lunes, 14 de octubre de 2013

"APRENDÍ TODO EN LOS BARES DE BUENOS AIRES"

POR EINAT ROZENWASSER


El legendario baterista y cantante de Manal Javier Martinez, repasa los itinerarios de los primeros rockeros y celebra a las librerías del centro porteño.



La esquina es la misma aunque, claro, cambió mucho. Ya no están la boiserie de madera ni el mozo gallego que repetía: “Acá no se puede tocar guitarra”. Todo lo contrario. Esta noche toca Javier Martínez en La Perla de Once y ahí se asoma, desde el escenario, donde ajusta uno de los toms de la batería sobre la que después repasará los clásicos de Manal y su repertorio solista. “Cuando venía era bar nomás”, recuerda. Promediaba la década del ‘60, y Pueyrredón y Jujuy era la última parada del circuito que repetía noche a noche ese grupo de jóvenes que se creían “dueños de la Ciudad”.
“Empezábamos a la tardecita en ‘la manzana loca’, alrededor del Instituto Di Tella: el bar de la Galería del Este, el Florida Garden, el Moderno. Después desembarcábamos en la avenida Corrientes: El Colombiano, El Estaño, Suárez... lugares que ya no están. Eso más o menos hasta las 12 o 1, que se terminaba. Entonces nos íbamos caminando por Corrientes y doblábamos en Pueyrredón hasta La Cueva. Y cuando cerraba, a La Perla a tomar café”, repasa. El local era más grande. Cerca de la puerta se sentaban los viajantes de comercio, que apuraban el desayuno para subir al Sarmiento. Más atrás los estudiantes de Filosofía y Letras (la mayoría chicas, sí). Y al fondo la bohemia, que se iba a hacer música al baño (y acá entra la famosa anécdota de Tanguito, Litto Nebbia, La Balsa y todo lo demás).
Martínez nació en Coghlan y su familia se mudó pronto a Ranelagh (Berazategui; en 2010 fue declarado Ciudadano Ilustre del Municipio). “Como decía Proust, la Patria es la infancia y yo quedé marcado por esa etapa en un lugar que prácticamente era el campo. De ahí vieneUna casa con diez pinos y toda esa nostalgia que tengo por el campo. Y, por el otro lado, mi amor por la Ciudad dando vueltas al Obelisco, Rivadavia, Avellaneda Blues , Corrientes”, enumera. Y compara la estructura de Buenos Aires con la de Nueva York: “El Puerto, la City, el Madison Square Garden y el Luna Park, Broadway y Corrientes, la 48 y Talcahuano con todas las casas de música...” Descubrió la batería en el cine-teatro Opera, cuando lo llevaron a ver la vida de Glenn Miller. Aprendió por su cuenta hasta que se animó a pedirle clases a un baterista que ensayaba cerca de Reviens, el boliche de Olivos en el que trabajaba su papá. Ahí fue, también, donde conoció a los muchachos que lo invitaron por primera vez a La Cueva, cuando cumplió 18 años. “Entonces empecé a estudiar guitarra. Aprendí todo en los bares, cosa que hoy sería imposible. Andaba con dos cuadernitos: en uno anotaba los ejercicios que me pasaban los bateristas golpeando en la mesa. En el otro, las posiciones de los tipos que tocaban la guitarra: Litto, Moris, Tanguito”, cuenta.
-¿Y el blues?
-Fui el pionero. Mi padre era melómano, entonces escuché jazz, música clásica y europea desde muy chico. Como me enamoré de la batería me volqué al jazz, y ahí me di cuenta de que había mucho en la Argentina, algo que quizás mucha gente ignora. Es muy importante, como tantas otras cosas que tenemos: la antropología, Ameghino, los filósofos, Favaloro...
Con la idea de inventar “un rock argentino” se puso a estudiar blues. “Había un montón de tipos que decían que no se podía cantar blues en castellano, porque no tiene swing. Y les respondía que el swing es del cantante, no del idioma”, repite. Algo que demuestra en los shows que alterna en La Perla (vuelve el 26) y en Jazz&Pop (y en el que registró en DVD Fabio Scaturchio, con quien también está terminando de escribir un libro).
-¿Qué distingue a Buenos Aires?
-En ninguna ciudad del mundo hay una, no una sino diez o quince librerías abiertas a las 2 de la mañana. Eso es Corrientes, eso es Buenos Aires, a pesar de todo lo que nos pasó y nos sigue pasando. Y me da una gran esperanza: para los jóvenes, para nosotros, para todos. Porque además entrás a esa librería y te podés comprar un clásico de la literatura universal por $ 10. Eso y el culto a la amistad que tenemos los porteños, a pesar de que ahora te cuesta encontrar un porteño en Buenos Aires, nos volvimos cosmopolitas.
Fuente: Clarin

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