miércoles, 17 de marzo de 2010

TRÁFICO Y VENTA DE BEBÉS, EL PRECIO DE PARIR EN LA EXTREMA POBREZA


Una pobreza endémica las fuerza a entregar a sus bebés. El caso de Liz se repite en un pueblo que parece sin salida.

El paisaje es tan despojado que por momentos la mirada se cansa, se harta de esa llanura que toma forma de desierto, donde el único papel que cumple el viento es revolear la tierra seca. Pinto está incrustado en esa geografía desnuda de Santiago del Estero, a la vera de la ruta 34, el único camino que le garantiza un mínimo de vitalidad. Es un pueblo de paso, donde lo único que conocen quienes deciden detenerse es el surtidor de la estación de servicio. Desde que fue fundado en 1890, su nexo histórico con el mundo exterior fue el ferrocarril Mitre, pero hace más de 15 años que esa estación es sólo parte de la melancolía de sus 4.700 habitantes, que viven atravesados por una certidumbre: la pobreza que surca la vida del 80 por ciento de los santiagueños de Pinto. La garantía para sobrevivir de forma digna la da un puesto en el Estado municipal o provincial. El resto está condenado a una pobreza sin salida, porque no hay otro modo de subsistencia que no sea por medio del dinero que se cobra de un cargo público. Sólo les queda el rebusque en el campo; pero cuando hay sequía, como ahora, el trabajo rural queda reducido a la cría de chivos o la recolección de leña, con el que pueden sumar unos pesos al plan Trabajar, cuyo padrón de beneficiarios varía según haya o no campaña electoral. Los carteles con la cara de Emilio Rached, el senador radical que cambió a último momento su voto y apoyó el proyecto oficial en la guerra gaucha, todavía resisten al viento. Rached fue intendente de este pueblo durante diez años.

Pinto empezó a sonar en Rosario esta semana porque allí vive Liz Benítez, una mujer de 30 años, la madre de Bruno Valentín, el bebé que nació en abril pasado en el Hospital Provincial y fue dado de manera irregular en adopción a una familia que habría pagado entre 35 mil y 40 mil pesos a un hombre de unos 60 años, que junto a dos hermanas de 53 y 56 años –quienes recibieron a la joven de Pinto en Rosario– están detenidos.

Liz nació en el campo, en una casucha ubicada a unos quince kilómetros del pueblo, que está al lado de una escuela rural desierta de chicos. Su padre permanece allí, acompañado de su nieto de 14 años, el hijo mayor de Liz. Ella terminó la primaria en la escuela Nº 737 Monseñor José Weismann, donde –según recuerda la vicedirectora Elsa Pacheco, quien fue la maestra de Liz– la traía todos los días su madre, que falleció hace tres años tras padecer una larga enfermedad que se trató en Rosario, adonde viajaba acompañada de su hija menor desde Pinto.

Liz recuerda que hace unos tres años conoció a un rosarino en la casa de su cuñada, Cristina Vargas. Vendía ropa por los pueblos de la zona. “No sé de dónde ella lo conocía, pero era la que tenía relación con ese señor”, dice Liz en la puerta de su casa, mientras uno de sus hijos atraviesa el patio en una bicicleta enorme. Después, ese vendedor de ropa comenzó a pasar seguido a visitar a Liz, a quien le regalaba remeras y pantalones para los chicos. La ropa le venía muy bien. El único sustento que tenía esta chica era un plan Trabajar de 150 pesos, que cobraba de forma intermitente. De vez en cuando, según cuenta, su pareja –que está desocupado y se la rebusca con changas de distinto tipo– se ausenta de la casa y ella queda con los chicos y sin dinero para comprar comida.

En una de las visitas del vendedor rosarino, después de ganarse cierta confianza de la joven, Liz escuchó una oferta puntual. “Si llegás a quedar embarazada avisame”, le dijo. Y esto ocurrió en agosto pasado. Dos meses después, en una de las visitas de este hombre, ella le comentó que esperaba un bebé. Dudó qué hacer con el chico pero, recordó, una noche pensó que no tenía cómo vestir o alimentar a sus hijos, y se decidió a darlo. “Me propuso que si quería entregarlo él podría conseguir una familia en Rosario que lo iba a criar bien. No le iba a faltar nada”, recuerda. Ella aceptó. Liz asegura que no hubo dinero de por medio. Al menos ella no recibió ni un centavo.

En diciembre, el “rosarino” arribó a Pinto en su Trafic blanca y le dijo que tenía que llevarla para que se hiciera los controles prenatales. Cargó a sus cuatro hijos en la camioneta y emprendieron el viaje hasta la ciudad. Y allí comenzó otra pesadilla.

DEL CAMPO AL MONUMENTO. “Bruno Valentín, ni el nombre me dejaron que le ponga”, se lamenta por lo bajo Liz, aunque lo que más le dolió fue cómo empezaron a cambiar las personas que la llevaron a Rosario para, supuestamente, ayudarla. La pareja de la Trafic le prometió que iba a encontrar una buena familia y la llevó a parir al Hospital Provincial de esa ciudad. Después, la encerraron en la casa de zona sur, en Chacabuco al 3400. Allí vivió más de un mes con sus cuatro hijos. Dormían todos juntos en un colchón matrimonial tirado en el piso de una de las habitaciones.

En esos días, Liz quiso saber el nombre de los padres adoptivos y se lo negaron. Pidió al menos un teléfono para estar en contacto con ellos y tampoco hubo caso. Cuando comenzó a hacer preguntas, le quitaron el celular. A partir de ese momento, se quiso volver a Pinto, pero “los papeles aún no estaban terminados”. Ya casi no le quedaba nada de la poca plata que se había llevado y los chicos seguían pidiendo cosas. “Un día decidí ir a cirujear con otra mujer que estaba en esa misma casa”, cuenta Liz.

Además del matrimonio, había otras personas en la vivienda donde fue alojada. La hermana de la dueña de casa y una chica de Chaco, que estaba con una hija de cuatro años y que Liz no sabe qué hacía allí, pero asegura que no estaba embarazada. Salió entonces con un chango de supermercado a cirujear por la ciudad, buscando botellas, cartón u otros objetos de valor, y llegó hasta el Monumento a la Bandera. “Así lo conocí. Fue la primera vez que lo vi”, dice con una leve sonrisa, desde la casa en donde vive desde los 16 años, cuando se fue de lo de sus padres y ya tenía un hijo de dos años.

Ella recalca que quiere recuperar a su bebé, y admite que se arrepiente de haberlo entregado. “Después de todo lo que pasé, hubiese preferido criarlo como a los otros”, apunta en busca de una especie de perdón moral, que a excepción de los medios de comunicación no tiene demasiado sentido proponerlo. Por eso en Pinto, Liz está aliviada de esa carga. Aunque todos saben lo que ocurrió con su bebé, el pueblo parece absorber y entender la historia de esta mujer que forma parte del 80 por ciento de los habitantes de una localidad que vive en una pobreza sin salida. La única diferencia es que el caso de Liz se hizo público. El propio secretario de Gobierno de la Municipalidad, Fabio Córdoba, lo admite: “Es muy común que uno vea a una chica embarazada y que después la vea sin panza y sin el hijo”, dice y agrega: “¿Y qué va a decir la gente del pueblo?”.

Un Ford Fairlane negro, lleno de tierra, tuneado a coche fúnebre, estaciona frente a la iglesia que está a metros de la plaza y en diagonal a la Municipalidad. En la parroquia todavía cuelgan globos de todos colores de las paredes. Hace unos minutos que terminó un bautismo. Y le sigue un velorio.

Una tristeza que se hizo costumbre y ya no sorprende

La imagen borrosa de Liz está en la tapa del diario provincial El Liberal que reparte un chico en moto. Pero el escándalo que provocó su historia al hacerse pública no tiene un correlato en Pinto. Allí, los embarazos son muchos más que los hijos conocidos. Y lo que hizo la joven de 30 años es una vieja costumbre. Entregar chicos cuando las madres pobres no lo pueden mantener, es casi una norma no escrita.

Así lo reconocen desde la Municipalidad y también en la escuela de Pinto, donde cuentan historias similares a la de Liz, pero sin darle trascendencia. “El caso de ella empezó a rumorearse hace dos semanas, pero porque vino la Policía de Rosario. Si no acá es normal. Hay muchos comentarios de casos similares, pero nadie denuncia”, reconoció el secretario de Gobierno local, Fabio Córdoba.

“Cuando yo era chica y una mujer quedaba embarazada se escuchaba por ejemplo que ya estaba lista la familia que se iba a hacer cargo en Rosario. Para mí eso estaba bien. Si la madre era pobre y no podía mantener a la criatura, que se la dieran a otra”, señaló la vicedirectora de la escuela Monseñor Weismann, Elsa Pacheco.

A su lado, Silvia Céspedes, docente de 7º grado y con varios años como maestra rural, aseguró que conoció unos cuantos casos de entrega de bebés. Según contó, “no hay bandas o tráfico, como se dice, sino que las madres los dan y en general reciben plata. El problema es cuando alguien, un familiar o un abogado, les dice que cobraron poco o que a otra mujer le pagaron más, y entonces ahí denuncian”. “Es triste lo que pasa, pero la pobreza es muy grande”, agregó.


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