martes, 22 de octubre de 2013

OPERACIÓN "ONCE POR PONCE"

El 7 y el 8 de julio de 1975, la CNU asesinó a seis estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata como represalia por la muerte de uno de sus integrantes. La masacre fue parte de la política represiva del gobierno de María Estela Martínez de Perón frente a las crecientes movilizaciones populares contra el Rodrigazo.

Por Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal.


La masacre, que venía siendo anunciada desde días antes con pintadas en las paredes de La Plata, fue bautizada “Once por Ponce” por la Concentración Nacional Universitaria (CNU), pero los asesinados del 7 y 8 de julio de 1975 fueron seis. En esas fechas, en tres operaciones diferentes, el grupo de tareas parapolicial capitaneado por Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio asesinó a los estudiantes universitarios Mario Marcelo Cédola, Pablo del Rivero, Gustavo Jorge Rivas, Guillermo Oscar Codino, Norberto Juan Orlando y Roberto Antonio Rocamora. Los cuatro primeros fueron fusilados en la calle, a plena luz del día, con aviso a la Policía de la Provincia de Buenos Aires para que no interviniera, en tanto que Orlando y Rocamora fueron acribillados la madrugada siguiente, luego de que la patota irrumpiera en la casa donde vivían, en los límites de La Plata con la localidad de Berisso, en una zona previamente liberada por la Bonaerense. Cinco de las seis víctimas eran militantes de superficie de diferentes agrupaciones universitarias. Ninguno de ellos estaba armado.
La investigación de Miradas al Sur pudo establecer que estas acciones criminales de la CNU, realizadas al amparo del Estado, tuvieron dos objetivos complementarios. Por una parte, sembrar el terror entre la población –y, en particular, en el estudiantado universitario– para frenar las crecientes protestas y movilizaciones obreras y estudiantiles contra la política económica del gobierno de María Estela de Perón, cuya cara visible era el ministro de esa cartera, Celestino Rodrigo. Por la otra, vengar la muerte de uno de los más conspicuos miembros de la banda parapolicial, Gastón Ponce Varela, ejecutado por la organización Montoneros el mes anterior.

El asesino Gastón Ponce Varela. La patota de la CNU platense venía operando impunemente, con protección del gobierno provincial del sindicalista de ultraderecha Victorio Calabró y de la intervención fascista de la Universidad Nacional de La Plata, desde los últimos meses de 1974. Sin embargo, esa impunidad que le permitía secuestrar y asesinar, con apoyo policial, a militantes indefensos había empezado a resquebrajarse. A principios de junio de 1975, un comando de Montoneros ejecutó a Gastón Ponce Varela en la puerta de su casa, cuando estaba a punto de entrar con su mujer. Conspicuo integrante de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) y amigo íntimo del jefe del grupo de tareas, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, Ponce Varela solía jactarse provocadoramente ante sus amigos y en reuniones familiares de los muertos que cargaba. “Una vez dijo delante mío, sabiendo que yo estaba en sus antípodas políticas, que ya llevaba como noventa muertos, pero que El Indio le ganaba, porque había matado como a ciento diez. También se jactaba de haber participado de la Masacre de Ezeiza y del derrocamiento de Obregón Cano y Atilio López, en Córdoba”, relató a Miradas al Sur uno de sus primos, Marcelo Ponce.
Los autores de esta investigación pudieron establecer que la CNU platense culpaba a Marcelo Rave (un oficial montonero que luego fue asesinado por la dictadura) de haber participado de la ejecución de Ponce Varela. Y quería venganza. Pero un oficial montonero no era un blanco fácil para la CNU. La posible resistencia de un cuadro con entrenamiento militar que seguramente estaría armado resultaba altamente riesgosa para los miembros de la patota, acostumbrados a asesinar a personas indefensas.
Por eso, en los meses siguientes, la CNU hostigaría de manera constante a los familiares de Marcelo Rave. El 24 de agosto de 1975, a las ocho menos cuarto de la mañana, el menor de los hermanos Rave, Miguel, de apenas ocho años, fue secuestrado por un grupo de tareas de la CNU cuando iba a la escuela. “Es el único caso de un chico que secuestraron solo. Salió a las ocho menos cuarto para la escuela y lo levantaron en la esquina de 9 y 42, a una cuadra y media de casa, en pleno día. Con su guardapolvo blanco y su portafolio. Recién apareció al día siguiente”, relató Marucha Rave, su madre, a los autores de esta investigación. “Lo que él contó –agregó– es que le taparon los ojos con una cinta negra, que no vio nada y que le preguntaban por Marcelo.” Miguel no sabía dónde estaba su hermano y nada les pudo decir.
El 24 de agosto, la patota del Indio Castillo colocó una bomba de fabricación casera en el frente de la casa de los Rave, en 8 entre 42 y 43. El objeto, inconfundible, fue descubierto a tiempo y desactivado por un vecino que trabajaba en la policía. Dos días después, el 26 a la noche, la CNU colocó otra bomba en el frente de la casa de la calle 8. Esta vez no la descubrió nadie y estalló. La onda expansiva fue más para la vereda opuesta que hacia la casa, cuyo frente quedó de todos modos destruido. Estallaron casi todos los vidrios de la cuadra y algunos de casas ubicadas a más de cien metros de distancia. No hubo víctimas.
Finalmente, la noche del 23 de diciembre, en una operación conjunta realizada con tropas del Ejército y la Policía Bonaerense, la CNU secuestraría y asesinaría a otro de los hermanos de Marcelo Rave, Arturo –conocido por todos como Patulo–, un militante de la UES de 18 años (Ver nota “A Patulo lo hicimos nosotros”, en Miradas al Sur del 31 de marzo de 2013).
Pero a principios de julio de 1975 todavía nada de eso había ocurrido. La CNU necesitaba dar una señal y decidió hacer ver como su venganza por la muerte de Gastón Ponce Varela el raid asesino que les costaría la vida a seis estudiantes universitarios indefensos.

A plena luz del día. El primer asesinato lo perpetraron por la mañana, en la Plaza Moreno, ubicada en el centro geográfico de la ciudad de La Plata. La víctima fue Guillermo Oscar Codino, que fue baleado por la espalda cuando caminaba solo por el lugar. La información publicada por el diario platense El Día reconstruye así los hechos: “El nombrado (Codino) fue alcanzado en la espalda por una ráfaga de ametralladora que accionó un sujeto joven, que momentos antes había descendido de un automóvil y en el que, una vez consumados sus designios, escapó junto con otros sujetos”.
El de Guillermo Oscar Codino fue el primer crimen que la CNU platense cometió a plena luz del día, en la calle, modificando el modus operandi de secuestros nocturnos y fusilamientos en las afueras de la ciudad que la había caracterizado hasta ese momento. Este cambio en el accionar sólo pudo ocurrir con aprobación de las autoridades que brindaban protección y liberaban las zonas para que la banda pudiera operar sin inconvenientes. El objetivo quedó claro ese mismo día: dar un paso más en la escalada de terror.
Seis horas más tarde, Mario Marcelo Cédola, Pablo del Rivero y Gustavo Jorge Rivas fueron baleados con armas largas desde un auto cuando transitaban en moto por la zona norte de La Plata. El diario El Día relató así los hechos: “El atentado tuvo como escenario la calle 9 entre 530 y 531 de Tolosa, cuando las víctimas se conducían en motocicletas hacia las afueras de la ciudad. En esos instantes fueron atacados a balazos por un grupo de individuos que viajaban en un automóvil. Cédola y Del Rivero perecieron instantáneamente mientras que el otro joven fue auxiliado por los vecinos”.
Gustavo Rivas agonizó durante dos días en el Hospital Español de La Plata. Poco antes de morir le dijo a un familiar que había reconocido claramente a dos de sus asesinos.
Rivas y Del Rivero eran estudiantes de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata y reconocidos militantes de la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Compartían con Mario Cédola la pasión por las motos y solían salir juntos en las máquinas que ellos mismos acondicionaban. Tanto Rivas como Del Rivero estaban en la mira de la CNU, pero Cédola también. Los autores de esta investigación pudieron establecer a través de una fuente altamente confiable que días antes había sido identificado por miembros de la CNU cuando sacaba fotografías de un incidente en el cual estaban participando. Algunos de estos integrantes de la CNU lo conocían muy bien, ya que no hacía mucho había tenido un enfrentamiento con ellos. “Cédola había tomado –desde la terraza de su casa, en 4 y 44– imágenes de los incidentes ocurridos días antes frente a la sede de la Uocra en los que participaron integrantes de la banda comandada por El Indio Castillo. Su acción fue advertida por algunos de los miembros de la CNU, por lo que su muerte pudo haber sido una forma de evitar que esas imágenes se hicieran públicas”, señaló la fuente. Y agregó: “A Cédola, a Del Rivero y a Rivas los de la CNU los conocían muy bien, y no sólo se las tenían jurada por razones políticas. Poco antes de que los mataran, en una confitería llamada Tabac, que estaba en 45 entre 6 y 7 y a la que los de la CNU iban seguido, se habían agarrado a las piñas y los botellazos con ellos porque uno de los fachos había querido pasarse con una de las chicas que iba en el grupo de Cédola. En la pelea, los fachos llevaron la peor parte”.

Acribillados de noche. Roberto Antonio Rocamora y Norberto Juan Orlando estudiaban en la Universidad Nacional de La Plata y militaban en el Grupo Universitario Socialista (GUS), una agrupación que respondía a la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO). Hacía poco tiempo que se habían mudado a una casa ubicada en 127, cerca de la Universidad Tecnológica Nacional, en los límites de La Plata con Berisso. La patota de la CNU llegó allí la madrugada del 8 de julio y derribó la puerta. El Día relató: “En el último de los hechos, ocurrido en una finca de Berisso, intervinieron varios terroristas que ingresaron al inmueble sorprendiendo a sus moradores, los citados Orlando y Rocamora. Éstos fueron obligados a permanecer de cara a la pared y en un rincón, y al recibir la descarga de armas automáticas ambos se abrazaron, y en esas condiciones fueron hallados posteriormente sus cadáveres por la policía”.
Roberto Rocamora era un reconocido y respetado militante en la Facultad de Ciencias Naturales, donde integraba el centro de estudiantes como representante de la Lista de Base, conformada por el GUS y los Grupos Revolucionarios de Base (GRB), la agrupación universitaria de las FAL22. La CNU, algunos de cuyos integrantes hacían inteligencia y acciones intimidatorias casi cotidianas en el Museo, lo tenía identificado. Eso pudo haber determinado que se lo eligiera como una de las víctimas de la operación “Once por Ponce”.
Lo que ni Rocamora ni Orlando sabían era que la casa que habitaban desde hacía poco tiempo no era segura. La investigación de Miradas al Sur pudo establecer que, a principios de 1975, antes de que la alquilaran y se mudaran, esa vivienda había sido objeto de un ataque de la patota de la CNU, que buscaba –con intención de secuestrarlos y matarlos– a dos militantes, hoy desaparecidos. José Raúl Díaz, también conocido como El Negro Sugus, y Eduardo Priotti, Dito, provenían de las FAL22 y en ese momento militaban en el PRT (Priotti se integraría a Montoneros meses después del golpe del 24 de marzo de 1976). A principios de ese año habían salvado sus vidas porque la noche que la patota fue a buscarlos no estaban en la casa. Díaz era morocho, como Rocamora, y Priotti era rubio, como Orlando.
En marzo o abril de 1975, uno de los autores de esta investigación, que militaba en el PRT, fue citado con urgencia por Eduardo Priotti el día posterior al allanamiento para que lo acompañara a la casa, mientras otros compañeros del ERP montaban vigilancia, para ver si se podía recuperar algo. Encontraron todo dado vuelta.
A ese lugar se mudarían poco tiempo después, sin saber nada de lo ocurrido, Roberto Rocamora y Norberto Orlando. Y allí serían asesinados por el grupo de tareas de la CNU.

Asesinos identificados. Gustavo Rivas reconoció a dos de los asesinos que viajaban en el auto desde el cual lo balearon. Mientras estaba, agonizante, en una cama de la sala de terapia intensiva del Hospital Español de La Plata, pudo decir sus nombres a un familiar muy cercano. Después de la muerte de Rivas, este allegado dio esos nombres a un familiar de Mario Cédola que por entonces era un marino de alta graduación en actividad. Los asesinos identificados por Rivas son Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio y Eduardo Fromigué (a) El Oso, dos conocidos integrantes de la Concentración Nacional Universitaria.
La participación de Fromigué en la masacre de “Once por Ponce” también fue señalada muchos años después por un militante de Silo en una carta de lectores publicada por el diario La Nación. El autor de la carta, fechada el 11 de mayo de 2007, es Arturo Gustavo Cabarrou y en ella dice: “Quisiera hacerle llegar una aclaración con respecto a una solicitada sobre ‘deportistas desaparecidos durante la dictadura militar’. En la solicitada de la Presidencia de la Nación publicada el 24 de marzo del 2007 en diferentes medios de prensa argentinos se incluye el nombre de Pablo del Rivero (rugby), cuando el mismo no fue ‘desaparecido’ sino directamente asesinado en julio de 1975 por el señor Fromigué, durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón. Pablo del Rivero fue asesinado en La Plata junto a sus amigos Mario Cédola y Gustavo Rivas en julio de 1975, cuando circulaban en moto. Fromigué no sólo asesinó a Pablo del Rivero y sus amigos, sino que días más tarde asesinó a Eduardo Lascano y a Ricardo Carreras, siloístas, en la esquina de 7 y 39, La Plata”. (Sobre los asesinatos de Lascano y Carreras, ver: “Disparen contra Silo”, en Miradas al Sur del 10 de junio de 2012.)
Eduardo Fromigué fue miembro operativo de la CNU y “culata” de la Unión Obrera Metalúrgica. También fue integrante de la Triple A y participó del comando de la CNU que asesinó a Víctor Hugo Kein en Mar del Plata (un crimen que podría considerarse como parte de la misma operación). El Oso fue acribillado poco después de la operación “Once por Ponce” en un confuso episodio en una parrilla de Florencio Varela, durante un presunto ajuste de cuentas entre la CNU, que respondía a Calabró, y la patota de Lorenzo Miguel.
Cuando supo de esa muerte, el alto jefe naval que era familiar de Mario Cédola dijo: “Ahora voy a poder dormir tranquilo”. Por entonces la Armada ya tenía bajo sus órdenes a varios de los grupos parapoliciales que operaban en La Plata y su zona de influencia.

Fuente: Miradas al Sur.

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