miércoles, 16 de diciembre de 2009

SOMOS ESTÚPIDOS


Por Eduardo Fabregat



Estimado Sr. Dinosaurio: acá con las chicas y muchachos hemos decidido escribirle para comunicarle que tiene usted razón. Somos estúpidos. Es hora de admitir la penosa influencia que el rock ha tenido en nuestras vidas, ese virus que nos ha desarreglado hasta convertirnos en parásitos de la sociedad. Somos estúpidos, no hay vuelta que darle: crecimos forjando nuestro gusto musical sobre la obra de un hatajo de sucios pelilargos con arito que olían a pachuli y fumaban cigarritos raros. ¡Nos aprendimos las letras de sus canciones! Ningún país puede funcionar si sus jóvenes muestran más interés en las estupideces destiladas por canciones de rock que en la vida de nuestros próceres, de quienes ni siquiera recuerdan bien el grado militar.


Ha llegado la hora, Sr. Cavernícola. La hora de que reconozcamos nuestra estupidez y con ello demos el primer paso a una nueva sociedad, mejor educada, íntegra. Pongamos esa huella, digámoslo una vez más: somos estúpidos. Nos creemos la mentira de que esos mugrientos están expresando un fuego creativo, estudiaron, se aplicaron a un instrumento, ensayaron, dejaron el alma en cada canción y en cada concierto. No vemos, no podemos ver que simplemente están berreando y sacudiendo su vacía, estúpida cabeza. Mascullando boberías que les hacen hervir la sangre y el marote a miles y miles y (más) miles de estúpidos que se contagian unos a otros en un gran engaño colectivo. Se han dado casos, Sr. Carcamán, de miles de personas llorando o riendo o bailando o cantando o todo eso junto, que salieron del antro en que estuvieron sintiendo que su vida era mejor que dos horas antes, que el arte estimulaba su cuerpo y su mente. Estaban drogados, seguro.


Es que somos estúpidos, venerable Sr. Funcionario. Fíjese que a comienzos de los ’80, la idiocia inducida por el rock llevaba a que multitudes de estúpidos hicieran temblar las paredes de Obras Sanitarias al grito de “Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar”. Hasta ese punto la guitarra eléctrica penetra las paredes de la neurona y la corroe por dentro, convirtiendo al buen ciudadano en elemento antisocial, caldo de subversión ideológica y artística. Ocurre que sí, somos estúpidos, en la frontera de la supina imbecilidad: nos solazamos con un grupo de ridículo nombre con un estúpido cantante calvo que nos ha metido en la cabecita la idea de que debemos impedir que nos secuestren el estado de ánimo, en este día y cada día. En las últimas cuatro décadas y media hemos seguido con pasión a una multitud de idiotas que nos llevaron de las narices por el camino de la ignorancia, de la insensibilidad, de la negación del arte fino y verdadero. En todo ese tiempo, la mal llamada “cultura” rock ha dado innumerables músicos, compositores, escritores, actores, directores, videastas, bailarines, dramaturgos, coreógrafos, artistas plásticos, dibujantes, periodistas, que no hacen más que gritar a los cuatro vientos su estupidez.


Nos drogamos. Nos alcoholizamos. Todo el mundo sabe que eso solo sucede en el rock.


Repitámoslo, pronunciémoslo hasta perder la cobarde pátina de culpa: somos estúpidos. Vamos a recitales donde la policía nos maltrata y a veces se escucha muy mal, y para meternos en la salvajada del baile tribal o el horroroso pogo, para corear sandeces con el brazo en alto, para mojarnos viendo a un tipo cantando sobre los dinosaurios, para ver a un señor de casi 60 años que mejor estaría buscando una actividad productiva en vez de perder cinco horas y media repasando las estúpidas canciones escritas durante cuarenta años. Escuchamos discos con placer sin darnos cuenta de que nos estafan, leemos las declaraciones que hacen los rockeros en reportajes sin advertir su soberana debilidad mental.


Eso sí, Sr. Antediluvio: somos estúpidos pero no comemos vidrio. Somos estúpidos pero no pelotudos, con perdón del término. Somos estúpidos, pero también peligrosos. Fíjese que los tipos que prohibieron al rock, que se rieron del rock, que pretendieron erradicar al rock, huelen a basura vieja, cosecha del desprecio. El rock está vivito y coleando.


Estupidizando.

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