martes, 13 de agosto de 2013

FRAGMENTOS DEL PASADO

Cuando en Macchu Pichu y las ruinas mayas el turismo desenfrenado deja espacio para la reflexión, se puede repensar el pasado para entender el presente. De Perú a Centroamérica, la mirada sobre quienes habitaron el continente antes que nosotros. 

POR ANDRÉS WAINSTEIN Y MILAGROS OREJA

En los viajes, los destinos pueden ser elegidos por diferentes motivos. Para relajarse, para hacer deporte, para cerrar negocios, para conocer nuevas culturas, para entender procesos políticos, para buscar respuestas a ciertas preguntas internas. Incluso, para todo eso junto. En nuestro caso, la travesía por Latinoamérica estuvo impulsada por muchas de esas razones, concentradas algunas más que otras en determinados territorios. 

Hasta hoy, en nuestro camino recorrimos más de 7.200 kilómetros por tierra. Desde la Argentina hasta México –todavía nos queda Cuba– pasando por Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Guatemala. En todo ese trayecto pudimos ver las diferencias en la gastronomía, la música, la arquitectura, el lenguaje y los paisajes de las regiones. Y en cada una, pudimos sumergirnos en distintas actividades.

En los mares bravos pero constantes hicimos surf; en el desierto nos tiramos cuesta abajo de dunas altísimas; en las ciudades capitales recorrimos museos, compramos libros, nos conectamos con el mundo exterior y probamos nuevas comidas; en la selva descubrimos animales y plantas que nunca antes habíamos visto. Y en las ruinas de las antiguas civilizaciones hallamos esos pequeños fragmentos del pasado que nos permitieron entender una porción de los modos en los que los incas –en la zona andina– y los mayas –en Mesoamérica– habitaron este territorio.

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Machu Picchu, el gigante turístico.

La historia oficial –la que cuentan los guías– es que en 1911 Hiram Bingham, un profesor de historia moderna latinoamericana de la Universidad de Yale, descubrió las ruinas de la ciudadela abandonada y volvió a Estados Unidos con la decisión de que le pagaran para restaurarla e investigarla. Sabía que ese lugar no entraba dentro de las descripciones que le habían dado sobre los refugios incas conocidos hasta el momento.

Cuentan que con el financiamiento conseguido organizó una nueva expedición con una decena de hombres que midieron, calcularon y analizaron detalladamente el lugar. Ellos fueron quienes llamaron a la edificación reconstruida “Machu Picchu” –del quechua: montaña vieja– y a su vecina, Huayna Picchu –montaña joven– porque su nombre original se había perdido con el tiempo.

Concluyeron, además, que esta ciudadela había sido construida por el gobernante que más desarrollo le había dado al imperio: Pachacutec –en quechua: el transformador de la tierra o del mundo–. Tres generaciones más tarde, sus descendientes iniciarían una guerra fratricida por el control del imperio, un enfrentamiento interno que debilitaría de forma atroz los cimientos de la cultura y permitiría que los españoles pudieran conquistarlos con mayor facilidad. En medio de esa lucha, Machu Picchu fue abandonada.

¿Pero qué era exactamente ese territorio? ¿Para qué la usaban quienes vivían allí? Sobre estos interrogantes, hay más dudas que certezas. Según la fuente que se consulte, se trató de un lugar de descanso de la nobleza, un espacio para ceremonias religiosas, un territorio donde convivían diferentes clases sociales, o una fortaleza militar. En la actualidad, a pesar de todas las investigaciones que se hicieron, son pocos los que se atreven a arrojar teorías absolutas acerca de lo que sucedía en esta tierra ancestral hace más de 500 años.

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Para llegar a la antigua ciudadela hay tres opciones. Pagar la excursión de cinco días para hacer el llamado “camino del inca” –atravesando 42 kilómetros desde ciertos poblados–, tomar el tren que conecta Ollantaytambo con Aguas Calientes y de allí caminar o tomar un colectivo hasta la cima de las montañas donde está emplazada la zona arqueológica, o cruzar por lo que se llama la “vía alternativa” –Santa Teresa-Santa María-Hidroeléctrica–.

Al llegar, la primera impresión es –para casi todos– la del asombro multiplicado. ¿Cómo hicieron para realizar semejantes edificaciones en la cima de una montaña exageradamente alta? ¿Qué tipo de herramientas utilizaban? ¿Cuántos hombres se necesitaron? ¿Quiénes vivieron finalmente allí? Una catarata de dudas. Un sinfín de respuestas posibles.

Entre ellas, nos quedó el recuerdo de los enigmáticos templos construidos piedra tras piedra, donde la antigua sociedad veneraba a sus dioses: la entidad suprema, el Sol –Rey Inti–, junto con la luna –Quilla– y Venus –Chaska–, sus hermanas visibles. De las casas erigidas para las llamadas “Vírgenes del sol”. Y de los instrumentos que a través de la angulatura de las rocas, pudieron predecir el comportamiento de las constelaciones por sus luces y sus sombras proyectadas y transformarse así en ordenadores fundamentales para las actividades del día a día de los pueblos. 

Con el correr de las horas, el placer de disfrutar de un lugar sagrado en medio de una naturaleza impactante puede desvanecerse de a poco, en el momento en el que el predio se colma de visitantes de todos colores poblando cada espacio de tierra. Así, los clicks de las fotos y los gritos se superponen unos con otros. Es cuando el gigante turístico manifiesta su otra faceta: la de los tours plastificados y la comercialización hipertrofiada. Y cuando, por lo menos para nosotros, es momento de agradecer y despedirnos.

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Enseñanzas mayas: antes y después

La fecha clave fue el 21 de diciembre de 2012. Por ese día, cientos de miles de personas conocieron la civilización maya a través de una deformada creencia ancestral: la de su predicción acerca del fin del mundo. Quienes tomaron esta suposición como una verdad interpretaron, en los meses previos, que todos los desastres naturales, accidentes y conflictos políticos eran en realidad indicios de que había llegado el apocalipsis. Pero los que esperaban una catástrofe se sintieron defraudados cuando, después de la 0 hora, no sucedió nada. Todas las especulaciones se hicieron humo. Y todo volvió a la normalidad.

Pero si en realidad se trató de un gran teléfono descompuesto y los mayas no hablaron del fin del mundo, ¿qué esperaban entonces para el 21 de diciembre del año pasado? ¿De dónde surge esa fecha y qué significado tenía para esta civilización que habitó por siglos las tierras de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador y cinco estados del sudeste de México?

La explicación no es simple para quienes estamos acostumbrados al calendario gregoriano: 365 días del año dividido en 12 meses y fin del asunto. Pero los mayas tenían otro tipo de calendario –en rigor, tenían más de uno: los más importantes acaso hayan sido los aplicados a la vida civil y a la agricultura–. Su noción del tiempo era diferente. Consideraban, por ejemplo, que los días se iniciaban con la salida del sol y terminaban en el siguiente amanecer. Además, los ciclos tenían significaciones profundas para su vida: 5.125 años constituían un baktun. Y cada uno de esos largos períodos tenía un sentido, un propósito, una finalidad. El pasado 21 de diciembre terminó el 13º baktun.

Comenzó entonces otro conteo: estamos en el año cero, mes tres, de los próximos 5.125 años del nuevo ciclo. Pero sus descendientes aseguran que jamás manifestaron nada parecido al fin de la vida. Simplemente porque su noción de la circularidad y el continuo retorno de la vida no hubiese cuajado con ello.

De eso hablaban los mayas cuando se refirieron a un cambio de época, con sus respectivas modificaciones en las energías y tendencias. Anticiparon el peligro del cambio climático y subrayaron la necesidad de cuidar el medioambiente. Esta mención puede explicarse en su propia experiencia. Es que Tikal, una de las ciudades más grandes que habitó su civilización, debió ser abandonada casualmente por su crecimiento desproporcionado: modificaron ese territorio, talando millones de árboles y construyendo miles de edificios con piedra caliza. El resultado fue la escasez de recursos en la zona: ausencia de agua y debilitamiento de la fauna. Sufrieron las consecuencias de su propio “desarrollo”. En este punto, quizás debamos leer una enseñanza, en lugar de una mágica premonición.

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Haber podido visitar Tikal y San Marcos de la laguna Atitlán en Guatemala y las ruinas de Tulum en México nos permitió entender –siquiera un poco– los entramados de esta antigua civilización. Las historias tejidas alrededor de sus costumbres, de su religión, de su idioma y las huellas en sus descendientes. Entre ellos, las de Isaías y Oliverio, ambos pertenecientes a las nuevas generaciones que decidieron revalorizar sus antepasados y repensarlos en su vida diaria.

“Antes me avergonzaba de ser descendiente de mayas. Mis papás se volcaron a la religión católica y descartaron todo lo que tuvo que ver con mis antepasados como las prácticas de mi abuelo, que fue un guía de mi pueblo, un ‘calculador del tiempo’, como se les dice a los sacerdotes en mi cultura”, cuenta Isaías. 

Su declaración grafica lo que pasó en estos y otros territorios del continente, catalogado por algunos como “sincretismo” y por otros como la conquista de la religión católica sobre los rituales politeístas mayas. Pero hoy, cientos de años después, muchos hijos y nietos buscan recuperar el terreno perdido. “Nunca me sentí del todo cómodo con el catolicismo, porque en el fondo creí siempre que no me representaba verdaderamente. Sin embargo, me crié con ella y es difícil borrar sus huellas. Por eso decidí resignificar mi pasado y mi presente: ahora participo de algunos eventos en el pueblo relacionados con la Iglesia pero a la vez practico mi meditación y le dirijo mis prédicas a la Madre Tierra, o consulto mi calendario maya y las energías en la semana para saber qué día tengo que prender candelas para destinar mis prédicas a determinados pedidos puntuales”.

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Caminar por los espacios donde incas y mayas desarrollaron sus cosmovisiones y habitaron su porción del mundo representó para nosotros ganar pequeños fragmentos del pasado. Fue rebobinar la película y repensar el continente a partir de las creencias, los valores, la organización y los parámetros con los que se regían los antepasados de algunas de las regiones de Latinoamérica. Y poder entender mejor por qué –y a pesar de qué– somos quienes somos.

Fuente: Revista Veintitrés.

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