lunes, 26 de agosto de 2013

LA DESMESURA DE LA VIDA

Adiós a Laura Bonaparte, Madre de Plaza de Mayo. La barbarie dictatorial desapareció a gran parte de su familia. Ella convirtió ese dolor en lucha. “La venganza te hace peor”, decía.



Mi vida es una desmesura, no podría, yo sola, relatarla”. Laura Bonaparte, la madre de Plaza de Mayo que falleció el lunes pasado a los 88 años, hizo aquella confesión a la periodista francesa Claude Mary, autora de su biografía. Laura sabía de qué hablaba. El terrorismo de Estado le arrebató a su marido, a tres hijos y a sus respectivas parejas. Pero tanta barbarie Laura la contrarrestó con la desmesura de la vida. Con sólo 13 años, alfabetizaba a mujeres que cumplían condena en la cárcel de Paraná, su ciudad natal. Combinó maternidad y compromiso al criar cinco hijos y paralelamente dedicarse, desde su profesión de psicóloga, a la atención de la salud mental de mujeres de clases populares en el Policlínico de Lanús.

A diferencia de la mayoría de las Madres, la militancia de Bonaparte comenzó mucho antes de la desaparición de sus hijos. Su padre socialista, juez de Paraná, le inculcó los ideales a favor de una sociedad más igualitaria. Ella los tradujo en la lucha por el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo.

Desde esas convicciones fue que junto a su marido, el bioquímico Santiago Bruschtein, denunció a las Fuerzas Armadas y, en su condición de comandante en jefe, a la ex presidente Isabel Martínez de Perón, por el secuestro y asesinato de su hija Aída Eleonora, sucedido el 24 de diciembre de 1975. La respuesta no tardó en llegar. “¡Cómo un judío hijo de puta pudo hacer un juicio a las Fuerzas Armadas!”, gritaban los militares que irrumpieron en la casa de Bruschtein, quien se había separado de Laura. Lo prendieron fuego y el padre de Aída murió bajo las llamas. Ya se había producido el golpe de Estado de 1976 y comenzaría la cacería sobre la familia de Bonaparte. Primero fue su yerno Adrián Saidón –esposo de Aída– y al año siguiente desaparecerían sus hijos Irene y Víctor, junto a sus respectivas parejas Mario Ginzberg y Jacinta Levi. Siete vidas arrancadas, cuyos rostros quedaron prendidos en la solapa de Laura para que nadie olvide ni perdone. 

Por recomendación de su hijo Luis, actualmente subdirector de Página 12, Laura se exilió en México. Desde allí impulsó la campaña internacional para que se declarara delito de lesa humanidad la desaparición forzada de personas. Paralelamente, trabajó en la Operación Santuario como observadora de Amnistía Internacional en campos de refugiados en El Salvador y en la frontera con Guatemala. También viajó al Líbano para rechazar violaciones a los derechos humanos.

De regreso a la Argentina, se incorporó a Madres de Plaza de Mayo y a partir de 1986 formó parte de la Línea Fundadora. Fue una tenaz luchadora contra las leyes de impunidad del gobierno de Raúl Alfonsín y del indulto a las Juntas Militares otorgado por Carlos Menem. También fue pionera en luchar por recuperar el predio de la ESMA. Junto a Graciela Lois, de Familiares, presentó un recurso de amparo que evitó la privatización que impulsaba el menemismo.

“El deseo de matar lo tuve millones de veces pero una cosa es el deseo y otra llevarlo a cabo. Sería actuar como ellos, copiar lo que les hemos criticado. La venganza te hace peor”, contó Laura en alguna entrevista. Indudablemente, su lucha la hizo mejor . 

Fuente: Revista Veintitrés.

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