domingo, 14 de octubre de 2012

SEGUIR VIVIENDO SIN TU AMOR

Luis Alberto Spinetta. Más allá del dolor y la ausencia imposibles de eludir, deja cuarenta años de música y un refugio de creatividad y ensueño al alcance de todos. También un ejemplo de compromiso artístico, sensibilidad y búsqueda.
       
Por Sebastián Feijoo
 
Este no es un obituario. El miércoles pasado murió Luis Alberto Spinetta y dejó un agujero enorme en millones de argentinos. La grave enfermedad que el propio Spinetta había confirmado en diciembre –obligado por la infidencia de un diario– auguraba un escenario muy difícil. Pero no por imaginable este abrupto final resultó menos doloroso. La necesidad de abrazarse a la esperanza de un milagro se diluyó en segundos y dio lugar a un abismo en el que todavía se hace demasiado difícil hacer pie. En las últimas horas se sucedieron diversas crónicas, homenajes, tributos y pompas. La muerte de una figura relevante genera angustia, dolor y casi siempre ponderaciones. Pero la emoción y respeto que despertó la partida del Flaco puso en evidencia la potencia de una obra que en rigor pocas veces fue central en términos de exposición mediática y/o de mercado, y sin embargo tiene una estatura y luminosidad capaces de generar toda esta conmoción.
Existen muchos Spinettas. Quizás tantos como oyentes. Su universo es tan rico que permite múltiples lecturas. El de Almendra, el de Pescado Rabioso, el de Invisible, el de Jade, el de Los Socios del Desierto, el solista. Y dentro de esos proyectos existen múltiples facetas. La de cantante, la de guitarrista, la de letrista, la de compositor, la de arreglador. Cada quién tendrá su favorita. El hilo conductor de todas esas aventuras fue la búsqueda incondicional. El compromiso y respeto por su propia obra. Cada disco de Spinetta, no importa el proyecto, quiénes lo acompañaran, ni el momento de su vida, se trataba de una obra de autor cuidada al detalle. Cada palabra, cada composición, cada idea y hasta el arte de tapa eran objeto de minuciosos análisis y rectificaciones. Más allá de gustos y/o lecturas, en la obra de Spinetta no se ven disfraces. Si David Bowie necesitó travestirse de diversos personajes –en formas más o menos manifiestas– para sorprender y sorprenderse a sí mismo, Spinetta lo hizo sin dejar de ser él mismo ni un sólo segundo de su vida.
En algún sentido, la obra del Flaco se clausura en sí misma. Como la de Frank Zappa, a pesar de que diseñaron universos estéticos casi antagónicos. Su faro es tan poderoso y personal que fulmina. Pueden detectarse pinceladas de su influencia en algunos compositores. Pero seguir su huella al pie de la letra sólo conduciría a un callejón sin salida. Si surgiera un compositor que utilizara metáforas siderales, melodías complejas articuladas a través de decenas de acordes y una voz nasal, seguramente quedaría más cerca de Luis Almirante Brown –el genial personaje de Peter Capusotto que funcionaba como un puente entre un Spinetta grotesco y un Sofovich musical– que en el propio Flaco. Sin embargo, existe y ojalá se extienda una influencia mucho más sutil y valiosa. Acaso la mejor herencia del Flaco sea su convicción, su capacidad para reinventarse casi permanentemente, su militancia para permanecer por fuera de modas y tendencias. Muchas veces se lo comparó con John Lennon por su talento y creatividad. Quizás la figura de Peter Hammill –tan poético, más desafiante y menos central en el canon que Lennon– sea otra referencia atendible para comprender las particularidades de su mirada.
Mencionar algunas de sus canciones es otra de esas misiones imposibles que impone el periodismo. “Plegaria para un niño dormido”, “Credulidad”, “Cantata de puentes amarillos”, “Durazno sangrando”, “Los libros de la buena memoria”, “Barro tal vez”, “Alma de diamante”, “No te alejes tanto de mí”, “La bengala perdida”, “Fina ropa Blanca”, “Seguir viviendo sin tu amor”, “Tu nombre sobre mi nombre”, “Jardín de gente”, “Ekathe I” y “BolsoDios”. La lista puede ser interminable. Pero la mejor forma de abordar la obra de Spinetta es escuchando sus discos completos porque así fueron pensados y desarrollados. Entonces cómo no zambullirse en la belleza iniciática de Almendra (1969); el nervio y la riqueza de Pescado Rabioso 2(1973); el vuelo de El jardín de los presentes (Invisible, 1976); Artaud (1973), quizás el mejor álbum de la historia del rock argentino; Kamikaze (1982), un unplugged conmovedor antes de que se inventaran los unplugged; Bajo Belgrano (Jade, 1983), musicalidad y canciones para la era del jazz rock; la indómita luz de Téster de violencia (1988); la belleza inquieta de Los ojos (1999), cuando Los Socios del Desierto abandonaban la distorsión; y Pan (2006), su anteúltimo disco de estudio, composiciones exactas que sonaban a Spinetta sin dejar de ser actuales. La lista es tan parcial como, ante todo, incompleta.
Sus letras constituían una búsqueda apasionada de belleza, donde las metáforas cobraban gran protagonismo y muchas veces se transformaban en poesía. En su obra también dejó constancia de su enamoramiento por autores como Castaneda y Artaud. En ese sentido también le abrió puertas a muchos de sus fans. “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir/que todo tiempo por pasado fue mejor
mañana es mejor/… y te amo tanto que no puedo despertarme sin amar/y te amo tanto que no puedo despertarme sin amar”, cantaba en la inolvidable “Cantata de puentes amarillos”. El texto estaba inspirado en las cartas entre Vincet Van Gogh y su hermano Theo, y al mismo tiempo encarnaba algunas de las obsesiones spinetteanas. Está claro que es imposible que mañana siempre sea mejor. Pero creerlo, cantarlo e intentarlo puede ser el mejor de los combustibles.
Spinetta no fue un extraterrestre. Lo apasionaba escuchar música, descubrir nuevas propuestas y tenía una sensibilidad amplia que le permitía disfrutar estéticas muy diferentes. Lo influenciaron desde los Beatles hasta Ástor Piazzolla, pasando por Led Zeppelin, John McLaughlin, Gino Vanelli y Björk, entre muchos otros. Pero nunca los tomó como moldes. Esa información pasaba por un filtro tan distintivo que concluía en expresiones personalísimas. Spinetta fue un ser humano. Y es valioso subrayarlo en estos tiempos de gran emoción porque nunca resulta conveniente encerrar a alguien en el mármol. Tenía contradicciones como todos. Él mismo reconoció que algunas composiciones de su juventud dejaban a la mujer en un rol de inferioridad, no faltaban quienes criticaban su técnica o simplemente no les gustaba su timbre vocal y su poesía arbolar que muchas veces parecía alejarse demasiado del tronco. Incluso más de una vez fue intolerante con notas periodísticas muy positivas. Pero justamente esa dimensión humana permite comprender mejor la potencia de su obra.
El fundador de Almendra buscaba crecer y no apostaba a la inspiración como un duende mágico que todo lo resuelve. Creía en el trabajo, en enriquecerse con el talento de colegas –gran parte de los mejores músicos de la argentina tocaron con él, como los grandes actores buscan trabajar con Woody Allen–. Alguna vez Walter Malosetti –el mítico guitarrista de jazz local– contó que el Flaco le había agradecido por todos los acordes que aprendió de uno de sus libros. Incluso estudió canto con Graciela Cosceri cuando ya era una figura intocable del rock nacional y en su lugar la enorme mayoría de sus colegas no se hubiera preocupado al respecto. Su crecimiento en esa faceta fue notable, sin perder personalidad. El virtuoso guitarrista Tomás Gubitsch, quien pudo darse el enorme lujo de tocar con El Flaco en Invisible y después con Ástor Piazzolla en su octeto electrónico, señaló que los dos son músicos enormes, pero Spinetta le generaba más admiración porque Piazzolla era el resultado de una tradición muy rica a la cual supo incorporarle elementos propios, pero el recorrido del Flaco como compositor tenía orígenes enigmáticos y desarrollos todavía más personales.
Sin saberlo, el 4 de diciembre de 2009 Spinetta se regaló y nos regaló la noche perfecta. En la cancha de Vélez, festejó sus 60 años de edad y 40 del primer disco de Almendra. Aquella noche reunió a sus bandas eternas. Almendra, Pescado Rabioso, Invisible, Jade, Los Socios del Desierto volvieron a la vida en reencuentros que no apelaron a la nostalgia, sino que reivindicaron su vigencia. El Flaco siempre había sido reacio a revisitar su pasado, pero ante lo excepcional de la ocasión lo hizo y disfrutó como nunca, al igual que todos los músicos que pasaron por el escenario. Más de 40 mil fans fueron testigos de un show que duró cinco horas y media, donde también hubo lugar para la última banda de Spinetta, invitados varios y diversos homenajes al rock nacional. Fue un triunfo para Spinetta, pero también para toda la música argentina que circula por fuera de los sponsors y la difusión paga.
Este no es un obituario. Luis Alberto Spinetta murió el 8 de febrero de 2012. En cuatro décadas de discos, música, palabras, ideas y compromiso, construyó un refugio único de imaginación, sensibilidad y encuentro para millones de argentinos. También funcionó como un antídoto contra –casi– todos los males de este mundo. Nos queda su inmensa obra para disfrutar, compartir y redescubrir –siempre es posible encontrarle nuevos matices a lo conocido y encontrar material pasado por alto–. Es su aporte invalorable al rock argentino y a la cultura de nuestro país. Acaso otra forma de homenajearlo sea dándole más espacio a los músicos comprometidos que ignoran las tendencias y los mercados. Se fue el Flaco. Necesitamos dos, tres, muchos Spinetta.
 
Pedro Aznar
Mientras me duele el pecho te imagino en viaje por inmensidades más vastas que las del Capitán, pero a diferencia de él sé que tendrás todos los tangos silbados al oído y nunca faltará un mate ni perfume a malvones. En todos nosotros se queda un pedacito tuyo, serás inspiración multiplicada por millares a lo largo de los años y lo ancho de las geografías.
Ariel Minimal
Cuando era chico, mis primos más grandes, los que tenían pelo largo, escuchaban en el tocadiscos a Invisible. Tenían pegado en la pared una especie de cómic que había aparecido en la Expreso Imaginario hecho sobre la letra del Capitán Beto... desde esos días y hasta hoy, el nombre de Luis Alberto Spinetta funcionó como una contraseña para ingresar a un mundo mejor.
Jorge Drexler
Hoy quedamos un poco más solos, nuestro admirado maestro Spinetta fue a mojarse los pies a la luna. Gracias Flaco por tantas y tantas cosas. Gracias Flaco por todos esos acordes y todas esas metáforas a las que nunca nos hubiéramos atrevido sin tu guía.
El Flaco siempre escribió en el cielo.
León Gieco
Se va a compensar esta tristeza con la magnitud de la obra de Luis, que ahora va a ser reconocida. Hoy me di cuenta de la dimensión que va
a alcanzar esta persona increíble. Fue uno de los primeros tipos que nos metió a todos en esta hermosa historia dela música.

Fuente: Miradas al Sur

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