martes, 22 de octubre de 2013

EL FUSIL DE TALAL, UN NIÑO-SOLDADO

Los niños libaneses son utilizados por defensores y opositores al régimen de Assad en Siria.

Por Laura Varo.


Con esa mirada, Talal Omar podría ser actor. La cambia a su antojo: a ratos inspira una ternura juguetona, luego tuerce el gesto e infunde temor. Puede que el kalashnikov que sujeta con manos enclenques y soltura de miliciano ayude a convocar el miedo. “Su padre es Bin Laden”, bromean los adultos que sorben café sentados en corrillo. Talal tiene doce años y corretea armado por los callejones de Bab el Tabbaneh, en Trípoli, al norte de Líbano, mientras llueven granadas.
“Lucho porque quiero defender mi tierra”, es la única frase con la que arranca sin pestañear, como si se la tuviera aprendida. El resto de preguntas las esquiva vergonzoso, como cualquier otro niño. La diferencia es que Talal no quiere ser astronauta o futbolista, sino continuar la saga familiar: “Mi padre también fue combatiente en la Guerra Civil (1975-1990)”, dice Abu Sharro, el hermano mayor de los cuatro hijos (dos niños y dos niñas).
La guerra es una tradición en Bab el Tabbaneh. El barrio, de mayoría suníta, mira desafiante hacia arriba, a la colina sobre la que se levanta el vecindario enemigo de Yabal Mohsen, feudo de la colonia alauí en Líbano, separado sólo por una avenida. El historial bélico, grabado a balazos en las fachadas, se remonta a la ocupación siria de Líbano durante los ochenta. A partir de ahí, cada sacudida violenta ha tenido su réplica en la zona.
Desde que comenzó la guerra en Siria hace más de dos años, ambos han tomado posiciones en contra y a favor del régimen de Bashar Assad y los combates, cada vez más intensos y frecuentes, reflejan, casi cada semana, el conflicto sectario que está asolando el país vecino.
“Durante las crisis, el odio que se tienen los niños (de uno y otro bando) se hace muy obvio”, asegura Grace Jabbour, coordinadora de Restart, una asociación que trabaja para aliviar las secuelas de la violencia en los más pequeños en zonas como Bab el Tabbaneh y Yabal Mohsen. “Son niños traumatizados, muy frágiles –dice–, tienen muchos problemas psicológicos a causa del conflicto o los tenían anteriormente y se han agravado.” Según Jabbour, cuya organización ha tratado a alrededor de 700 niños en las zonas más conflictivas de Trípoli, el gran problema es la pobreza. “Viven en áreas donde apenas tienen condiciones básicas de nutrición o salud –indica–, tenemos muchos que han dejado la escuela, la mayoría porque sus padres prefieren que trabajen con ellos. Su sueño es ser como su padre y, por supuesto, hay hasta luchadores.”
Es el caso de Hussein, de cinco años. Mientras chasquean en el suelo las balas del fuego cruzado entre los dos barrios, el pequeño juguetea disparando con una automática fabricada con dos trozos de madera. El arma imita lo básico: cañón y gatillo. Su padre, el jeque y comandante Ahmad, uno de los líderes guerrilleros, ríe orgulloso antes de colocarle en los brazos su M-16 (totalmente equipado) y el completo disfraz de miliciano. El fusil le pesa tanto que el padre tranquiliza admitiendo que tiene el seguro puesto, por si el dedo se le resbala en el guardamontes.
“Va a ser un soldado”, asiente. Uno más para las filas. Ahmad reconoce que comanda unos 1.000 combatientes de unos 7.000 voluntarios preparados para la lucha en Bab el Tabbaneh, la mayoría jóvenes menores de 30 años y adolescentes que ven imposible encontrar un trabajo o vivir en calma. “Los alauíes nos han arrastrado a tomar las armas –sentencia–, tienen mejores armas de asalto, RPG, francotiradores profesionales… Nosotros sólo contamos con nuestro kalashnikov.”
Bab el Tabbaneh y Yabal Mohsen viven enfrentados desde hace décadas. Cualquier chispa puede hacer saltar el conflicto entre sunitas y alauíes. Tras el desmantelamiento, en 2007, del campo de refugiados palestinos de Nahr el Bared, cerca de Trípoli, se sospecha que milicianos de Fatah al Islam se han refugiado en la zona. A partir de 2008, la violencia se recrudeció. La última oleada arrancó con el conflicto sirio, en 2011. Desde entonces, 121 personas han muerto.
Los peores enfrentamientos han seguido operaciones señaladas en el país vecino. Entre junio y agosto de 2012, más de una treintena de personas fallecieron en los combates que acompañaron la batalla por Alepo. En diciembre, los choques dejaron 17 muertos tras una emboscada a combatientes salafistas libaneses en la frontera siria. El último fue la respuesta a la ofensiva lanzada por Assad y Hezbolá en mayo en Qusayr.
“Esto es la guerra –alega Mohammed, de 25 años–, nos atacan todo el tiempo.” Dios le ha quitado el miedo y el barrio le ha dado un fusil. En los brazos los tatuajes se le cortan con cicatrices de heridas autoinfligidas. La lucha necesita adrenalina. El último estallido de violencia entre los dos barrios se cobró más de 200 heridos y 30 vidas en poco más de una semana. Las imágenes de los mártires, tocados con gorras y gafas de sol, cuelgan de cada esquina y pared.
Según cuenta Abu Sharro, el hermano del pequeño Talal, los jóvenes son la avanzada en cada una de las incursiones a la primera línea del frente. “Cuando subimos a Yabal Mohsen, los niños se quedan para proteger el barrio”, explica. Una extraña necesidad les hace tirar de los pequeños. “Allí tienen profesionales –dice en referencia al barrio enemigo–, los niños no combaten”. Él mismo entrenó a su hermano desde que tuvo edad para sujetar el arma. “¿Por qué no va a luchar? –espeta–, ¿si nos están atacando tú qué harías? Defenderte.”

Vivir el odio, educar en paz. “Los niños de Yabal Mohsen tienen un gran odio a los de Tabbaneh, y al revés”, resume Grace Jabbour. “Nosotros intentamos enseñarles que comparten los mismos problemas, los mismos objetivos, incluso si vienen de sitios diferentes.” Durante los últimos tres años la ONG Restart ha trabajado en proyectos de reconciliación entre niños afectados por conflictos armados en Líbano, especialmente en Trípoli. “La mayoría vienen de Tabbaneh y Yabal Mohsen”, admite.
Su acción se centra en diseñar actividades comunes en las que puedan participar juntos los pequeños de los barrios enfrentados, como campamentos, grupos de teatro o actividades musicales, y en atender las necesidades de las escuelas. “Las condiciones de estos colegios son inimaginables –asegura–, carecen de casi todo, algunos ni siquiera tienen patio o aulas con pupitres.”
“Enseñamos a los profesores a lidiar con los efectos de la violencia –explica–, porque muchas veces los niños entran en pánico o pierden los papeles.” “Y a los niños –prosigue–, les ayudamos a soñar, a tener ambición, para que puedan ser en la vida lo que quieran.”

Un mapa con memorias de guerra. “No es multiculturalismo, es sectarianismo”, se queja el periodista Khalil Harb. En Líbano, un país de 4,1 millones de habitantes que tiene forma y tamaño de Asturias (10.400 kilómetros cuadrados), también marca la geografía. Sus valles, montañas, bosques y ciudades tienen dueños y recuerdos.
Mientras la capital se divide en barrios donde las distintas tradiciones pintan los escaparates, el resto de provincias reflejan las divisiones: el norte, una vez parte de Siria y secesionista, es un bastión sunita; la región de Monte Líbano, la cordillera que atraviesa el centro del país, es territorio inexpugnable para los cristianos; y el sur y el Valle de Bekaa, al este, está controlado por el todopoderoso partido-milicia chiíta Hezbolá, considerado por Estados Unidos y, desde hace muy poco por la Unión Europea, una agrupación terrorista.
En ese mapa está impresa la memoria de la guerra civil que asoló el país entre 1975 y 1990. Quince años de ensañamiento en un todos contra todos que enfrentó a la población según su religión y que consagró a la ex colonia francesa como tablero de juego de la política regional. Harb aún se lamenta de las consecuencias: “Hemos mirado tanto hacia afuera que nos hemos olvidado de protegernos de nosotros mismos”.

Fuente: Miradas al Sur.

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