sábado, 2 de febrero de 2013

LA ERA DEL HIELO


La crisis de las discográficas castiga al rock nacional y lo está llevando a un escenario de estancamiento. Sin apoyos ni difusión, el under pelea por encontrar un lugar.

Por Sebastián Feijoo        


Sin nostalgias, idealizaciones edulcoradas, ni mucho menos apelaciones al todo tiempo pasado fue mejor. Toda corriente musical circula y se hace visible a través del las industrias culturales. Más allá de su valor artístico, las convicciones o concesiones de sus creadores y el carácter masivo o modesto de su convocatoria. Desde el fenómeno de Gardel en los ’30, pasando por la explosión del be-bop en los ’40, la revolución del rock con Elvis en los ’50 y todo lo que vino antes, durante y después. La profunda caída de la venta de discos como producto de la descarga de música por Internet cambió las condiciones de producción de contenidos en todo el mundo. Este nuevo escenario desalienta la aparición y desarrollo de nuevas bandas –sobre todo si tienen pretensiones artísticas– y estimula la sobreexplotación de propuestas de rentabilidad garantizada. Las características del mercado argentino hacen estas tendencias todavía más determinantes y el resultado es una escena masiva peligrosamente estática –por momentos casi petrificada– y bandas nuevas y no tanto que parecen condenadas a la desaparición o a un eterno limbo under.
Ni la era digital ni mucho menos la piratería matará al rock. Sí, lo hacen y harán funcionar de forma diferente. En los ’80 y ’90 era muy claro que las discográficas impulsaban a las bandas a salir de gira para que se vendan más discos. Hoy el negocio está en las giras y el disco es una excusa que muchos grupos ni siquiera necesitan –el fenómeno de los regresos, los tours para “celebrar” el aniversario de álbums míticos y hasta los tributos son hijos inequívocos de este momento–. La industria ya no tiene la necesidad ni interés de buscar/reclutar nuevas figuras. Es más sencillo y seguro sacar a girar a "marcas" probadas que invertir en "productos" nuevos. Esa situación es muy notoria en los países centrales y se hace más dramática en mercados como el argentino.
En nuestro país los sellos que dominan la escena son multinacionales, tienen su propia agenda y prácticamente no contratan músicos locales –menos de rock y todavía menos bandas noveles–. Las permanentes visitas internacionales también encogen los escasos caminos de desarrollo para los proyectos jóvenes. En ese marco, ¿cómo podrían crecer nuevas propuestas y propuestas de rock? ¿Cómo se enriquece y en definitiva mantiene su salud una escena que ahuyenta las novedades? ¿Es imposible vivir de la música para la mayor parte de las bandas de rock?
Desde hace décadas la ingeniería que alimentaba el desarrollo de los grupos –más allá de fenómenos ocasionales– pasaba por tocar mucho en vivo, la difusión radial y la presencia en las cadenas de videos. En la Ciudad de Buenos Aires el efecto Cromañón ahogó el circuito under. Hoy quedan muy pocos lugares, en pocas manos y casi siempre con entradas muy caras. Casi no existen las plataformas de fogueo de los ’80 –como La Capilla, Di Shule, el Bar Einstein y largos etcéteras– y mucho menos un trampolín de capacidad intermedia como Cemento –casi el ring que definía si una banda estaba lista para dar el salto–. Ante la fuerte caída de venta de discos las costosas inversiones en videos quedaron mayoritariamente fuera de juego e incluso los canales especializados se reacomodaron consagrándose casi exclusivamente a realities. Las FM parecen cada vez más abocadas a programas de variedades –con muchas más palabras que canciones– y la música que pasan refuerza esa foto de aguas estancas. También resulta bastante notorio que además de la falta de novedades casi todas las grandes bandas y solista locales lucen demasiado lejanas de sus momentos dorados de creatividad.
La ley de medios establece que las radios deben garantizar un porcentaje mínimo de música local. Pero en la práctica no siempre se cumple. Esfuerzos valiosos como Nacional Rock FM 93.7 no alcanzan para paliar minimamente la tendencia. La ansiada sanción del proyecto conocido como Ley de Música –que crearía el Instituto de Música, un organismo autónomo para estimular el desarrollo cultural en todo el país– aún está en el debe.
No se trata del fin del mundo ni mucho menos. Ante una independencia casi impuesta también se abren múltiples posibilidades. Acaso también muchas que todavía no imaginamos. Hoy es mucho más accesible grabar discos, circula mucha más información para que los músicos se capaciten, los instrumentos de calidad son más accesibles e Internet ofrece una herramienta muy valiosa para el contacto directo con miles de potenciales fans. La creatividad de las bandas independientes generó diversas estrategias como el refuerzo del concepto del disco como objeto para potenciar las ventas –con packagings muy cuidados–; las entradas de los shows acompañadas por el nuevo álbum de la banda en cuestión –una forma de garantizarse que los fans lo escuchen con la mejor calidad–; las herramientas de Internet se utilizan al máximo –páginas oficiales, Facebook, Twitter, Youtube y Bandcamp, entre otros–; y hasta experiencias exitosas de fans que solventan la grabación de discos mediante el sistemas de pago anticipado.
Se trata de un momento de transición e intentar comprender cómo seguirá puede ser la mejor herramienta para los músicos y oyentes de buena fe. Con ese objetivo Miradas al Sur habló con Daniel Melero, un inconforme perpetuo que conoce el mercado desde diversos ángulos –con Gustavo Cerati, Soda Stereo y al comando de su carrera solista–; el agitador permanente Sergio Rotman –protagonista del rock de estadios con Los Fabulosos Cadillacs y cruzado independiente con El Siempreterno–; Walas, líder de Massacre, quizá la última banda que se trepó a los grandes escenarios con una compañía que los respalde; y Hernán Espejo, militante under desde hace décadas con su grupo Compañero Asma y desde hace tiempo también agitador de la nueva cultura rock con sus programas radiales Broncodilatando con el Compañero Asma (por www.shhhradio.com, los miércoles a las 24) y Nacional Rock presenta al Compañero Asma (domingos de 13 a 15). Las columnas de Alejandro Medina –el mítico bajista de Manal, Aeroblues y ahora solista– y Santiago Motorizado –bajo y voz de El Mató a un Policía Motorizado, una de las pocas bandas under con perspectivas de ascenso– suman miradas generacionales y experiencias tan disímiles como enriquecedoras.
–¿Coinciden en que el panorama del rock nacional de los últimos años ofrece una escena casi congelada y que las bandas nuevas no tienen espacios de desarrollo?
Walas: –Coincido. El rock está viviendo una crisis de contenido y de identidad. En el término de los últimos dos o tres años vimos cómo se separaban Los Piojos, Bersuit, Attaque 77 perdía al cantante, se murió Papo, el Flaco... No quiero ser dramático ni drástico, pero creo que en definitiva el rock es una de las víctimas fatales de Cromañón. A partir de ahí, más que nunca, pasó a llamarse entretenimiento y estar regido por normas ajenas a su esencia. Esta es la era de los sponsors. Creo que somos parte de la última generación de rock argentino que quedamos adentro antes de que se cerrara la puerta. Se extraña esa figura de las discográficas que salía a buscar talentos en los sótanos. Se quebró la dinámica de darle lugar a bandas nuevas. Es necesario que vengan cosas nuevas y tengan visibilidad. Podría ser los chicos de El Mató, pero cuesta muchísimo y se necesitan más. Antes el rock era patrimonio de los rockeros y tenías donde tocar.
Daniel Melero: –Para mí el rock pertenece a una elite de decepcionados y utópicos. De gente que va a ver un show y lee lo suficiente para ser rockero. Estoy totalmente seguro de que existe mucha mejor música de la que se le ofrece a la gente en las marquesinas. El negocio es cada vez más cortoplacista. Las discográficas ganan dinero con los grupos que salen de los realities. ¿Pero cuánto les duran? Por citar apenas un ejemplo, cuando editaron A propósito, el último disco de Babasónicos, esa compañía hacía tres años que no lanzaba un álbum de rock nacional.
Hernán Espejo: –El otro día vi un póster del Cosquín Rock y el músico más joven tenía 50 años. Estamos padeciendo una etapa muy conservadora. Suenan y giran sólo las cosas muy probadas. Hoy las bandas nuevas pueden grabar y eso es un gran paso adelante. Pero les cuesta sonar bien porque no tienen la gimnasia de tocar seguido y les suele faltar un equipo que los asesore en el estudio. ¿Por qué en los ’80 varias bandas nuevas sonaban impecables? Porque las produjo Charly. Me acuerdo que hace un par de años me contaron que Diego Torres, Vicentico y Shakira se llevaban el 60 por ciento del presupuesto anual de Sony Argentina. Ahora debe ser peor. ¿Qué queda para los demás? Las discográficas ya no existen, al menos para los grupos de rock.
Sergio Rotman: –Yo creo que hay muy buenas bandas y que la generación a la que le toca hacerse cargo de este momento –que es a la que pertenezco– lo está haciendo muy bien. Es cierto que hace tiempo que no aparece "la gran banda nueva". Pero tampoco es tan necesario tener cada cinco años un grupo que rompa el molde. Cuando hablo de mi generación me refiero a lo que va desde Los Fabulosos Cadillacs, pasando por Los Cafres, Pez, Boom Boom Kid, Peligrosos Gorriones, Babasónicos y todo lo que hay en el medio. Creo que esos músicos están en un momento creativo interesante. Los niños de 17 años no tocan rock y está bien que así sea porque no es la música de su generación. Es gente que está más acostumbrada a la electrónica.
–Esta también parece ser la era de Internet y los grandes festivales. ¿Cuánto ayudan a las bandas?
S.R.: –Los festivales se ayudan a si mismos. Es un negocio donde no importa cuantas entradas se vendan porque el esponsoreo cubre los gastos. ¡Y las ganancias! ¿Cuándo fue la última vez que se supo de una banda que ahora es la hostia porque abrió para –por ejemplo– Foo Fighters? Creo que nunca. Nuestras únicas armas son las canciones y el amor por la música que tocamos. Internet es importante pero no es determinante ni mucho menos garantiza calidad.
H.E.: –Tanto los festivales como Internet pueden ayudar a crecer. Los festivales sirven como promoción y como forma de testear algo frente a gente nueva –que en general no tiene ningún interés–. Internet es una de las herramientas más útiles que haya creado el hombre en el sentido estricto de la velocidad. Pero en definitiva para mí lo más importante es encontrar un nicho propio y tener canciones y un buen show para sostenerlo.
W.: –Internet ofrece alternativas interesantes a los circuitos tradicionales de difusión. Pero por ahora su peso específico es muchísimo menor. Los festivales son raros. Funcionan como grandes ferias. No sé qué impacto verdadero tienen.
D.M.: –Internet podría ser una llave interesante. Pero ojo: nadie antigooglea. Nadie usa buscadores mucho mejores que Google. Nadie navega semánticamente. Google guarda tus preferencias y hasta las corrige. Hoy Internet es más chica que cuando Google no existía.
–Lo que suele llamarse rock barrial logró generar bandas populares casi sin sellos ni difusión. Pero en la mayoría de los casos –y paradójicamente– no parecen haber trasladado ese espacio de mayor libertad a su música. ¿Se puede replicar ese crecimiento con bandas de otros estilos?
W: –Es seguramente el aspecto más interesante de ese palo. Incluso esas popularidades muchas veces se generaron casi sin Internet. Creo que apelan a ciertas místicas o códigos establecidos desde hace años. No sé si se podría llevar a otros estilos de rock.
S.R.: –Del reggae salió un fenómeno similar: Dread Mar I alcanzó una gran popularidad y siendo un artista independiente.
D.M.: –Creo que la cultura relacionada con lo que se suele llamar rock barrial fue demasiado nociva y hasta contradice la esencia del rock. A nadie que se crea rockero se le puede ocurrir prender bengalas en lugares cerrados o donde hay mucha gente. El resultado del rock barrial es que casi no se puede tocar en ningún lugar de la ciudad de Buenos Aires.
H.E.: –Como fenómeno es muy interesante. Ojalá lograran reproducirlo más bandas y de diferentes estilos.
–¿Qué expectativas tienen a futuro?
H.E.: –Vivimos un perodo de transición. Quiero ser optimista. Me parece que muchos músicos se tienen que dar cuenta de que las discográficas no existen más. Hay que generar nuevas formas de autogestión.
W: –El poder lo tenemos los músicos. Somos los que hacemos las canciones, quienes las tocamos, generamos opinión y también bajamos línea. Tenemos que aprender a manejar eso mucho mejor. Por mi parte soy optimista porque sé que vamos a trabajar cada vez más para hacer mejores discos y mejores shows. Quizás tengamos que aceptar que somos un país donde el rock cada vez funciona menos. Que la cumbia, el reggaeton, la electrónica ganaron su espacio. Pero a nosotros no nos van a parar.
S.R.: –Es el tiempo de la autogestión e Internet. Pero hay que tener talento. Si no, no pasa nada. Muchas bandas –la mayoría– deberían pasar más tiempo en el garaje y menos haciendo flyers para Facebook.
D.M.: –Hay que desarrollar más la imaginación. ¿Por qué tengo que tener una discográfica si el CD ya no es lo importante? Hay que buscar nuevas asociaciones. La iniciativa siempre tiene que estar del lado de los músicos.

Fuente: Miradas al Sur

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