jueves, 25 de marzo de 2010

CHICAS DE LA CALLE, CHICO DEL COUNTRY


Por una parte, las chicas que se fugan de una institución para adolescentes en riesgo. Por otra parte, el chico que, con sus ataques de pánico, no podía salir del country donde vivía. En su contrapunto irónico, ambas situaciones hablan de “una sociedad dañada, donde las relaciones no tienen referentes claros”.

Por Mónika Arredondo *

Durante una supervisión institucional, en un hogar de adolescentes embarazadas en situación de riesgo y abandono –en la provincia de Buenos Aires–, el equipo de profesionales del instituto manifiesta su perplejidad ante las frecuentes fugas de las internadas. No se trata exactamente de un lugar de encierro (ver recuadro). Allí son derivadas adolescentes que, en la mayoría de los casos, fueron judicializadas antes de su ingreso. Es decir, sujetos de 14 a 17 años, habladas y categorizadas por el discurso judicial, policial o, en el mejor de los casos, con internaciones previas.

“Las chicas duran apenas horas en el Hogar. Mientras admitimos a una, otra se está escapando.” Es lo que dice un integrante del equipo. Otro profesional agrega: “Vuelven a la calle, no importa la hora ni la forma. Saltan la reja y se van. Chicas eran las de antes. Con ellas sí se podía trabajar”. Interviene entonces una de las psicólogas: “Antes de fugarse, Mabel me dijo que la calle la protegía. Tenía amigos que cortaban el tránsito, sabía días y lugares de las asambleas piqueteras y horarios de los comedores comunitarios de su barrio. ‘Y si no, doctora, me voy a cartonear’”. Parecería que las instituciones se han instalado en el imaginario social como lugar de desprotección y desamparo.

A la manera de los sujetos que las pueblan, las sucesivas crisis institucionales fueron fragmentando y aislando a las instituciones, atravesadas por los requerimientos de los pacientes y la numerosidad de sus demandas. Se instala un malestar frente a situaciones que se definen como sin salida. Dada esa situación, lo que proponía Mabel era la fuga.

En muchas instituciones se observa hoy la inquietud y la pregunta sobre lo sucedido, se revisa la posibilidad de reconstruir una historia, de inventar nuevos dispositivos de trabajo para producir ocasiones de esperanza. En las crisis, sabemos, lo que se denuncia una y otra vez es la posición de un sujeto alienado en sí mismo y de una institución que decepciona, maltrata y carece de un proyecto colectivo. Si la institución propone un vínculo de mortificación y sometimiento, la escena de una víctima y un victimario se inscribe en su imaginario como la única forma posible de vinculación. El sacrificio debe ser cumplido, la tensión entre individuo y comunidad no se puede resolver por vía de un acuerdo y la división entre desplazados y “recluidos” se profundizará, ya que el lugar de encuentro entre ambos ha sido vulnerado.

Es en la calle, como lugar de encuentro, donde se visualiza esta contradicción y donde se confirma la ruptura de un contrato social que hace caer el lugar del ciudadano. Otros significantes aparecen allí: piqueteros, cartoneros, chicas fugadas... Son significantes que nos remiten a espacios posibles en la construcción de otras identidades, otros agrupamientos y que, por ese hecho, ofrecen la oportunidad de generar otra historia.

De hecho, la calle se transformó, para algunos, en protectora, a diferencia de la institución, que supuestamente protege de la desprotección social. Serán necesarias formas de trabajo que asuman esta nueva realidad. (Esto, naturalmente, instala el debate sobre la ausencia de pactos socialmente acordados que contemplen los distintos intereses de todos quienes habitamos un país.)

Pero la calle sigue siendo, para otros, el sitio peligroso, molesto, que plantea una y otra vez una realidad fragmentada y dividida: piquetes por un lado, secuestros por el otro. Amable para unos y peligrosa para otros. La calle protege a Mabel: le confirma su lugar social como excluida y esto produce otro sentido para ella. Es un lugar legítimo que tiene reglas, acuerdos, divisiones territoriales, encuentros. No es un lugar vacío. Le genera identidad y le da la posibilidad de no ser un simple legajo jurídico.

Algo hay en ese espacio que fue ocupado por quienes han sido expulsados de un sistema de derechos. Un agrupamiento de sujetos hizo del significante excluido letra, fundación y nombre: piqueteros, cartoneros, barrios de pie, los sin techo... Estos lugares de pertenencia e inclusión desde el más absoluto desarraigo no pueden dejar de ser mirados, se nos imponen en la calle, en ese sitio de la fantasía que ocupa el lugar del desamparo: la intemperie. Mabel se siente protegida de un lugar de expulsión (un sistema institucional, familiar) y de otro que le confiere identidad pero que también la expulsa: “menor en situación de riesgo”; es decir, la abandonada, la abusada, la sin recursos. Quizás el Hogar no pueda protegerla de la contundencia de dispositivos y categorías que la dejan afuera, a la intemperie en relación con su destino y su libertad. En la calle hay territorios que conquistar y nombres que habitar.

El recluso

Diferente al discurso de Mabel es el de Pablo. A los 11 años, Pablo no puede salir del country: tiene ataques de pánico. Los padres van a una consulta ante la imposibilidad de Pablo de atravesar las rejas de seguridad de su hábitat en Pilar cada vez que hay actividades afuera. Se sienten impotentes frente a esa “incapacidad” de su hijo.

Con su encierro, Pablo pone en cuestión las fronteras sólidamente marcadas en su reclusión. Con sus fugas, las chicas del hogar vulneran discursos, los cuestionan. La caracterización de minoridad cambia de fuga a deserción. Un analizador en funcionamiento produce como efecto que esas menores que “desertan de un sistema” (un sistema que no las contiene) no puedan ser buscadas o “rescatadas” por el juez o la policía. Hay una resignificación de su acto: ellas desertan de lugares en los que no se sienten identificadas. Por delante las esperan otros lugares y otros nombres. Estas fugas también son analizadores del adentro y del afuera institucional y abren la posibilidad de nuevas fundaciones donde el instituido del hogar se ponga en juego y en cuestión.

El intento de destruir el tejido social y su destrucción efectiva impide el reconocimiento de las diferencias y de todo deseo que no sea el propio. En esa dirección, a la opción paranoica del otro como enemigo se le opuso la esquizofrenia social del sálvese quien pueda. Pero, a partir de una red social casi destruida, se está gestando una organización de semejantes que dan cuenta de una historia de expulsión y abandono, que reclaman, denuncian, proponen y dan cuenta de la imposibilidad de vivir un paraíso dentro de nuestras casas tolerando un infierno afuera.

Pablo otra vez y su cárcel de lujo. “Esto comenzó –dice el padre– cuando los secuestros aparecían todo el tiempo en la televisión. ¿Qué futuro le espera a mi hijo si hay días que no puede salir ni al jardín?”

En una sociedad cuyas bases fueron dañadas, las relaciones sociales resultantes no tienen referentes claros de contrato o regulación. Si la desposesión y la desigualdad se vuelven constitutivas y naturales, las relaciones de dominio y los modos visibles e invisibles de la dependencia se confunden con la violencia rutinaria como una de las tantas formas legalizadas, se insertan en la vida cotidiana distribuyéndose de manera invisible, pero constante, persistente, en los espacios de poder.

En el caso de Pablo y su cárcel dorada podemos observar la inversión de ese proceso, su contracara. Asistimos al fenómeno de una familia aglutinada en el mundo de los iguales; espacios controlados, uniformes, protegidos, en los que el afuera es considerado peligroso en tanto diferente, en tanto signo de tensión social y de movilidad (pensada como “desequilibrio”). Las consecuencias son obvias: el otro, en este falso equilibrio de puertas adentro, se convierte en una amenaza. El contacto con la comunidad y su diversidad queda alarmantemente reducido. Esto deriva en otra reducción a todas luces simplista: la inseguridad del afuera amenaza la estabilidad del adentro.

Pablo y Mabel, en fin. Uno, falsamente protegido del pánico que le produce lo diferente, lo que amenaza su condición de privilegiado. La otra, en fuga hacia una calle que en algún lugar la protege. Ambos denuncian un maltrato social y dos espacios de legalidad que hoy están siendo cuestionados. El hogar/el country ofrecen un modo de vivir “como si”, como si el otro no existiera; calman el desconcierto o la marginación. Ambos son analizadores extremos y representan distintas imágenes de la pobreza y la reclusión, porque el propio Pablo es también un sobreviviente y sus fantasmas son los fantasmas del colectivo social al que pertenece. Con su encierro denuncia una fractura. Sus padres proyectan su miedo ante un supuesto enemigo que se instaló intramuros, un miedo que se manifiesta en la imposibilidad de su hijo, en su “incapacidad” para poder enfrentarse a los otros, los diferentes, más allá de la vigilancia o el control. Mabel y las chicas del hogar saben acerca de la diferencia y del no lugar. Con sus fugas a su calle, están en el cruce de varias instituciones: la jurídica, la asistencial, la familiar. Denuncian sus grietas, crisis, explosiones y aun desapariciones.

Podemos concluir diciendo, con Michel Foucault, que “sin cooperación social no hay nada, que somos producto de la comunidad desde el momento en que nuestra subjetividad, nuestras costumbres, creencias y gustos más personales fueron forjados por una vasta empresa colectiva” (La vida de los hombres infames, ed. de la Piqueta). Nada existe sin esa colaboración estrecha donde se juega ese otro, como aliado o como oponente, protagonista y antagonista de una escena fundacional de nuestra vida en sociedad.

* Analista institucional. El texto, con algunas modificaciones, procede de un artículo incluido en el libro Pensando Ulloa, compilado por Beatriz Taber y Carlos Altschul (ed. Del Zorzal).

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