domingo, 24 de febrero de 2013

LA BENGALA PERDIDA

La pirotecnia en el rock, patrimonio de los hinchas de las bandas.
      
Por Christian Rémoli       
 
Ser “hincha de la hinchada” es una gastada que históricamente le facturaron los hinchas a aquellos fanáticos de los clubes que no ganaron campeonatos en muchos años, Racing, Boca –en alguna época– y San Lorenzo de Almagro. El orgullo de ser un fiel seguidor a pesar de los malos resultados, era un motivo de orgullo o de gastada, según de donde viniese.
En esta línea, el duelo de las hinchadas se multiplicó a mediados de la década del ’90, cuando los futboleros en general –ya no sólo los hinchas de sus hinchadas– comenzaron a darle una importancia superlativa al color, a las banderas, a la inventiva de los cantitos, a lo que podía entenderse como la identidad de quienes seguían a los clubes. Pero en ese trajín, la cosa se desmadró. Se engordaron las peores cuestiones disfrazadas de folklore, tales como el racismo y la xenofobia con los rivales en los cantitos. Fue un camino de ida en que las hinchadas –más bien las barras– se disputaban cuál inventaba las mejores canciones y armaba la mejor fiesta. Las bengalas y los petardos se volvieron masivos como parte de esa costumbre.
Desde los organismos de seguridad se propusieron frenar la violencia revisando a los hinchas, cacheando a todos los que ingresaran al estadio. Cientos de medidas se implementaron para no dejar pasar banderas ajenas y pirotecnia; fallaron todas. Revisar los bombos y los bolsos fue la inocente medida.
Era mucho más lógico chequear, además, si todo esto estaba en los clubes, pero nadie lo hizo y la pirotecnia –no así las banderas ajenas robadas a otros equipos– siguió estando presente hasta nuestros días. Los dirigentes saben que los barras viven en los clubes y utilizan sus instalaciones a gusto, allí guardan todo, bengalas incluidas.
Sin ir más lejos, el Subsef, organismo disuelto por la Ministra de Seguridad Nilda Garré, tenía la potestad y la obligación de recorrer el estadio en la previa y de levantar un acta que certifique que estaban dadas las condiciones para el comienzo del espectáculo. Lo mismo para la policía en el cacheo previo. El árbitro tiene la potestad y la obligación de parar el partido cuando aparecen banderas de hinchadas ajenas, cánticos similares o bengalas. ¿Por qué de estas tres instancias rara vez se cumple alguna con eficiencia?
Aunque se masivizaron en los últimos años, las bengalas no son propiedad exclusiva de estos tiempos. El crimen de Miguel Ramírez en el recital de La Renga, resucitó la historia del bancario Roberto Basile, en la Bombonera, el 3 de agosto de 1983, día en que en medio de un Boca-Racing una bengala cruzó toda la cancha y se clavó en su carótida.
Un año después, Luis Alberto Spinetta estaba presentando su disco solista Kamikaze, en Rosario. Allí se encontró con la hinchada de Central. Uno de los jefes lo encaró: “Eh, Flaco, ¿cuándo le vas a dedicar un tema a las hinchadas del fútbol argentino?”. Spinetta compuso para su disco Tester de Violencia, “La bengala perdida”, un tema que describe con descarnada prosa la violencia argentina luego del regreso de la democracia.
Fue una época en la que era impensado que esa cultura, la del fútbol, se hiciera carne en el rock, un lugar desde donde se miraba por arriba del hombro al deporte. Y mucho menos que unos años después abrazara con religiosidad algunos códigos del mismo, la fidelidad a una banda en un sentido más vinculado al fanatismo futbolero que al musical, por ejemplo.
Pero con el paso del tiempo la cultura del Boca-River se instaló para quedarse. Primero, con las rivalidades (Redondos vs. Soda); luego, con las banderas de los barrios en los recitales de rock y/o las banderas de las bandas en las canchas y, finalmente, con los fans que van a escucharse a sí mismos más que a las bandas, a buscar dar el espectáculo en vez de ir a verlo. En 1993, Divididos entró a caballo a una serie de recitales en Obras Sanitarias con banderas argentinas. El público, desaforado cantaba “y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés”. Días después, Ricardo Mollo, algo defraudado soltó “si cantaron eso es porque no entendieron nada”. Que cada vez que toca el Indio Solari se insista con el “pogo más grande del mundo”, y mucho menos con que se presenta uno de los músicos más significativos de la cultura popular, es todo un detalle.
Las bengalas en los recitales de rock que desataron el desastre de Cromañón y la muerte de Ramírez, son una de las cosas que el rock importó del fútbol, rara vez desalentada por los músicos. Seguramente estarían entusiasmados en estimular “la fiesta”, esa que desatan los “hinchas de las bandas”. Los hinchas de sí mismos. Los hinchas de la hinchada.
 
Fuente: Miradas al Sur.

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