jueves, 19 de noviembre de 2009

SUMO Y YO


Por Juan Forn


Todos los fans de Sumo darían la vida por oír a Pettinato hablando de la banda y, a la vez, le niegan terminantemente ese derecho. Lo curioso es que el 90 por ciento de esa gente se hizo fan de Sumo después de la muerte de Luca: nunca los vieron tocar en vivo y tampoco tienen idea de quién era Pettinato antes de entrar en Sumo (y qué significaba el Expreso Imaginario para los pendejos rockeros de entonces). Saben, eso sí, en qué se convirtió Pettinato después.


Y desde ahí juzgan, como se juzga siempre en el rock: con la “pureza” del fanático (“es un sentimiento, loco, no me pidas que piense”). Para aclarar de entrada, no soy un sumólogo. Para seguir aclarando, creo lo mismo que muchos: que el único Sumo que moría por ser una estrella (de rock, de tele, de lo que fuese) era Pettinato. Pero creo también que el Petti cumplía una función esencial en la banda y que sólo una parte de esa función era ser el bocón.


Por eso siempre esperé que se decidiera alguna vez a terminar su libro sobre Sumo (que publicó parcialmente en 1993 con el título La jungla del poder). Parecía poco probable que, a esta altura de su estrellato, Pettinato pudiera sacarse el personaje de encima y ser verdaderamente sincero. Sin embargo, el libro que acaba de sacar sobre Sumo logra transmitir mucha de la sinceridad salvaje que hizo de la banda esa entidad irrepetible dentro del rock de acá.


“Esta no es la historia verdadera de Sumo”, dice en el prólogo. “Es MI historia dentro de la banda. Porque yo estuve ahí. Y mis oídos se hartaron de escuchar a tanta gente diciendo que tal cosa no fue así. O explicándome cómo era Luca en realidad.” En otro momento del libro, Pettinato frena la acción en mitad de una frase y se dirige al lector: “Vos, sí, vos, ¿qué hubieses hecho, aparte de preguntar cuando me ves por la calle si lo podríamos haber salvado? ¿Qué hubieses hecho? ¿Querés que deje un espacio en blanco en este libro para que lo escribas?”. Y en un tercer momento, ya cerca del final, menciona al pasar su primera aparición con Divididos en Obras, después de años de no subir a un escenario, “de superar mi brutal paranoia, mi tendencia a pensar que los fans me iban a bajar a piedrazos, esa paranoia televisiva que te convierte en un ridículo outsider de tu verdadera y profunda vocación”. Esa es la única mención en todo el libro a la vida post-Sumo de Pettinato. Incluso en los fragmentos cancheros en los cuales transcribe literalmente las charlas que grabó con Daffunchio y Mollo y Superman Troglio para este libro, Pettinato nos ahorra el personaje que es en la actualidad.


También evita con éxito los clichés repetidos hasta el cansancio por los periodistas de rock que han escrito sobre Sumo y sobre Luca. Recordemos que Pettinato hizo realidad el sueño imposible de todo periodista de rock: entrar en una banda, lograr por una vez ver las cosas no desde afuera sino desde adentro (imaginen por un instante a Mariano Clos, o alguno de los gansos de Fox Sports, sin la corbatita y con pantalones cortos y botines, jugando para la Selección; imaginen cómo cambiaría por completo su discurso si pudieran alguna vez hablar desde ahí). La ironía mayor es que el único miembro de la banda que valoraba ese “saber” de Pettinato como periodista de rock era Luca. Y ésa, precisamente, era la función del Petti en la banda: ser el empático mental de Prodan (“el maldito idiota pseudointelectual”, prefiere decir Pettinato), así como Da-ffunchio y Arnedo eran los empáticos musicales de Luca, los que se entendían con él no a través de la palabra sino con un instrumento en la mano, o simplemente tarareando juntos una melodía.


De ahí vienen los mejores momentos del libro: cuando se le alinean los planetas, cuando logra que el lector esté con él en la sala donde ensayaban los Sumo, en el sótano de aquella casona de Hurlingham o en las sierras cordobesas (“Agachábamos la cabeza y tocábamos sin mirarnos, a lo sumo mirábamos de reojo hacia la ventana, rogando que cualquier cosa que pudiese interrumpirnos fuese neutralizada de inmediato, y que la música se formase sola, hasta que el Pelado se acercaba al micrófono y cantaba algo que lo unía todo. Tal vez Sumo fue eso: el mejor sistema jamás creado para liberar el inconsciente. Eramos una banda que vivía y se alimentaba de perder la conciencia. Queríamos hacer como hacían los demás, queríamos ser profesionales, pero no podíamos”). O cuando dice: “Es extraño pensar que casi todos esos temas que el público consideró híper urbanos se hicieron en medio de las sierras o de un jardín inglés de Hurlingham. La ciudad era como un hospital para los Sumo. Estábamos siempre como sentados contra una pared, mirando de reojo a los demás como hacen los pacientes en los pasillos de un hospital, preguntándose ¿y éste qué tendrá? ¿de qué van a operarlo?”. O cuando Luca, en pleno 1982, cocinaba fideos para todos y gritaba desde la cocina: “¡Las Malvinas son... italianas!” O cuando estaban escuchando el doble en vivo de Van Der Graaf y Prodan dijo: “Yo estaba ahí ese día, se oye un grito mío en el disco, mirá”. Y, en efecto, al rato se oía un aullido desde la audiencia que para todos los Sumo fue inmediatamente reconocible.


El núcleo duro del libro de Pettinato es el vínculo irrepetible que logró darle Luca a la banda (“El buscaba una familia que no le rompiera las pelotas, una familia propia pero a la que sólo él decidiera cuándo pertenecer y cuándo no”) y el karma simultáneo de girar como satélites en torno de un planeta que se estaba autodestruyendo (“Lo importante era parecerse a Luca, aunque eso implicara bancarse a todos los pesados del mundo, los densos sin futuro, los a punto de morir que nos querían conocer”). Hay dos o tres escenas más bien impresionantes de los últimos tiempos del grupo (que, para entonces, se parecía según Pettinato a “un nene en una hamaca de plaza, empujado con rabia por un padre sin trabajo”). En una de ellas se ve a Luca acostado, profundamente dormido, llevar la mano debajo de la cama, manotear una de sus botellas de ginebra y beber sin despertarse. En otra, Pettinato cuenta cómo trataron de acomodar el cadáver de Luca cuando llegaron a la casa de la calle Alsina donde murió. A él le tocó alzarlo de la cabeza y dice que “la cabeza de Luca pesaba como un trueno”.


Pero mi momento favorito en el libro es la historia (que quizá muchos conozcan pero yo ignoraba) sobre “Mañana en el Abasto”: Mollo había armado una batería con delay en uno de los palillos, sumaron una guitarra y el bajo de Arnedo y quedó algo climático, aéreo, como de Brian Eno, que les encantó a todos. Entonces Luca le agregó la voz. Y todos lo quisieron matar: había arruinado el tema con esa letra infantiloide, que además estaba cantada fuera de tono, desafinada. Hasta que Mollo se lo hizo escuchar a Spinetta y el Flaco dijo: “Qué letra más impresionante, y qué bien cantada que está”. Así se dieron cuenta los Sumo del pedazo de tema que tenían grabado, del regalo de despedida que Luca les dejaba antes de irse a su cielo con diamantes.

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