martes, 9 de octubre de 2012

LA GRANJA DE LOS PRODUCTORES LIBERADOS

Por Ezequiel Arauz

En Florencio Varela, militantes de la Pastoral Social quilmeña y ex presidiarios impulsan un novedoso espacio que cría animales para comercializarlos y así facilitar la reinserción de quienes acaban de salir de la prisión.
      
La granja queda en La Capilla, una localidad donde el conurbano se vuelve rural y la lluvia convierte en barriales los caminos que unen las rutas. Son seis hectáreas que pertenecen al obispado de Quilmes y, originalmente, el lugar tenía como fin ser un recreo para los estudiantes de escuelas católicas de los distritos cercanos. Sin embargo, ese objetivo nunca se logró.
Hace cinco años, integrantes del equipo de la Pastoral Social de la Diócesis quilmeña, encabezados por Pablo Reynoso, coincidieron con Luis Rodríguez, quien ya había ensayado en otra zona de la provincia, proyectos vinculados a personas que reinciden penalmente, algo que él mismo había sufrido. “En total, saliendo y volviendo a entrar sumo más de 30 años preso”, afirma Luis a Miradas al Sur.
Luego de meses de insistencia, la escuela que administraba los terrenos se retiró y pudieron iniciar el trabajo, bajo el nombre de Cooperativa de Trabajo San Isidro Labrador. La idea era utilizar la tierra para producir y, a la vez, brindarles a quienes salen de la cárcel una posibilidad distinta en la transición que va de estar encerrado a interactuar con la sociedad. “La cárcel te rompe, te hace pelota como ser humano”, explica Rodríguez. Si bien en San Isidro Labrador la producción está básicamente dedicada a la cría de chanchos y caballos, a toda esa franja que se extiende desde el sur de Florencio Varela hasta las afueras de La Plata se la conoce como “zona de quinteros”. Son tierras dedicadas casi exclusivamente a la producción frutihortícola llevada adelante por una nutrida comunidad de bolivianos que vive en la zona. Hay unas diez chanchas que tienen entre nueve y diez cochinillos cada tres meses, tres semanas y tres días distribuidos en tres potreros sobre los que van rotando y renovando pasturas. Son las figuras de relieve de un plantel que integran un total aproximado de 150 animales, entre cerdos, caballos y perros. Cada capón, que se comercializa como bondiola o pechito de cerdo en las carnicerías da 80 kilos de carne. “Es más rica que la de vaca”, advierte Pablo y agrega que cuando puedan triplicar la cantidad de cerdos en condiciones de parir, tendrán la suficiente carne disponible para abastecer el nivel de demanda que actualmente reciben.
   
De las rejas a la granja. La relación cotidiana con los internos del penal la lleva adelante Luis. La cárcel de Varela es un complejo penitenciario integrado por seis unidades. Allí habitan esperando o cumpliendo condena 4.800 presos. El ex convicto organiza grupos de trabajo y cooperativas dentro de los pabellones, por ejemplo, para la realización de artesanías destinadas a su comercialización en ferias del exterior del penal. En la cárcel, Luis aprovecha para convocar a quienes puedan sumarse al proyecto como una posibilidad a la hora de salir. De su largo paso por celdas de la provincia y el país, le quedan viejas relaciones que facilitan que el rumor sobre lo que hace en la granja circule con frecuencia en la cárcel de Varela. “Hay como un mandato social, muy impuesto por los medios de comunicación, que dice que ‘los presos se pudran en la cárcel’ –reflexiona Reynoso– pero la verdad es que no se pudren, la mayoría sobrevive y sale con más resentimiento y violencia.” Repasando los años de encierro, Rodríguez asegura que “es la falta de trabajo y de oficios lo que hace que los jóvenes pobres salgan a robar y que reincidan. Si salís de la cárcel y no aprendiste otra cosa, lo más probable es que vuelvas a caer en la misma”, explica.
 
Los ojos de la tumba. Esa salida “alternativa y solidaria” que la granja ofrece a los presos no es bien vista por el Servicio Penitenciario Bonaerense. “No les gusta nada que organice a los presos por fuera de lo que ellos utilizan para controlar los pabellones y regular lo que pasa adentro”, explica Reynoso. Desde la cooperativa, y a través de un proyecto del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación se impulsaron tres cursos: herrería; jardinería y control de plagas; y albañilería. El primero en la granja y los dos restantes dentro del penal. “Los abogados les sacan entre cinco y ocho lucas a las madres de los pibes que van en cana por primera vez”, cuenta Rodríguez en la Granja San Isidro Labrador, lugar al que suelen concurrir las familias para buscar asesoramiento legal. Sin embargo, y pese a un intento que incluyó diálogos con Ricardo Casal, ministro de Seguridad y Justicia de la Provincia de Buenos Aires y vecino de Florencio Varela, el proyecto no logró aceptación institucional. De todos modos, con inocultable orgullo recuerdan que uno de los reclusos, de nombre Fernando, ya sobre el fin del cumplimiento de la condena –y tras un arduo trámite judicial y guardia armada mediante– logró que la Justicia habilite la granja como lugar de visitas. Además de Reynoso y Rodríguez, el trabajo se sostiene con un equipo que integran otras dos personas más que están desde el inicio, a las que se suman tres o cuatro que colaboran cotidianamente. Todos tienen trabajos más o menos formales fuera de la granja. A ellos se agregan los que “pasan, arman su vida en otro lado y después vuelven. Siempre hay trabajo por hacer, sea para alimentar y cuidar a los animales o para mantener la infraestructura”, relata Pablo. Reynoso asegura que tienen una buena relación con la gestión municipal y a la hora de mencionar quienes dan una mano desde adentro de la estructura eclesial menciona al cura Enio Cargniello y a Miguel Hrymacz, vicario del obispado de Quilmes. Interesado en despejar dudas, Reynoso aclara que el alcance de la iniciativa no termina en quienes fueron privados de su libertad. Se trata de una “experiencia de trabajo”, dice. “Esta no es la casa del preso que cambió la nueve por el rastrillo”, bromea y agrega: “Uno de los peores daños que provocó la década del ’90 es que la gente dejó de creer en el laburo. Aquí los pibes crecieron viendo al papá sentado mirando la tele porque lo echaron. El desafío es volver a creer que trabajando se puede vivir dignamente, morfar y ser feliz. Hay que ocuparla para vivir, porque sino te la ocupan los sojeros y los inversores. Queremos más tierra, para generar más trabajo”.
 
Fuente: Miradas al Sur

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