miércoles, 31 de octubre de 2012

LA ESTETICA DE LO FEO

Tendencias. La insólita reivindicación de los ’80. Moda espantosa, peinados vergonzantes y cultura light son algunos de los valores de la década elegida por los Graduados. La contracara menos feliz.
 
Por Florencia Canale
 
La década del ’80 siempre es señalada como el desembarco de la democracia, el Parakultural, la insolencia del rock nacional y la reapertura de la Universidad de Buenos Aires, entre otros hitos importantes de la realidad argentina. Los vientos de libertad luego de la dictadura; Batato Barea, Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, y las Gambas al Ajillo; Serú Girán, Los Redondos y Cemento. La intelligentzia de la industria cultural nunca tan bien representada.
Sin embargo, la segunda mitad de aquel decenio también gustó de ostentar iconos de dudoso gusto y valor, sólo por hacer uso de la discreción. Y es allí donde quedó instalado el programa más visto de la televisión local en lo que va del 2012, Graduados. El selecto grupo de ex alumnos que se reencuentra y genera la acción de la sitcom nacional, está sostenido por una estética ochentista que es celebrada por el encendido y comprobada día a día ante los números. Tal es el éxito acaparado, que el programa lanzó la música y llegó a Disco de Oro. Y no satisfechos, editan “los mejores lentos” de la década del ’80, en un segundo volumen. Semejante afirmación sólo provoca dudas.

La peor moda, el maquillaje del espanto, los peinados más aterradores, los cantantes más soporíferos. Es decir, el planteo estético dominante era algo del orden del rechazo. Sólo para enumerar el sinfín del horror, bien vale la pena hacer un viaje a esa década. Los jeans nevados como premisa. Pero no solamente el color de la trama provocaba daño ocular. Ese denim con lamparones devenía en los famosos baggy, que lo único que lograban era que hasta el cuerpo más perfecto se transformara en deforme. Ni que hablar del bien ponderado neón devenido en flúo y hoy reconstruido en flúor (a pesar de ser este un gas altamente reactivo y que en contacto con la piel puede causar quemaduras graves). Las mujeres de estas latitudes –y las otras– elegían fucsias, amarillos limón, verdes del dolor y anaranjados asesinos para vestir sus osamentas. Vincha –nunca tan multiplicada y en franca reconstrucción del hippismo denostado–, aros gigantes, muñequeras, remeras con hombro al aire, calzas de tiro más que alto, y seguimos sumando. Y a todo el cúmulo de desmesuras se le agregan las brillantinas, purpurinas y estrellitas que decoraban los rostros por demás pintados. Más que maquillaje, las muchachas parecían hacer uso del fratacho sobre los ojos y bocas. En vez de realzar la belleza, agregaban años a su reloj biológico.

Los varones también tenían lo suyo. Las melenas al viento de rulos desteñidos y los sacos con hombreras desmedidas que los transformaban en caricaturas de ellos mismos son algunas de las tendencias adoradas.

Los líderes a los que se les rendía pleitesía llegaban desde el hemisferio norte. Madonna con otra cara –las cirugías e intervenciones no fueron lo único que cambiaron sus rasgos– y pelucón, provocaba al consumo desaforado con su “Material Girl”. Otro ejemplo es la diva absoluta Joan Collins. Su actuación sublime en la serie kitsch de la época, Dinastía, lograba que el encendido nocturno fuera arrasador. No importaba su ropa barroca pero cara, o su make-up de película muda. La industria cultural la adoró.

Los blondos de Europe imponían la permanente y el ojo delineado en el mainstream rockero light. David Bowie y Alice Cooper ya lo habían adoptado, pero ellos son palabras mayores. Una canción como “Final Countdown”, por ejemplo, provocaría arcadas a cualquier admirador de “Heroes”.

Nuestro territorio también tuvo lo suyo. Las Viudas de Roque Enroll y Los Twist hicieron uso de esta estética ruidosa. Y ni qué hablar de las bandas femeninas, Las Primas y Los Ángeles de Smith, que sacudían sus cuerpos envueltos en ochentismo, al son del ritmo cuadrado.

A principios del siglo XX, el Formalismo Ruso inauguró, entre otras cosas, la discusión entre forma y fondo de la obra literaria. Pasaron casi cien años de ese movimiento intelectual y el resultado parece ser el mismo. El contenido de semejantes formatos es más que elocuente. Sobre todo, si se observa dónde desembocó esta estética: los noventa inauguraban el epítome de la ausencia del gusto ante la desmesura de los estímulos.
 
Fuente: Revista Veintitres

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