viernes, 25 de octubre de 2013

"NO ME IMPORTA SI ES ROCK"

Jose Luis Rodriguez ex bajista de La máquina de Hacer pájaros presenta “Cool”, su nuevo álbum. Y dice que le alcanza con que sea música.
Por Eduardo Slusarczuk


“Cuando estás en un grupo de rock, siempre hay canciones que uno va componiendo y que van quedando ahí, porque no dan con el estilo de la banda. Canciones cercanas a veces a la balada, que nacen tocando en tu casa con la acústica, a la noche. Con parte de ese material que encontré buscando en la casa de mis viejos, armé Cool”, cuenta José Luis Fernández, que lo presento, en La Trastienda, con su banda e invitados.
Integrante, desde el ‘69, del grupo Consiguiendo Vida, junto a Guillermo Conte, Gustavo Montesano y Pino Marrone, con los dos últimos -más Daniel Frenkel- gestaron Crucis. “Ahí fue cuando me llamó Charly (García), para que me sumara a La máquina de hacer pájaros”, recuerda. Y completa: “Como contrapartida por haber dejado al grupo sin bajista, Charly les produjo el primer disco.”
“Los cinco éramos buenos músicos, pero Charly era híper famoso, y (Oscar) Moro había pasado por Los Gatos, y (Carlos) Cutaia por Pescado Rabioso. Sin embargo, había espacios. Todos teníamos un lugar para aportar lo que podíamos. En el segundo disco hay temas de todos. Para mí era impresionante. Yo era un pibe que estaba en quinto año, terminando el colegio. Y, de pronto, como no podía faltar más, iba al cole y de ahí me iba a tocar en algún estadio”, resume Fernández.
Tras la disolución de La Máquina, mientras García le daba forma a Serú Girán, Fernández eligió reintegrarse a Crucis. “Si me preguntás cuál fue la banda más grossaque vi en vivo, te respondo que fue Serú. Pero eso no se sabe de antemano, y en ese momento era un grupo en formación”, argumenta Fernández, quien, no obstante, participó del recital Música del Alma –aportó su tema Studio Jam a la lista- y de algunas sesiones de grabación junto a Moro y García.
Finalmente, prefirió viajar a los Estados Unidos con Marrone y a Aníbal Kerpel. “Fuimos como a hacer alguna historia. Tocamos, pero no hicimos ninguna historia”, admite el músico. Tiempos oscuros de la Argentina, a veces atravesados por el absurdo. "Una vez, en plena época de la represión, los milicos nos subieron a un avión Hércules con La Máquina, con los pelos hasta la cintura, tomando LSD, y aparecimos tocando para los soldados", recuerda. No obstante, el músico aclara que su decisión de probar suerte en el exterior no tuvo que ver con la cuestión política. “No me fui por eso. A veces, me jode cómo se distorsiona la historia, y algunos buscan aparecer como ‘exiliados’ cuando no lo eran”, señala.
Aún así, en Sofía (una historia sin nombrar), una de las canciones de su nuevo álbum, Fernández hace referencia a los años de la última dictadura militar a través de la historia de una chica desaparecida, amiga de su novia de aquellos días. “Pero desde un lugar diferente”, aclara. Y amplía: “No voy a ser tan estúpido, a mi edad y después de haber pasado por todo, de quedarme con lo que quieren que crea. Entonces, Sofía además de contar lo que hacían los milicos, también cuenta cómo las agrupaciones guerrilleras agarraban a los pibes de la secundaria y les decían: ‘Nena, andá a poner este paquetito en ese banco’, o ‘andá a repartir estos panfletitos’, y los dejaban expuestos.”
Durante aquella estadía en Los Angeles, además de tocar con algunos músicos locales, Fernández se convirtió en un seguidor de los Grateful Dead -“Era un dead head. Los iba a ver todo el tiempo”, dice. Pero la travesía, para él duró apenas un par de años. Y, mientras Gustavo Santaolalla –“León Gieco también vino en algún momento a hinchar las pelotas con nosotros”, agrega al pasar- se sumaban a la troupe, Fernández volvió al país, para luego partir hacia España, donde permaneció hasta mediados de la década pasada.
Antes, fue parte de una especie de Pappo’s Blues express, que el Carpo armaba de apuro. “El, que era un delirante, vendía su propios shows. Entonces, un sábado a la mañana me llamaba y me preguntaba: ‘Hormiga, ¿no tenés laburo? Bueno, esperá que armo unshowcito’. Y a la noche me pasaba a buscar con un colectivo al que le sacaba los asientos, lo pasábamos a buscar al Mono Fontana, y aparecíamos como trío tocando temas de Pappo en clubes del conurbano. Eran tiempos muy distintos.”
¿En qué sentido?
Había mucho laburo. En carnavales, no dormías. Tocabas todas las noches y levantabas una guita impresionante. Los grupos de barrio ganaban muy buena guita. Ahora, los pibes están regalados. Les pagan a los dueños de los bares para tocar, o se ponen a vender entradas. Los tratan como el orto. Antes no era así: ibas y te pagaban, aunque fueran unos pocos manguitos.
¿Con qué panorama musical te encontraste, cuando volviste, en 2005?
Estos últimos diez años me parecen la década más pobre del rock nacional. Sin duda. Creo que el último gran grupo que pudo haber acá fue Patricio Rey y sus redonditos de ricota. Después de eso, lo que está pasando con la música no me está gustando nada.
¿A qué lo atribuís?
Creo que es algo que en la Argentina está sucediendo en todos los ámbitos. No sería ético ni bien educado, ni bonito que hable de La máquina, o de esa época; pero hablemos de los ’80. Había un montón de bandas buenas en el país. A punto que tanto en esa década como en la del ’90, la Argentina siempre fue un país que marcaba el rumbo en el rock en castellano, incluso para los españoles. Hoy vamos a la cola. Mientras aparecen grupos en Colombia, México o Nicaragua, los grupos argentinos están haciendo pelotudeces con la música.
¿Tenés contacto con los músicos más jóvenes?
Yo me hago amigo. Los músicos jóvenes son divinos. Muchos escucharon los discos de aquella época y me dicen que aprendieron algunas cosas de ahí. Pero realmente no entiendo muy bien qué hacen con eso. Es como cuando lo escucho a (Andrés) Calamaro decir que su ídolo es Bob Dylan. Ok, ¿y entonces? No me queda muy claro. Porque cuando Charly te dice que sus ídolos eran los Beatles, lo entendés apenas lo escuchás. Pero cuando un pibe te dice que su ídolo es tal o cual, y después resulta que tocan cumbia, ¿en qué quedamos? Hoy en día es mucho más fácil acceder a información que antes nos costaba muchísimo conseguir. El tema es qué hacés con eso. Creo que la sociedad se bastardeó en todo sentido.
De nuevo en Buenos Aires, tras su largo capítulo español, que lo puso en contacto con una música a la que tributa en su Canción Celta, que habla de ambiciones desmedidas, a José Luis Fernández le llevó un tiempo acomodarse, y emprender el trabajo arqueológico cuyo resultado se cristalizó en Cool. “Cuando me puse a revisar, aluciné. Me encontré con borradores de unas 500 canciones”, dice. Temas que ni siquiera tuvo en cuenta cuando grabó Mira hacia el futuro (1982) y Piedra por cristal (2007). Sus únicos dos trabajos solistas; hasta ahora.   
¿Cuál es la diferencia más marcada de "Cool" con respecto a aquellos dos discos?
Aquellos eran intentos musicalmente más rockeros que éste, pero complacientes. Quería que sonaran como lo que los demás podían esperar de mí. Ahora van a preguntar dónde quedó el rockero. Pero creo que estas canciones están buenas. Cuando grabé el tema Te conseguiré (segundo en la lista de Cool), me pregunté: ‘¿Se puede escuchar? Sí. ¿Es música? Sí.’ Ya está. No tengo otra cosa. No quiero parecer arrogante, ni resignado, pero a los 56 años ya no me importa si es rock o qué. Es lo que hay.
Fuente: Clarín 

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