martes, 26 de febrero de 2013

SARMIENTO EL PADRE DEL AULA QUE NO SIEMPRE ES EL MEJOR EJEMPLO

Nuevo aniversario de su nacimiento. Notable como escritor, cuestionado como político, fue un hombre que no paraba en el autoelogio, capaz de poner por escrito sus proyectos extravagantes, su crueldad, su intolerancia y su racismo. Retrato de un prócer cada vez más revisado.
 
Por Gustavo Ruben Giorgi
 
A mediados del siglo que pasó, los niños argentinos nos formábamos en el amor a las virtudes patrias con el patrocinio de tres espíritus tutelares: el general José de San Martín, Padre de la Patria; el general Manuel Belgrano, Creador de la bandera; y el también general (aunque se le escamoteaba el grado) Domingo Faustino Sarmiento, Padre del aula. Es decir que entre el 3 de junio de 1770, fecha de nacimiento del segundo y el 11 de septiembre de 1888, día de la muerte del último, transcurría un lapso irrevisable de nuestra experiencia como país según los dictados de la historia oficial. Era aquel un período de bronce, pero no en el sentido decadente utilizado para comparar tiempos vulgares con otros perdidos de oro y plata, sino como denotando algo estatuario, pulido, brillante, congelado, inaccesible.

Los educandos participábamos gustosos y conmovidos del culto a San Martín y Belgrano, con su auras respectivas de gloria militar y renunciamiento, sacrificio y pobreza; pero no había quien no abrigara algún resquemor por ese señor entrompado que, invariablemente, nos recordaba nuestras obligaciones escolares. Porque Sarmiento había sido un niño modelo. Porque Sarmiento había sido el mejor compañero. Porque Sarmiento nunca había mentido ni faltado a la escuela. Como todas estas prendas de su personalidad que se nos ocurrían odiosas las había divulgado el prócer mismo en Recuerdos de provincia, no es extraño que los ímprobos esfuerzos por alojarlo en aquel altar resultaran más o menos fados. No seríamos los únicos en resistirlo.
Es que el hombre no paraba en el autoelogio; era capaz de poner por escrito sus proyectos extravagantes, su crueldad, su intolerancia y su racismo. La historiografía liberal hizo lo que pudo pero no hubo caso: no se podía con "el loco" Sarmiento, tal vez el personaje más complejo y contradictorio de la vida nacional. Pero logró disimular por mucho tiempo la complejidad de su carácter ciñéndolo a su apasionada misión de educador. En la desembozada defensa de mezquinos intereses, aquellos escribas lo redujeron poco menos que a un "maestro ciruela" –o maestro de Ciruelo–, retaceando explicar las causas de su fallida presidencia, ocultando su drama al siempre vigente debate sobre el papel del intelectual en la política e ignorando el sacrificio que hizo de su literatura en aras de la difusión de sus ideales en la prensa, un empeño que parece poca cosa para la que muchos consideran como la mejor prosa escrita en castellano en el siglo XIX.
Sarmiento fracasó como político. Su proyecto de hacer de nuestra pampa una réplica de las praderas labradas con esmero por miles de farmers anglosajones estaba muerto antes de nacer. Así como estuvo siempre subordinado políticamente a Mitre, también recibió de este el proyecto de la oligarquía parasitaria de la ciudad-puerto a la que sólo le interesaba el exterminio del indígena y el gaucho para echarle vacas al campo y vivir de rentas. Las palabras que dirigió al pueblo de Chivilcoy poco antes de asumir la presidencia son de un candor inimaginable en un hombre como él:
"Yo haré uso de esta fiesta publicando desde aquí mi programa de gobierno; y digo pues a todos los pueblos de la república que Chivilcoy es el programa de gobierno del presidente Domingo Faustino Sarmiento. Decidles a mis amigos que no se han engañado al elegirme presidente de la república, porque les prometo hacer cien Chivilcoy en los seis años de mi gobierno, con tierra para cada padre de familia, con escuelas para sus hijos. He aquí mi programa de gobierno y si el éxito corona mi esfuerzo, Chivilcoy tendrá parte en ello, por haber sido el pionero que ensayó con mejor espíritu la nueva ley de tierras, y ha estado demostrando que la Pampa no está condenada, como se pretende, a dar exclusivamente pasto a los animales, sino que en pocos años ha de ser luego asiento de pueblos libres, trabajadores felices."
Se ve claro que la tragedia de Sarmiento, la de Alberdi y la de tantos hombres para los cuales la Argentina era una pasión, fue la de pretender pensar el país y no pensar en el país. Lo que veían no les gustaba, los prejuicios los cegaron y malgastaron lo mejor de su esfuerzo yendo en pos de una copia, réplica o símil que no podía prosperar, porque ni las condiciones geográficas eran las del modelo ni las relaciones políticas lo podían consentir. Sarmiento, que no tenía partido, se puso incondicionalmente al servicio del proyecto de Mitre de aniquilamiento de los caudillos –bien que de unidad nacional, justo es reconocerlo cuando había secesionistas en Buenos Aires– y hasta le condujo una guerra de policía:
"Sandes ha marchado a San Luis. Si Sandes va, déjenlo ir. Si mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé lo que se obtenga con tratarlos mejor." (Cita en Busaniche, José Luis: Historia Argentina)
¿Un exa-brupto? Para nada. La correspondencia con Mitre está llena de estas confesiones de su desprecio por la vida:
"No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos." (Ibídem)
Hay quien podrá decir que eran tiempos violentos y que cabía esperar de casi todos un tratamiento similar hacia los enemigos. Es posible, porque no empiezan ni terminan en Sarmiento las degollinas frenéticas de nuestras guerras civiles. Pero, ¿cómo explicar este ensañamiento con el vencido?
"Mucho puede sugerir el sentimiento de humanidad a favor de los indios. Pocas han de ser las madres que traigan consigo pequeñuelos, que deben acompañarlas siempre; pero dejarles los niños de diez años para arriba, por temor de que sufran con la separación, es perpetuar la barbarie, ignorancia e ineptitud del niño condenándolo a recibir las lecciones morales y religiosas de la mujer salvaje. Hay caridad en alejarlos cuanto antes de esa infección." (Obras Completas, Tomo XLI)
¡Qué diferencia con la mirada piadosa y autoconmiserativa de Lucio V. Mansilla, quien fue hombre igualmente capaz de vivir entre los indios para conocerlos de primera mano como de ofrecerle en bandeja de plata la candidatura presidencial a Sarmiento! Tarde se dio cuenta este de que tanta sangre, tanta injusticia, tanta crueldad no servirían para sus idílicos proyectos de colonización:
"Para el Ministerio de la Guerra y para gloria del ejército, lo hecho hasta aquí, destruyendo ahuyentando, reduciendo a los indios, basta y sobra para merecer la estimación pública, (…). Basta y sobra lo hecho, (…) y a los hombres acaudalados, o patriotas, o promotores de empresas, que midan el mal que puedan hacer con ofrecimientos de empresas que no significan en realidad nada (…). (Ibídem).
Los destinatarios de la queja eran los prohombres de la Sociedad Rural que habían ofrecido su ayuda al gobierno para la guerra contra el indio porque, a pesar de tanto alarde de la "cooperación más decidida", "se nos asegura, sin embargo, que la suscripción del empréstito progresa lentamente, o más bien no da signos de vida, lo que debe ser una triste muestra de lo que es el interés público, cuando no sean las rentas ordinarias las que suministran los medios de llevar a cabo un deseo general." (Ibídem).
Así anduvo por la vida, alternando buenas y malas: impulsor de la educación pública, laica y gratuita, impugnador de los derechos argentinos sobre la Patagonia; primer Censo nacional, Guerra del Paraguay; creación del Observatorio Astronómico de Córdoba, desprecio por la población nativa; fundación de 800 escuelas, del Liceo Naval y el Colegio Militar, valedor del fraude electoral más descarado; extensión de las redes telegráfica y ferroviaria, desdén por las autonomías provinciales; promotor incansable de la actividad industrial, impiedad con los vencidos; creador del Arsenal de Marina y propulsor de la educación de las mujeres, persecución sangrienta de los caudillos. Hizo, en fin, mucho, pero sólo en la medida en que los que detentaban el poder real lo dejaron hacer.
 
Sarmiento fue todo lo que quiso y se propuso: periodista, militar, ministro, superintendente de escuelas, gobernador, ministro, senador y presidente de la Nación. Un poco porque era ambicioso y otro bastante porque le tocaron tiempos en que no sobraban las capacidades para ocupar esos lugares. Pero es inimaginable que se haya propuesto ser lo que en definitiva es el mayor de sus motivos de gloria: un escritor excepcional. Ciertamente, no se imagina uno al huracán sanjuanino aspirando a la condición de estilista de nuestro idioma.
Cuando uno se enfrenta a las Obras Completas, se siente abrumado por la variedad temática de sus 16 mil páginas en 53 volúmenes en las que escribió con la impunidad del autodidacto sobre lo divino y sobre lo humano: crítica literaria, historia militar, política, pedagogía, derecho, biografías, geopolítica, economía y memorias, además de ingentes compilaciones de artículos periodísticos, papeles de la presidencia y discursos parlamentarios. No creemos errar ni descubrir nada si afirmamos que la literatura fue una consecuencia del obrar político de Sarmiento, quien quizá diera por descontado que para un hombre público del siglo del Positivismo y el Romanticismo escribir bien no era el mayor de los méritos, sino una condición inexcusable para difundir sus ideas, combatir a sus adversarios y defenderse de los embates de estos.
En la selva de páginas que nos dejó hay tres libros que pertenecen a la mejor literatura de nuestro idioma: Facundo (1945), Viajes (1845-1847) y Recuerdos de provincia (1850). Pocos libros, como el primero, ofrecen un comienzo tan estimulante que exige de inmediato habitar nuestra memoria:"¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo!" Pocos libros en su género, como el segundo, son tan agradables y amenos. Pero es el último el que nos parece su obra más acabada, porque posee una unidad de concepción y estilo que a los otros les falta. Después, aquí y allá, en toda su obra, hallará el lector observaciones agudas, proposiciones osadas, opiniones irritantes y no pocos disparates: eso sí, todo ello escrito de una manera irreprochable.
"Sarmiento escribía sólo cuando tenía algo que decir. Sus hábitos eran los del periodista, no los del escritor. Ocupado en muchas tareas a la vez, sus palabras eran otro modo de obrar. Golpean como olas. Y si parecen retirarse, disminuidas, es la retirada del mar. Que vuelve en seguida con más ímpetu. Llega sin esfuerzo a la plenitud expresiva; y aún en sus descuidos rebosa el genio." (Anderson Imbert, Historia de la Literatura Hispanoamericana)
¡Sombra terrible de Sarmiento! Escribo estas líneas en Zárate, mi ciudad natal, un pueblo al que Sarmiento quiso mucho, favoreció con obras de gobierno y llegó a habitar. A veces lo busco en la perspectiva larguísima de los paredones centenarios del Arsenal de Marina; o desde la barranca trato de imaginármelo, de vislumbrarlo al otro lado del río en su casa en la isla; o procuro sorprenderlo conversando con los vecinos en la esquina de 3 de Febrero y Gral. Paz, en el lote que le legaron los hijos de Francisco Javier Muñiz y hoy ocupa la escuela que lleva su nombre.
Hasta ahora no lo he logrado pero –¡ay!– luego de estas líneas, que seguramente no le hacen justicia, mi búsqueda no podrá ignorar la certeza de que en caso de improbable encuentro, el fantasma del genio fulminará mi mediocridad con miradas severa, recriminando a mi osadía el irresponsable dictamen. No sé si eso puede llegar a pasar (de la imaginación todo es esperable), pero si así fuera estoy seguro de qué modo lo hallaré: estará empacado, chinchudo, soberbio, putañero le pese a quien le pese y, por supuesto, sordo como una tapia. «
 
Fuente: Tiempo Argentino.

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