miércoles, 25 de septiembre de 2013

KEVIN, O MORIR A LOS NUEVE

Fue un tiroteo entre narcos. La Prefectura podría haber evitado la muerte de Kevin. Sus padres, Roxana y Claudio, sus 12 hermanos y toda la Villa 21-24 piden justicia.


Por 
 Eduardo Anguita



Hace calor y Roxana le pasa la mano por la cabecita. En la casa mortuoria se ingeniaron para que el balazo no se note. Kevin está peinadito, tiene la boca entreabierta con unos labios pronunciados que dejan ver los dientes blancos. El tiro le había entrado por atrás. El corazoncito le aguantó bastante, cuenta Roxana mientras le toca el cachete, mientras le pasa la mano por la frente, como corriéndole el flequillo. En el Penna trataron de reavivarlo una docena de veces, porque el corazoncito estaba fuerte. Pero la bala le había entrado en la cabeza. Me iba a quedar un vegetal. Así no era vida para el Kevin cuenta la madre. Hijito ahora te vas al cielo, vas a estar con la tía. Yo me tengo que ocupar de los otros, que me necesitan. Hace calor y Roxana tiene alrededor un montón de chicos que se acercan y miran a Kevin que tiene los ojitos cerrados. Es un velorio con gritos de jardín de infantes y patio de escuela. Todo fue el sábado 7 en el barrio Zavaleta, en la villa 21 24, cerca del Riachuelo, atrás de la avenida Sáenz, no tan lejos del Palacio Ducó. Una de las fracciones de la barra de Huracán es la Zavaleta, y son bravos.
Las casitas, de material, están separadas por pasillos. Roxana vive con Claudio, su marido, que es camionero y se pasa de seis de la mañana a nueve de la noche arriba del camión volquetero. Claudio se acostó un rato en uno de los sofás que están al lado del salón donde está Kevin, el sueño lo venció después de tantas horas. Es martes al mediodía, hace calor. Kevin había muerto el sábado a la mañana. Claudio y Roxana tuvieron seis hijos, el mayor tiene 14, y anda con el resto de los hermanos perdido sin entender que el hermanito murió.
Yo tengo otros siete, del matrimonio anterior, dice Roxana, que luce joven y fuerte. Roxana y Claudio le dieron a la hija mayor de Roxana una parte de la casita que tienen en la Zavaleta, ella tiene dos nenas. Roxana no parece abuela, cualquiera se da cuenta que empezó a parir antes de los 20.
Ese sábado fatal de lluvia empezó con unos tiros a eso de las siete de la mañana. Un grupo de narcos roció de plomo la casilla que está justo enfrente de donde viven Claudio y Roxana. Esa casita era usada por estos narcos. Otro grupo se había metido. Entonces, para sacarlos, tiraron unos treinta tiros desde el pasillo, desde el costado de la casa de Claudio y Roxana. Los tiros de los narcos son cosa común.
No muchos años antes de esto, mientras este cronista compartía un encuentro de varias personas con el Padre Pepe, en la 21, se escucharon unos tiros y Pepe advirtió: son unos corchazos al aire, seguro, porque está por jugar Paraguay. En la 21 24, la patrona del barrio es la virgen de Caacupé, la del monte, la yerba mate, la virgen católica de los guaraníes. Al Padre Pepe lo echaron los narcos, porque ayudaba a que los pibes se rescataran. Y se tuvo que ir. Los de la Federal, se sabe en el barrio, estaban enganchados con los narcos. O los dejaban hacer y les requerían una parte de la plata. Las cosas habían mejorado cuando llegó Nilda Garré, aseguran en el barrio. Entonces la Prefectura y la Gendarmería estaban activas.
Ese sábado 7 a las siete, los tiros no eran corchazos al aire. Roxana estaba en la casa con los chicos, Claudio estaba por el barrio de Belgrano con el camión. Después de los tiros Roxana husmeó. Los de Prefectura pasaron porque habían escuchado. Hay un puesto de seguridad sobre avenida Iriarte, a no más de 300 metros. Roxana los vio pasar. Había un carrito de bebé en el pasillo. Uno de los prefectos lo empujó sobre la puerta de la casilla. De adentro no salía un ruido, recuerda Roxana. Una vecina escuchó un comentario de un prefecto a otro. Que se maten entre ellos, dijo un prefecto al otro.
Los tiros volvieron. Podían ser por una deuda impaga, por un pedazo de territorio, por ser el jefe de una banda. Podía ser por cualquier cosa. En esa cultura narco, la venta, el consumo y la violencia son lo mismo. Esta vez la pelea era por una casilla. Volvieron los tiros cuando Roxana iba al baño. Sus hijos estaban en el saloncito donde está el televisor y la mesa, detrás del dormitorio de Roxana y Claudio, que da al pasillo y que tiene una ventana. Por esa ventana entraron unos tiros. El vidrio no se rompió. Tiene clarito el agujero de una bala nueve milímetros. Kevin estaba en la dirección de la bala. La bala era una de las tantas que, esta vez, a las nueve de la mañana, había salido de adentro de la casilla de enfrente. Los ocupantes de la casilla tiraron hacia el frente, pero los otros no estaban al frente sino al costado. Por eso a Kevin le entró una bala en la cabeza y a su hermano lo rozó otra bala en el brazo derecho.
Cuando Roxana salió del baño Kevin estaba bajo la mesa. Roxana le dijo Kevin salí, pero Kevin no se movía. Apenas temblaba. Ella vio el charco de sangre y lo agarró, lo cargó, salió corriendo. Se paró en la placita de al lado de la casa. Que también se llama Kevin, en memoria de otro pibito muerto del barrio. El SAME no entra a la villa. Nadie se molestó en llamar al 107. Un vecino los subió y llegaron al hospital Penna, ahí cerca, donde Mauricio Macri hacía poco decía a través de todos los canales que había llevado un tomógrafo japonés y que los médicos necesitan cada vez más actualizarse con las nuevas tecnologías. Ahí terminó Kevin sus días. A los nueve años.
Roxana lo sigue acariciando a Kevin, que a las dos de la tarde va a ir al cementerio de Flores. No hay cámaras de televisión en Quilmes 305, donde está la casa de velatorios. Llegan tres maestras con sus delantales. Vienen de la Escuela 3 de Barracas, que está sobre Montes de Oca. La más joven y menudita era la maestra de Kevin. Cuenta que el día anterior, lunes, les contó a los compañeritos de Kevin que Kevin había muerto. Dice que era un chico muy querido. Ella lo valoraba mucho porque los chicos que llegan de las villas o los barrios tan bravos suelen tener más dificultades. Pero, dice, Kevin era aplicado, nunca faltaba, iba todas las tardes a la escuela. Al rato llegan dos trabajadoras sociales, también mandadas por la escuela. Ahí está la escuela, el bálsamo, el pedazo de madera para agarrarse en el naufragio.
El cuerpito de Kevin fue a parar del Penna a la morgue judicial de la calle Viamonte. Y cuando Roxana, sin Kevin, volvió a su casa, no la dejaron entrar. Estaba vallada. En realidad, rodeada con esos precintos improvisados que dicen prohibido pasar. Al rato, unos uniformados dejaron pasar a Roxana a su casa. Había una escopeta que nunca había tenido. Había una cantidad importante de vainas servidas. Eso sí, no estaban dos teléfonos y los cien pesos que tenía arriba de un ropero. Había perdido a un hijo pero le habían plantado una perrada. Porque las causas judiciales son un relato. Alguien, experimentado, se dio cuenta que era mejor contraatacar, sembrar sospechas de que algunos de los tiros podrían haber salido de la casita de Roxana.
Ese mismo sábado a la tarde, en la villa 21 24 empezaban los preparativos para el acto del lunes. Hace muchos años, 2007, los hermanos Nidia y Julio Zarza empezaban una aventura: poner un estudio de tele en la azotea de la casa familiar. Los padres los dejaron. Consiguieron algún subsidio. Este cronista encaró, ese mismo año, una travesía por el Riachuelo junto con otros compañeros de oficio. La travesía incluía conocer a la gente que vive al lado del Riachuelo. Todavía están las imágenes del documental: ellos contaban cómo iba a quedar el estudio en medio de bolsas de cemento, ladrillos y mucha voluntad. El lunes 10, la Presidenta iba a inaugurar un centro cultural. Era ese sueño de los Zarza muy ampliado. Ahí, a no más de 400 metros de la casa de Roxana, donde vivía Kevin hasta el sábado, se iba a establecer la sede de la Secretaría de Cultura de la Nación. Curioso: la mudanza es de Alvear y Montevideo, frente a la sede de la Curia, uno de los lugares más pipís de Buenos Aires, a plena 21 24.
Ese sábado a la tarde, fueron muchos camiones de limpieza, se iban disponiendo todas las cosas para que el acto saliera bien organizado. Llegó el lunes. Roxana fue a la morgue porque le habían dicho que le entregarían a Kevin al mediodía. Pero la boludeaban. Le decían que el juez estaba muy ocupado, que además de los dos presuntos narcos agarrados el sábado en Zavaleta tenía varios presos más. Roxana no sabe cómo es la burocracia de entregar cuerpos sin vida. Este cronista tampoco. No parece razonable tanta demora. Más bien suena un poco cruel. La burocracia no tiene sentimientos, pero lo mismo peca de cruel.
El lunes se hizo el acto. Habló el padre Pepe Di Paola. Uno de los tipos más extraordinarios que hay sobre la tierra, en minúsculas, porque nunca tuvo una parroquia en el asfalto. Pepe se tuvo que ir de la 21 24, echado por los narcos. Ni Jorge Bergoglio, entonces cardenal primado y gran protector de Pepe, pudo frenarlos. Pepe fue trasladado a un pueblito arrasado por la sojización en Santiago del Estero. Tan distinto de la 21. Ahí no había pibes que se rescataran del paco, ni vendedores de cocaína. Quizás hay, como dicen, muchas pistas donde aterrizan las avionetas que traen merca, pero la gente es más simple y Pepe se quedó muchos años. Volvió hace casi dos años. Está en otro barrio donde rescata pibes, bautiza y arma equipos de educadores. Pepe rezó el padrenuestro de la mano de la Presidenta y todos los demás se agarraban las manos. El acto fue conmovedor. Salvo una cosa: nadie se acordó públicamente de Kevin.
Kevin pasaba muchas horas con los de La Garganta Poderosa, porque Paola era su prima. Paola es una de los puntales de La Garganta Poderosa. Debutó como periodista entrevistando a Diego Maradona. Y siguió así, con la Brujita Verón o Lío Messi. El martes, en el velorio, había mucho dolor. Y el dolor alimenta dolor. Los dolores chicos se suman a los dolores grandes. No podían entender que nadie hubiera nombrado a Kevin, que nadie hubiera dicho algo sobre lo que es morir a los nueve.
Kevin no murió por una bala perdida. Hay mucha gente perdida. Algunos porque se drogan con paco o venden cocaína. Otros se intoxican de otras maneras. Otros porque viven en barrios cerrados y compran droga. Ellos saben que puede venir de un departamento de Barrio Norte o de una villa. Los de los barrios cerrados saben que para las fuerzas de seguridad es más fácil liberar zonas en una villa que en Barrio Norte. Pero pierden la memoria. O nunca la tuvieron.
A Roxana le entregaron el cuerpo de Kevin un rato después de que terminara el acto donde se decidía que la Secretaría de Cultura mandara su sede a la 21 24. A pocas cuadras de la casa donde vivía Kevin hasta el sábado. Este martes al mediodía alguien le preguntó a Roxana si tenía abogado. Alguien llamó por teléfono a un abogado amigo, ese llamó a la guardia del CELS y el viernes iban Roxana y Claudio a ver a un abogado del CELS que había ido al juzgado y lo había atendido muy bien el secretario. Un rato antes de ir al juzgado, Roxana y Claudio iban a ver a la procuradora general de la Nación, Alejandra Gils Carbó. Y el abogado del CELS decía que era muy bueno que Gils Carbó se hubiera involucrado. Contaba el abogado que la fiscalía que le tocaba a la causa es la de Pompeya, la misma que hizo el sumario trucho de Fernando Carrera, por el que se pasó siete años preso. Justo el número de La Garganta Poderosa que había ido a imprenta tenía a Carrera en tapa. Y el mismísimo Diego, el Diez, se había involucrado con Carrera y salía en la contratapa de ese número de La Garganta. Kevin estaba vivo mientras se hacía ese número. El próximo número de La Garganta va a ser sobre Kevin, que ya no va a jugar nunca más con las computadoras de la redacción.
La clave del juicio es que quede claro que la Prefectura podía haber actuado. Podía haber evitado la muerte de un pibe de nueve años. Pero la clave de esta historia no es un juicio. Somos nosotros mismos. En la 21 24 vivían 50 mil personas. Ahora viven 49.999. Kevin somos todos.

Fuente: Miradas al Sur.

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