martes, 9 de octubre de 2012

" ES FUNDAMENTAL CONSTRUIR UN SENTIDO PARA LOS JOVENES"

Por Robustiano Pinedo

Son unas pocas cuadras desde la avenida y de pronto la ciudad se esfuma. El padre Juan dobla por un pasillo, después por otro y así nomás llega al corazón de la Villa 21-24 y Zavaleta, en un difuso límite entre los barrios porteños de Barracas, Pompeya y Parque Patricios.
 
El auto no es chico, pero con Juan al volante, parece un karting de competición. Lleva estampada una Virgen que tapa gran parte del parabrisas. Como los vehículos de la Cruz Roja en zonas de conflicto, el sacerdote avanza con luz verde entre el laberinto de la villa, donde no son muchos los que andan. “Acá paran los santiagueños”, dice y contesta el saludo de un paisano. Un poco más adelante, un grupo de pibes juntados alrededor de una cerveza le devuelven una mirada y un leve movimiento de cabeza. “¿Vas a bajar con esa cámara? Mejor sacá rápido las fotos y guardala”, advierte.
El salteño es uno de los cuatro curas de las dos parroquias y 11 capillas que hay en la villa. Ahí viven 40.000 personas en 70 hectáreas,la mayoría de ellas de Paraguay. Hace unos meses dejó ese lugar, amenazado por las mafias de la droga, José María Di Paola, mejor conocido como el “padre Pepe”. Entre esas paredes se escucha la voz poderosa de Juan Isasmendi, el cura gaucho que forma parte de un movimiento que le devolvió la esperanza a un pueblo y a cientos de chicos arrastrados por la marginalidad al abismo de la muerte. El padre Juan, uno de los hacedores de ese milagro, dice lo suyo.
Para muchos, el padre Pepe es una leyenda viviente. Después de 13 años dejó su obra para empezar otra, en Santiago del Estero. Tuvo que hacer lo, para evitar más muertes, porque las mafias se habían llevado la vida de chicos que querían recuperarse. “El problema no es la villa, sino el narco tráfico”, había dicho. También de unció, que ahí, la droga está despenalizada de hecho. Fue el cura que tuvo más repercusión mediática en los últimos años. No perdió ninguna oportunidad para remarcar que la gente humilde es víctima de esta situación y no parte y tampoco perdió ocasión para decir que ahí viven personas honradas, que sufren más que nadie lo que pasa. Esa es la posta que heredaron Juan Isasmendi y sus compañeros, que en boca del arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio: “Son un lujo que pocas comunidades tienen, los curas que deja el padre Pepe”.
Pero la historia de fe y de amor al prójimo, que ese encarna en el cuerpo grandulón de Isasmendi, nació hace 31 años en Salta. Todos los domingos se sentaba con su familia en la catedral para presenciar la misa de 12, bajo la atenta mirada del Señor y la Virgen del Milagro. “A ellos les debo mi vocación y a Salta todo lo que soy. A ese recuerdo de fe, con mis padres, mis hermanos, justo debajo del camarín de la Virgen. Después el almuerzo, donde compartíamos todos juntos”. Así recuerda el hombre de sonrisa amplia, casi inigualable, que ni su espesa barba puede ocultar. “Desde los 14 años fui conquistado por esa idea hermosa, que es dar la vida por otros, y que se ve viva en el Señor del Milagro”, agrega. En 2003 dejó el seminario por un año y se fue a los cerros, a buscar dentro suyo la señal que fundaría su decisión definitiva hacia la vida de sacerdocio. “Me fui con el padre Chifri, como le dicen a Sigfrido Maximiliano Moroder, y me sugirió que hiciera la peregrinación hasta el Señor y la Virgen desde San Antonio de los Cobres”. En esos días de frío, cansancio, marcha y fe nació el compromiso y asomó su impronta misionera.
Años después partió por tres meses a la tierra africana de Mozambique,a trabajar en la revolucionaria obra del sacerdote argentino Ignacio Copello.
“Eso representó en mi una experiencia fundante”, dice.
El padre Juan dice que “hay que llegar al corazón de los pibes antes de que llegue la droga y la violencia”
Un pequeño altar con una estampita de la Virgen del Cerro protege las almas de quienes murieron en la lucha del paco
A su vuelta, antes de ordenarse de diácono en 2007, conoció a Bergoglio y este le pidió que acompañara al padre Pepe en la parroquia de la Virgen de los Milagros de Caacupé, en la villa. “Me quedé helado. Yo había pedido en dos oportunidades, durante el seminario, ser destinado a ese lugar”, confiesa. El 9 de marzo de 2008 se ordenó de cura y el 10 se instaló en la villa, hasta el día de hoy.
“La comunidad volvió a tener sueños, después de tantos años volvió la esperanza”, cuenta Juan. Pero el milagro no vino solo, sino que fue forjado con obras, con coraje y mucho trabajo silencioso. La parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé es el centro de operaciones de los curas villeros, que montaron un pequeño Estado paralelo. Ahí mismo funciona el único colegio secundario que hay en todo el país en una villa de emergencia y hasta tienen una oficina de la justicia federal. Tienen comedores; una murga; una maratón; un movimiento de prevención formado con 1000 exploradores; un taller de oficios; un centro de rehabilitación de adictos y un hogar que rescata niños en situación de calle. “Donde va la Virgen, va la Iglesia; y la Virgen que trajo Pepe hace milagros. La Virgen cambia las vidas. Trajo la paz y la unidad al barrio”, cuenta. El padre Juan está abocado, principalmente, al ejército de exploradores y al Hogar de Cristo, un programa de recuperación de la adicción a las drogas. El paco, que hoy aniquila el futuro de miles de salteños, comenzó primero en las villas de los grandes centros urbanos de Buenos Aires. Ante esta realidad y la falta de herramientas de prevención por parte del Estado, los curas crearon el movimiento Exploradores de Caacupé. “Tenemos 150 líderes positivos que, en vez de decirte que la droga es lo mejor, te hablan de una vida que vale la pena vivir. Más de mil pibes están en esta escuela de vida que, una vez al año, los lleva a un campamento de lujo en algún lugar precioso de la Argentina. Es fundamental construir un sentido para los jóvenes, porque hoy no lo tienen”, dice.
Cerca de 300 chicos pasaron por el programa de recuperación de los curas villeros. En el Hogar hay un pequeño altar con una imagen de Cristo en la cruz y una estampita de la Virgen del Cerro de Salta. Protegen las almas de las seis personas que murieron en ese duro camino y que están inmortalizadas con sus fotos. A unos pasos de ahí suenan los ecos de un picadito de fútbol. Tres hermanitos pelotean con su tutor, un adicto en recuperación, igual que ellos. En una de las paredes de la cancha está estampada, para siempre, aquella pascua histórica para el barrio. El dibujo muestra la visita del cardenal Bergoglio lavando los pies de los adictos.
Hace 16 años que vive en Buenos Aires y visita Salta dos veces al año ¿Qué pasa por su cabeza en esos viajes?
Hace bien volver. Extraño el sentido familiar de la vida en Salta. La revivo cotidianamente en la villa, que es una gran familia. Extraño la fe popular de mi pueblo, que acá también se vive mucho, pero en la Capital no abunda y en Salta eso vibra.
¿Qué significa para esta comunidad el padre Pepe?
El padre Pepe llegó acá en el 97.La gente lo quiere mucho, porque cuando él vino, había un barrio desunido y cargado de delincuencia, de luchas internas entre bandas. Pepe fue un sembrador de la paz, un elegido por Dios. El corazón de la fe está en la Virgen: es muy fuerte la devoción popular en toda América Latina. Por eso, su gran intuición fue traer la réplica de la Virgen de Caacupé, porque la mayoría de los pobladores son de Paraguay. Esa imagen es para los paraguayos, lo que para los argentinos es la Virgen de Luján. Mandó a un grupo de la comunidad a buscarla a Paraguay y el resto la recibió en la Catedral de Buenos Aires. Desde entonces, Bergoglio la llevó a la villa en procesión y quedó grabado ese día histórico en el corazón del pueblo. Por eso todos los años, la última semana de agosto, tenemos nuestra gran fiesta popular: celebramos en esa fecha el cumpleaños de la Virgen, el recuerdo de su llegada. En el último aniversario corrieron la Maratón de la Paz más de 2.500 pibes, como ofrenda a la Virgen, para que lleve paz al barrio.
¿Qué pasó con la llegada de la Virgen?
Empezó a haber sueños, esperanza, alegría. Los cambios fueron paulatinos, pero muy profundos. Dejó de haber tantas bandas. La gente se empezó a animar a acercarse a la parroquia, que había sido copada como lugar de reunión de unos “transas”. Pero al verlo a Pepe rezar todas las tardes frente a la imagen, se construyó una mística que la gente acompañó y se recuperó el territorio.
Además construyó las capillas en las barriadas para que la gente pudiera rezar sin tener que llegarse hasta la parroquia. Empezó a haber paz y unidad, un sentido de comunidad olvidado. La Virgen refundó la iglesia. Así nació el grupo de hombres y el grupo de misioneras. Con los hombres se construyó, por ejemplo, la granja de rehabilitación, ladrillo por ladrillo, y las mujeres son las que nos conectan con los problemas de la comunidad: quién está enfermo o necesita ayuda. Con esa columna vertebral de padres y madres comprometidos con la parroquia y con el barrio, nacieron los exploradores. El padre Pepe veía que venían muchos jóvenes de afuera a ayudar y él pensó que a ese trabajo lo podían hacer los pibes del barrio, que también tenían mucho para dar. Ese movimiento tiene sus fundamentos en la obra de Don Bosco; él nos enseñó que hay que llegar al corazón de los pibes antes de que llegue la droga y la violencia. Es un bien inmedible, que dio lugar al surgimiento de líderes positivos que trasmiten la posta y devuelven lo que aprendieron. Trasmiten que hay una vida que vale la pena ser vivida; se puede vivir de otra manera; tenés libertad para decir que no, porque la adicción te esclaviza mucho.
¿Cómo es la vida de los jóvenes en el barrio?
Todo esto que te cuento, es lo que permite que el Bien crezca, porque el Mal acá no tenía competencia. No había ningún camino que les permitiera a los chicos elegir el Bien. El drama de nuestra sociedad y nuestros jóvenes es la marginalidad, ese mal espiritual y social que se come a la gente. Las personas humildes tienen una dignidad gigante: es asombroso. Pero esos pibes que, en el mejor de los casos, terminan la secundaria, cuando van a buscar trabajo no se lo dan: porque vive en la casa 9, manzana 17, de la Villa 21-24. El monstruo de la marginalidad se los come; la experiencia les impide pensar en el futuro. Por eso se fundó el Centro Juvenil Padre Daniel de la Sierra: fue el misionero que puso la piedra fundacional de esta iglesia en el 76, acompañando al movimiento del padre Carlos Mujica, sacerdotes para el Tercer Mundo. Sus restos están debajo de la Virgen y la imaginación popular cuenta que frenó las topadoras cuando intentaron erradicar la villa.
¿Cómo es el trabajo de recuperación de un adicto?
Es otro tipo de trabajo. Se trata de un pibe que ya está lastimado; de una historia muy herida, donde la marginalidad está muy metida. Por eso pusimos el secundario, para no llegar a ese punto. Nosotros creemos que hay que escuchar a la gente humilde, en vez de decirle lo que tiene que hacer. La recuperación es un camino de toda la vida. Eso lo sabemos y es importante, porque muchos recaen en la droga, pero siguen en el camino de la recuperación. Nuestro programa los va a acompañar. Nosotros vivimos acá, no es chamullo y ellos lo saben. Nos ven viviendo con ellos, hombro a hombro. Es una enfermedad espiritual. La comunidad médica, generalizando, toma a un pibe y al año lo libera, pero el camino sigue, porque en el fondo es el camino existencial, que busca darle sentido a la vida. El programa de recuperación es de una Iglesia que te va a acompañar hasta la muerte; pase lo que pase; esté quien esté.
Es fundamental volver a construir sentido. Un pibe que está en exploradores tiene a alguien que le dice que se puede, mientras que la marginalidad te dice que no se puede, que te rindas. La voz que te ayuda a construir sentido te dice que vos podés, que Dios te quiere y te quiere por lo que sos; cuando te equivocás y cuando acertás; cuando te vas y cuando volvés; Dios te quiere siempre. Pero para decir eso tenés que vivir con ellos, porque acá vienen fundaciones y agrupaciones, pero todos se van.
Dejame que te diga que esto es, para nosotros, un privilegio. Ser sacerdote en esta villa es un privilegio porque la gente te enseña a vivir.
¿Cuál fue el momento más duro?
Cuando Pepe sufrió las amenazas. Fue el momento más difícil. Pero nunca tuve un problema grave o personal. La gente respeta mucho al sacerdocio. Solo fueron unas denuncias anónimas e injustificadas, pero gracias a Dios nunca pasó a mayores.
¿Una anécdota?
Me acuerdo de un chico que estaba al borde de la muerte. En sus 12 años había pasado por todas las instituciones y se había escapado de todas. Su adicción le produjo epilepsia y llegó a tener tres ataques al corazón en un solo día.
Los médicos decían que no se podía hacer nada. Conseguimos, de todas formas, que lo internaran y el día que eso pasó me fui a verlo de inmediato. Estaba atado en una cama, totalmente dopado y, cuando le agarré la mano, se sorprendió de verme y me prometió que iba a salir adelante, con la condición de que no le soltara la mano. Ahora está luchándola en una comunidad terapéutica.
Cuando encontramos a su madre, ella me dijo que pensó que venía a buscar a su hijo muerto y ahora lo ve peleando por la vida. Dios no da por destruida la vida de nadie, nunca. Eso me da un sentido de esperanza.
 
Fuente: El Tribuno

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