martes, 13 de agosto de 2013

"ME DIO MIEDO LA EXHIBICIÓN"

Diqui James, el dueño del Teatro Callejero. Creador de Fuerza Bruta y artífice de los festejos del Bicentenario, estrenó Wayra, su nuevo espectáculo. Los orígenes en el carnaval y el poder de lo primitivo.

POR BRUNO LAZZARO


Gris. Arriba, en el cielo. Y abajo, en las baldosas de un Buenos Aires Design sin huellas. El viento atraviesa el corredor de bares y no se detiene. Va de punta a punta entre dos hombres de seguridad que se comunican mediante señales. Hace frío y es temprano. Hay gente que trabaja. Que va y que viene. Que baja cosas de un camión y que las lleva a la sala Villa Villa del Centro Cultural Recoleta, donde esta semana comenzó Wayra, el espectáculo con el que Fuerza Bruta vuelve al lugar que ellos debieron construir para nacer hace ya diez años.

Diqui James saluda y pide cinco minutos para ultimar detalles. Lleva puesto un gorro de lana. Es alto, medio desgarbado y cuando habla se le siente la calle entre los dientes. A Diqui no le gusta la exposición. Lo pone incómodo. Se nota en la fricción de sus manos y en su mirada lateral. Ya sentado en un banco de plaza se dispone a trazar el mapa genético de una compañía que se cansó de dar vueltas por el mundo y con la que, desde hace tres años –y con motivo de los festejos del Bicentenario–, alcanzó la popularidad. “Ese evento –dice James– fue muy fuerte. Me movilizó mucho personalmente”. Tanto que al otro día y luego de la presión de varios medios por conseguir una nota con el autor de tamaña representación político-cultural, decidió no dar notas por un año. “Es que no había pensado en el otro día. No podía enfrentar las cámaras, hacerme el Diqui Fort y salir hablando en todos lados. No me sentí capaz y me dio miedo la exhibición”, dice Diqui, de aquel evento que contó con la presencia de dos millones y medio de personas, antes de pasar a hablar de Wayra.

–¿Por qué reflotar un show que ya habían hecho en el Luna Park, y en otras ciudades del interior, en una sala como Villa Villa?

–Para venir a ver la experiencia de Fuerza Bruta en otra escala. Para nosotros es un desafío técnico. Es una sala chica pero en la que nos sentimos muy cómodos. La idea es mostrar lo mejor de lo que tenemos en 90 minutos.

–Un show largo para la modalidad.

–Es que generamos mucho contenido. Antes arañábamos los 57 minutos metiendo todo. Ahora elegimos momentos. Por suerte me saqué el prejuicio de lo teatral y quiero divertirme metiendo toda la carne al asador. Quiero volar el espacio. Reventarlo. Es un desafío muy grande.

–¿De dónde viene el prejuicio de lo teatral?

–Es que nosotros estamos inspirados en el carnaval, en el teatro callejero.

–¿Desde qué lugar?

–Desde lo salvaje y lo primitivo. Desde aquello que no tiene un desarrollo intelectual durante la etapa creativa. Porque no estamos influenciados por la literatura ya que la palabra no es el motor de nuestra acción. Estamos en un lugar mucho más salvaje.

–¿Cree que no se puede ser salvaje a través de la palabra?

–Entiendo que sí, pero desde mi lugar no lo logro. Es una de las limitaciones que tenemos. Si pudiera transmitir algo con la palabra, lo haría. Pero me remite a algo intelectual, y siento que me encasilla. No puedo jugar con las palabras.

–¿Qué otras limitaciones tienen?

–Cuando veo que construyen salas de teatro como las de los cines de antes, me da bronca. ¿Por qué tenemos que hacer algo para que los actores estén en el escenario y el público sentado y callado? En el teatro tiene que haber mayor libertad. Porque si ponés al espectador sentado frente a una caja con la cuarta pared, estás limitando a los autores. El gran problema siempre es el espacio. Tienen que hacerlos multiusos. Eso va a permitir que más gente se anime a hacer cosas diferentes.

–¿Cómo define la pulsión de esa carga emotiva y sensorial que conlleva Fuerza Bruta?

–Nos gusta ir rápido. Aún más rápido que la mente del espectador. Porque el lenguaje necesita vértigo. Un ritmo cinematográfico. A veces desplegamos una escenografía gigantesca para una escena de un minuto. Y en 30 segundos tenés que tener otra escena. Pero la dificultad no nos limita.

–¿El lenguaje de Fuerza Bruta es universal?

–Estuvimos mucho de gira. Y nos encantó. Pero nos gusta mucho estar en Buenos Aires porque el hecho de estar con el público de tu ciudad te emociona. Es un bajón no tenerlo. Pero cada lugar tuvo una reacción diferente porque el espectáculo es una experiencia grupal, social. Entonces, la reacción es cultural ante el hecho teatral y eso lo hace diferente en todos lados. Nadie es igual en una cancha, ni sentado a una mesa charlando con un amigo. Te afecta el afuera.

–¿Qué lugar ocupa el público en los shows?

–Te enriquece en el sentido de que te devuelve cosas que no esperás. Cosas simples que están buenas. A veces me obsesiono con hilar ideas que no tengan remate para no darle lugar a la gente para que aplauda. Pero al final, a veces, la gente te gana. Porque puedo tener una visión, pero lo único que realmente quiero es que la gente la pase bien, que disfrute el show y que pueda vivirlo. En un punto hasta es egoísta. Es como un DJ que pone música sin mirar a la gente. No está haciendo bien su laburo.

–Sus shows siempre reciben críticas grandilocuentes. ¿Le importa más lograr un espectáculo perfecto o la reacción de la gente?

–Las dos cosas juntas. Si yo quiero emocionar y la gente salta, algo estoy haciendo mal. En eso no transo. Si tengo que tirar un vagón de un tren para que todos se callen, lo hago. No me quedo en el lugar de que inventé algo y la gente no lo entiende. Es ida y vuelta. Y por eso me gusta hacer teatro.

–¿Es espectador de teatro de texto?

–Sí. La Argentina es un lugar donde lo teatral tiene mucha presencia. Pero Buenos Aires no es una plaza como Nueva York o Londres. Estamos lejísimo de eso. Me da bronca cuando quieren vender eso, porque no lo necesitamos. Es ridículo pensarlo así. En general, disfruto de los actores y no de las obras. Pero veo mucho más cine, porque el cine ya nos pasó por arriba y se quedó con lo más divertido. Me parece que el cine debiera influenciar más al teatro y el teatro capitalizar lo más divertido. Seguimos siendo solemnes en muchas cosas con respecto al teatro.

–Fuerza Bruta tiene mucho de lo callejero, sin embargo las entradas para el teatro en general suelen ser muy caras. ¿Siente una contradicción?

–Claro. Hay una contradicción muy grande entre lo que nosotros queremos y el precio de la entrada. Pero hicimos un esfuerzo muy grande para que la entrada no sea tan cara con relación a la producción y al show en sí. Por suerte, después de lo del Bicentenario se nos conoce más y eso trajo más sponsors que ayudaron con los precios.

–En la página de Fuerza Bruta hay una clara intención de hacer entender que lo suyo responde al presente, no al futuro. ¿Cree que ya logró hacer llegar el mensaje?

–Sí, por suerte ahora ya no pasa tanto. Pero me hinchaba mucho las pelotas. Me volvía loco eso de ser los vanguardistas. No somos vanguardistas, somos el presente. Y si no nos vienen a ver, nos cagamos de hambre. Fuerza Bruta es bastante simple. Hacemos teatro primitivo. Teatro viejo con tecnología del siglo XXI.

–¿Qué tan grande es el peso del “ser creativo”?

–Poco, porque a mí las cosas me salen. Siempre fue así. Con La Organización Negra y con De la Guarda me pasó lo mismo. Todo salió de la calle porque en el conservatorio duré muy poco. Me alcanzó para saber que eso no era lo que quería. Y es que afuera, cuando cumplí 18 –en el ’83–, estaba toda la furia del bajón de la dictadura. Había una conciencia de que la calle tenía que volver a ser nuestra y que debíamos tomarla.

–Ya pasaron 30 años. ¿Fueron suficientes para darse cuenta de que tenía razón?

–Es que no queríamos hacer teatro para quince tipos que decían qué estaba bien y qué mal. A Cemento venían a vernos los mismos pibes que iban a ver Sumo. Conectábamos con un tipo que no sabía leer y con uno que leía Shakespeare. Por eso amo el teatro callejero, porque te permite atravesar todo y romperle la cabeza a cualquiera.


Fuente: Revista Veintitrés.

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