miércoles, 14 de octubre de 2009

ESTILETES, AEROSOLES Y PINTURAS


Leí en un muro muerte a la gorra. Si entendía, ¿por qué elegía jugar con los significados? Acaso para conjurar tamaña expresión de deseos. Que la muerte tuviera un destinatario y proclamarlo. Anuncio. Promesa. Ajuste de cuentas. Todo eso era el mensaje. Todo eso. Como lo había sido alguna vez mueran los salvajes unitarios. Quizás por razones semejantes se había previsto larga vida al rey. Inscribir la muerte hipotética, garrapatearla en una pintada, era el reverso del epitafio. No solo por su apuesta a futuro sino también por la alusión a la pluralidad. La gorra es una y sin embargo remite a un sujeto colectivo, la institución. El enemigo se pluraliza y al hacerlo pierde el nombre. Le corresponde la fosa común. Sin embargo ese a la gorra tan nítido resonó en mí con cierto eco teatral. Si ignoraba el tono de obligatoriedad y viraba el mandato en una frase con complemento... el blanco preciso mutaba en circunstancia. El indeterminado valor de una entrada, fijado por el espectador... ¿Cómo era, entonces, morir sin un costo? ¿Sin un precio establecido? Así, a voluntad. ¿Por cuánto? A la gorra. O mejor, por unas pocas monedas. Como quien echa suertes. El mismo que pretende la eliminación del oponente está dispuesto a matar o a morir, respetando lo aleatorio del juego.
La vida en estas partidas es breve. De ahí la necesidad casi romántica de exaltar su intensidad. Los muros son la imprenta de los pobres dijo Galeano. Los manuscritos interpelan no solo desde las paredes urbanas, también lo hacen desde la piedra que se exhibe intramuros.
Porque si la fragmentada ciudad de los vivos en una ostensible toma de distancia aísla a sus muertos ricos en apartados jardines de paz, el resto de los camposantos se obstina en reproducir las diferencias dentro de un territorio único. Demarcado. Categorizado. Las sepulturas de los pobres no son de mármol ni mucho menos tienen la dimensión de imponentes bóvedas. Son toscas lápidas de concreto, ocasionalmente con cruces de madera en las que los sobrevivientes que necesitan recordar cruzan rosarios con cuentas de plástico y flores del mismo material o de tela. A falta de la letra impersonal de la placa no es raro leer inscripciones emborronadas con pintura a trazos de brocha gorda. Nunca olvidaré la escena que indudablemente robé (porque fue una intrusión a la expuesta intimidad) en un cementerio. Dos chicos apoyados en una tumba, flores artificiales en una botella de gaseosa (el rabioso color gritando vida), un tarro y un rústico pincel esperando, la pintura aún fresca en la caliza, un nombre de mujer y una dedicatoria. El que está sobre la tierra permanece hincado, abstraído. El otro, reclinado sobre la pequeña tapia comienza lentamente a balancearse, a hamacarse, como buscando la protección del útero materno, el líquido amniótico al que quiere volver. Difícil. O no. Sobre todo cuando la suerte está echada: hambre, delito, enfermedad. Así. A la gorra.

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