miércoles, 30 de diciembre de 2009

EDITORIALISTAS APOCALÍPTICOS


Por Ricardo Foster


La violencia ha recorrido como un hilo rojo gran parte de la historia argentina. Su presencia espectral entre nosotros sigue marcando a fuego cuerpos y memorias como si quisiera recordarnos que la amenaza perdura, que no ha sido clausurada en la noche de épocas que han quedado detrás de nosotros. Bajo la forma de oscuras predicciones, y modificando con astucia el lugar de víctimas y victimarios, pareciera querer instalarse como si la sombra de Facundo o la de tantos arrasados por otros fuegos asesinos estuvieran danzando en medio de las pesadillas que pueblan nuestras noches. Escuchamos y vemos a ciertos profetas del Apocalipsis anunciar la llegada de ríos de sangre; nos despertamos por las mañanas mirando furtivamente hacia todas las direcciones imaginando que el día ha llegado y que masas vandálicas, que hordas de piqueteros armados, infectan con sus presencias violentas las zonas decentes de las ciudades.Emboscados, así los nombra la sacerdotisa de la oposición más virulenta, se preparan –los movimientos sociales armados por el Gobierno– para tomar por asalto a los honestos ciudadanos que buscan manifestar sus convicciones democráticas y republicanas subidos a tractores emblemáticos de una Argentina productiva y virtuosa que sufre las continuas agresiones de la canalla inclasificable, de esa que se gesta entre las ordalías clientelísticas y a las que prepara maquiavélicamente el kirchnerismo para lanzarlas, cual mazorqueros, contra las instituciones, la propiedad y la santa virgen María. Locura de las palabras que se arremolinan para desatar, si eso pudieran, una incontenible tempestad purificadora, esa que cada tanto aparece en las anunciaciones proféticas de la sacerdotisa platinada y tostada por soles beatíficos. Aunque lejos de quedarse atadas en el interior de una retórica alucinada, esas palabras de horror y espanto son prolijamente retomadas, como si fuera una suerte de cadena nacional, por gran parte de los medios de comunicación que no paran de replicar, una y mil veces, esas torvas denuncias como si fuesen la expresión de una llamarada que se extiende a lo largo y ancho del país.“La espiral de la violencia”, así titula el editorial de La Nación del domingo 25 de octubre, relatándonos con lenguaje “reflexivo” que la Argentina, “su” Argentina, corre un serio riesgo allí donde ha ido, el Gobierno, prohijando al hijo del demonio bajo la forma de pandillas de piqueteros, de usurpadores del papel del Estado que alimentados por “el oro de Moscú” (¿así se decía antes, no? ¿Ahora será el petróleo de Chávez?), se han ido pertrechando para tomar por asalto el poder y lograr que nuestra bendita patria gire hacia la órbita del satanismo igualitario-populista. Claro, La Nación tiene una retórica diferente, más cuidadosa y medida, que la que suele salir de la garganta de la pitonisa del Apocalipsis.Leamos con atención lo que nos dice el diario de Mitre: “Hay procesos en la vida colectiva que no se inauguran en un momento preciso (hay que estar atentos y vigilantes para cortar a tiempo la cabeza de la Hydra antes de que se reproduzca y sea demasiado tarde; esto, estimado lector, lo agrega este cronista entusiasmado por la potencia anticipadora del editorialista). La sociedad (¿Cuál? ¿La corporación mediática? ¿La mesa de enlace? ¿El taxista que escucha Radio 10 y recuerda, junto con su pasajero que desciende en algún barrio elegante, toda la genealogía del racismo, el prejuicio y la reacción heredada durante generaciones y bien amasada por el resentimiento? ¿La fecunda y sutil oposición de los Macri y los De Narváez? ¿Quién es la sociedad, señor editorialista? ¿Acaso la representa el doctor Grondona con su jerga etimologizante, paqueta y siempre asociada a momentos infaustos para la democracia, o el elocuente Morales Solá con sus indisimulados juegos retóricos de elocuencia “destituyente”? ¿Son los gerentes de Kraft Foods o los campechanos miembros de la Sociedad Rural? Sería útil, para los lectores, que de vez en cuando se aclaren algunos conceptos) los reconoce una vez que, sorprendida, advierte estar instalada en un estadio distinto del que no sabe cómo llegó.


Con la irrupción de la violencia política en la Argentina está ocurriendo eso (así, sin anestesia ni rubor, como quien da un parte meteorológico, lo dice La Nación). No tuvo una fecha de bautismo. Sin embargo, en los últimos días, las noticias sobre personas o grupos que se manifiestan usando la agresión física se han multiplicado hasta crear entre nosotros una nueva y peligrosa atmósfera (perdón, hay algo que no entiendo, ¿eso mismo escribían de los piquetes ruralistas que cortaron durante semanas gran parte de las rutas de la pampa húmeda? ¿Sus gritos amenazantes, su jerga de alcantarilla convertida en retórica republicana, sus cuadrillas que hacían las veces de policía aduanera, qué eran para el virtuoso editorialista? ¿Y los violentos escraches al diputado Agustín Rossi, acaso fueron expresión de diálogo democrático? ¿Será que los huevos que le arrojaron al senador Morales, hecho que repudio, fueron arrojados por manos negras y piqueteras mientras que los otros eran de gente bien y decente? Extraña la vara que usa para medir las conductas de unos y otros).Sigamos leyendo el imperdible relato que, ahora, nos hará la descripción detallada de esa “espiral de violencia”: “Algunos trabajadores de Kraft Foods tomaron de rehenes a directivos de la empresa y agredieron con facas y cortaplumas a otros empleados que no querían plegarse a su medida de fuerza.


Mientras sucedían esos episodios en Pacheco, una agrupación denominada Movimiento de Desocupados tomaba en Tartagal, Salta, una planta de gas de la empresa Panamerican y quemaba dentro de ella dos automóviles” (claro, esa es una violencia infinitamente mayor que arrojar miles de litros de leche, dejar que la comida se pudra para defender una renta extraordinaria o desalojar a cientos de pequeños campesinos para ampliar la frontera sojera).


Sigue largamente el editorialista haciendo la crónica de tanta violencia de abajo para desembocar en lo que le interesa particularmente, la demonización de la agrupación Túpac Amaru de Milagro Sala, a la que acusa de todos los males posibles: usurpar la función del Estado, hacer un uso discrecional de los fondos públicos, ejercer el clientelismo, convertirse, supuestamente (deja el condicional para mostrarse ecuánime) en una organización armada. El editorialista interpreta todos estos “acontecimientos” como parte de un plan político de ciertos grupos de piqueteros entusiasmados con radicalizar la situación argentina llevándola hacia la órbita de Venezuela o algo parecido. Se viene la insurrección y, eso parece querer decirnos tan prestigioso diario, hay que impedirla porque lo grave es que se viene con la anuencia del Gobierno. ¿Era sólo la pitonisa paranoica la responsable de tamaño delirio retórico o, más bien, casi una voz coloquial junto a estas otras expresiones revestidas de un lenguaje pausado y escrupuloso?Ya en el final, el editorialista busca conmovernos utilizando viejos argumentos que, al menos a mí, me hacen acordar a oscuras retóricas de la noche argentina: “De pronto, en distintos sectores de la esfera pública, y encarnada con distinta intensidad en actores diversos (piqueteros, villeros, estudiantes ultraizquierdistas, pueblos originarios, intelectuales alarmistas que hablan de ‘clima destituyente’, narcos –por supuesto, no podían faltar en este fiesta lumpen–, etcétera), apareció la violencia. Muchos la esperaban (¿Quiénes? ¿El editorialista, acaso?) con la escenografía dramática de un estallido. Pero llegó de otro modo: como el resultado de un sigiloso deslizamiento. Es una dinámica acaso más riesgosa, porque puede lograr que reaccionemos cuando ya sea tarde”. ¿Le queda algo de la antigua mesura de la que hacia gala el diario de los Mitre? Su lenguaje es el de quien desea ver cumplida su profecía apelando a giros que nos retrotraen a otras épocas y que buscan equiparar este tiempo argentino con los años setenta. Su intención es elocuente e indisimulada: llegó la hora de parar a los movimientos sociales del mismo modo que hay que terminar con la pendiente hacia el maximalismo (palabra que seguramente usaría un viejo editorialista de La Nación del primer centenario) al que nos conduce el desenfreno y la espiral de violencia desatada por el Gobierno. Los espectros de otra Argentina revolotean alrededor de este editorial que se complementa con un segundo y algo más acotado pero no menos virulento editorial de ese mismo domingo y que cierra tan virtuosa página de doctrina. Su tema y su título hacen que las palabras sobren: “Aborto e intolerancia”. Leerlo es entrar directamente en las argumentaciones más ultramontanas y reaccionarias poniendo del lado de miles de mujeres que se manifestaron pacíficamente en Tucumán nuevamente la emergencia de acciones violentas y antidemocráticas.Los dos editoriales expresan de maravilla la ideología de La Nación a la que habría que felicitar por tanta honestidad intelectual. Cada palabra fue escrita para que comprendamos qué está en juego y dónde debemos colocarnos.


Las sutilezas y los argumentos, el lector puede ir a buscarlos a la página siguiente donde podrá entretenerse con las columnas de sus dos periodistas estrella. Sigo, sin embargo, abrigando algunas dudas: ¿quién promueve la crispación? ¿Quiénes generan la “espiral de violencia? ¿Dónde están las armas y dónde los emboscados? ¿Cómo es posible, se alarma el editorialista, que una organización social que lleva el nombre de Túpac Amaru, un insurrecto, de alguien que ejerció la violencia contra las instituciones de su tiempo, tenga el tupé de expresar la voluntad política, cultural e igualitaria de miles de compatriotas despojados por los poderosos de siempre? ¿Acaso imaginan otro descuartizamiento, esta vez mediático, de Milagro Sala como aquel otro que los señores feudales hicieron con el inca? ¿Cómo puede ser, insisten esas plumas insignes, que una india ex presa organice a los pobres y desarrolle una acción extraordinaria de reparación social y de afirmación de los derechos? ¿Dónde está la prudencia y la mesura de ciertos políticos que utilizan una retórica incendiaria pero que son recibidos por los grandes medios de comunicación como si fueran la Madre Teresa de Calcuta? Preguntas, creo, cuyas respuestas no será posible encontrarlas en los editoriales de tan prestigioso diario.

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