lunes, 5 de agosto de 2013

ARTE URBANO: LA VANGUARDIA MURAL SE CONSOLIDA EN BUENOS AIRES

Entre el pop art y la consigna política, el graffiti como forma artística surgió en Nueva York en la década del 70. Hoy, esta práctica está más viva que nunca en Buenos Aires. 



La calle es territorio de otra guerra, además de la batalla de todos los días, la densidad enloquecedora del tránsito, la falta de control y reglas claras respecto de lo que se construye y la insensibilidad creciente, hay un conflicto silencioso que deja esquirlas cada vez más frecuentes que se reproducen casi sin que nos demos cuenta. Pero esta guerra se libra sobre las paredes de la ciudad, con brocha gorda, con esténcil, con andamios, con aerosoles. Y no es errada la percepción beligerante: “El arte es un arma” se escucha al principio de Bomb it, el excelente documental de Jon Reiss que da la vuelta al mundo para mostrar las paredes pintadas de las más grandes capitales de todos los continentes y cuenta la historia del graffiti y sus orígenes en la Nueva York de los míticos años 70. Lejos de esa prehistoria de la insurrección, nuestra querida Buenos Aires es hoy uno de los principales territorios planetarios en el que los artistas plásticos abandonan con mayor frecuencia el caballete de sus atelieres privados y se le animan al espacio público. Las pintadas callejeras se multiplican con una velocidad asombrosa, cada día, cada fin de semana, los batallones imprimen más manifestaciones artísticas en una ciudad que convive de maneras diversas con lo que se denomina arte urbano.
Capital mundial del Graffiti
Del 22 al 26 de noviembre nuestra ciudad fue sede por segunda vez consecutiva del Meeting of styles, que en nuestro español quiere decir “encuentro de estilos”, un evento internacional, auspiciado por los ministerios de Ambiente y Espacio Público y Cultura del gobierno porteño, que congrega a una enorme variedad de artistas plásticos, activistas y gente que trabaja de pintar murales en las paredes públicas. Un centenar de artistas extranjeros coparon la parada y dejaron dicho que Buenos Aires es una especie de paraíso para estos interventores del espacio ciudadano: en Europa pintar fachadas puede resultar muy peligroso; en Berlín, por ejemplo, si la policía requisa la mochila de alguien y encuentra aerosoles de pintura está obligada a aplicar multas carísimas porque la sola posesión del arma de estos pintores es una amenaza para el estatus de las paredes públicas. Asombrados y agradecidos, los llegados desde tierras extrañas se sumaron a las crecientes legiones de artistas que pintan a Buenos Aires.
Ícaro es el nombre artístico de una joven colombiana que hace ocho años empezó a pintar sus diseños en las paredes porteñas. “Pintar en la calle está de moda –dice con soltura y sorprende a este cronista–. Mucha gente pinta y hay muchos más con ganas de pintar.” En su Bogotá natal estudió cine; la vocación por los murales le surgió en nuestra ciudad con una potencia que le hace sonreír y abrir bien los ojos cuando la describe. “Aquí la calle está abierta para todo –cuenta–; en mi experiencia es un lugar amable, a la gente le gusta que pinte mis murales; pido permiso y cuando pinto los vecinos vienen y me hablan, si hace frío me acercan un mate caliente, si hace calor algo fresco. Me gusta pintar figuras humanas y siempre trato de que haya un personaje que comunique algo, que muestre la transformación del espacio.” Llegar a Ícaro implicó una conjunción de factores que son clave en el movimiento del arte urbano: la casualidad de encontrarnos frente a uno de sus murales –sobre la calle Roseti al 600, en el barrio de Colegiales– y la búsqueda a través de las redes sociales; es común que las paredes pintadas tengan la firma del artista y alguna web para poder contactarlo. 
Preguntada acerca de cómo elige las paredes para pintar, Ícaro confiesa: “Yo quisiera pintar todo, cuando camino y me encuentro con una pared lisa ya le empiezo a ver colores, es inagotable; si veo un edificio me imagino pintando un mural enorme”. 
Sin embargo, en estas lides la calle también está dura: hay perfectamente definidos dos tipos de pintura callejera: la de los murales que pintan los artistas a la luz del día y la de los graffiti propiamente dichos que surgen en la oscuridad de la noche y que hoy en día suelen ser leyendas incomprensibles mediante las que se comunican las tribus urbanas. Existen tipologías definidas y universales –reconocibles como lenguajes propios y visibles en cualquier capital mundial– que denotan la pertenencia a tal o cual grupo y, sobre todo, marcan el terreno del que se sienten dueños. Aunque también están los que, aerosol mediante, marcan sólo su “tag” –la firma– y arruinan el frente de cualquier casa, sin ninguna intención artística.

Pertenecer tiene sus privilegios
Como el lenguaje de los sueños hay marcas que cuestionan, que traen nueva información a la conciencia diurna, inscripciones que hacen pensar que esas cosas que naturalizamos pueden tener una naturaleza compleja y atravesada de intereses múltiples. ¿De quién y para quién es la ciudad? ¿Es de los que la viven, de los que la transitan, de los que la gestionan, de los que la cartonean, de los que madrugan para ir a trabajar, de los noctámbulos? 
A principios de la década de los 80, con la recuperación de la democracia, las paredes de Buenos Aires se llenaron de inscripciones que tenían una espesa carga política, o de humor e ironía; la voluntad de decir era inocultable y lo que había estado prohibido ahora se escribía en el espacio público. Es célebre el grupo de grafiteros Los Vergara, de los hermanos Adrián, Alejandro y Diego Korol, que por entonces eran estudiantes universitarios; sus frases sobre las paredes resultaron tan desafiantes que comenzaron a ser invitados para hablar de sus consignas hasta en las facultades de Ciencias Sociales. “Tiemblen fachos, Maradona es zurdo” es quizá la participación más recordada del trío pero en la memoria de las paredes hay, desde el cinismo hasta la epístola amorosa y gracias a una multitud de manos anónimas, un repertorio inacabable: “Terminemos con la pobreza y el hambre: comámonos a los pobres” o “Si Evita viviera sería viuda”, son sólo dos ejemplos azarosos. Pasaron casi 30 años y la cuestión de las paredes cambió bastante, no es raro ver un enorme número de propiedades particulares tapiadas con el fin de evitar que esas casas ociosas sean usurpadas; paradójicamente esas tapias resultan excelentes superficies para los dueños del arte urbano.
Desde la inscripción insurgente hasta la marca pueril, del lenguaje tribal a la pintura que embellece, el arte urbano tiene en Buenos Aires una importancia insoslayable y una dinámica libre y admirada en todo el mundo. Con fanáticos del aerosol y detractores del dolor y esa misma libertad está claro que nuestra ciudad es para todos, hasta para el más pintado. 

Del Colón a las calles
Lean Frizzera es quizá el exponente más destacado de esta disciplina en nuestro país, es escenógrafo, cursó sus estudios de telonería en el Teatro Colón y en un momento decidió llevar su saber a la calle. Cuando abre la puerta de su taller en Villa Urquiza queda claro que lo suyo es la pintura: todo allí está manchado, las paredes, el piso, sus uñas, el vaso en el que amablemente sirve algo fresco a este cronista y hasta su propio cuerpo: en la piel de los brazos tiene tatuadas obras del pintor expresionista Egon Schiele. “Yo también uso aerosol pero no vengo del palo del graffiti –explica– lo uso porque en la calle tenés que pintar rápido y tenés que saber que tu arte es efímero: yo puedo pintar un mural de 20 metros por cinco y que al otro día me lo tapen con inscripciones o con otras pinturas, es una de las leyes de la calle y para mí está perfecto porque todos tenemos derecho de pintar en las paredes públicas.” Por insistencia de muchos que conocían su obra Lean comenzó a dar clases de pintura mural y cuenta entusiasmado que tiene cada vez más alumnos, de todas las edades y que incluso algunos de ellos ya son conocidos en el ambiente del arte urbano. Lejos de la experiencia amable que contaba Ícaro, para Lean pintar en la calle muestra más o menos los mismos vicios de competencia y disputa de poder que cualquier otra actividad, algo que en sus palabras “es muy argentino”. “Cuando pintás en la calle –se entusiasma– hay un montón de transeúntes que te felicitan y se acercan para preguntarte de todo, pero nunca falta el que te grita ‘andá a laburar’, como si fuera fácil poner el cuerpo en andamios normalmente precarios, al aire libre y con riesgos ciertos”, concluye. Este año Lean pintó un mural de 25 metros de altura en la medianera de un edificio de departamentos ubicado en Ávalos y Mendoza, el mismo barrio en el que tiene su taller, y semejante obra la hizo a pedido de la arquitecta que diseñó el inmueble, algo que asegura se repite con frecuencia, como una manera de embellecer y agregar valor cultural a una construcción. Pero también hay otra tendencia creciente y que muestra el camino inverso, el que va de la calle al interior de las galerías de arte: Lean y muchos otros son cada vez más convocados por quienes manejan el exclusivo circuito de exposiciones y comercio de las artes plásticas. 

Fuente: Diario Z

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