viernes, 16 de agosto de 2013

109, O EL NOMBRE DE LA ROSA

Es un número: 109. Es mucho más si se piensa –como es– que se trata del nombre propio, de la (propia) identidad. Pablo Germán Athanasiu Laschan (el nieto recuperado número 109, hijo de dos militantes del PRT-ERP) no sabía que ése era su nombre, el nombre con el que lo habían nombrado para que fuera el que (deseaban sus padres) pudiera ser, sino que se reconocía, tal vez de manera incómoda, en otro.

Por Daniel Cecchini


 
Quizás no haya peor violación que la del intento de forcluir (que es más que borrar: es nunca inscribir, como si jamás hubiera existido; esa cosa sin registro alguno que, entonces, no es nada, no fue. No es, no existió ni existe y, sobre todo: no existirá) el nombre verdadero, el de (la) verdad. Para imponer otro. Otro nombre –otra identidad, otra cosa, una impronta de mierda; para que seas eso, una mierda: ésa es tu otra (y aparentemente real) identidad– impuesto no por cualquier otro, sino por el enemigo, el asesino, el violador. Ese Otro que es el Estado.
 
Otro nombre, para que seas otro, otra cosa: el objeto de deseo (en realidad del goce fatal –porque el goce tortura y mata– si se intenta hablar de la verdad del Otro) de algo que no puede definirse sólo como perversión, sino también, y fundamentalmente, como un delito de lesa humanidad.
 
No hay verdadero nombre sin verdad. No hay manera de conocerlo. Lacan extrapolaba, como solía hacer con cualquiera que hubiera pensado antes que él, a Platón, que a su vez hacía hablar a Sócrates, para decir que el saber (quizás el conocimiento) y la verdad eran como las dos caras de una moneda: ni siquiera podían verse. Decía (Lacan, no el Platón que deseaba Lacan) que saber y verdad (por lo menos en lo que al psicoanálisis se refería) no eran de la misma estofa.
 
Aquí –en esta Argentina, todavía, hasta el último de los hijos desaparecidos– no hay saber posible sin la verdad. Y la verdad es imposible sin conocer (de alguna manera saber) la propia identidad.
 
Más arriba, en esta misma nota, se escribió entre paréntesis: “(el nieto recuperado número 109)”, un número. Y ésa fue la primera identificación (recuperada) de la verdadera identidad (en realidad, la única posible pero no siempre accesible) de una persona. Una persona que lleva 38 años (otro número) en una vida que, por la impronta genocida del Otro hecho Estado, se construyó, como pudo, sin saber –pero de alguna verdadera manera conociendo– de sus muertes.
 
Aún en la recuperación queda (y quedará para siempre) el número, quedarán los números: son los 38 años crecidos –construidos– con otro nombre, y también el 109 del lugar en la deseable lista de ganarle a lo indeseable pero imposible de borrar: cifras tatuadas en los cuerpos de Auschwitz, números impuestos de otra manera no tan material (pero igualmente fatal) en la ESMA, en Campo de Mayo o en La Perla. Números también para el destino de los padres de Pablo. Números: primer paso para la (imposible) solución final de los nombres. Porque los nombres son los únicos significantes imposibles de borrar.
 
En estos tiempos de discursos que (se) proponen (como casi) la perfección a partir del recurso gratuito de exponer la imperfección del otro, quizás convenga recordar (o apenas darse cuenta de) que en este país las cosas no son tan siniestramente fáciles.
 
Que la Argentina todavía les debe su verdadero nombre a casi cuatrocientas personas. Y su identidad (es decir, reconocerlos como sujetos, como en el caso de los pueblos originarios, pero no sólo en el caso de ellos) a decenas, tal vez centenares, de miles más.
 
En este contexto (aunque sean herramientas políticas y/u objetos de interpretación), el robo en la casita del country de Massa, la foto de Insaurralde con Bergoglio o el clásico entre Argen y Tina, planteados como están, son eso a lo que es tan fácil ponerle un nombre, una (des)calificación. Banalidades. El nombre de la rosa relata la búsqueda –fatal– del capítulo de un libro cuya existencia se quiso borrar porque hacía de la risa una virtud.

Fuente: Miradas al Sur.

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