jueves, 11 de marzo de 2010

AQUELLAS VOCES LIBERTARIAS


Por Carlos Solero


La Argentina posterior a la Batalla de Caseros fue una etapa histórica de vertiginosos cambios. Como señala con acierto José Luis Romero, esa fue una era aluvional, de transformaciones económicas, sociales políticas y culturales.

Nuestra zona no fue ajena a esas mutaciones.En pocos años, la Villa del Rosario pasó a ser escenario de manifestaciones ideológicas inéditas y de conflictos entre diversos sectores que forjarían su identidad, muchas veces contradictoria.

La llegada desde la Europa Meridional de hombres y mujeres que huían del espanto de guerras y persecuciones cambiaría para siempre la faz de estos lares, y la calma pueblerina mutaría hacia el ritmo de una urbe pujante, industriosa, a la que algunos bautizaron la “Barcelona argentina” por su peculiaridad de populosa metrópoli y la presencia de un proletariado con firmes rasgos de conciencia avanzada.

Nombres como los de Francesco Momo, Rómulo Ovidi, Juana Rouco Buela y Francisco Arana son emblemáticos de ese período singular.

El siglo XIX perecía, y el XX advenía raudamente.En el Rosario de esos tiempos, bisagra entre un siglo y otro, se escuchaban las voces de mujeres libertarias.Las oleadas de inmigrantes llegaban incesantes de ultramar con sus dialectos de otras tierras y la miseria a cuestas.

Los conventillos eran verdaderas babilonias con patio común y poblados como enjambres que constrastaban con las mansiones del Saladillo, en la zona sur, Pueblo Alberdi en el norte y el Fisher Town, en los que atildadas damas y caballeros de levita y chistera amasaban fortunas en la América. La ciudad se poblaba de talleres, tiendas, panaderías y mercados.

La urbe junto al río marrón fue abandonando su modorra de villa pueblerina y se vio agitada por debates acerca del laicismo y conflictos sociales entre encumbrados y excluídos de casi todo.

En la zona norte, cercana a las vías férreas, estaba la mítica Refinería de Azúcar y fábrica de alcoholes que hoy le ha legado su nombre popular al barrio, aunque los vecinos actuales se empecinen en llamarlo “Islas Malvinas”. Aquel establecimiento manufacturero devoraba cada día con sus fauces a las mareas humanas de proletarios que alquilaban sus brazos a cambio de magros salarios.

El esplendor de la burguesía en ascenso contrastaba de manera nítida con el hacinamiento en las piezas alquiladas. Como escribiera Armando Discépolo en Babilonia, eran “los de arriba y los abajo”.

Unos gambeteaban la pobreza, otros miraban de soslayo a “los estranjis revoltosos”: gringos, gallegos y rusos que llenaban sus bolsillos con su cotidiana labor y sacrificio.

Por esos años, un oriental que supo combatir en las lides decimonónicas de Aparicio Saravia llegaba a estas orillas: era Florencio Sánchez, dramaturgo libertario que, a la par de su tarea de analizar la realidad local como periodista en La República, escribía obras fundantes del teatro rioplatense como Barranca abajo, Canillita, M´hijo el dotor y La Gringa.

Florencio, rebelde y con causa, comprometido con los explotados, humillados y ofendidos redactó manifiestos en las heroicas huelgas obreras, y contribuyó a la formación de varias sociedades de resistencia de la Federación Obrera Regional Argentina (Fora).

Pero no sólo Florencio Sánchez transitaba las calles empedradas de Refinería. También lo hacía Enrique Nido, un pedagogo anarquista fundador de una Escuela Racionalista, basada en los métodos del catalán Ferrer i Guardia y mujeres como Virginia Bolten y María Collazo.

De ellas quedan pocos y fugaces registros, viejas fotos en tono sepia muestran sus figuras con vestimentas de recio color negro y, como fondo, una tosca pared de ladrillos.

Virginia Bolten fue oradora principal en muchos mitines en reclamo de los derechos de los trabajadores. Empuñando la bandera negra encabezó aquel acto del 1º de Mayo de 1890, junto a María Collazo y otras militantes con las que editaban el periódico de tendencia ácrata La Voz de la Mujer. Aquella publicación veía la luz en simultáneo en Rosario y Buenos Aires. En ella se exponían cuestionamientos al dogmatismo religioso, el patriarcalismo familiar y a las iniquidades generadas por el ordenamiento social capitalista. Con lenguaje claro y contundente, se proclamaba la necesidad de edificar una sociedad basada en el apoyo mutuo, la solidaridad, el respeto por todas las personas.

Rosario, llamada por algunos la Barcelona Argentina, se poblaba gracias a la pujanza de estas luchadoras y sus compañeros de bibliotecas y cuadros filodramáticos.

Los dramas de Alberto Ghiraldo e Ibsen, las novelas de Tolstoi, Zola y Anatole France, junto a los folletos de Malastesta y Pietro Gori, mostraban una senda de rendención en la solidaridad.

En el Círculo Ciencia y Progreso, el doctor F. Arana, dictaba conferencias sobre la libre sexualidad y el anarquismo. Estas veladas contaban con nutrida asistencia de obreros deseosos de elevación moral y material.

En los galpones de la periferia y los arrabales, con inspiradas coplas, los payadores daban tono criollo al sentir popular de los peones arribados al puerto. Su decir era voz insumisa de los que cargaban las mieses de un granero del mundo ubérrimo, pero para muy pocos.

Rosario fue escenario de memorables gestas populares como la huelga de inquilinos de 1907, de levantamientos que abrieron brecha para dignificación de los seres humanos.

Referencias de un tiempo que sembró una conciencia que no debería soslayarse a la hora de proyectar un futuro cimentado en la solidaridad social y la libertad con justicia.

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