignacio Ellacuría?


Ignacio Ellacuría nació en 1930 en Portugalete, cerca de Bilbao. Hijo de un médico oftalmólogo, era el cuarto de cinco hermanos. Después de estudiar en el colegio de los jesuitas de Tudela (Navarra), entró en el Noviciado de la Compañía de Jesús a los 17 años. Un año después ya estaba en el nuevo Noviciado de San Salvador, en Santa Tecla. Cursó estudios de Humanidades y Filosofía en Quito (Ecuador) y de Teología en Innsbruck (Austria). Realizó el Doctorado en Filosofía en Madrid, bajo la dirección de Xavier Zubiri, precisamente sobre el pensamiento de este filósofo vasco, con el cual colaboró estrechamente. En 1967 regresó a El Salvador, donde trabajó con intensidad en la Universidad de los jesuitas, de la que fue rector desde 1979 hasta el momento de su muerte, en 1989, a la edad de 59 años.


Ellacuría fue una figura intelectual y humana de gran talla. Se había ganado el respeto y admiración por el alto nivel de sus estudios filosóficos y por su defensa de los derechos humanos. Los que le conocieron coinciden en que era un hombre sorprendente por su inteligencia, tenacidad y su capacidad de entrega a favor de los más débiles.


Comprometidos con la paz y la justicia


En El Salvador se encontró con una pobreza creciente y una situación política y una estructura socioeconómica extremadamente violentas. Para Ellacuría, la violencia más grave, y la raíz misma de toda violencia, es la estructural; la que somete a la mayoría de la humanidad a vivir en condiciones absolutamente inhumanas. Ante esta realidad, junto con sus compañeros jesuitas y teólogos intelectuales cristianos de su generación optó por dedicar su vida al servicio de la mejora de esta situación. Y lo hizo desde su condición de religioso jesuita e intelectual universitario. Desde la UCA denunció las condiciones de explotación y de miseria de la mayoría campesina del país.


En este compromiso coincidió con el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, que fue asesinado mientras celebraba misa en 1980. Ellacuría dijo entonces que “con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. La relación entre los dos fue especialmente estrecha después del asesinato del jesuita Rutilio Grande, en 1977. Romero, un obispo conservador y crítico con la teología de la liberación, acababa de ser nombrado arzobispo de San Salvador. El asesinato de Rutilio Grande lo marcó de tal manera que se convirtió en un referente de la defensa de los derechos humanos: condenó la violencia del ejército, denunció los abusos del gobierno y abogó por un cambio social a favor de los más pobres.


La opción de Ellacuría lo llevó a convertirse en un importante mediador entre las partes combatientes en la guerra civil. Apostó por una paz negociada como única vía para la solución del conflicto y siempre fue contrario a la salida militar. Por este motivo no dudó en dialogar con todos y fue consultado en varias ocasiones tanto por el gobierno salvadoreño como por la embajada de los Estados Unidos y los líderes de la guerrilla.


Fue su asesinato y el de sus compañeros lo que demostró definitivamente que tenía razón. La muerte de los jesuitas y de las dos mujeres provocó una conmoción tal en la comunidad internacional que, finalmente, la administración de los Estados Unidos abogó por un proceso de paz, firmado el 31 de diciembre de 1991 en Nueva York.


20 años después


Por los asesinatos de los jesuitas fueron llevados a juicio en El Salvador varios militares, pero sólo dos fueron condenados en 1991. Poco tiempo después, en 1993, quedaron en libertad, gracias a la aprobación en el Parlamento de la ley de amnistía.


La Comisión de la Verdad que investigó las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la guerra reveló que la orden de asesinar a Ellacuría y sus compañeros salió de los máximos responsables del Ejército.


Las peticiones de obertura del caso presentadas por los jesuitas en El Salvador no han prosperado. También se ha intentado reabrir el caso a través de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la Organización de Estados Americanos. A finales del año 2008, dos organizaciones de defensa de los derechos humanos –acogiéndose al principio de ley universal para los crímenes de lesa humanidad – denuncian en la Audiencia Nacional Española al ex-presidente Alfredo Cristiani y 14 miembros de su ejército por su presunta implicación en los asesinatos de la UCA. La querella está siendo estudiada actualmente.


Las víctimas


Además de Ellacuría, aquel 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados cinco jesuitas más, también comprometidos con la defensa de la paz y los derechos humanos, y dos mujeres que precisamente se encontraban aquella noche en la universidad para protegerse de la violencia de la guerra civil.


Ignacio Martín-Baró nació en Valladolid en 1942 y estaba en Centroamérica desde 1962. Era vicerrector de la UCA en el momento de su asesinato y director del departamento de Psicología. Sus estudios y obras intentaron responder a la dura represión política, el menosprecio a los derechos humanos y la creciente exclusión sociocultural y económica en América Latina. Fundó el Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) que fue y es, en la actualidad, muy importante para la realización de estudios rigurosos sobre la opinión pública en El Salvador.


Segundo Montes era el superior de la residencia y director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA, que fundó. Esta institución investigaba y denunciaba las violaciones de los Derechos Humanos cometidas en el país. Había nacido en Valladolid en 1933 y estaba en Centroamérica desde 1949.


Amando López Quintana, profesor de Teología en el Centro de Reflexión Teológica y Religión de la UCA. Nacido en Cubo de Bureba (Burgos) en 1936, residía en Centroamérica desde 1953.
Juan Ramon Moreno Pardo, navarro, era el secretario del provincial de los jesuitas de Centroamérica. Trabajaba en la zona desde 1951 y era profesor de Teología en la UCA.
Joaquín López y López fue el único jesuita salvadoreño asesinado. Nacido en 1918, era director del movimiento de educación popular Fe y Alegría.


Julia Elba y Celina Ramos, la cocinera de la UCA y su hija. La familia había solicitado a los jesuitas quedarse en la residencia de la Universidad por temor a la violencia y los combates que aquellos días se habían intensificado en la capital.

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