jueves, 1 de octubre de 2009

LA IGLESIA ABRE EL DIÁLOGO EN HONDURAS


La nueva propuesta implica una comisión negociadora que discuta la restitución de Manuel Zelaya y la amnistía general. Según un asesor del presidente derrocado, éste autorizó la iniciativa del obispo. Faltaban declaraciones de los golpistas.



El mediador designado por la Iglesia Católica reavivó ayer las esperanzas de un acuerdo en Honduras. Sonriente y orgulloso, el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Juan José Pineda, anunció un nuevo plan para restituir al presidente Manuel Zelaya y poner fin al aislamiento internacional. La propuesta no es muy distinta a la que había presentado dos meses atrás el presidente de Costa Rica, Oscar Arias: restitución de Zelaya y amnistía general. La letra chica, sin embargo, aún está por verse. Según adelantó el obispo, los detalles los discutirá una comisión negociadora que incluirá dos representantes de Zelaya, dos del presidente de facto Roberto Micheletti, tres de la resistencia popular, tres de la Unión Cívica Democrática (el brazo civil de la dictadura) y dos “notables”, uno hondureño y otro extranjero. Según uno de sus asesores de confianza, Zelaya apoya la iniciativa. “El presidente se reunió con el obispo y lo autorizó a que hiciera lo necesario para crear un espacio de diálogo”, dijo Carlos Eduardo Reina.


Desde la embajada brasileña en Tegucigalpa, donde hace una semana y media se refugian Zelaya y su círculo más íntimo, Reina agradeció los esfuerzos del obispo Pineda, pero advirtió que la dictadura de Micheletti aún no ha dado ninguna señal concreta de querer sentarse a dialogar. “Cuando dos partes en conflicto se sientan a conversar, se entiende que todas las hostilidades se suspenden al menos durante el tiempo que duren las conversaciones. Nosotros no vamos a poner condiciones, pero esperamos que algunas cosas cambien antes de sentarse en la mesa de diálogo del obispo Pineda”, explicó Reina, tras reunirse durante dos horas con el presidente Zelaya.


El clima ayer en la embajada no era de festejo por la apertura de un nuevo canal de diálogo, sino de bronca. “A la comunidad internacional le hablan de diálogo, pero acá, nosotros seguimos encerrados y afuera, en las calles, siguen reprimiendo”, se quejó Rasel Tomé, otro de los hombres de confianza de Zelaya, que lo acompañan en la sede diplomática.


Los zelayistas habían comenzado el día con una mala noticia. Después de dos días relativamente tranquilos, los golpistas habían decidido poner en acción el decreto que imponía un estado de sitio. Por la madrugada un centenar de militares habían desalojado y detenido a 55 indígenas, que hacían más de dos meses ocupaban el Instituto Nacional Agraria, uno de los edificios públicos tomados después del golpe.


Cerca del mediodía, la escena se volvió a repetir, pero esta vez frente a la clausurada Radio Globo. Según denunció Tomé, los militares dispersaron a fuerza de bombas lacrimógenas y balas de goma a los cientos de manifestantes que se habían reunido para repudiar el cierre del medio opositor. Los organismos de derechos humanos no informaron de heridos, pero otra vez la dictadura lograba ahogar una de las pocas protestas que pudieron organizarse esta semana, bajo el estado de sitio.


Pero mientras en la calle los bastones de los soldados seguían marcando el ritmo de la rutina de los hondureños, detrás de escena, en alguna oficina del Arzobispado de Tegucigalpa, la promesa de un diálogo parecía estar a un paso de concretarse.


A diferencia de la propuesta que había presentado el martes el dirigente empresarial Adolfo Facussé, el plan que anunció ayer el obispo Pineda parecía contener un principio de acuerdo, aunque aún resta el apoyo formal del régimen de facto. “Ya hay tres puntos específicos sobre los que se ha dialogado y se están tratando de afinar detalles para responder a las inquietudes de unos y otros”, adelantó el nuevo mediador hondureño. “Creo que un punto de acuerdo sigue siendo el diálogo de San José. Lo que en San José se hizo fue una propuesta, no un acuerdo, y creo que deberíamos hablar ahora de un San José II”, fue todo lo que agregó el miembro del clero.


El llamado diálogo de San José había sido liderado por el presidente costarricense y Premio Nobel de la Paz, Oscar Arias, a pedido del gobierno norteamericano y fracasó por la intransigencia de la dictadura liderada por Roberto Micheletti. El plan proponía la restitución de Zelaya, un gobierno de unidad nacional, amnistía para todos y adelantar las elecciones generales, programadas para fines de noviembre. Los negociadores de Micheletti nunca sepultaron explícitamente el diálogo de San José, pero siguen negándose a restituir a Zelaya y a permitir que termine su mandato constitucional en enero.


El obispo Pineda no logró quebrar la intransigencia de Micheletti y las Fuerzas Armadas, pero sí abrió una nueva instancia de diálogo, que incluirá representantes de todos los sectores políticos. Como ideólogo del plan y hombre de buenos contactos con los zelayistas y los golpistas, el número dos de la Iglesia Católica en Honduras se propuso para dirigir la mesa de diálogo, junto con un “notable” extranjero. Su sugerencia fue el vicepresidente de Panamá, Juan Carlos Varela.


El nombre no emociona demasiado a los zelayistas. El gobierno de Panamá fue uno de los pocos de la región y del mundo que relativizaron el golpe de Estado y apoyaron abiertamente el rol de los militares hondureños. “A pesar de todos las deficiencias y los peros que tenemos, seguimos apoyando el diálogo”, aseguró el asesor de Zelaya, Reina.

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