martes, 29 de octubre de 2013

ADOLESCENCIA PRECOZ

Las tecnologías de la información generan nuevas pautas de comunicación y de consumo que aceleran los tiempos de maduración y producen una temprana sensación de independencia. 



Te quiero, te adoro y nunca te voy a olvidar; contá conmigo para lo que necesites, yo siempre voy a estar ahí.” Frases así, con igual o más emotividad, pueden leerse en los muros de Facebook de chicos y chicas de entre 8 y 12 años de edad quienes, acompañados por el avance de las nuevas tecnologías y el aumento del consumo, adoptan conductas propias de los adolescentes, en un tiempo relativamente menor. 
La disyuntiva está en que no son niños pequeños, pero tampoco son aún adolescentes, aunque a veces se comporten como tales y se ocupen en forma minuciosa de su imagen; lo que incluye: horas de producción en el baño, la elección de la ropa y de los colores –en esta primavera-verano salen los tonos flúor–, el uso de maquillaje –para eventos como cumpleaños o piyamadas–, y el ritual de hacer recurrentes pasaditas frente al espejo para reconfirmar que todo lo demás esté bien.
Sin embargo, si bien hay cambios de apariencia, actitud y conducta, todavía no tienen los recursos internos de un adulto ni tampoco la madurez de la sexualidad; y su comportamiento fluctúa entre lo infantil y lo juvenil. “Como padre, uno suele fomentar el desarrollo de una voz propia. Hay una compulsión paterna a que el chico decida y es esa promoción de la autonomía que uno trabaja desde pequeños, que está ayudada por el sistema educativo, lo que da las condiciones para que a los 10 o incluso antes, surja esta idea de cierta independencia, que en realidad esperábamos a los 13”, asegura Karina Kalpschtrej, licenciada en sociología, docente en la Universidad de Buenos Aires y mamá de preadolescentes.
Ella asegura que se trata de un “fenómeno multicausal”, que incluye modificaciones culturales que se relacionan con el consumo, con la sobreestimulación, con la exposición a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías y hasta con el tipo de alimentación que se adquiere.
“La adolescencia es una moratoria social, es un espacio donde todo está permitido más que en la infancia porque allí aparecen un montón de limitaciones, de cosas que los chicos no pueden hacer. La preadolescencia entonces es la posibilidad de hacer cosas parecidas a los adultos, pero sin las responsabilidades y las consecuencias que eso tiene”, señala Kalpschtrej.
De usos y costumbres
“Hola te vengo a firmar tu murooooop! ti quierooo un besooo”, escriben en el Facebook las amigas de Morena, de 9 años, para quien todo lo bueno es alto: “alto gato”, “alto guiso”, “alto baile”. O, como contraposición, lo negativo es un “vuelco”: “Matías estaba dando el examen y volcó”; es decir, a Matías le fue mal en el examen. “El lenguaje que utilizan es una mezcla de un montón de otros lenguajes que no se corresponden a su edad, porque aún reaccionan como niños a cosas de grandes”, explica la socióloga.
Rosa Pappolla, secretaria del Comité de Adolescencia de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) dice que los cambios de los comportamientos no tienen que ver con “un adelantamiento de la adolescencia sino que hay cosas homogéneas que vienen del consumo, del mercado y de la construcción de la familia, que hacen que las seudoindependencias aparezcan en chicos de 8 y 9 años como una anticipación, y que se reflejan en la manera de vestirse o de independizarse con algunas tecnologías”.
A los preadolescentes no les falta el celular y un perfil en redes sociales –ya sean ellos los propios usuarios o se lo pidan a sus padres–, donde comparten y realizan grandes producciones de fotos grupales de amigos. En Facebook, en especial las nenas, suelen usar además categorías para señalar el grado de amistad que tienen con otra persona. Por ejemplo, la mejor amiga ocupa el rol de “espo”, es decir que en el perfil si son mejores amigas aparecen como “casadas”, siendo el máximo nivel de relación posible. Luego, hay otras clasificaciones como “amiga”, o en su defecto, una simple “compañera del colegio”.
Kalpschtrej explica que antes “había un espacio que se daba entre la finalización de la primaria y la secundaria que marcaba el fin de la niñez y el inicio de la adolescencia, y que el umbral pasaba por el sistema educativo”. Sin embargo, hoy eso no sucede porque la manera de transitar esos espacios cambió: “Hay una especie de previa para todo: desde el prenacimiento, no sólo por el momento en que uno sabe cómo se va a llamar su hijo o qué sexo tendrá, sino que ya es una rutina pensar en una ecografía 4D para conocer a tu bebé, su cara y sus gestos, hasta alcanzar etapas como la preadolescencia”.
Padres y juventud, divino tesoro
El consumo es uno de los aspectos clave de la inclusión social. Y en el caso de los chicos, podría decirse que también de la pertenencia. De allí, derivan gustos y ciertas estéticas que influyen en la relación con sus padres.
“Hoy los padres trabajan todo el día o hay muchas familias monoparentales, entonces los niños pasan largas horas frente al televisor o con otras personas. Frente a esta situación, los padres se sienten culpables y tienden devolver en forma material el tiempo afectivo que no estuvieron”, dice Eva Rotemberg, directora de la Escuela para Padres. “Antes no existía por ejemplo la moda para niños, ahora son ellos los que piden la ropa de marca o todo lo que se usa porque hay un mercado de consumo que los estimula”, agrega.
Las fiestas de cumpleaños son un claro reflejo de esta tendencia. En las casas de fiestas infantiles, a partir de los 8 o 9 años, existe la opción de organizar “minidiscos”, que incluyen karaoke, luces y efectos, DJ y hasta una barra de tragos sin alcohol para todos los chicos.
“Los padres, en general, han perdido bastante la autoridad. La revalorización de la juventud en los adultos es uno de los factores que ha contribuido a ello, con lo cual la experiencia, la madurez, todo lo que podía tener valor como consejos, ahora es diferente”, afirma Rotemberg. Junto con la desestructuración de rigideces y las distancias en los lazos afectivos, esta valoración de la autonomía y de lo juvenil también incide en esos cambios legitimando la precocidad. 
La generación M
Como construcción social, las edades que se toman en la Argentina como período de comienzo de la adolescencia se encuentran entre los 10 y los 12 años. En el aspecto biológico, existe una tendencia en los últimos tres o cuatro siglos de adelantamiento de ese reloj biológico. “El promedio indica que en las nenas, los cambios puberales terminarían con la primera menstruación alrededor de los 12 años, y los varones, completarían este girón a partir de los 14”, señala la pediatra Rosa Pappolla, del Comité de Adolescencia de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
Los preadolescentes, también conocidos como “tweenies” o “tweenagers” –un neologismo que resulta de la unión entre teenagers, es decir adolescentes, con wee, pequeñitos–, corresponden a los chicos de entre 8 y 12 años. “La manera de transitar esta etapa depende de las características de cada chico y de cada familia; hay quienes la atraviesan de una manera más aniñada y otros que la anticipan, pero lo que no hay son rituales de paso. Es decir que, a diferencia de años anteriores, donde se podía identificar en una foto antigua quien era el tío, los abuelos, el padre o la madre; hoy esos roles ya no están tan estereotipados”, argumenta Pappolla.
Y asegura que junto con las transformaciones provocadas por el mercado y la tecnología, cambió la familia en general. De tener una estructura tipo, donde en los últimos 20 o 25 años eran muy pocas las familias homoparentales, o con una mujer a cargo, hoy pueden estar ensambladas, “con un rol femenino muy pionero en lo que respecta a ser jefa de hogar”.
Un estudio realizado en el marco del 7° Congreso Argentino de Salud Integral del Adolescente por el pediatra Ariel Melamud “Adolescencia e Internet”, indica que la generación M (por multimedia) está integrada por aquellos chicos de entre 8 y 18 años conocidos como “nativos digitales” que comparten ciertas características: pasan cada vez más tiempo usando internet y videojuegos, sin haber reducido por ello el tiempo que pasan con los medios tradicionales como la televisión y la música. Usan más de un medio en forma simultánea e incorporan una mayor cantidad de contenidos en el mismo período de tiempo.
“A partir del uso de la tecnología, los chicos democratizan la información, se incentiva el conocimiento y el valor de la imagen”, explica la pediatra. “Lo privado se vuelca al espacio público; situación que no estaba asignada en las adolescencias de las décadas de los 80 o 90, donde era impensado que lo que te pasara lo supiera todo el mundo. De hecho antes había una cierta introspección, donde los chicos escribían o componían canciones.”
Hoy, todo se comparte, las reflexiones, las fotos, los conocimientos; no hay mejores o peores épocas, son diferentes. Como afirma la integrante de SAP, “cuesta mirar la propia juventud, a veces hay una especie de borramiento; más que criticar, como adultos hay que ponerse en el lugar del otro”.
Fuente: Diario Z

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