jueves, 5 de noviembre de 2009

"PERDÓNEME, PERO ME VOY CON ELLA"


El caso de Lucho, el hombre en situación de calle que se negó a recibir ayuda del Estado, suscitó preguntas como las que se plantean en esta nota: “¿Tiene o tendrá el Estado un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un parador nocturno?”; “¿Para qué y para quién trabajan los profesionales de la salud en el área social?”.


Por Patricia Malanca *


–Perdóneme, me voy con ella– Lucho, ruborizándose, se levantó del asiento del móvil que estaba por llevarlo a un hogar para gente en situación de calle y volvió con ella, con la mujer que, unos momentos antes, desde abajo del auto, lo había llamado traidor, le había dicho que se bajara, traidor, hijo de puta, le había dicho la mujer mientras hacía temblar a puñetazos los vidrios de la combi.


Recuerdo con alguna melancolía esta escena que viví en uno de mis primeros años de trabajo con la gente que duerme en la calle, en la vereda del Mercado del Plata, frente al Obelisco. También recuerdo una sensación de frustración. Yo había logrado convencer a Lucho de subirse al móvil. Después de meses de ir a visitarlo casi lo había logrado. Lo tenía sentado a mi lado, en la combi. Casi, y se me escapó de las manos.


Muchas veces evoqué esa escena como si hubiera en ella algo perdido, que no había encontrado cauce al pensamiento, a lo que allí se jugaba. Insistía en retornar el significante “traidor”, vociferado por la mujer de Lucho. Evidentemente, ella expresaba en ese grito su sentimiento de que él traicionaba lo único que les quedaba, esa pequeña organización de masas que como pareja formaban ante las inclemencias de la vida.


En esa escena de calle, yo estaba encarnando al Estado. Creo que, para los que trabajamos en este tipo de problemáticas, nos es necesario interpelarnos, cada vez, a qué proyecto de Estado está uno cediéndole el cuerpo y haciendo encarnadura. ¿Tiene, tenía o tendrá el Estado al que representamos un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un parador nocturno? Me pregunté a menudo si, como profesional de la salud desempeñándome en un área social que trabajaba en las calles, estaba convencida de lo que hacía. Me pregunté qué me convocaba allí y para quién estaba haciendo lo que hacía. Lucho, a lo largo de los años, me enseñó que con su negativa, al bajarse del móvil social, fue mucho más valiente que si hubiera cedido al canto de sirenas que mis argumentos oficiales podían enunciar.


Según un censo oficial, desde 2001 a la fecha, la Villa 31 ha duplicado su población. Lo mismo se desprende de los censos de personas que duermen en la calle. El doble de personas desde 2001 en las villas, el doble durmiendo en las calles en los últimos años. La calle y el espacio público continúan mostrando la fisonomía o la radiografía del síntoma de las instituciones y de la rotura de pactos en el entramado de la red social y, como contrapartida, el sinnúmero de organismos oficiales que se tejen y destejen para intentar contener el desborde que parece no acallarse nunca desde los márgenes, como los gritos de la mujer de Lucho. Se crean estructuras y superestructuras en oficinas gubernamentales, pero, por las dimensiones de los agujeros que se intenta cubrir, nunca se alcanza la cantidad de personal que se requiere para trabajar con la gente que duerme en las calles.


Si se observa el espacio público, parece un furioso campo de batalla entre la máquina y el hombre. Las calles han sido ganadas por maquinarias, que dejan peinada la vereda de la esquina. Las cintas de peligro, el recambio constante de pavimento, los fratachos aumentan, como si el solo efecto de la máquina pudiera generar la supresión de los homeless que, una vez retirados los fratachos, dormirán sobre prolijas aceras peinadas. Escuché hace poco a una persona de la calle que le decía a otra en una ranchada: “¡Correte que te van a pavimentar!”. La maquinaria del Estado local funciona dedicando sus esfuerzos al “vecino”, ese interlocutor edulcorado en nombre de quien se realiza la mostración del bien público.


Para convertir personas en vecinos, primero hay que reintegrarlas al vecindario. Para ello, debería haber vecindario, y para que haya vecindario, antes que nada, tiene que haber viviendas y trabajo. Parece un razonamiento muy lineal, pero no por eso menos cierto.


El reciente documental Parador Retiro, dirigido por Jorge Colás, observa la realidad cotidiana de la vida en una institución para hombres de la calle: ahonda, sin tomar partido, en el conflicto institucional. Valga la correlación de proximidades y cercanías para mencionar que, geográficamente, el Parador Retiro con sus 150 moradores masculinos diarios se ubica a la salida y en los márgenes de la Villa 31 del barrio de Retiro. Vecinas al Parador, habitan ocho mil familias en un gran vecindario, cuyos hogares están referenciados en la madre que ejerce el lugar de jefa de familia. Podría decirse que, en sus márgenes, la villa es acosada por la impotencia del deseo de 150 hombres desangelados, no acoplados a hogares ni a mujeres ni a niños ni a familias. Es curioso que en la villa se imponga el matriarcado, a veces degradado a fratría, mientras en las periferias hay un 80 por ciento de hombres adultos, solos, acechantes, viviendo en una numerosa y agresiva comunidad, excluidos de esos hogares, y del sistema.


Instituciones como el parador pueden funcionar como canales aliviadores, simbólicos e imaginarios, anudando a ese real que acecha que es el vivir en la calle, pero también pueden coagular la realidad, suspendiéndola en un infinito “mientras tanto”. Si los paradores no existieran, no habría otro lugar que la calle donde parar, donde detenerse y resignificar los efectos sobre las subjetividades de la caída de los márgenes. El problema institucional estalla cuando no hay palabra que mediatice ese habitar un parador y, fundamentalmente, cuando no hay un propósito general que enlace, engarce y contenga el acontecer diario de esa institución en un proyecto de integración social. Es en ese caso, la institución misma se constituye en un resto.


Hace doce años, cuando empezamos a trabajar en la temática de la gente sin hogar y recién se inauguraban las primeras instituciones como propuesta de refugio, la antinomia del Estado, en el enunciado de su propuesta parecía ser: o la inserción al sistema o las instituciones. En la actualidad, en la propuesta social subyace una amenaza velada, que rebaja la oferta institucional: o el parador nocturno o la calle.


A mediados de los ’90 encontrábamos a las personas en la vía pública como restos del sistema del que habían sido excluidas. Actualmente, los que, a lo largo de estos años, hicieron por lo menos un pasaje por el sistema de hogares y paradores sociales y vislumbraron un laberinto institucional sin salida, retornaron a la calle sin remedio, como restos de un resto.


En la pobreza, lo único que produce valor es el cuerpo. En el caso de la gente que duerme en la calle, no sólo ese cuerpo, al no producir, escapa al discurso de la producción capitalista, sino que escapa también al discurso del subsistema social de la indigencia. Es residuo de un residuo. En el caso del indigente, a diferencia del cartonero, ya ni siquiera hay identidad con la basura. La basura está por sobre ellos, la basura ha cobrado un valor de mercado que ellos mismos no pueden ofrecer.


Al final me pregunto quién está en los márgenes de quién, y cómo tramitan estos pases y pasajes aquellas personas que, como en mi quehacer con Lucho, continúan sucediéndose en el trabajo artesanal del día a día, ese traer y llevar gentes con grados de vulnerabilidad social extrema, desde y hacia los márgenes de la ciudad. ¿A quién se trae, a quién se lleva, qué se tracciona y a qué se traiciona? El filósofo francés Jacques Derrida, en la última entrevista que concedió en su vida, dijo: “Por fiel que uno quiera ser, nunca deja de traicionar la singularidad del otro a quien se dirige”.


Mientras tanto, el aumento del padecimiento mental de los que son sin techo se expone a los gritos y atraviesa los vidrios, no ya de micros u ómnibus sociales, sino de las ventanas que decoran las paredes de aquellos vecinos poco edulcorados que azarosamente somos con techo, y de aquellos que, impávidos, nos quedamos sentados en ese móvil social del que Lucho, por lo menos, se bajó.


* Psicóloga.

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