miércoles, 11 de septiembre de 2013

PARA TODA LA VAGANCIA

Llega Alta Cumbia. El emprendedor Martín Roisi (del grupo Fantasma) y el director Cristian Jure encabezan este largo-homenaje a la zona más candente de la movida tropical. Yerba Brava, Meta Guacha, Damas Gratis, la primera vez de Pity en una bailanta y el género nuevo más convocante del siglo. En exclusiva para el NO, músicos y realizadores explican arte, negocio, ritmo y sustancia de nuestra cumbia villera.






 Por José Totah

El Monito, cantante del grupo Yerba Brava (ahora llamado La Yerba del Mono) se pone realmente contento cuando le pasan el celular. Del otro lado de la línea está Pepo, histórica voz de Los Gedientos del Rock, que llama desde la cárcel de Ezeiza, en donde está preso, aunque le falta poco para arrancar con las salidas transitorias. El Mono atiende en la villa La Cava, donde vive, con una alegría tan genuina que emociona. “Ojalá estés pronto en la calle, loco. Dale, en serio, papi. Te mando un abrazo grande”, se despide y avanza por un laberinto de pasillos hasta llegar a su casa. De fondo suena la canción Discriminado, de su banda: “La suerte estaba escrita desde el momento en que nació. Hijo de padres villeros, con la cumbia se crió”.
Esta es una escena de Alta cumbia a la que el NO tuvo acceso en forma exclusiva. Se trata de la primera película que cuenta la historia de la cumbia villera en la Argentina, en formato ficción y desde el presente. Fue dirigida por Cristian Jure y contó con la dirección artística de Martín Roisi, músico, productor y cumbiólogo de la escena local que milita en Fantasma. En un par de meses llegará a los cines y será proyectada en la previa de bailantas de todo el país. Pero hay que ser claros en esto: Alta cumbia no es un documental con pretensiones antropológicas, ni tampoco hay sociólogos dando cátedra sobre fenómenos culturales archiconocidos. Más bien es un musical eufórico, una road movie, una película para negros (como asientan Jure y Roisi) pensada desde un respeto absoluto por las bandas y por el público que adora el género. La obra no defiende a nada, porque no hay nada que defender: esa postura vindicadora también es una forma de menospreciar. Para los realizadores, el objetivo es claro: “Que los pibes que desarrollaron el movimiento de la cumbia villera finalmente tengan el reconocimiento que merecen, porque son artistas de excelencia”.
A Cristian Jure –realizador, guionista y profesor en la Universidad Nacional de La Plata– le preguntan todo el tiempo por qué, habiendo tantos temas dando vueltas, se emperró con hacer una película sobre cumbia villera. Hasta la gente que lo quiere le pidió que no perdiera tiempo con este asunto. Una amiga, que vio los trailers en YouTube (los dos oficiales ya suman más de 200 mil vistas), le quiso hacer un comentario elogioso y quedó en orsai: “Parece que fuera un negro mismo el que hizo esto, te lo digo en el buen sentido de la palabra”. Y Jure le respondió, entre risas, pero tocado en alguna fibra difícil de explicar: “No, en el peor de los sentidos me lo estás diciendo”.
Otros comentarios, posteados cuando salió el trailer, fueron más férreos: “Déjense de joder. Están rompiendo el arte. Ya se metieron con la música y ahora quieren meterse con el cine”.
La resistencia y el prejuicio de los demás ayudaron a echar leña al proceso de la película y, en cierto modo, lo fueron modificando. Si en un principio Alta cumbia fue pensada como un homenaje a la cumbia villera, en el que se narraban sus orígenes a fines de los ‘90 y durante la crisis de 2001, finalmente se transformó en una suerte de gira desatada, un desorden punkoso o kusturiqueano de bandas y letras que lo explican todo. Esas canciones, los grandes hitos de la cumbia villera, se comen la película. Y termina pasando que Roisi, que hace las entrevistas durante los noventa minutos de cinta, no tiene más opción que quedarse callado cuando el Mono canta, a coro con toda su familia, la letra que dice: “Triste Navidad la del pibe que sólo se conforma con algo pa’ comer”. O cuando Pepo, desde la cárcel de Ezeiza, le dedica a su mamá una balada que casi parece un tango. Flota una emoción que aniquila cualquier intento de explicar algo. O el momento en que Traiko Milenko, de Meta Guacha, le pone la voz a Alma blanca: “¿Qué me estás diciendo? Me estás ofendiendo; no me digas negro, soy igual que tú”.
“Acá no hace falta traducir nada porque el que está viendo esto ya lo conoce, ya lo escuchó”, afirma Roisi. De ahí que quieran poner la frase Una película para negros en el afiche de promoción, porque los que van a ver el film se saben las canciones, porque forman parte de su vida, porque las bailan cuando llega el fin de semana. Nadie tiene que explicarles a ellos quién es Pepo, ni el Traidor, ni Hernán Coronel. Pero, al mismo tiempo, tampoco es un código cerrado: la puerta está abierta para todos.

PARA EL HAMBRE NO HAY PUNK DURO

Hace tiempo que Roisi viene diciendo que la cumbia villera fue lo más punk que pasó en la Argentina a nivel musical. No es el único que lo sostiene, claro, pero para él mismo fue una revolución que le cambió la vida. En 2001 era ejecutivo de cuentas en una empresa, se quedó sin trabajo y se hizo fletero, porque le pagaron la indemnización con una chata. “Fue el momento más feliz de mi vida”, jura. Cuando descubrió la bailanta que quedaba a pocas cuadras de su casa, comprendió que estaba pasando algo importante. Empezó a ir a Radio Studio de jueves a domingo, escuchando, estudiando los estilos, tratando de comprender. “A las 12 ya estaba en los barcitos de afuera y veía cuando bajaban todos del tren para ir a bailar, con sus equipos de gimnasia”, recuerda.
En todos estos años, Roisi, cuyo personaje en la película también forma parte de la ficción, siguió investigando, creó su propia banda de cumbia (Fantasma), montó un proyecto de acción social y cultural directa en la Villa 20 de Lugano, llamado Odisea 20, produjo un libro sobre el tema (Familias musicales) y armó La Mágica (junto a Ariel Fligman), una fiesta de cumbia curada que rescata a los mejores exponentes del género. “Y ahora viene la película, que cierra este proceso de romper prejuicios, que empezó una noche en Radio Studio, hace más de diez años”, sostiene. En el medio de ese viaje coincidió con Jure, que lo invitó a hacer la música de la serie Alegría y dignidad, emitida por Canal Encuentro, que retrataba la cultura y los proyectos en las villas.
Uno de los aspectos que más flasheó a Jure y Roisi de este link directo entre el punk y la cumbia villera es que los dos géneros tuvieron en común el desinterés absoluto por trascender; no era un puñado de bandas de rock queriendo “hacer que funcione” y firmar el contrato discográfico de sus vidas. Lo que había en cambio en los grupos de cumbia villera, desde Flor de Piedra (producido por Pablo Lescano, con el hit Vos sos un botón) y Guachín (con su tema fundacional del género, llamado La danza del tablón) hasta Damas Gratis o Supermerk2, era una sensación de pérdida total, una completa confianza en que el futuro no tenía ninguna posibilidad: el No Future argentino real. “Son pibes de barrios marginales a los que les habían afanado el porvenir, no tenían nada y la reacción contra eso fue a través de la música”, estipula Jure.
Y tuvo que ser cumbia porque ahí, al alcance de mano, estaban las raíces, lo que se bailaba en los barrios, lo que escuchaban los viejos. Con eso sobraba para cantar contra el sistema. “La cumbia es Argentina y Argentina es cumbia. La película describe una realidad: más que víctimas, estos flacos son una consecuencia. No eligieron cagarse de hambre y no ir a la escuela. ¿Qué les vas a pedir? ¿Qué canten Soda Stereo?”, dice Roisi.

MAS ALLA DE LA MUSICA

En el momento mismo en que la cumbia villera empezó a sonar en todos lados, quedaron instalados también el prejuicio y la discriminación, que se anclaron en las letras más violentas del núcleo duro de la movida. La tele se ocupó de mostrar muy bien todo y se hizo un picnic con programas del estilo Policías en acción y otros que adoran filmar trompadas a la salida de las bailantas, todo al ritmo de cumbia. “En los recitales de rock te ponen las cámaras a las siete de la tarde, cuando los músicos están llegando, y a los cumbieros los filman a las seis de la mañana, cuando salen”, distingue Roisi.
Para Jure, lo más cruel del estereotipo de cumbia villera es que su gente sufre el estigma de ser categorizada por lo que no tiene: sin salario, sin educación, sin salud. El viejo chiste del barrio privado: privado de escuelas, privado de gas, privado de agua corriente. Ese es otro de los objetivos de la película: romper con los prejuicios y contar que, detrás del chabón con gorrita, están el Mono, El Traidor, El Traiko, que piensan, escuchan e interpretan lo que está pasando con una lucidez y una sensibilidad especiales. “Más allá de la música, se muestra a estos artistas en su humildad y también en su sufrimiento. En la película pareciera que, detrás de la fachada de tipos duros, en verdad son nenes soñadores”, opina Roisi.
Quizá fueron ellos, los voceros del género, los que mejor entendieron y supieron transformar en canciones los gritos de los saqueos. En ese sentido, Roisi entiende que Pablo Lescano es “un Che Guevara del 2001 en versión cumbiera; es el creador de todo y está por encima de todos porque fue un visionario e hizo que la cumbia villera trascendiera límites, países y sonidos”. Y sin embargo, todavía hoy, esos héroes anónimos de la cumbia villera siguen siendo “Elvis Presley de jueves a lunes y el negrito de siempre cuando llega el martes a la mañana”, coinciden los realizadores de la película.
Y aseguran que todos los prejuicios sobre la cumbia villera no son musicales sino sociales, porque develan “la fobia al pobre, al negro”, el terror indecible de bajar de clase social, de terminar en la villa como simbolismo de un mismísimo descenso a los infiernos.

FUNDAMENTALISTAS DEL AIRE ACONDICIONADO

Por último, Alta cumbia pondrá en escena un compilado de frases maradonianas. Una de las mejores es la que manda Fideo, productor e inventor del grupo Supermerk2, la última banda de cumbia villera. “El tipo de clase media siente que llegó el día que cuelga el diploma. Yo sentí que había llegado el día que le colgué el aire acondicionado a mi vieja”.
También hay que prestarle atención al encuentro de dos potencias: el Pity, de Viejas Locas, y Tito, de Re Piola, que se da un viernes a la tarde en una casita de San Isidro. “Para mí, todos los rockeros tendrían que escuchar cumbia. Yo ya lo hice”, suelta el ex Intoxicados. En la película se registra un hito en la vida del Pity: su primera vez en una bailanta. Esa noche, en un megaboliche llamado Tornado, en José C. Paz, se sube para tocar un tema suyo, Una vela, que los Re Piola hacen en versión cumbiera. “Lo único que no me banco de la cumbia es ese chingui chingui que no para nunca”, se queja.
Pero pese al chingui chingui, es innegable que la cumbia es la música que más se escucha en la Argentina, la que más convoca, la que atraviesa todas las generaciones. E indudablemente el movimiento juvenil más popular y federal de este siglo, mucho más que los floggers, hipsters e indies.

“La balsa” tropical

El Traiko llega a un café de Belgrano y Entre Ríos con campera deportiva blanca y gorra. No se sabe si está nervioso por la nota o porque es tímido y ya, incluso cuando es el responsable de uno de los himnos más potentes, sensibles y justicieros de lo que fue entendido como cumbia villera y que, en su caso, deviene de una tradición de cumbia testimonial. Alma blanca, de su grupo Meta Guacha, bien vale como el Say It Loud - I’m Black and I’m Proud (“Soy negro y estoy orgulloso”) del astro funk James Brown.

¿Qué me estás diciendo? Me estás ofendiendo; no me digas negro, soy igual que tú.

“Yo quería hablar de la discriminación y de la fe, que nunca se pierde, pase lo que pase. El 2001 fue un momento social muy fuerte y la gente tomaba lo que nosotros decíamos para descargarse, como un grito”, cuenta el músico, muy creyente de la Virgen de Luján, ciudad a la que peregrina todos los años.

Soy de los que van a pedirle a la Virgen, de los que caminan a la Catedral.

Para él, las cosas no han cambiado tanto desde aquel estallido: “Siguen discriminando al que escucha cumbia, aunque después la bailan”. Traiko explica que, de todas maneras, siempre se sintió más identificado con la cumbia testimonial. “Cumbia villera fue un título comercial que le pusieron las discográficas. Cuando todos hablaban de joda, chorros y drogas, nosotros queríamos contar que en la villa la gente también se enamora, nacen chicos y se sufre por un hijo”, dice.

Soy de los que van a pedir que no falte en su casa nunca un pedazo de pan.

Meta Guacha tiene siete discos editados, toca casi todos los fines de semana y viene de hacer una gira por México, en donde les piden que canten los viejos hits: “Tuve que volver a buscar las letras porque no me acordaba nada”, jura Traiko.

Yo soy de la cumbia, soy de la resaca y de los boliches de la capital.

Cumbia bille(te)ra

Pasan las crisis, cambian las formas de escuchar música, proliferan las copias truchas y las descargas ilegales y, pese a todo, el modelo de negocios de la cumbia sigue bastante firme. Así lo afirma Pablo Serantoni, uno de los productores históricos de la movida tropical junto a su hermano Adrián, y productor artístico del programa de tevé Pasión de sábado. El promotor le indicó al NO que el mercado discográfico cumbiero mueve unas 400 mil unidades al año.
En general, las bandas del palo sacan un CD al año pero, como tocan todos los fines de semana –hasta diez veces por noche, con shows de 20 minutos por reloj–, el disco “se cansa más rápido”, explica Serantoni. Entonces, los grupos lanzan temas por separado, adelantos que serán nuevos hits (si el gusto del público les da el OK) e integrarán el material siguiente.
En este sentido, los conjuntos grandes o más tradicionales del paño tropical (por caso, Los del Fuego, Los Palmeras o Los Leales) tienen otra frecuencia y suelen sacar un disco de estudio (con tiradas cortas, para que se agote rápido) y uno en vivo por año. Al mismo tiempo, los CDs de cumbia son más baratos que los de rock y pop porque no se trabaja tanto en el arte de tapa ni en el pack, en la calidad de los fotos, la tipografía o la impresión. “Tratamos de bajar el precio lo más posible para competir con la piratería, que también nos afectó mucho”, aclara Serantoni.
En cuanto al sistema de generación de ingresos, el mercado se alimenta con los shows de los grupos, que luego reinvierten gran parte de su cachet en difusión. Prácticamente no hay inversión en ensayos, ya que con tanto show y grabaciones permanentes, no parecería necesario; tampoco se da un fuerte desembolso en sistemas de sonido, ya que como por lo general los instrumentos salen por línea (en especial las percusiones electrónicas, los teclados y las voces), no es indispensable sumarles una amplificación.
En el mundo cumbiero se crean nuevas bandas todo el tiempo, al igual que en el rock, pero la diferencia es que las de música tropical logran mayor o más inmediata exposición (el rock no tiene tantas publicaciones para difundirse y tampoco un programa de tevé abierta dedicado a grupos nuevos ni viejos).
Hay bandas de cumbia, incluso, que son armadas vía casting, para la temporada primavera-verano, y se convierten en fenómenos estacionales que caen en el olvido a los pocos meses, como sueños marchitos del marketing. A veces, el nombre de un grupo funciona como una marca, una licencia, y los integrantes van rotando hasta encajar con el paladar de la gente. “Y como hay más locales bailables para tocar que en el rock, siempre hay más posibilidad de laburo para todos”, concluye el productor. Además de Magenta, Procom, Ser Music, Barça Discos y Leader Music también publican cumbia. “Pero muchos artistas tropicales están sacando sus discos en forma independiente”, destaca Serantoni.

Fuente: Suplemento No!

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