lunes, 29 de octubre de 2012

VOLUNTAD DE SABER

Darío Sztajnszrajber: El poder, el perdón, el bien, el tiempo, el alma. Temas universales que la filosofía tradicional y los saberes instituidos confinaron al claustro. Algo de todo eso está cambiando, al menos en la TV pública argentina. En Canal Encuentro, el filósofo y docente conduce Mentira la verdad, un programa que transmite a los más jóvenes, a través de un lenguaje accesible, el placer de ejercitar el pensamiento.
 

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Por Emanuel Respighi
 
La televisión argentina tiene sus grietas, resquicios por los que se cuelan ciclos, ideas o temáticas que la lógica comercial que moviliza a la pantalla chica jamás aceptaría contener. Canal Encuentro es una de esas hendiduras por donde otra televisión se vuelve posible, a la vez que entretenida. En esa pantalla, perteneciente al Ministerio de Educación de la Nación, existe un programa de filosofía que no habla de filosofía. O, en todo caso, que no aborda esa ciencia tal cual se la tiene incorporada absurdamente desde el sistema educativo. Mentira la verdad, el programa que conduce Darío Sztajnszrajber (o el filósofo de barba de apellido impronunciable), es la más avanzada propuesta en el proceso de apertura televisiva comenzado hace algunos años. Pensado para seducir a los jóvenes desde el aspecto más básico y primario del ser humano –el pensamiento–, el programa aborda cuestiones que cruzan la existencia humana desde un lenguaje coloquial y cotidiano que clarifica los conceptos más complejos y los pone al alcance de todos.
Con motivo del comienzo de la segunda temporada de Mentira la verdad (mañana a las 20, por Encuentro), Página/12 conversó con el filósofo de Flacso y de la UBA sobre el programa, la incidencia de la filosofía en la sociedad y el flamante “matrimonio” entre la TV y la ciencia. “Mentira la verdad surge como un intento de acercar la filosofía a los jóvenes en el marco de una reformulación, tanto de los saberes académicos como de la TV”, explica Sztajnszrajber. “Creemos que hay cierto aislamiento de la academia en relación con la difusión de sus contenidos y con la posibilidad de una transformación de la vida cotidiana, pero al mismo tiempo también creemos que la TV puede brindar propuestas culturales y educativas que sean, al mismo tiempo, interesantes y seductoras. En algún sentido, el programa fue una apuesta fuerte frente a ambas ‘corporaciones’. Sabíamos que para la academia podía resultar demasiado fuera de código, y para la TV podía caer en el clásico lugar de una más de las propuestas fallidas de programas culturales. La realidad, por suerte, fue otra. O también podemos pensar que en este corto tiempo hay una cierta realidad que se fue transformando”, analiza.
Sin limitar a la filosofía a Sócrates, Platón & Cía., ni atribuirles una sabiduría hegemónica, Mentira la verdad propone transmitir a los más jóvenes el placer de ejercitar el pensamiento, incentivando el cuestionamiento de absolutamente todo, hasta de aquellos aspectos de la vida cotidiana que aparecen como obvios. Así, temáticas como “la amistad”, “el amor”, “la felicidad”, “el orden”, “la identidad” o “lo humano” se abordaron en el primer año desde un lenguaje llano, con la idea de que la curiosidad de los televidentes encuentre en el programa un estímulo o un disparador que trascienda la pantalla.
“Nuestra búsqueda –detalla el filósofo– siempre estuvo ligada a la recuperación del sentido originario de la filosofía. La filosofía nació en la calle, con Sócrates dialogando con sus alumnos sobre los grandes temas existenciales y como un modo de desenmascaramiento de los poderes de turno. La especialización de la filosofía corrió de la mano del enclaustramiento de una academia que fue perdiendo su pregunta originaria. De esos diálogos socráticos al aula cuadrada con los alumnos sentados y en silencio hay una historia de pérdida. En ese sentido, en tiempos de massmediatización de la realidad, la filosofía en la TV no es sólo acceder a un canal más de comunicación, sino que es poder entramar el cuestionamiento con uno de los ejes por donde hoy se construye realidad. Si alguien ve el programa y siente que algo de su realidad cotidiana se le mueve, habremos logrado algún propósito.”
–Mentira la verdad tuvo una primera temporada que fue bien recibida. ¿Qué cambia para este segundo año saber que los televidentes ya están familiarizados con esa búsqueda?
–Si en la primera temporada apostamos a visualizar cómo la filosofía nace de las situaciones más cotidianas, en esta segunda apostaremos más al juego de espejos que puede haber entre la trama ficcional y el discurso filosófico. Tal vez no es tan lineal como los programas de la primera temporada, pero es mucho más jugada en el diálogo que se produce entre la narración de las escenas y la problematización filosófica. Por ejemplo, si el tema filosófico es “la verdad”, toda la ficción se está cuestionando en una mesa de Navidad por la entidad misma de la familia (y obviamente por Papá Noel). Creemos que, en ese sentido, pudimos avanzar un poco más en la búsqueda del formato.
–¿Qué temas van a tratar este año? ¿Cómo fue el proceso de selección?
–Vamos a continuar con el tratamiento de los grandes problemas filosóficos y existenciales, aunque en algún sentido, cada vez más los temas se nos alejan, ya que en realidad, “grandes temas” son pocos: el amor, la muerte, la felicidad, y ahí estamos hechos, ¿no? Pero siempre hay temáticas que nos alquilan el cerebro en la vida diaria y nos obligan a abrir lo que se nos presenta siempre cerrado y con opciones únicas. Por eso trabajamos temas como el poder, el perdón, el bien, el tiempo, la comunidad, el alma, el conocimiento. Obviamente, la idea siempre es partir de temas cuyos discursos estén demasiado instituidos y que a nuestro entender puedan ser deconstruidos, desmontados, mostrados desde sus potenciales perspectivas posibles. Por ejemplo, el alma que es para muchos una temática ya superada, sin embargo está más presente de lo que uno supone en nuestras cosmovisiones, en especial en el modo en que los seres humanos entendemos nuestra identidad o la concepción misma del yo como algo íntimo e interior a los cuerpos. ¿No está la idea de alma, aunque no creamos en ella, presente en nuestra concepción moderna del yo? Por eso, la selección temática siempre va en línea con el espíritu nietzscheano del programa, cuyo lema está en el subtítulo del programa: filosofía a martillazos. Y siempre abriendo perspectivas porque lo último que propondríamos (al igual que la filosofía de Nietzsche) es desmontar perspectivas para proponer otra que creamos más verdadera. Sentimos que la tarea de la filosofía es ésa: desmontar y abrir otras posibilidades. Mostrar que todo puede ser de otra manera a lo que se nos presenta como obvio y seguro.
–El programa pareciera no tener la intención de que los jóvenes conozcan el pensamiento de los grandes filósofos de la antigua Grecia. Más bien, da la sensación de que la prioridad es atraparlos desde la seducción del pensamiento aplicada a su vida cotidiana. ¿Está de acuerdo con esa mirada?
–Totalmente. No es un programa para sentarse a mirar con un cuaderno de notas en la mano. Nosotros decimos que lo que pretende es generar una “intervención filosófica”. Intervenir en la realidad cotidiana con el ánimo de desacomodarla, de pegarle un martillazo. Por eso es clave la ficción, ya que es el recurso con el cual el espectador se identifica con la situación y puede desde allí, si quiere, “empatizar” con la búsqueda de sentido. La diferencia, en todo caso, es que nuestras categorías de búsqueda provienen de la historia de la filosofía, o para decirlo de otro modo, todo esto ya fue también pensado, en su contexto, por otros. Asumir esos ejercicios de pensamiento y aplicarlos a realidades concretas no sólo es el propósito del programa, sino, para nosotros, de la filosofía misma.
–Históricamante, la filosofía estuvo limitada a la “academia”. Cualquier manifestación del pensamiento por fuera de los claustros era considerada “habladuría” o “filosofía barata”. ¿Esa discriminación sigue vigente en ciertos sectores?
–Sigue vigente en la medida en que el saber se ha ido burocratizando junto a la burocratización misma de toda la academia, que es una manifestación de las formas de ejercicio del poder en las sociedades modernas. La esencia de esta discriminación no tiene otro objetivo que la permanencia de su administrador en los lugares de decisión. La apertura de cualquier institución a su democratización genera el resquebrajamiento de los lugares de privilegio. El saber también es político y se juega mucho la definición de quienes son sus autoridades. Un juicio que enuncia la existencia de saberes mejores que otros, o más verdaderos que otros, debe antes que nada, y más en filosofía, poder fundamentar los argumentos que sostienen esos mismos criterios. O sea, primero deben justificar la naturaleza misma del juicio: toda la filosofía no se basa, a mi entender, en otra cosa que en el cuestionamiento permanente de todo criterio. No discutimos si este acto es bueno o malo, sino qué es el bien o que es el mal. Este debate está faltando a la hora de definir cuando una propuesta filosófica es auténticamente filosófica y cuándo no. Y falta porque su instalación pone en peligro la esencia misma de la autoridad de quienes endogámicamente se pretenden los dueños de la academia.
–¿Por qué el programa tiene una clara intención de hablarle a los jóvenes? ¿Acaso los considera más indefensos? ¿O, en todo caso, es un público en edad fértil para desarrollar el conocimiento?
–Es una edad donde la filosofía, bien direccionada, puede hacer estragos, en el buen sentido. Es una edad de búsqueda, de apertura, de cuestionamiento incluso generacional, donde se produce un primer quiebre interesante frente a una realidad que en la casa se presenta como modelo. Hay una necesidad de exploración de las diferencias, y en eso la filosofía puede ayudar mucho porque su espíritu es el del desacomodamiento de lo que se repite como natural y normal. La construcción del valor de la normalidad es muy fuerte a esa edad y por ello mismo también su deconstrucción. Los jóvenes no son más indefensos, sino más permeables. Todo impacta un poco más tremendamente de lo que es. Y la filosofía crea problemas donde supuestamente no los hay. Este valor de la búsqueda y la ruptura es muy propio de una juventud que quiere transformarse en sujeto. Pero transformarse en sujeto es, antes que nada, visualizar sobre todo la sujeción del sujeto, o sea, aquello que nos sujeta.
–En estos tiempos en los que el éxito se cuantifica y los valores tienen rango estético, ¿cuál cree que es el aporte que la filosofía le puede hacer a la sociedad y a los jóvenes?
–Brindar la posibilidad de desnaturalizar las verdades instituidas. Comprender que “todo puede ser de otra manera”, que nada de lo que se nos presenta como evidente escapa a la lógica de lo humano. Siempre detrás de una evidencia hay una trama, y lo más interesante es poder entramar las verdades y recuperar su condición originaria. En tiempos de tanta respuesta rápida y procesada, tal vez lo importante es recuperar la pregunta, la posibilidad de interrogar incluso y sobre todo aquello que funciona sin fisuras, o entender que la fisura es estructural, es la condición humana. Si ya de por sí nacemos para morir, creer que podemos salir de las paradojas se vuelve una utopía tan descontada que se nos va la vida buscando un sentido último sin entender que el sentido está en la búsqueda...
–Encuentro tiene una programación en la que la economía, la ciencia y la filosofía, entre otras, se abordan sin la solemnidad de antaño, con un lenguaje más coloquial y menos teórico. ¿Se está ante un cambio de paradigma en cuanto a la difusión de la ciencia?
–La propuesta de Canal Encuentro se enmarca en una revolución de paradigmas tanto televisivos como científicos. La difusión es una variable más del saber, pero tal vez la más importante. Si el saber no se hace para un otro, carece de interlocutor. Y el otro no puede ser el grupo de cinco o seis amigos que comparten los mismos códigos. Así nada cambia. El espíritu de la búsqueda del saber está en la apertura, en la diferencia. ¿Qué diferencia se genera en los discursos cerrados si justamente es el otro el que exige que uno se reinvente a sí mismo? Creemos que tanto el canal como un grupo importante de productoras independientes, como Mulata Films, productora de Mentira la verdad, se hallan embarcadas en esta apuesta por una transformación más de fondo tanto del saber como de la TV: un matrimonio donde los dos cónyuges salen reinventados.
–¿Qué les dice a los que ven en esta búsqueda una “frivolización” o “simplificación” de esas ciencias, en vez de percibirlas como la posibilidad –vía TV– de que muchos se acerquen a lugares o temáticas que les eran ajenos?
–Creo que la frivolización es unas de las formas de autoritarismo de nuestros tiempos, ya que genera una violencia en la imposibilidad de apertura de cualquier temática. Frivolizar es una política netamente conservadora que deja las cosas tal como están, ya que solo busca desplegar aquello que no ponga en peligro lo instituido. En todo caso ya es discutible la frivolización del entretenimiento, o ¿por qué al ocio hay que asociarlo con la imposibilidad de cambio? Y no se trata de tener que “pensar” todo el tiempo. Justamente la televisión aborda otras perspectivas de conexión posibles, pero si el mensaje es la detención de cualquier búsqueda, siempre gana el poder vigente. Si esto es así en el entretenimiento, en la filosofía, la religión, el arte o en la política, la frivolización se muestra sin ambigüedades como una opción conservadora.
 
Fuente: Pagina/12

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